En Acarigua, Venezuela, una niña de nueve años llamada Romina Rivera —violinista prodigio que tocó ante el Papa en el Vaticano— murió tras diez días de hospitalización. Su madre, Clarivet Cruz, sostiene que no fue la enfermedad lo que se la llevó, sino la ignorancia y la impericia de un sistema médico que no supo, ni quiso, escuchar a quienes ya la conocían. La historia de Romina es, al mismo tiempo, un duelo personal y un espejo de las fracturas que el olvido institucional deja en los más vulnerables.
Madre de violinista fallecida denuncia negligencias médicas en muerte de su hija de 9 años
Mi hija pasó a ser estudio y práctica de cada uno de esos médicos
¿Cómo una niña con una enfermedad crónica logró llegar al Vaticano a tocar ante el Papa?
Romina era parte de El Sistema, el programa venezolano de educación musical. A pesar de la fibrosis quística, desarrolló un talento excepcional. En octubre de 2025 fue seleccionada entre 160 niños para viajar a Italia y participar en un concierto durante las celebraciones de canonización. Tocó el Danzón n.º 2 de Arturo Márquez. Su profesor dijo que ella sabía que podía morir en cualquier momento, por eso vivía el hoy.
¿Qué pasó exactamente en el hospital de Acarigua?
Fue internada durante diez días. Tenía un neumonólogo especialista en fibrosis quística en Barquisimeto que la seguía, pero los médicos del hospital no permitieron que ese especialista participara en su tratamiento. Desconocían la patología. En lugar de coordinar con quien la conocía, sometieron a Romina a múltiples estudios y exámenes que, según su madre, agravaron su estado.
¿La madre está diciendo que los médicos la usaron como caso de estudio?
Exactamente eso. Clarivet Cruz dijo que su hija pasó a ser estudio y práctica de cada uno de esos médicos, estudiantes o no, que estaban de guardia. No fue tratada como paciente que necesitaba cuidado especializado. Fue tratada como material educativo.
¿Qué diferencia habría hecho que el neumonólogo especialista estuviera involucrado?
Eso es lo que la madre lamenta. Alguien que conocía el historial de Romina, que entendía cómo su cuerpo respondía a la enfermedad, habría podido guiar el tratamiento. En cambio, médicos sin experiencia en fibrosis quística tomaron decisiones que la descompensaron.
¿Cuál es el mensaje que Clarivet Cruz quiere dejar?
Que otros niños no sufran lo que sufrió Romina. Que el sistema de salud reconozca sus limitaciones y coordine con especialistas cuando atienda casos complejos. Que no haya más niños convertidos en casos de práctica. Ella sabe que no recuperará a su hija, pero espera que su testimonio prevenga tragedias similares.
¿Qué hace que esta historia sea más que una tragedia personal?
Es un espejo de las deficiencias en la atención médica para enfermedades crónicas complejas en Venezuela. Romina no murió de fibrosis quística. Murió porque un sistema no preparado la trató como si fuera un caso simple. Su madre está diciendo que eso le sucede a muchos otros menores.
El Pulso
- Una niña con fibrosis quística controlada ingresa a un hospital que desconoce su enfermedad y le niega el acceso a su especialista tratante, rompiendo la única red que la mantenía estable.
- En lugar de reconocer sus limitaciones, el personal somete a Romina a una serie de estudios que, uno tras otro, agravan su estado hasta hacerlo irreversible.
- Su madre denuncia públicamente que su hija fue tratada como caso de aprendizaje y no como paciente, convirtiendo el dolor privado en una acusación de alcance colectivo.
- El testimonio de Clarivet Cruz circula como llamado urgente para visibilizar las deficiencias en la atención de enfermedades complejas en Venezuela y proteger a otros niños en situaciones similares.
- Mientras El Sistema y la comunidad escolar expresan condolencias, la voz de una madre queda como evidencia de un sistema que falló en el momento en que más importaba.
En Acarigua, Venezuela, una niña de nueve años llamada Romina Rivera —violinista prodigio que tocó ante el Papa en el Vaticano— murió tras diez días de hospitalización. Su madre, Clarivet Cruz, sostiene que no fue la enfermedad lo que se la llevó, sino la ignorancia y la impericia de un sistema médico que no supo, ni quiso, escuchar a quienes ya la conocían. La historia de Romina es, al mismo tiempo, un duelo personal y un espejo de las fracturas que el olvido institucional deja en los más vulnerables.
Clarivet Cruz habló ante una cámara con el peso de quien ya no tiene nada que perder excepto el silencio. Su hija Romina Rivera tenía nueve años, vivía con fibrosis quística y era violinista de la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela. En octubre de 2025 viajó al Vaticano con 160 niños venezolanos y tocó un solo en la basílica de San Pedro durante la canonización de santos. Diez meses después, diez días en un hospital de Acarigua la llevaron a la muerte.
