Cuando una frontera se cierra, el mundo no desaparece al otro lado: simplemente se reorganiza. En Tijuana, el albergue Embajadores de Jesús —fundado hace quince años por Gustavo Banda y su esposa— ha absorbido en silencio el impacto del cierre migratorio decretado por Trump el 21 de enero de 2025, convirtiéndose en comunidad, escuela y punto de partida para quienes ya no miran hacia el norte. Lo que comenzó como refugio de emergencia se ha transformado en un testimonio vivo de que las ciudades, como Tijuana misma, siempre se construyeron con migrantes.
El albergue de Gustavo: refugio de migrantes en Tijuana desafía políticas de Trump
Tijuana se construyó con puros migrantes
¿Por qué el albergue de Gustavo sobrevivió cuando otros cerraron?
Porque nunca dependió de fondos del Gobierno estadounidense. Mientras el ACNUR y la OIM retiraban recursos, Gustavo tenía donaciones de iglesias cristianas estadounidenses que no se evaporan con un cambio de administración.
Pero eso significa que su modelo depende de la caridad privada. ¿Qué pasa si esas iglesias dejan de donar? El artículo no dice cuánto dinero recibe ni cuál es su presupuesto anual.
¿Cuántas personas realmente necesitan refugio ahora?
El albergue tiene mil doscientas camas pero solo seiscientas cincuenta ocupadas. Gustavo dice que no es una migración masiva, que es más bien gente atrapada porque no puede entrar a Estados Unidos ni regresar a sus países.
Eso es interesante porque Trump dice que hay una crisis de migraciones masivas. Pero los números de retornos de mexicanos bajaron de ochenta y dos mil a cincuenta y seis mil en el primer semestre. El artículo no explica por qué bajaron.
¿Qué pasa con los deportados de terceros países?
Quedan sin apoyo oficial. México los recibe bajo presión de Trump, pero el Gobierno solo ayuda a los mexicanos retornados con el plan "México te abraza". Los otros están solos.
El artículo dice que México "aceptó recibirlos ante presiones de Trump", pero no detalla cuántos terceros países han sido deportados ni cuál es el acuerdo exacto. ¿Cuántos haitianos, venezolanos, cubanos? No lo sabemos.
¿Cómo es la vida dentro del albergue?
Hay escuela, hay trabajo en construcción, hay pequeños negocios. Gustavo está construyendo viviendas para que la gente pueda quedarse en Tijuana. Algunos migrantes han abandonado el sueño americano por el mexicano.
Eso suena esperanzador, pero el artículo no dice cuántas personas han logrado eso. ¿Cuántos de los seiscientos cincuenta tienen trabajo estable? ¿Cuántos han abierto negocios? Son historias hermosas pero sin números.
El Pulso
- El cierre repentino del programa de asilo estadounidense dejó a miles de personas sin rumbo en cuestión de horas, muchas de ellas incapaces de regresar a sus países de origen.
- Otros albergues de la región colapsaron al perder financiación internacional, mientras Embajadores de Jesús resistió gracias a su independencia de los fondos gubernamentales.
- Los migrantes llegan con heridas físicas y traumas profundos —agresiones sexuales, enfermedades crónicas sin tratar, doble desplazamiento— que desbordan la capacidad médica disponible en la frontera.
- México recibe presión para acoger deportados de terceros países sin apoyo oficial, mientras el plan 'México te abraza' cubre solo a ciudadanos mexicanos retornados.
- En el albergue crece una comunidad estable: hay escuela pública, pequeños negocios, empleos en construcción y familias que han cambiado el sueño americano por echar raíces en México.
Cuando una frontera se cierra, el mundo no desaparece al otro lado: simplemente se reorganiza. En Tijuana, el albergue Embajadores de Jesús —fundado hace quince años por Gustavo Banda y su esposa— ha absorbido en silencio el impacto del cierre migratorio decretado por Trump el 21 de enero de 2025, convirtiéndose en comunidad, escuela y punto de partida para quienes ya no miran hacia el norte. Lo que comenzó como refugio de emergencia se ha transformado en un testimonio vivo de que las ciudades, como Tijuana misma, siempre se construyeron con migrantes.
