Mientras la tercera ola de COVID-19 se abría paso por el Perú, el Instituto Nacional de Salud del Niño Breña recordó a las familias que la infancia no es inmune al peso de una pandemia. Más de 860 niños habían sido hospitalizados desde el inicio de la crisis, muchos de ellos con condiciones preexistentes que los hacían especialmente frágiles. El llamado de sus médicos no era solo técnico: era una invitación a sostener la vigilancia cuando el cansancio ya había comenzado a erosionarla.
Minsa recomienda medidas de prevención contra COVID-19 en niños durante tercera ola
Una mascarilla de adulto no protege a un niño como debería
¿Por qué el énfasis en mascarillas de tamaño infantil? ¿No es solo una cuestión de comodidad?
No es comodidad. Es eficacia. Una mascarilla de adulto deja espacios sin sellar en el rostro de un niño. El aire entra y sale sin filtrar. La protección se desmorona.
Mencionas que más de 860 niños fueron hospitalizados. ¿Eso es mucho o poco para una población de millones?
Es lo suficientemente significativo como para que un director de hospital especializado en niños lo cite como cifra de alarma. Cada uno de esos 860 representa una familia que pasó por eso.
¿Qué sorprende más: que haya niños hospitalizados, o que la mayoría tenga comorbilidades?
Que la mayoría tenga comorbilidades. Significa que el virus no es democrático. Ataca donde encuentra debilidad preexistente. Un niño sano tiene más defensas. Uno con asma severa o diabetes no.
Romero habla de alimentación saludable como medida de prevención. ¿Eso no suena como si estuviera culpabilizando a los padres?
Podría sonar así, pero no creo que sea la intención. Es reconocer que hay cosas que los padres pueden controlar ahora mismo. La mascarilla es una barrera externa. La nutrición es una barrera interna. Ambas importan.
¿Cuál es el mensaje más difícil que Romero está transmitiendo?
Que no es seguro relajarse. Que después de 18 meses, cuando todos queremos que esto termine, todavía hay que mantener la guardia. Especialmente si tu hijo tiene una condición de salud preexistente.
O Pulso
- La llegada de la tercera ola encendió las alarmas en el principal hospital pediátrico del país, que ya contaba más de 860 hospitalizaciones infantiles desde el inicio de la pandemia.
- Los niños con comorbilidades —asma severa, cardiopatías, diabetes, obesidad— enfrentaban un riesgo desproporcionado de complicaciones graves, convirtiendo cada descuido familiar en una amenaza real.
- Las mascarillas de talla adulta usadas en niños ofrecen una protección reducida: el ajuste incorrecto rompe el sello protector, y las quirúrgicas deben desecharse tras un solo día de uso.
- El agotamiento pandémico tentaba a los padres a relajar las medidas en parques y espacios recreativos, justo donde los especialistas insistían en mantenerlas.
- La respuesta institucional apuntó tanto a la protección inmediata —mascarilla, distancia, higiene— como a la construcción de defensas a largo plazo mediante alimentación saludable y reducción del sobrepeso infantil.
Mientras la tercera ola de COVID-19 se abría paso por el Perú, el Instituto Nacional de Salud del Niño Breña recordó a las familias que la infancia no es inmune al peso de una pandemia. Más de 860 niños habían sido hospitalizados desde el inicio de la crisis, muchos de ellos con condiciones preexistentes que los hacían especialmente frágiles. El llamado de sus médicos no era solo técnico: era una invitación a sostener la vigilancia cuando el cansancio ya había comenzado a erosionarla.
Cuando la tercera ola de COVID-19 comenzó a sentirse en el Perú, el Instituto Nacional de Salud del Niño Breña lanzó un mensaje directo a los padres: no era momento de bajar la guardia. Su director general, Alberto Romero, tenía ante sí una cifra que lo decía todo: más de 860 niños, niñas y adolescentes habían sido hospitalizados desde que la pandemia llegó al país. No eran estadísticas abstractas, sino camas ocupadas y familias en vilo.
Romero fue preciso en sus indicaciones. No bastaba con usar mascarilla; había que usar la mascarilla correcta. Los rostros infantiles son más pequeños, y una mascarilla de talla adulta no sella bien, lo que reduce su eficacia. Por eso recomendó mascarillas de talla infantil para todos los menores mayores de dos años al salir de casa, y recordó que las quirúrgicas son de un solo uso. A eso se sumaban el distanciamiento físico y el lavado frecuente de manos, medidas ya conocidas pero no por ello menos urgentes.
