Minsa realizó seguimiento a 119,569 pacientes COVID-19 en Lima Este

Perú registra 30,812 fallecidos y 733,860 contagios confirmados por COVID-19, con 10,002 pacientes hospitalizados y 1,460 en UCI con ventilación mecánica.
Día a día, salen a las calles para detectar y diagnosticar oportunamente
Valentina Alarcón describe la estrategia diaria de los equipos de salud en Lima Este para identificar casos de COVID-19 en la comunidad.
Mark

¿Por qué el Minsa decidió dividir el seguimiento entre visitas a domicilio y llamadas telefónicas? ¿No hubiera sido más efectivo hacer todo presencial?

Mimi

La realidad es que no tenían suficientes equipos para visitar a todos. Con 25 equipos y casi 120 mil pacientes, las matemáticas no daban. Las llamadas permitían monitorear a la mayoría sin que los equipos se agotaran. Las visitas se reservaban para casos que lo ameritaban más.

Luke

Pero aquí está el problema: no sabemos cuáles fueron los criterios para decidir quién recibía visita y quién solo llamada. El reporte dice que se hacía "de acuerdo a lo que amerite", pero eso es vago. ¿Cómo se determinaba eso? ¿Había protocolos claros o era a criterio del operador?

Mark

¿Y esos mil 330 seguimientos diarios eran suficientes? ¿Cuántos casos nuevos estaban apareciendo en Lima Este en ese momento?

Mimi

El reporte no lo dice explícitamente, pero si tenían 119 mil pacientes acumulados y hacían mil 330 seguimientos diarios, eso sugiere que estaban revisitando a los mismos pacientes múltiples veces durante su período de enfermedad, no solo haciendo seguimiento a casos nuevos.

Luke

Exacto. Y eso es importante porque significa que el número de seguimientos diarios no es comparable al número de casos nuevos. No sabemos cuál era la velocidad de nuevos diagnósticos en Lima Este. El reporte mezcla dos cosas diferentes.

Mark

¿Qué tan efectivo era realmente este sistema? ¿Logró reducir los contagios en Lima Este?

Mimi

El Minsa no proporciona esa métrica. Solo dice que el objetivo era "disminuir los casos en este sector", pero no hay datos sobre si realmente lo logró. Es un reporte sobre la actividad, no sobre los resultados.

Luke

Y ese es el vacío más grande. Puedes tener 25 equipos haciendo mil 330 seguimientos diarios, pero si no hay evidencia de que eso redujo hospitalizaciones o muertes en Lima Este, entonces estamos midiendo esfuerzo, no impacto. El reporte es transparente sobre lo que hicieron, pero silencioso sobre si funcionó.

  • Con más de 733 mil contagios confirmados y hospitales al límite, Lima Este se había convertido en uno de los epicentros más críticos de la pandemia en el país.
  • 25 equipos de salud realizaban más de 1,330 seguimientos diarios, combinando visitas domiciliarias y llamadas telefónicas para alcanzar a pacientes dispersos en una ciudad desbordada.
  • La detección oportuna era la apuesta central: identificar síntomas a tiempo para iniciar tratamiento antes de que los casos se agravaran y saturaran aún más las UCI.
  • Con 1,460 pacientes en ventilación mecánica y 10,002 hospitalizados a nivel nacional, cada seguimiento exitoso representaba una posible hospitalización evitada.
  • La efectividad del sistema dependía de factores fuera del control del Minsa: familias que cumplieran el aislamiento, comunidades que confiaran en el personal de salud, recursos suficientes para sostener el esfuerzo.

En el otoño pandémico de 2020, cuando Perú acumulaba más de 30 mil muertos y casi 734 mil contagios, el Ministerio de Salud reveló que en Lima Este casi 120 mil personas habían sido seguidas clínicamente por equipos que tocaban puertas y marcaban teléfonos cada día. Era un esfuerzo que ponía nombre y dirección a una cifra que de otro modo permanecería abstracta: la de una sociedad intentando cuidar a los suyos en medio del caos. La detección temprana, modesta pero persistente, era quizás la única herramienta disponible para evitar que más vidas llegaran demasiado tarde a los hospitales.

A mediados de septiembre de 2020, el Ministerio de Salud reveló que casi 120 mil personas diagnosticadas con COVID-19 en los distritos del este de Lima habían recibido seguimiento clínico. Detrás del número estaba el trabajo diario de equipos que tocaban puertas y hacían llamadas, intentando contener la propagación en tiempo real.

La Dirección de Redes Integradas de Salud de Lima Este, dirigida por Valentina Alarcón, dividió la tarea en dos frentes: más de 18 mil pacientes recibieron visitas domiciliarias, mientras que más de 100 mil fueron contactados por teléfono. Ambas estrategias respondían a la misma lógica: llegar al enfermo donde estaba, evaluar su estado e intervenir cuando fuera necesario con medicamentos y orientación médica.