El 21 de enero de 2025, el mismo día en que Donald Trump canceló el programa de asilo estadounidense, Gustavo Banda condujo hasta la línea fronteriza para recoger a quienes se habían quedado sin opciones. Un venezolano y un cubano le dijeron que no podían volver a sus países. Él les dijo que se vinieran con él. Hoy forman parte de las seiscientas cincuenta personas que viven en el albergue Embajadores de Jesús, en el Cañón del Alacrán de Tijuana, el mayor de su tipo en México.
El albergue sobrevivió donde otros cayeron porque nunca dependió de fondos del Gobierno estadounidense. Mientras organizaciones vinculadas al ACNUR o a la OIM reducían drásticamente su presencia en la región, Gustavo mantuvo el albergue con donaciones de iglesias y pequeñas ONG cristianas de Estados Unidos. Con mil doscientas camas y quince años de historia, la institución tiene sus raíces en la crisis de 2010, cuando el terremoto de Haití y la recesión global llevaron a decenas de miles de migrantes hasta Tijuana. Gustavo fundó entonces lo que llamó 'la pequeña Haití', ayudando a familias a asentarse, construir viviendas y traer a sus seres queridos.
Hoy la comunidad sigue creciendo. El albergue cuenta con una escuela pública desde guardería hasta bachillerato, pequeños negocios y empleos en las maquilas de la zona. Gustavo, que planea jubilarse tras treinta y dos años como funcionario, dedica ese tiempo libre a levantar nuevas viviendas con ayuda de los propios migrantes, para regalarlas a familias que buscan un espacio propio después de pasar por el albergue.
Pero la realidad que llega cada día es dura. Daniel Soto, enfermero venezolano con siete años de experiencia en albergues fronterizos, atiende a personas con heridas por agresiones, enfermedades crónicas sin medicación y traumas por violaciones ocurridas al final de la travesía. Detecta además una brecha crítica: los mexicanos deportados reciben asistencia oficial a través del plan 'México te abraza', pero los deportados de terceros países —que México aceptó recibir bajo presión de Trump— quedan fuera de esa red. Muchos migrantes, mientras tanto, ya no hablan del sueño americano. Algunos dicen que lo han cambiado por el mexicano. 'Tijuana se construyó con puros migrantes', concluye Gustavo.
Cuando Donald Trump cerró la frontera el primer día de su segundo mandato, Gustavo Banda subió a su camioneta y condujo hasta la línea que divide México de Estados Unidos. Allí estaban varias personas que él y su esposa habían acogido en su albergue —el más grande de los que funcionan para migrantes en México— ubicado en Tijuana, donde lo han dirigido durante quince años. El 21 de enero de 2025, el Gobierno estadounidense canceló de golpe su programa de asilo. Miles de personas quedaron sin rumbo. Gustavo recuerda la desesperación de ese día: un venezolano y un cubano le dijeron que no podían regresar a sus países. Él les respondió que se vinieran con él. Hoy están en el albergue, junto con muchos otros como ellos. "No es como dice Donald Trump", comenta Gustavo. "Son gente que trabaja muy duro".
El albergue Embajadores de Jesús, ubicado en el Cañón del Alacrán, es uno de los pocos que sigue funcionando activamente en Tijuana. Su supervivencia depende de una decisión estratégica: nunca dependió de fondos del Gobierno estadounidense. Mientras otros albergues, financiados a través del ACNUR o la Organización Internacional para las Migraciones, vieron cómo su presencia se reducía drásticamente en la región, el de Gustavo se sostuvo con donaciones de iglesias estadounidenses y pequeñas organizaciones no gubernamentales, mayoritariamente cristianas. "Tenemos convenios con entidades un poco más sólidas que no dependen de si viene Donald Trump a gobernar", explica. "Gracias a Dios y a la ayuda de nuestros amigos de Estados Unidos, pues seguimos adelante".
