Veinticuatro horas después de que un doble terremoto sacudiera el litoral venezolano, La Guaira revela algo más profundo que la destrucción física: la distancia entre un Estado y su pueblo en el momento más vulnerable. Los vecinos cuentan sus muertos sin que nadie los registre, protegen sus bienes sin que nadie los custodie, y buscan a sus seres queridos sin que nadie los guíe. En ese vacío, un gesto diplomático inédito —Delcy Rodríguez agradeciendo públicamente a Trump y aceptando rescatistas extranjeros— dice más sobre el estado real de Venezuela que cualquier cifra oficial.
La Guaira, 24 horas después: abandono total, saqueos y cifra de muertos sin confirmar
Es como si estuviéramos desamparados
¿Por qué Norma compara esto específicamente con 1999?
Porque fue la última vez que vio morir a su comunidad de esta manera. Pero entonces había un gobierno que rechazaba ayuda. Ahora hay un gobierno que la acepta. Eso es lo que la asusta.
¿Qué significa que Delcy Rodríguez acepte rescatistas estadounidenses?
Significa que el sistema de control está roto. Que la ideología cede ante la realidad. Un gobierno que pasó décadas rechazando a Estados Unidos ahora le pide ayuda. Eso no se dice en los comunicados oficiales, pero todos lo ven.
¿Por qué los vecinos se organizan solos?
Porque no hay otra opción. La policía no está. La guardia nacional no está. El alcalde no está. Cuando desaparece el Estado, la gente improvisa. Algunos protegen, algunos saquean, algunos reparten agua.
¿Qué le preocupa más a Sugey?
No saber si su madre está viva. Las comunicaciones están cortadas. No hay forma de verificar nada. Es la incertidumbre la que mata, no solo el terremoto.
¿Por qué menciona el Marriott?
Porque contrasta. Un hotel de inversión extranjera, moderno, quedó destrozado. Pero lo importante es que muestra que nada fue salvado. Ni lo viejo, ni lo nuevo. Ni lo público, ni lo privado.
O Pulso
- Un niño de cinco años muere camino al hospital mientras la autopista bloqueada convierte cada minuto en una condena; decenas más siguen bajo los escombros sin que llegue ningún equipo de rescate oficial.
- Los saqueos estallan al amanecer: rejas arrancadas, comercios vaciados y vidrieras rotas en un litoral donde no hay un solo policía ni guardia nacional a la vista.
- Las viviendas del programa Misión Vivienda —símbolo del chavismo— colapsaron todas; edificios de dieciséis pisos quedaron reducidos a montículos de tres o cuatro metros, y las cifras de muertos oscilan entre 200 y 920 sin incluir aún al estado La Guaira.
- Sin transporte ni comunicaciones desde el martes, los vecinos se organizan solos: motorizados reparten agua en garrafas, voluntarios llevan bolsas de comida, y cada familia hace su propio censo de pérdidas.
- Por primera vez en décadas, Venezuela acepta ayuda extranjera de forma pública, marcando una ruptura histórica con la doctrina de soberanía que llevó a rechazar socorro internacional en crisis anteriores.
Veinticuatro horas después de que un doble terremoto sacudiera el litoral venezolano, La Guaira revela algo más profundo que la destrucción física: la distancia entre un Estado y su pueblo en el momento más vulnerable. Los vecinos cuentan sus muertos sin que nadie los registre, protegen sus bienes sin que nadie los custodie, y buscan a sus seres queridos sin que nadie los guíe. En ese vacío, un gesto diplomático inédito —Delcy Rodríguez agradeciendo públicamente a Trump y aceptando rescatistas extranjeros— dice más sobre el estado real de Venezuela que cualquier cifra oficial.
Norma Trujillo lleva sesenta y tres años en este barrio costero y conoce cada familia, cada esquina. Nada de eso la preparó para el martes a las seis de la tarde, cuando un apagón precedió al temblor que desprendió muros enteros. Su nieto de cinco años jugaba en la escalera cuando una viga le golpeó la cabeza. Lo tomaron en brazos, buscaron la autopista bloqueada, llegaron tarde al hospital. El niño murió.
Treinta horas después, sentada en esa misma escalera, Norma enumera los muertos del barrio con la precisión de quien lleva el censo en la cabeza: el matrimonio aún sepultado a pocos metros, los dos hermanos de la calle contigua, la joven con su bebé de tres meses. Lo que la consume no es solo el dolor sino la ausencia total de autoridades. Nadie ha venido. Lo único que han recibido es agua en garrafas que pasan los motorizados.
Esa ausencia se repite en todo el recorrido por Playa Grande y Catia La Mar. No hay una sola vivienda del programa Misión Vivienda que haya sobrevivido intacta. En Macuto, Mario Suárez describe edificios de quince o dieciséis pisos reducidos a tres o cuatro metros de altura. Los saqueos comenzaron al amanecer: rejas arrancadas, estantes vacíos, sin un solo agente del orden. Los vecinos se organizan solos para proteger lo que queda.