Los 25 equipos de seguimiento clínico realizaban alrededor de 1,330 contactos diarios, distribuidos entre centros de salud de primer nivel y brigadas de respuesta rápida. Alarcón subrayó que la velocidad era crucial: detectar a tiempo permitía iniciar el tratamiento sin demora y reducir tanto la gravedad de los casos como la transmisión comunitaria.

El contexto nacional era sombrío: 30,812 fallecidos, 733,860 contagios confirmados, 10,002 hospitalizados y 1,460 pacientes en UCI con ventilación mecánica. Lima Este, zona densamente poblada, era un epicentro de la crisis. Cada uno de los mil 330 seguimientos diarios era un encuentro con la incertidumbre: un paciente que podía estar mejorando o empeorando, una familia que podía estar cumpliendo el aislamiento o ignorándolo. El Minsa había puesto en marcha una máquina de seguimiento, pero su efectividad dependía de factores que estaban fuera de su alcance.

A mediados de septiembre de 2020, cuando la pandemia de COVID-19 llevaba meses devastando al país, el Ministerio de Salud reportó una cifra que ilustraba la escala de su operación en una sola zona de Lima: casi 120 mil personas diagnosticadas con el virus habían recibido seguimiento clínico en los distritos del este capitalino. No era un número abstracto. Detrás estaba el trabajo cotidiano de equipos de salud que tocaban puertas, hacían llamadas, identificaban síntomas y trataban de contener la propagación en tiempo real.

La Dirección de Redes Integradas de Salud de Lima Este, bajo la dirección de Valentina Alarcón, había dividido ese trabajo de dos formas. De los 119 mil 569 pacientes monitoreados hasta esa fecha, aproximadamente 18 mil 585 recibieron visitas en sus domicilios, mientras que más de 100 mil fueron contactados por teléfono. Ambas estrategias respondían a la misma lógica: llegar a los enfermos donde estaban, evaluar su estado, y cuando fuera necesario, intervenir con medicamentos y orientación médica. Alarcón explicó que cada seguimiento se adaptaba a lo que el caso requería, y que los profesionales de salud que realizaban estas tareas provenían de diferentes iniciativas: operativos casa por casa, brigadas comunitarias, campañas integrales.

La infraestructura para sostener este esfuerzo era modesta pero concentrada. La Diris Lima Este contaba con 25 equipos de seguimiento clínico que, en conjunto, realizaban alrededor de mil 330 seguimientos cada día. Eso significaba que, en promedio, cada equipo manejaba más de 50 casos diarios. Estos equipos estaban distribuidos entre dos tipos de establecimientos: los centros de salud de primer nivel, que realizaron 85 mil 902 de los seguimientos, y las brigadas de respuesta rápida, que completaron 33 mil 667. La división del trabajo permitía que mientras algunos profesionales atendían en los centros, otros salían a las calles para detectar casos nuevos.

Alarcón enfatizó que la velocidad en la detección era crucial. "Nuestro personal de salud, día a día, sale a las calles para detectar y diagnosticar oportunamente", dijo. Esa prontitud en identificar a los positivos permitía iniciar el tratamiento sin demora, lo que teóricamente reducía tanto la gravedad de los casos como la transmisión comunitaria. En un contexto donde los hospitales estaban saturados y los recursos escasos, la detección temprana en la comunidad era una de las pocas herramientas disponibles para evitar que más personas llegaran en estado crítico.

El contexto nacional en ese momento era sombrío. A nivel país, el Ministerio de Salud reportaba 30 mil 812 fallecidos y 733 mil 860 contagios confirmados. En los hospitales había 10 mil 2 pacientes internados por COVID-19, de los cuales mil 460 estaban en unidades de cuidados intensivos con ventilación mecánica. Aunque 573 mil 364 personas habían completado su aislamiento o recibido el alta, los números de muertes y hospitalizaciones seguían siendo alarmantes. Lima Este, como zona densamente poblada, era un epicentro de la crisis, y el trabajo de seguimiento que describía Alarcón era un intento de contener lo que parecía incontrolable.

Lo que el reporte del Minsa no podía capturar completamente era el costo humano de esa labor. Los 25 equipos salían cada día a una ciudad donde el virus circulaba libremente, donde muchas personas aún no creían en la enfermedad, donde los recursos para aislar a los enfermos eran limitados. Cada uno de los mil 330 seguimientos diarios era un encuentro con la incertidumbre: un paciente que podría estar mejorando o empeorando, una familia que podría estar cumpliendo el aislamiento o ignorándolo, una comunidad que podría estar colaborando o resistiéndose. El Ministerio de Salud había puesto en marcha una máquina de seguimiento, pero su efectividad dependía de factores que estaban fuera de su control.

El seguimiento que se da a nuestros pacientes es de acuerdo a lo que amerite, por teléfono o visita a casa. Ambas acciones son realizadas por nuestros profesionales de la salud
— Valentina Alarcón, titular de la Diris Lima Este
Nuestro personal de salud, día a día, sale a las calles para detectar y diagnosticar oportunamente; de esta forma, podemos identificar los casos positivos de forma temprana
— Valentina Alarcón
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