En las alturas de San Antonio, Huarochirí, una olla común llamada Paz y Esperanza sostiene a cuarenta familias con ochenta platos diarios preparados por madres que, cuando los insumos faltan, deben mendigar en mercados para que sus vecinos no duerman con hambre. La pandemia añadió otra capa de imposibilidad: sin dinero para mascarillas, improvisaron protección con hojas de col. Es la historia de una comunidad que sobrevive en los márgenes del olvido, sostenida únicamente por la voluntad de quienes no tienen casi nada pero siguen dando.
Olla común en Huarochirí sin insumos: madres mendigan en mercados para alimentar a 40 familias
Nos vamos a los mercados pidiendo, humillándonos
¿Por qué una olla común necesita mendigar? ¿No hay apoyo municipal o estatal?
La olla común Paz y Esperanza funciona porque las madres decidieron que sus vecinos no se murieran de hambre. No porque el Estado las respalde. Mendiguan porque no hay otra opción.
El reportaje no dice si hay programas municipales, si se pidió ayuda oficial, o si simplemente no existen. Sabemos que mendiguan, pero no sabemos si es porque no hay programas o porque no llegan.
¿Cuántas personas realmente dependen de esa olla común?
Cuarenta familias. Eso significa decenas de personas, pero el número exacto de individuos no está claro en el reportaje. Podrían ser cien personas, podrían ser doscientas.
Exacto. Sabemos que preparan ochenta platos para cuarenta familias, pero eso no nos dice cuántas personas hay por familia. Es un número que suena pequeño hasta que te das cuenta de que no sabes realmente cuán grande es el problema.
¿Qué pasó con las hojas de col como mascarillas? ¿Es algo que todavía hacen?
El reportaje lo menciona como un ejemplo de cómo la pandemia expuso la pobreza extrema. Las madres no tenían dinero para mascarillas, así que improvisaron. Es un detalle que muestra cuán profunda es la carencia.
Pero no sabemos si eso fue una solución temporal o si seguían haciéndolo cuando se escribió el reportaje. El tiempo verbal es ambiguo. ¿Fue una necesidad puntual o es algo que continúa?
¿Hay alguna esperanza en esta historia?
La esperanza está en que exista un número de teléfono, en que alguien haya documentado esto, en que la gente pueda llamar y donar. Es pequeña, pero existe.
Sí, pero el reportaje no dice qué pasó después. No sabemos si alguien llamó, si llegó ayuda, si la olla común sigue funcionando. Es un retrato de un momento, no una resolución.
Le Pouls
- La olla común Paz y Esperanza no tiene garantizados los insumos básicos para cocinar, y cuando faltan, cuarenta familias enteras se quedan sin comer ese día.
- Las madres encargadas deben recorrer mercados del distrito a pedir donaciones, enfrentando críticas y humillaciones mientras buscan alimentar a su comunidad.
- La precariedad es tan profunda que durante la pandemia de COVID-19 las mujeres usaron hojas de col como mascarillas al no poder comprar protección básica.
- No existe un plan de contingencia ni red de apoyo institucional: la única alternativa es esperar que alguien done algo al día siguiente.
- Para quienes deseen ayudar con dinero en efectivo o víveres, el contacto disponible es el teléfono 956494725, una línea tendida entre la pobreza extrema y quien pueda escuchar.
En las alturas de San Antonio, Huarochirí, una olla común llamada Paz y Esperanza sostiene a cuarenta familias con ochenta platos diarios preparados por madres que, cuando los insumos faltan, deben mendigar en mercados para que sus vecinos no duerman con hambre. La pandemia añadió otra capa de imposibilidad: sin dinero para mascarillas, improvisaron protección con hojas de col. Es la historia de una comunidad que sobrevive en los márgenes del olvido, sostenida únicamente por la voluntad de quienes no tienen casi nada pero siguen dando.
En un cerro de difícil acceso en la parte alta de San Antonio, Huarochirí, funciona la olla común Paz y Esperanza. Cada día, un grupo de madres prepara ochenta platos de comida para distribuir entre cuarenta familias del vecindario. Detrás de ese número hay un esfuerzo que roza lo imposible: no siempre cuentan con los insumos básicos para cocinar, y cuando faltan, la comunidad entera se queda sin alimento.
Delsy Zumaeta, una de las responsables, describe sin eufemismos lo que implica sostener la olla: recolectar entre vecinos lo poco que tienen y luego ir a los mercados del distrito a mendigar. A veces las critican mientras piden. Aun así, siguen buscando, porque es la única forma que conocen de alimentar a quienes dependen de ellas.
La pandemia de COVID-19 profundizó la precariedad. Sin dinero para comprar mascarillas, las madres improvisaron protección con hojas de col, un gesto que no es solución sino espejo de cuán hondo llega la carencia. Cuando los insumos no aparecen, la olla se queda vacía y no hay red de contención que amortigüe el golpe. Solo queda la esperanza de que mañana alguien done algo.
Quienes deseen colaborar con víveres o dinero en efectivo pueden comunicarse al 956494725, una línea de contacto entre este rincón olvidado de la ciudad y quien esté dispuesto a escuchar.
En la parte alta del distrito de San Antonio, en Huarochirí, existe una olla común llamada Paz y Esperanza que funciona en un cerro de difícil acceso. Un equipo de RPP Noticias llegó a la zona esta mañana y constató lo que las encargadas ya sabían: las personas que viven allí enfrentan una pobreza extrema que se traduce en hambre recurrente.
Delsy Zumaeta, una de las madres responsables de la olla común, explicó cómo funciona el sistema. Cada día preparan ochenta platos de comida que distribuyen entre cuarenta familias del vecindario. El número parece simple, pero detrás hay un esfuerzo que roza lo imposible. No siempre tienen los insumos básicos para cocinar. Cuando no los tienen, la comunidad entera se queda sin comer.
Para conseguir esos insumos, Zumaeta y las otras madres recurren a métodos que requieren una dignidad que la pobreza no siempre permite mantener. Recolectan entre los vecinos lo poco que tienen y luego van a los mercados del distrito a pedir. Mendigar es la palabra que ella usa, sin eufemismos. A veces las personas las critican mientras piden. Aun así, siguen buscando. Es la única forma que conocen de alimentar a sus vecinos.
La precariedad de la zona se extiende más allá de la comida. Durante la pandemia de COVID-19, la falta de dinero para comprar mascarillas llevó a las madres a improvisar protección con hojas de col. No es una solución; es un reflejo de cuán profunda es la carencia. No hay dinero para lo básico, ni siquiera para lo que debería ser lo más elemental en tiempos de pandemia.
Zumaeta reconoce que cuando no logran conseguir insumos, simplemente no cocinan. La olla común se queda vacía. Las cuarenta familias, las decenas de personas que dependen de esa comida diaria, se quedan sin ella. No hay plan B. No hay red de contención. Hay solo la esperanza de que mañana alguien done algo, o que en el mercado alguien tenga compasión.
Quienes quieran ayudar pueden comunicarse al teléfono 956494725 para donar dinero en efectivo o víveres. Es un número de teléfono en un cerro de difícil acceso, en un distrito que la ciudad parece haber olvidado. Pero es lo que existe: una línea de comunicación entre la extrema pobreza y quien pueda escuchar.
Citations marquantes
A veces, entre vecinos recolectamos lo poco que tenemos y nos vamos a los mercados vamos a buscar, pidiendo, humillándonos. A veces las personas nos critican, pero así vamos buscando— Delsy Zumaeta, encargada de la olla común