Susana Delgado: «Los 1.000 primeros días de vida son un periodo crítico» para la microbiota

Una microbiota equilibrada es la base de la que tendremos de adultos
Delgado explica por qué los primeros años de vida determinan la salud microbiana del resto de nuestra existencia.
Mark

¿Por qué insiste tanto en que los primeros mil días son críticos? ¿No podemos recuperarnos después?

Mimi

Porque una vez que esa microbiota se asienta, es muy difícil modificarla. Es como construir los cimientos de una casa; si están mal, todo lo demás se resiente. Las bases de muchas enfermedades inmunitarias se establecen en esos años.

Mark

Pero entonces, ¿una madre que no puede dar el pecho está condenada a tener un hijo con problemas?

Mimi

No, en absoluto. La leche materna es óptima, pero lo importante es el contacto, la familia, el entorno. Un bebé criado con fórmula pero en un ambiente amoroso y con buenos hábitos de vida puede tener una microbiota perfectamente saludable.

Mark

¿Y la higiene? Todos nos dicen que desinfectemos todo.

Mimi

Hemos ido demasiado lejos. Un contacto razonable con el entorno ayuda al sistema inmunitario a madurar. Un niño que vive en una burbuja esterilizada tiene más infecciones, no menos.

Mark

¿Entonces compro probióticos después de un antibiótico?

Mimi

Depende. Si fue un tratamiento corto, probablemente no. Si fue prolongado, quizá. Pero honestamente, un yogur natural o unos encurtidos caseros pueden hacer lo mismo sin gastar dinero en complementos cuya composición real no siempre es clara.

Mark

¿Qué le molesta más: que confundan alergia con intolerancia, o que llamen "flora" a la microbiota?

Mimi

Ambas cosas. Pero la confusión entre alergia e intolerancia tiene consecuencias reales: niños sin poder tomar leche cuando podrían hacerlo, carencias nutricionales. Eso sí me quita el sueño.

  • Los primeros 1.000 días de vida son críticos para establecer una microbiota equilibrada
  • La leche materna contiene oligosacáridos que alimentan bifidobacterias; las fórmulas infantiles no alcanzan esa complejidad
  • Los niños con alergia a proteína de leche no mediada por IgE presentan menos bifidobacterias y más bacterias potencialmente patógenas
  • Una microbiota establecida es difícil de modificar salvo con antibióticos prolongados

Los primeros 1.000 días de vida son críticos para establecer una microbiota equilibrada que proteja contra infecciones y enfermedades inmunitarias futuras. La leche materna contiene oligosacáridos que alimentan bacterias beneficiosas; las fórmulas infantiles no alcanzan esa complejidad ni variabilidad según etnia y región.

La investigadora del CSIC Susana Delgado explica cómo la microbiota se establece en los primeros años de vida y su relación con alergias, inmunidad y enfermedades crónicas, destacando la importancia de hábitos saludables desde la infancia.

Susana Delgado se remueve en la silla cuando alguien menciona la palabra "flora microbiana". La científica del Instituto de Productos Lácteos de Asturias, dependiente del CSIC, lleva veinte años estudiando los microorganismos que habitan nuestro cuerpo, y esas imprecisiones lingüísticas la molestan profundamente. La flora es vegetación, insiste. Y los gérmenes, ese término que la gente usa con miedo, son en su mayoría organismos benéficos, no patógenos. A los cincuenta años, Delgado ha orientado su carrera hacia la investigación clínica a través de la nutrición, colaborando con gastroenterólogos y pediatras para desentrañar cómo esa comunidad invisible de bacterias, virus y hongos se relaciona con la dieta y la enfermedad.

Buena parte de su trabajo se concentra en la alergia a la proteína de la leche de vaca en lactantes, una de las más frecuentes en la infancia. Lo que la intriga es el misterio del huevo y la gallina: ¿una microbiota alterada favorece la alergia, o es al revés? Es difícil saberlo porque en cuanto los síntomas aparecen, la leche se sustituye por fórmulas hidrolizadas menos alergénicas. Pero su grupo ha obtenido resultados interesantes. Hay alergias que provocan reacciones en la piel o anafilaxia, detectables con pruebas cutáneas. Las que estudia Delgado son distintas: no están mediadas por inmunoglobulina E, cursan con síntomas gastrointestinales y son mucho más difíciles de diagnosticar. Su equipo busca biomarcadores en las heces para identificar a estos niños de forma menos invasiva que con análisis o biopsias. Han constatado que presentan menos bifidobacterias, que son beneficiosas, y más bacterias potencialmente patógenas que los niños sanos. Además, detectan marcadores de inflamación intestinal en sus heces. Aunque muchas de estas alergias desaparecen con el tiempo, los biomarcadores ayudarían a saber cuándo el niño las ha superado, evitando restricciones alimentarias innecesarias que pueden provocar carencias de calcio o aminoácidos esenciales.

