Investigador del Barcelonaβeta: reducir 14 factores de riesgo podría prevenir el 45% de casos de demencia

El Alzheimer avanza en silencio durante 15 a 20 años antes de manifestarse
Sánchez Benavides explica por qué la detección precoz de cambios cognitivos es crucial antes de que la enfermedad sea evidente.
Mark

¿Por qué es tan importante detectar cambios cognitivos que la persona ni siquiera nota?

Mimi

Porque la enfermedad avanza en silencio durante años. Si esperamos a que alguien se dé cuenta de que olvida cosas, ya estamos en una fase más avanzada. Detectar cambios sutiles nos permite identificar a quiénes se beneficiarán más de una intervención temprana.

Mark

Pero si alguien tiene cambios cognitivos sutiles, ¿significa que definitivamente desarrollará demencia?

Mimi

No. El Alzheimer es multifactorial y muy complejo. Trabajamos con probabilidades. Algunos cambios contribuyen a un mayor riesgo, especialmente si se combinan con otras evidencias biológicas, pero aún estamos mejorando nuestros modelos predictivos.

Mark

¿Qué hace que las pruebas digitales sean mejores que las tradicionales?

Mimi

Las pruebas de papel y lápiz se desarrollaron hace décadas para detectar deterioro claro. Las digitales permiten medir repetidamente desde casa, capturan tiempos de reacción exactos y muestran cómo cambia el rendimiento semana a semana. Para cambios muy iniciales, esa frecuencia es crucial.

Mark

¿Hay riesgo de que la tecnología introduzca sesgos?

Mimi

Absolutamente. No todos tienen la misma familiaridad con dispositivos o acceso a internet. El idioma, la educación y el entorno influyen. Por eso validar bien estas herramientas es tan importante como crearlas.

Mark

El 45% de casos que podrían prevenirse, ¿es una promesa individual o colectiva?

Mimi

Colectiva. No significa que una persona pueda eliminar su riesgo completamente. Significa que como sociedad, si reducimos esos 14 factores de riesgo, podríamos prevenir o retrasar casi la mitad de los casos de demencia.

Mark

¿Cuándo tendremos una cura?

Mimi

Probablemente décadas. El Alzheimer está íntimamente ligado al envejecimiento. Creo que el futuro pasa más por la prevención y, cuando la enfermedad esté establecida, por combinaciones de tratamientos que ataquen diferentes aspectos simultáneamente.

  • El Alzheimer puede desarrollarse durante 15 o 20 años sin síntomas visibles, lo que convierte la detección temprana en una carrera contra un adversario que no anuncia su llegada.
  • Las pruebas cognitivas clásicas, aplicadas una vez al año en clínica, son demasiado lentas y poco sensibles para capturar los cambios microscópicos de la fase preclínica.
  • Los biomarcadores digitales —pruebas breves en móvil o tableta, repetibles desde casa— permiten medir memoria, atención y velocidad de procesamiento con una frecuencia y precisión sin precedentes.
  • La brecha digital, el idioma y el nivel educativo amenazan con sesgar estos nuevos instrumentos, exigiendo una validación rigurosa antes de su uso generalizado.
  • La Lancet Commission estima que reducir 14 factores de riesgo modificables —desde el sedentarismo hasta la contaminación ambiental— podría prevenir casi la mitad de los casos de demencia a escala poblacional.
  • La investigación sobre la presión arterial nocturna y el sistema glinfático apunta a que dormir bien y controlar la hipertensión no es solo higiene general, sino una posible línea de defensa directa contra el Alzheimer.

Durante décadas, el Alzheimer avanza en silencio antes de que nadie lo note; ahora, investigadores como Gonzalo Sánchez Benavides buscan señales en esa penumbra preclínica mediante herramientas digitales capaces de capturar cambios cognitivos que escapan a las pruebas tradicionales. Su trabajo, desarrollado en el Barcelonaβeta Brain Research Center de Barcelona, recuerda que la enfermedad no comienza cuando se olvida un nombre, sino mucho antes, cuando el cerebro ya lleva años acumulando proteínas anómalas sin dar aviso. La ciencia empieza a aprender a leer ese silencio, y con ello abre una ventana —todavía estrecha, pero real— para intervenir antes de que el daño sea irreversible.

