OMS advierte que mortalidad por COVID-19 aumentará en Europa en octubre y noviembre

Se proyecta aumento significativo de mortalidad en Europa durante octubre y noviembre por la pandemia de COVID-19.
En octubre, en noviembre, se verá una mortalidad más elevada
La advertencia del director europeo de la OMS sobre los meses más duros que se avecinaban para el continente.
Mark

¿Por qué Kluge estaba tan seguro de que la mortalidad aumentaría si los números de muertes aún eran bajos en ese momento?

Mimi

Porque los contagios ya estaban en máximos históricos. Hay un retraso entre cuando alguien se contagia y cuando muere. Los 308.000 casos de ese domingo se convertirían en muertes dos o tres semanas después. Kluge veía el futuro en esos números presentes.

Mark

¿Qué le molestaba tanto de la idea de la vacuna como solución?

Mimi

No que existiera una vacuna. Le molestaba que la gente creyera que sería una varita mágica. Sabía que no sería eficaz para todos, que habría poblaciones vulnerables que seguirían en riesgo incluso después de que otros estuvieran vacunados.

Mark

¿Por qué algunos países optaban por restricciones amplias como el límite de seis personas mientras Kluge abogaba por medidas específicas?

Mimi

Porque el pánico estaba ganando. Los gobiernos veían los números subir y reaccionaban con el arma más contundente que tenían. Kluge intentaba ser más quirúrgico, pero la realidad epidemiológica estaba acelerada.

Mark

¿Qué diferencia había entre lo que pasaba en Inglaterra y Austria?

Mimi

Inglaterra iba por restricciones sociales: limitar quién podía reunirse. Austria iba por medidas de salud pública: obligar mascarillas. Ambas eran respuestas a lo mismo, pero con filosofías distintas.

Mark

¿Cuál era el verdadero riesgo que Kluge veía venir?

Mimi

Que Europa estaba a punto de vivir un otoño e invierno devastadores. Los hospitales se saturarían. Las muertes se dispararían. Y todo eso era predecible si mirabas los datos que ya existían.

  • Europa alcanzó un récord de 308.000 contagios en un solo día, con España y Francia liderando una curva ascendente que no daba señales de detenerse.
  • El desfase entre casos y muertes era la trampa silenciosa: los fallecimientos de octubre y noviembre ya estaban escritos en los números de septiembre.
  • Kluge rompió con el optimismo dominante al declarar que una vacuna no sería la solución definitiva ni funcionaría igual para todos los sectores de la población.
  • Inglaterra prohibió reuniones de más de seis personas y Birmingham fue más lejos, vedando por completo los encuentros entre amigos y familiares.
  • Austria extendió el uso obligatorio de mascarillas a tiendas y edificios públicos, reconociendo oficialmente el inicio de una segunda ola.
  • La OMS abogaba por medidas específicas y dirigidas en lugar de confinamientos generales, aunque los números sugerían que el margen para la gradualidad se estrechaba.

A mediados de septiembre de 2020, desde Copenhague, el director europeo de la OMS advirtió que Europa se adentraba en una fase más oscura de la pandemia: los contagios récord de ese momento se convertirían, inevitablemente, en muertes durante octubre y noviembre. Hans Kluge no solo alertó sobre el agravamiento inminente, sino que cuestionó la fe colectiva depositada en la vacuna como salvación universal, recordando que las grandes crisis rara vez tienen salidas tan limpias como las que imaginamos. Mientras los gobiernos europeos comenzaban a restringir reuniones y extender el uso de mascarillas, la humanidad enfrentaba de nuevo la tensión entre proteger la vida y sostener el tejido social.

El lunes de mediados de septiembre de 2020, Hans Kluge, director de la OMS para Europa, se presentó ante reporteros en Copenhague con un pronóstico sin eufemismos: octubre y noviembre traerían una mortalidad más elevada por COVID-19. Los casos ya subían con fuerza en España y Francia, y el domingo anterior se había batido un récord regional con 308.000 contagios en un solo día. Las muertes diarias aún rondaban entre 400 y 500, niveles similares a los de principios de junio, pero ese aparente respiro era engañoso: los epidemiólogos sabían que las cifras de fallecidos siempre llegan después de los contagios.

Kluge aprovechó la ocasión para desafiar una narrativa que se había vuelto casi un mantra político y ciudadano: la idea de que la vacuna pondría fin a la epidemia. Su respuesta fue directa y sorprendió a más de uno. Ni siquiera existía certeza de que una vacuna fuera eficaz para todos los grupos poblacionales; las señales apuntaban a que podría proteger a algunos pero no a otros. Era una llamada a abandonar el optimismo fácil en un momento en que muchos ya imaginaban el regreso a la normalidad.