Delgado es enfática al diferenciar estas alergias de la intolerancia a la lactosa, algo que los colegios confunden constantemente. La alergia es una reacción inmunitaria contra proteínas de la leche. La intolerancia es un problema digestivo por falta de lactasa, la enzima que descompone la lactosa, y suele aparecer en la edad adulta. Dar yogures sin lactosa a un niño con alergia a la proteína de la leche es un error que ocurre más de lo que debería.

Pero el verdadero punto de inflexión en su investigación es lo que ella llama los mil primeros días de vida, un período crítico que abarca los dos o tres primeros años. Durante este tiempo, la microbiota se establece a partir de las bacterias que el bebé recibe de la madre, la familia y el entorno. Por eso ahora se favorece que los recién nacidos hospitalizados permanezcan más tiempo piel con piel con sus padres. La leche materna contiene oligosacáridos que alimentan a las bifidobacterias, muy abundantes en los primeros meses; las fórmulas infantiles solo incorporan algunos, sin alcanzar su complejidad. La composición de la leche materna varía además entre mujeres, etnias y regiones geográficas, lo que la convierte en un factor clave de esa colonización inicial. Conforme el niño crece, esas bifidobacterias producen compuestos que facilitan el establecimiento de otros grupos bacterianos con la introducción de nuevos alimentos, en lo que Delgado llama "alimentación cruzada": unas bacterias preparan el terreno para que prosperen otras y se establezca una microbiota equilibrada y protectora.

Por eso también alerta sobre la higiene excesiva. Hemos tendido a esterilizarlo todo y a criar a los niños casi en una burbuja, cuando un contacto razonable con el entorno ayuda a que el sistema inmunitario y la microbiota maduren. Un niño con una microbiota equilibrada tiene menos infecciones respiratorias y otitis. La relación entre microbiota y salud va mucho más allá del sistema digestivo. Es bidireccional con los sistemas nervioso y endocrino: la microbiota produce neurotransmisores como la serotonina o el GABA que actúan sobre el sistema nervioso, mientras que nuestras hormonas modifican la microbiota. Algunas bacterias son capaces de transformar hormonas, tanto las del propio organismo como las que tomamos desde el exterior. Por eso dos mujeres pueden responder de forma distinta al mismo tratamiento hormonal para la menopausia.

Una vez que esas comunidades microbianas se asientan, es difícil modificarlas, salvo en situaciones como tratamientos prolongados con antibióticos. Por eso los primeros años son tan importantes: esa microbiota será la base de la que tendremos de adultos, junto con la genética y el entorno. Además, es en ese período cuando se establecen las bases de muchas enfermedades con componente inmunitario que pueden manifestarse años después. Si llevas una dieta variada, haces ejercicio, duermes bien y mantienes un estilo de vida saludable, tu microbiota también lo será. El estrés, el sedentarismo, la alimentación o los ciclos de sueño influyen en ella, igual que ella influye sobre nuestra salud.

Sobre los probióticos, Delgado es escéptica. No tienen sentido durante un tratamiento con antibióticos, en su opinión. Pueden tener más sentido después, tras tratamientos prolongados o infecciones recurrentes, para ayudar a restaurar ese equilibrio. Es como un incendio forestal: el antibiótico arrasa con gran parte del ecosistema y el probiótico intenta sembrarlo de nuevo. Pero esa recuperación lleva tiempo. Tampoco son necesarios para todo el mundo; si tomas un antibiótico unos días por una infección de garganta, un probiótico te va a aportar poco. Además, las bacterias beneficiosas pueden obtenerse mediante alimentos fermentados como encurtidos, yogures o quesos. Los probióticos son complementos alimenticios, no medicamentos, y su regulación es menos estricta.

Es un período crítico, que comprende los dos o tres primeros años, durante el que se establece la microbiota a partir de las bacterias que el bebé recibe de la madre, la familia y el entorno
— Susana Delgado, investigadora del CSIC
Si llevas una dieta variada, haces ejercicio, duermes bien y mantienes un estilo de vida saludable, tu microbiota también lo será
— Susana Delgado
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