Lo que más preocupaba al equipo médico era el perfil de los niños hospitalizados: la mayoría compartía alguna comorbilidad. Asma severa, enfermedades cardíacas, problemas inmunológicos, diabetes, obesidad. Estos menores no solo estaban expuestos al virus; eran más vulnerables a sus consecuencias. Romero extendió entonces sus recomendaciones hacia el largo plazo: una dieta rica en frutas y verduras, agua en lugar de bebidas azucaradas, hábitos que construyeran defensas desde adentro.
La tensión más difícil era otra: después de año y medio de pandemia, los niños necesitaban jugar, correr, relacionarse. Romero no negó esa necesidad, pero fue claro: incluso en parques y espacios recreativos, la mascarilla debía permanecer puesta. La tercera ola no daba tregua, y los más vulnerables seguían en riesgo.
Cuando la tercera ola de COVID-19 comenzó a golpear al país, el Instituto Nacional de Salud del Niño Breña emitió un llamado directo a los padres: no bajen la guardia. Alberto Romero, director general de la institución, llevaba el registro de más de 860 niños, niñas y adolescentes que habían pasado por hospitalización desde que la pandemia llegó al Perú. Esa cifra no era abstracta. Representaba camas ocupadas, familias en espera, pequeños cuerpos lidiando con una enfermedad que nadie esperaba que fuera tan severa en la población infantil.
Romero fue claro en sus recomendaciones, pero también específico. No se trataba simplemente de usar mascarilla. Se trataba de usar la mascarilla correcta. Los rostros de los niños son más pequeños que los de los adultos, explicó, y una mascarilla de tamaño adulto no se ajusta de la misma manera. El sello no es hermético. La protección se reduce. Por eso insistió en que todos los menores mayores de dos años debían usar mascarillas fabricadas específicamente para ellos cuando salieran de casa. Y luego estaba el asunto del reemplazo: las mascarillas quirúrgicas no son reutilizables. Un día de uso, y después al basurero.
Pero la mascarilla era solo una parte de la ecuación. Romero también enfatizó el distanciamiento físico y el lavado constante de manos con agua y jabón. Medidas que para entonces ya sonaban familiares, casi gastadas por la repetición, pero que seguían siendo fundamentales. Lo que resultaba más preocupante, sin embargo, era el perfil de los niños que terminaban hospitalizados. No eran casos al azar. La mayoría de quienes llegaban a camas de hospital tenían algo en común: comorbilidades. Asma severa, enfermedades del corazón, problemas inmunológicos, diabetes, historiales de trasplantes, tumores, sobrepeso. Estos niños no solo estaban expuestos al virus; estaban más vulnerables a sus consecuencias.
Romero extendió sus recomendaciones más allá de lo que podría considerarse medidas de emergencia. Habló de alimentación. Una dieta rica en frutas y verduras, dijo, no era un lujo sino una necesidad. Los niños debían crecer sanos, y eso significaba enseñarles a beber agua en lugar de bebidas azucaradas o carbonatadas. La obesidad infantil era un factor de riesgo que los padres podían controlar directamente. No era solo sobre proteger a los niños del virus en el momento; era sobre construir defensas desde adentro.
Y luego estaba la tensión que todo padre enfrentaba en ese momento. Después de más de un año y medio de pandemia, los niños necesitaban jugar. Necesitaban relacionarse con otros niños. Necesitaban correr en parques, hacer deporte, tener momentos de esparcimiento. Romero no negó esa necesidad. Pero fue tajante: incluso en esos espacios, la mascarilla debía permanecer puesta. No era el momento de relajar las medidas. La tercera ola estaba aquí, y los niños más vulnerables seguían en riesgo.
Citações Notáveis
El rostro de los niños son más pequeños, por ello las mascarillas para adultos no brindan el mismo nivel de ajuste y eficacia— Alberto Romero, director general del INSN Breña
Después de un año y medio los niños necesitan relacionarse con sus pares y tener momentos de esparcimiento, pero al momento de hacer deporte o jugar en un parque tienen que mantener la mascarilla puesta— Alberto Romero