Gonzalo Sánchez Benavides, investigador del Barcelonaβeta Brain Research Center y del Hospital del Mar Research Institute, dedica su trabajo a detectar el Alzheimer antes de que se vuelva visible. La enfermedad comienza con la acumulación silenciosa de proteínas amiloide y tau durante 15 o 20 años, sin síntomas evidentes. Es en esa fase preclínica donde Sánchez Benavides busca señales: cambios cognitivos tan leves que las pruebas tradicionales podrían ignorarlos por completo.

Para lograrlo, su equipo trabaja con biomarcadores digitales: pruebas breves que las personas realizan en sus teléfonos o tabletas desde casa, con la frecuencia necesaria para ver cómo evoluciona su rendimiento semana a semana. Estas herramientas miden memoria, atención, velocidad de procesamiento y funciones ejecutivas, y capturan datos —como los tiempos de reacción exactos— que el papel y el lápiz no pueden registrar. Sin embargo, no son una solución perfecta: la familiaridad con la tecnología, el idioma y el entorno de la prueba pueden distorsionar los resultados, y validarlas con rigor es tan importante como diseñarlas.

Más allá de la detección, la prevención ofrece una perspectiva poderosa. La Lancet Commission identificó 14 factores de riesgo modificables —entre ellos la pérdida auditiva, la hipertensión, el sedentarismo, el aislamiento social y la contaminación ambiental— cuya reducción podría prevenir o retrasar cerca del 45% de los casos de demencia a nivel poblacional. No es una garantía individual, sino una oportunidad colectiva.

Sánchez Benavides también investiga el vínculo entre la presión arterial nocturna y el Alzheimer. El sistema glinfático, que limpia el cerebro de residuos durante el sueño profundo, depende de la pulsatilidad vascular para funcionar. Cuando la presión arterial no desciende el 10-20% habitual durante la noche —algo frecuente en personas con hipertensión—, esa limpieza se ve comprometida y el riesgo de acumulación de proteínas problemáticas aumenta. Una cura todavía queda lejos, pero el horizonte se perfila con más claridad: prevención, detección precoz y, cuando la enfermedad ya está presente, combinaciones de tratamientos que actúen sobre varios frentes a la vez.

Gonzalo Sánchez Benavides lleva años estudiando algo que casi nadie ve: el Alzheimer antes de que se vuelva visible. Como investigador del Barcelonaβeta Brain Research Center y del Hospital del Mar Research Institute, su trabajo se centra en detectar cambios cognitivos tan sutiles que la mayoría de las personas ni siquiera los notaría. Es un trabajo de precisión en la penumbra, buscando señales antes de que la enfermedad se declare abiertamente.

El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que comienza silenciosamente. Proteínas anormales —amiloide y tau— se acumulan en el cerebro durante años, quizá 15 o 20, sin causar síntomas evidentes. Esta es la fase preclínica, el período largo y silencioso antes de que alguien empiece a olvidar nombres o a tener dificultades para hablar. Lo que Sánchez Benavides intenta hacer es detectar los cambios cognitivos que ocurren justo cuando la enfermedad comienza a manifestarse, pero aún de manera tan leve que las pruebas tradicionales podrían pasarlos por alto. Es la diferencia entre ver una grieta en el vidrio y esperar a que se rompa completamente.