Mientras tanto, los gobiernos actuaban. Inglaterra prohibió desde ese lunes las reuniones de más de seis personas, tanto en interiores como al aire libre, con excepciones acotadas para escuelas, trabajo, bodas y funerales. Birmingham fue más restrictiva aún, vedando completamente los encuentros sociales entre amigos y familiares. En Austria, el canciller Sebastian Kurz extendió el uso obligatorio de mascarillas a todas las tiendas y edificios públicos, nombrando sin rodeos lo que ocurría: el comienzo de una segunda ola.

Kluge, sin embargo, prefería medidas quirúrgicas a los confinamientos masivos que habían paralizado Europa en la primavera. Era el debate central del continente: cómo frenar el virus sin repetir el colapso económico y social de los primeros meses. Pero los números no esperaban ese debate. Los contagios seguían subiendo, y las muertes, como siempre, llegarían después.

Hans Kluge, el médico belga que dirige las operaciones de la Organización Mundial de la Salud en Europa, se sentó frente a los reporteros de la AFP en Copenhague con un mensaje que no dejaba lugar a la ambigüedad: los meses que venían serían más duros. Era lunes, mediados de septiembre de 2020, y mientras varios gobiernos europeos comenzaban a implementar nuevas restricciones para contener lo que ya se veía venir, Kluge hablaba con la certeza de quien observa los números epidemiológicos en tiempo real. En octubre y noviembre, dijo, Europa vería una mortalidad más elevada por COVID-19.

Los casos ya estaban subiendo de manera acelerada. España y Francia encabezaban esa tendencia ascendente que se había mantenido durante semanas. El domingo anterior al anuncio de Kluge, se había alcanzado un nuevo récord: 308.000 contagios registrados en un solo día en toda la región. Sin embargo, la cifra de muertes diarias aún se mantenía en los niveles de principios de junio, oscilando entre 400 y 500 fallecidos por día. Ese desfase temporal entre casos y muertes era precisamente lo que preocupaba a los epidemiólogos. Los números de contagios subían ahora; las muertes llegarían después.

Lo que Kluge dijo a continuación reflejaba una frustración que muchos funcionarios de salud pública sentían en ese momento. Había escuchado una y otra vez la misma frase en boca de políticos y ciudadanos: la vacuna sería el fin de la epidemia. "¡Por supuesto que no!", respondió con una franqueza que sorprendió a algunos. Ni siquiera sabían si una vacuna sería eficaz para todos. Las señales que recibían sugerían que podría funcionar para algunos sectores de la población pero no para otros. Era una advertencia contra el optimismo ingenuo en un momento en que muchos veían la vacuna como la solución definitiva que permitiría volver a la vida normal.

Mientras Kluge hablaba, los gobiernos europeos ya estaban en movimiento. En Inglaterra, a partir del lunes siguiente, las reuniones de más de seis personas quedaban prohibidas. La medida se aplicaba tanto en espacios cerrados como al aire libre, con excepciones solo para escuelas, lugares de trabajo, bodas y funerales. Birmingham, la segunda ciudad más poblada del Reino Unido, iría más lejos: el martes, los encuentros entre amigos o familias quedarían completamente prohibidos por decisión de las autoridades locales. En Austria, el canciller Sebastian Kurz ordenó extender el uso obligatorio de mascarillas a todas las tiendas y edificios públicos, justificando la medida como respuesta al "comienzo de una segunda ola".

Cluge, sin embargo, abogaba por un enfoque diferente al de los confinamientos generalizados. Prefería medidas específicas, dirigidas, que pudieran frenar la transmisión sin paralizar la vida económica y social de manera tan drástica. Era una posición que reflejaba el debate que se libraba en toda Europa en ese momento: cómo contener una pandemia sin repetir el cierre total que había marcado los primeros meses del año. Los números que Kluge veía, sin embargo, sugerían que el tiempo para las medidas graduales se estaba acabando. Los casos seguían subiendo, y las muertes vendrían después.

Va a ser más duro. En octubre, en noviembre, se verá una mortalidad más elevada
— Hans Kluge, director de la OMS para Europa
Escucho todo el tiempo: 'la vacuna va a ser el fin de la epidemia'. ¡Por supuesto que no! Ni siquiera sabemos si la vacuna va a ser eficaz para todos los sectores de la población
— Hans Kluge
Quer a matéria completa? Leia o original em Diario Correo ↗
Fale Conosco FAQ