A mediados de marzo de 2021, la OMS recordó a Europa que la pandemia no había cedido su paso: tres semanas consecutivas de aumento en los contagios, más de 900.000 muertes acumuladas y 20.000 fallecimientos semanales dibujaban un continente que aún no había doblado la curva. En ese momento de fragilidad colectiva, la organización instó a no abandonar las herramientas que habían demostrado funcionar, mientras la controversia sobre la vacuna de AstraZeneca ponía a prueba la confianza pública en la ciencia.
OMS advierte que contagios de COVID-19 crecen por tercera semana en Europa y avanzan hacia el este
El peligro sigue siendo claro y presente en Europa
¿Por qué la OMS enfatiza tanto que el peligro sigue siendo claro si ya hay vacunas disponibles?
Porque en marzo de 2021, aunque las vacunas existían, apenas el 3 por ciento de la población europea estaba completamente inmunizada. La mayoría de la gente seguía siendo vulnerable. Las vacunas eran una herramienta, pero no una solución inmediata.
Entonces, ¿por qué algunos países como España lograban reducir la transmisión mientras otros no?
España aplicó medidas sociales y de salud pública de manera rigurosa. No fue solo la vacunación. Fue el conjunto: restricciones, distanciamiento, vigilancia. Otros países estaban relajando esas medidas demasiado rápido, apostando a que la vacunación sola resolvería el problema.
¿Y qué pasaba con la vacuna de AstraZeneca? ¿Era realmente peligrosa?
No necesariamente. La OMS y la EMA dijeron que los beneficios seguían siendo mayores que los riesgos. Pero la gente vio reportes de tromboembolismo y se asustó. Kluge intentó explicar que esos eventos adversos ocurren naturalmente en la población, con o sin vacuna.
¿Entonces la suspensión de AstraZeneca fue un error?
Fue una reacción comprensible pero posiblemente contraproducente. Mientras se investigaba, se detenía la vacunación en varios países. Y mientras tanto, 20.000 personas morían cada semana. El cálculo de riesgos no era simple.
¿Qué le preocupaba más a la OMS en ese momento?
Que los gobiernos estaban relajando las medidas demasiado pronto, confiando en una vacunación que aún no había alcanzado cobertura suficiente. Era una apuesta prematura, como dijo Kluge. El virus seguía propagándose rápidamente.
El Pulso
- Europa registró más de 1,2 millones de nuevos casos en una sola semana, con muertes semanales que superaban incluso las cifras de un año atrás, invirtiendo cualquier narrativa de recuperación.
- La variante británica, más contagiosa, se consolidaba como cepa dominante y el virus avanzaba hacia el este del continente, con los Balcanes y los países bálticos como nuevos epicentros críticos.
- Varios países europeos suspendieron la vacuna de AstraZeneca tras reportes de tromboembolismo, generando una crisis de confianza justo cuando la inmunización era más necesaria.
- España emergió como contrapunto esperanzador: sus medidas sociales rigurosas lograron reducir la transmisión, demostrando que la respuesta política seguía siendo tan decisiva como la científica.
- La OMS advirtió que relajar restricciones antes de consolidar la vacunación era una apuesta prematura, mientras solo el 3% de la población europea había completado su esquema de inmunización.
A mediados de marzo de 2021, la OMS recordó a Europa que la pandemia no había cedido su paso: tres semanas consecutivas de aumento en los contagios, más de 900.000 muertes acumuladas y 20.000 fallecimientos semanales dibujaban un continente que aún no había doblado la curva. En ese momento de fragilidad colectiva, la organización instó a no abandonar las herramientas que habían demostrado funcionar, mientras la controversia sobre la vacuna de AstraZeneca ponía a prueba la confianza pública en la ciencia.
A mediados de marzo de 2021, la Organización Mundial de la Salud emitió una advertencia desde Copenhague: Europa llevaba tres semanas consecutivas con contagios en aumento, y el virus se desplazaba hacia el este del continente. Hans Kluge, director regional de la OMS, fue directo: el peligro seguía siendo real y presente.
Los números respaldaban esa alarma. Más de 1,2 millones de nuevos casos en siete días, 900.000 muertes acumuladas desde el inicio de la pandemia y 20.000 fallecimientos semanales. Lo más perturbador era que esa cifra semanal superaba la registrada exactamente un año atrás, desmontando la idea de que lo peor había quedado atrás.