Romina tenía neumonólogo de cabecera en Barquisimeto, en una unidad especializada en fibrosis quística. Pero cuando fue internada, según su madre, los médicos que la recibieron desconocían la patología y le negaron la posibilidad de que su especialista participara en su cuidado. Esa desconexión fue el primer fallo. Lo que vino después fue una cadena de intervenciones que, en lugar de estabilizarla, agravaron su estado. Cruz lo resumió con una frase que no deja lugar a interpretaciones: su hija pasó a ser estudio y práctica de quienes estaban de guardia.
Uno de sus profesores recordó que Romina sabía que podía morir en cualquier momento, por eso vivía el hoy. Esa entereza, que en vida fue una virtud, se convierte ahora en una herida adicional para quienes la conocieron. Cruz fue clara en su acusación: la muerte no fue consecuencia de la enfermedad, sino de la falta de conocimiento y de un sistema que no estaba preparado para lo que su hija necesitaba.
Su testimonio no busca lo imposible. Busca que lo que le ocurrió a Romina no le ocurra a otros niños. La falta de preparación del personal médico, dice, apagó la luz de su hija, sus oportunidades y sus sueños. El Sistema y su colegio expresaron condolencias y recordaron su talento. Pero las palabras de una madre que perdió a su hija permanecen como denuncia de un sistema que falló en el momento más crítico.
Clarivet Cruz se presentó ante una cámara con el peso de una pérdida irreparable. Su hija, Romina Rivera, tenía nueve años. Fue violinista. Tocó ante el Papa en el Vaticano en octubre de 2025, parte de una delegación de 160 niños venezolanos que viajaron a Italia para celebrar la canonización de santos. En el Danzón n.º 2 de Arturo Márquez, Romina interpretó un solo que conmovió al público en la basílica de San Pedro. Pero diez días en un hospital de Acarigua la llevaron a la muerte, y su madre ahora acusa que fue por negligencia médica sistemática.
Romina vivía con fibrosis quística, una enfermedad genética crónica que afecta las vías respiratorias y el sistema digestivo. No era un secreto. Tenía neumonólogo de cabecera en Barquisimeto, en la unidad especializada de fibrosis quística. Pero cuando fue internada en el hospital de Acarigua, según el relato de Cruz, los médicos que la atendieron desconocían la patología. Peor aún: le negaron la posibilidad de que su especialista tratante participara en su cuidado. Esa desconexión fue el primer fallo.
Lo que sucedió después, en palabras de la madre, fue una cascada de errores. El hospital carecía de las condiciones necesarias para atender a una paciente con una enfermedad tan compleja. Pero en lugar de reconocer esa limitación, el personal procedió a someterla a una serie de estudios y exámenes. Cada prueba, cada intervención, agravaba su estado. Cruz lo expresó con una frase que resume su angustia: su hija pasó a ser estudio y práctica de cada uno de esos médicos, estudiantes o no, que estaban de guardia. No fue tratada como paciente. Fue tratada como caso de aprendizaje.
En el video que difundió públicamente, Cruz habló con la precisión del dolor. Reconoció que Romina padecía una condición base, pero fue clara en su acusación: la muerte no fue consecuencia de la enfermedad. Fue consecuencia de la falta de conocimiento médico. Fue consecuencia de la impericia. Fue consecuencia de un sistema que no estaba preparado para lo que ella necesitaba.
Romina no era una niña común. Integró la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela, parte del programa El Sistema. A pesar de vivir con una enfermedad que podría haberla limitado, desarrolló una destreza musical excepcional. Uno de sus profesores, Juan Beneditto, recordó su entereza: sabía que podía morir en cualquier momento, por eso vivía el hoy. Esa frase, dicha por alguien que la conocía, adquiere ahora un peso devastador.
Cruz aclaró que su testimonio no busca recuperar a su hija. Sabe que eso es imposible. Pero también sabe que otros niños han pasado por lo mismo, o lo están pasando. La falta de conocimiento del personal médico apagó la luz de Romina, dijo. Apagó la oportunidad y los sueños que ella tenía. Su mensaje es un acto de denuncia y, al mismo tiempo, un llamado a la conciencia sobre el estado de la atención médica en Venezuela para enfermedades complejas. Busca que lo que le sucedió a su hija no le suceda a otros menores. Tanto El Sistema como el colegio donde estudiaba Romina expresaron sus condolencias y recordaron su brillante talento y perseverancia. Pero las palabras de una madre que perdió a su hija quedan como testimonio de un sistema que falló en el momento más crítico.
Citas Notables
La muerte de ella fue por falta de conocimiento médico. Fue atendida por distintos médicos que desconocían la patología y que no permitieron el enlace con su neumonólogo de cabecera— Clarivet Cruz, madre de Romina Rivera
Sabía que podía morir en cualquier momento, por eso vivía el hoy— Juan Beneditto, profesor de música de Romina Rivera