La detección temprana importa porque permite intervenir antes. Los tratamientos actuales contra la acumulación de amiloide tienen una eficacia limitada y se reservan para fases más avanzadas de la enfermedad. Si se pudiera identificar a las personas en riesgo inminente de deterioro cognitivo, podrían ofrecérseles intervenciones —cambios en el estilo de vida, posiblemente medicamentos— cuando aún hay más margen para actuar. Pero hay un problema práctico: la fase preclínica es tan larga que los estudios clínicos tradicionales tardarían décadas en demostrar si una intervención realmente funciona. Por eso Sánchez Benavides y otros investigadores están desarrollando nuevas formas de medir cambios cognitivos más pequeños y hacerlo repetidamente a lo largo del tiempo.

Una de esas formas es mediante biomarcadores digitales. En lugar de pruebas de papel y lápiz administradas una vez al año en una clínica, las personas pueden hacer pruebas cognitivas breves en sus teléfonos o tabletas desde casa, tantas veces como sea necesario. Estas pruebas digitales miden memoria, atención, velocidad de procesamiento, lenguaje y funciones ejecutivas. Capturan datos que las pruebas clásicas no pueden, como los tiempos de reacción exactos. Permiten ver cómo cambia el rendimiento de una persona semana a semana, no solo año a año. Para fases muy iniciales del Alzheimer, donde los cambios cognitivos pueden ser microscópicos, esa frecuencia de medición es crucial.

Pero los biomarcadores digitales no son una solución mágica. No todo el mundo tiene la misma familiaridad con la tecnología o el mismo acceso a dispositivos e internet. El idioma, el nivel educativo y el entorno donde se realiza la prueba pueden influir en los resultados. El desafío no es solo crear pruebas digitales atractivas, sino validarlas cuidadosamente para asegurar que realmente miden cognición y no simplemente la capacidad de alguien para usar un dispositivo.

Más allá de la detección, está la prevención. La Lancet Commission identificó 14 factores de riesgo modificables para la demencia: nivel educativo bajo, pérdida auditiva, hipertensión, obesidad, colesterol LDL elevado, traumatismo craneoencefálico, consumo excesivo de alcohol, tabaquismo, depresión, inactividad física, diabetes, aislamiento social, contaminación ambiental y pérdida visual no tratada. Si la exposición a estos 14 factores se redujera a lo largo de la vida, podrían prevenirse o retrasarse aproximadamente el 45% de los casos de demencia. Esa cifra es a nivel poblacional, no individual: no significa que una persona pueda eliminar completamente su riesgo, sino que como sociedad se podría reducir significativamente el impacto de la enfermedad.

Sánchez Benavides también investiga una conexión novedosa entre la presión arterial durante el sueño y el Alzheimer. El cerebro tiene un sistema de limpieza llamado sistema glinfático que funciona principalmente durante el sueño profundo. La pulsatilidad vascular —las fluctuaciones en la presión arterial— ayuda a eliminar residuos del cerebro, incluidas las proteínas problemáticas. Cuando hay hipertensión, esa pulsatilidad disminuye, y con ella, probablemente, la capacidad del cerebro para limpiarse. Normalmente, la presión arterial baja entre un 10 y un 20% durante el sueño; la evidencia sugiere que cuando no baja, el riesgo de Alzheimer aumenta.

Estamos más cerca de entender el Alzheimer que nunca, pero aún falta mucho. Sánchez Benavides cree que pasarán décadas antes de tener una cura. El futuro probablemente pase por la prevención y, cuando la enfermedad ya esté establecida, por combinaciones de tratamientos que ataquen diferentes aspectos de la enfermedad simultáneamente. Por ahora, el trabajo es detectar lo invisible, medir lo imperceptible, y ofrecer a las personas la oportunidad de actuar antes de que sea demasiado tarde.

Si se redujera la exposición a estos 14 factores a lo largo de la vida, podrían prevenirse o retrasarse hasta alrededor del 45% de los casos de demencia
— Gonzalo Sánchez Benavides, investigador del Barcelonaβeta Brain Research Center
El reto no es solo desarrollar pruebas digitales atractivas, sino validarlas bien y asegurar que midan cognición, y no simplemente habilidad para manejar un dispositivo
— Gonzalo Sánchez Benavides
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