Gustavo planea jubilarse este año después de treinta y dos años como funcionario. Espera dedicar más tiempo al albergue ahora que la situación se ha complicado. México, que era un país de tránsito, se ha convertido en un destino forzoso. Muchos migrantes le dicen que ya no les interesa el sueño americano. Algunos, si les ha ido bien, lo han cambiado por el sueño mexicano. Sin embargo, Gustavo insiste en que este no es un momento de migraciones masivas, como el Gobierno estadounidense a menudo sugiere. El albergue tiene sus raíces en otra crisis: la de 2010, cuando los efectos de la crisis económica mundial se sumaron al devastador terremoto en Haití que mató a doscientos veinte mil personas y desplazó a millón y medio. Ese año, unos veintidós mil migrantes —muchos haitianos— llegaron a Tijuana. "Yo fundé aquí lo que llamamos 'la pequeña Haití'", dice Gustavo. Se convirtieron en una base humanitaria: su esposa ayudaba a los haitianos con los trámites para asentarse, y con el tiempo construyeron viviendas y trajeron a sus familias.
Ese fue el embrión del albergue. Con mil doscientas camas, hoy funciona a medio gas, con seiscientas cincuenta personas. El pico de llegadas fue durante el primer mandato de Trump, cuando unos diez mil migrantes se unieron para hacer juntos el camino desde Centroamérica, evidenciando el drama humanitario. Además, cada día recibían entre cien y ciento cincuenta deportados, no solo de la fronteriza Texas, sino también de Arizona y Nuevo México. "Los enviaban en avión y los desembarcaban aquí, en el Paso de San Ysidro", recuerda Gustavo. "Nunca se me va a olvidar el primer periodo del señor Trump".
Las personas deportadas acumulan doble desplazamiento y trauma. Daniel Soto, enfermero venezolano, lleva siete años facilitando el acceso a la salud para migrantes en albergues de Ciudad Juárez. Aquí encuentra a personas con una salud física y mental muy deteriorada: heridas por agresiones, patologías crónicas sin medicación durante meses, violaciones. "Muchas agresiones sexuales ocurren al final de la travesía, aquí mismo, en zonas tipo Ciudad Juárez que son muy violentas", explica Soto, promotor de salud pública de la organización Iniciativa de Salud Humanitaria en la Frontera. Su labor va más allá de lo médico: escuchar y generar confianza, permitir que las personas empiecen a drenar experiencias tan duras.
Soto detecta una brecha crítica: los mexicanos deportados de Estados Unidos reciben asistencia oficial, pero no así los deportados procedentes de terceros países, pese a que México aceptó recibirlos ante presiones de Trump. El plan "México te abraza" ofrece alojamiento temporal, traslados gratuitos y dos mil pesos —noventa y un euros— a los que retornan. Sin embargo, la ola de retornos de mexicanos no ha sido masiva: en el primer semestre de 2025 fueron cincuenta y seis mil trescientos, frente a ochenta y dos mil en el mismo periodo de 2024. Pero todos comparten traumas y el reto de volver a enraizarse.
La comunidad en torno al albergue es estable. "La ciudad literalmente crece cada día", dice Gustavo, con nuevos puentes, caminos, viviendas y pequeños negocios. Embajadores de Jesús cuenta ya con una escuela pública, de guardería a bachillerato. Los niños que llegan no pierden el año escolar, y sus padres pueden estudiar también. Muchos han abierto su negocio, otros trabajan en las maquilas, fábricas estadounidenses en territorio mexicano que aprovechan la mano de obra barata. El gran proyecto de jubilación de Gustavo es terminar de levantar un nuevo grupo de viviendas frente al albergue, con la ayuda de la propia comunidad migrante que ha encontrado en esta construcción un primer empleo. Las quiere "regalar" a familias mexicanas y extranjeras que buscan tener un espacio propio tras pasar por el albergue. "Construimos para quienes no traen nada", dice. Y concluye: "Tijuana se construyó con puros migrantes".
Citas Notables
No es como dice Donald Trump, son gente que trabaja muy duro— Gustavo Banda, director del albergue
El Gobierno ayuda a mexicanos retornados, pero no a los deportados de terceros países, que quedan sin redes ni apoyo— Daniel Soto, enfermero venezolano y promotor de salud pública