Mientras tanto, las cifras oficiales se contradicen: el gobierno reportó primero unos doscientos muertos en todo el país, cifra que en el segundo balance del día ya había escalado a novecientos veinte, sin incluir aún al estado La Guaira. En ese contexto de caos y opacidad, un gesto diplomático rompe décadas de doctrina: Delcy Rodríguez agradeció públicamente a Trump y a Bukele y aceptó rescatistas extranjeros. Donde Hugo Chávez rechazó la ayuda estadounidense en una crisis similar, el gobierno actual la pide. Ese quiebre dice más sobre el estado real de Venezuela que cualquier número oficial.
Norma Trujillo ha vivido sesenta y tres años en este barrio costero, la mitad de su vida en las mismas calles, conocida como portavoz del consejo comunal, respetada en la zona. Nada de eso importó cuando el martes a las seis de la tarde, mientras sonaba el himno por la Batalla de Carabobo, un apagón precedió al ruido que subió desde abajo. Entonces todo se movió. Un muro entero se desprendió. Su yerno corrió hacia la escalera donde su nieto de cinco años jugaba con una vecina y un perrito. Una viga le golpeó la cabeza al pequeño. Norma lo tomó en brazos. El niño convulsionaba, expulsaba coágulos por la boca, sangre por los oídos. Lo subieron al auto de un vecino. La autopista estaba bloqueada. Llegó muerto al hospital.
Sentada ahora en esa misma escalera treinta horas después, Norma dice que esto es peor que la tragedia de 1999, cuando un deslave arrasó este mismo litoral. A pocos metros, un matrimonio sigue enterrado bajo los escombros. Dos hermanos murieron en la calle contigua. Una joven con su bebé de tres meses quedó sepultada. Ella enumera los muertos con la precisión de quien lleva el censo del barrio en la cabeza. Lo que la consume no es solo el dolor sino la ausencia: el alcalde no ha venido, el gobernador no ha venido, Protección Civil no ha venido, nadie ha venido. Lo único que han recibido es agua que les pasan en garrafas quienes pasan en moto.
La comparación con aquella tragedia de hace décadas sale de la boca de todos sin que nadie la provoque. Pero algo fundamental ha cambiado. Hace años, Hugo Chávez rechazó la ayuda de Estados Unidos durante una crisis similar. Ahora, Delcy Rodríguez ha dado públicamente las gracias a Trump y a Bukele, ha aceptado rescatistas extranjeros. Ese gesto dice más sobre el estado real de Venezuela que cualquier cifra oficial.
Mientras esa ayuda llega, La Guaira se gobierna a sí misma. Las comunicaciones están cortadas desde el martes. Sugey Avendaño, de treinta y tres años, bajó en moto porque no hay transporte. Su madre vive en una casa vieja en esta zona. Cumple sesenta y cuatro años este viernes. No sabe nada de ella. Cuando se le pregunta a qué le teme, se queda callada. «A que no esté», dice finalmente.
En todo el recorrido por Playa Grande y Catia La Mar no hay una sola vivienda del programa Misión Vivienda, el emblema del chavismo, que se haya salvado. Todas están agrietadas, partidas, inhabitables. El hotel Marriott, de inversión española, quedó sin paredes en gran parte de su fachada, con las habitaciones expuestas a la calle. Más al este, en Macuto, Mario Suárez describe lo que vio al amanecer: edificios uno tras otro reducidos a tres o cuatro metros de altura, cuando antes tenían quince o dieciséis pisos. Calcula que los muertos son incontables. «Necesitamos que nos apoyen porque es mucha gente. Mucha».
Los saqueos comenzaron al amanecer. Rejas arrancadas, estantes vacíos, vidrieras rotas. Sin policía ni guardia nacional, los vecinos se organizan solos para proteger lo que queda. La única ayuda viene de civiles: motorizados con agua, voluntarios con bolsas de comida. Daniela, una vecina que caminó hasta Marina Grande buscando a su hermano, lo dice sin rodeos: ha pasado cuatro veces por ahí y es como si estuvieran desamparados. Vio gente sacando niños. Lo vio, lo vivió.
El gobierno reportó inicialmente alrededor de doscientos muertos en todo el país y más de cuatro mil heridos, pero esa cifra no incluye al estado La Guaira. En el segundo balance del día, los muertos ya habían llegado a novecientos veinte, mientras que los heridos se reducían a tres mil trescientos sesenta. Las cifras siguen siendo inciertas, las comunicaciones cortadas, y en las calles costeras el abandono es total.
Citações Notáveis
Esto es peor que la tragedia del año 99. Peor, peor, peor— Norma Trujillo, residente de La Guaira
Aquí no ha venido el alcalde, no ha venido el gobernador, no ha venido Protección Civil. Nadie— Norma Trujillo