Sin embargo, el continente no presentaba un panorama uniforme. Mientras la variante británica se volvía dominante en la mayoría de los países, España demostraba que era posible reducir la transmisión mediante medidas sociales rigurosas. Ese contraste subrayaba que las decisiones políticas seguían siendo tan determinantes como cualquier avance científico.
En materia de vacunación, 46 de los 53 países de la región habían administrado más de 107 millones de dosis, pero solo el 3% de la población había completado su esquema. La OMS consideraba prematuro relajar restricciones antes de consolidar esa cobertura, aunque 21 países ya habían comenzado a hacerlo.
La confianza en las vacunas recibió un golpe adicional cuando varios países suspendieron la administración de AstraZeneca tras reportes de tromboembolismo. Kluge defendió la continuidad de las campañas, argumentando que los beneficios superaban los riesgos y recordando que la tromboembolía es una de las enfermedades cardiovasculares más prevalentes del mundo, independientemente de cualquier vacuna. La posición de la OMS era firme: vacunación y medidas sociales no eran opciones excluyentes, sino herramientas que debían aplicarse juntas.
A mediados de marzo de 2021, la Organización Mundial de la Salud emitió una advertencia que reflejaba una realidad incómoda: el coronavirus no había terminado con Europa. Según el reporte de esa semana, los contagios llevaban tres semanas consecutivas en aumento, y el virus se desplazaba sistemáticamente hacia el este del continente, con la zona central, los Balcanes y los países bálticos como los epicentros más críticos. Hans Kluge, director de la OMS para Europa, lo expresó sin ambigüedad en una rueda de prensa desde Copenhague: el peligro seguía siendo claro y presente.
Los números eran contundentes. En los siete días previos al anuncio, la región europea había registrado más de 1,2 millones de nuevos casos confirmados. Las muertes acumuladas ya superaban las 900.000 personas desde el inicio de la pandemia, y lo más preocupante era la velocidad: cada semana fallecían 20.000 personas por covid-19. Kluge subrayó un dato que invertía la narrativa de recuperación: la cantidad de muertes semanales en ese momento era más alta que la registrada exactamente un año atrás, lo que demostraba que el virus seguía propagándose de manera amplia y letal a través de la población.
Pero la situación no era uniforme en todo el continente. Mientras la variante británica, significativamente más contagiosa, se consolidaba como la cepa dominante en la mayoría de los países, algunos territorios habían logrado algo notable: reducir la transmisión a niveles bajos. España fue el ejemplo más destacado que mencionó la OMS, demostrando que mediante la aplicación rigurosa de medidas sociales y de salud pública era posible contener el avance incluso frente a una variante más agresiva. Este contraste sugería que la respuesta política y social seguía siendo determinante.
En cuanto a la vacunación, el panorama mostraba avances pero también limitaciones. De los 53 países que conforman la región europea, 46 habían administrado más de 107 millones de dosis. Sin embargo, solo el 3 por ciento de la población en 45 de esos países había completado su esquema de vacunación. Veintisiete países mantenían restricciones parciales o totales a nivel nacional, mientras que 21 habían comenzado a relajar las medidas de forma gradual, confiando en que la campaña de inmunización mejoraría la situación epidemiológica. La OMS consideraba esa apuesta todavía prematura.
La confianza en la vacunación se vio sacudida en esos mismos días por reportes de eventos adversos. Varios países europeos habían suspendido temporalmente la administración de la vacuna de AstraZeneca después de que se documentaran casos de tromboembolismo en personas que la habían recibido. Mientras la Agencia Europea del Medicamento investigaba, Kluge defendió la continuidad de las campañas, argumentando que los beneficios de la inmunización seguían siendo superiores a los riesgos identificados. Recordó que los efectos adversos potenciales son comunes en cualquier campaña de vacunación y que no siempre están vinculados directamente con el fármaco. Además, señaló que la tromboembolía es la tercera enfermedad cardiovascular más prevalente en el mundo, independientemente de cualquier vacuna.
La posición de la OMS era clara: mantener la firmeza en la aplicación de todas las herramientas disponibles contra la pandemia. No se trataba de elegir entre vacunación o medidas sociales, sino de aplicar ambas simultáneamente. El virus seguía avanzando, la muerte seguía siendo una realidad cotidiana en Europa, y aunque había señales de que ciertos países podían contenerlo, la mayoría aún enfrentaba una batalla que estaba lejos de concluir.
Citas Notables
El peligro es todavía claro y está presente— Hans Kluge, director de OMS-Europa
El número de personas que muere de covid-19 en Europa es más alto ahora que justo hace un año, lo que refleja la amplia propagación del virus— Hans Kluge