En 2016, vecinos de ideologías opuestas colgaron juntos una pancarta de 28 metros contra el diputado Eduardo Cunha; hoy esa unidad ha desaparecido. La mitad de los brasileños evita hablar de política en grupos familiares de WhatsApp, y los vecinos que antes debatían ahora apenas se saludan.
Brasil polarizado: vecinos de Copacabana que debatían ahora evitan hablar de política
Solo hablo de política con personas que piensan parecido a mí
¿Qué cambió exactamente entre esos dos momentos, diez años después? ¿Fue solo que se endurecieron las posiciones, o pasó algo más?
Pasó que dejaron de creer que podían entenderse. En 2016 discrepaban, pero la pancarta contra Cunha fue un acto de fe en que la política podía ser algo compartido, aunque fuera solo en el rechazo. Ahora cada uno cree que el otro amenaza la democracia misma.
Pero espera. ¿Sabemos realmente qué piensan los otros diez vecinos? El reportaje solo habla de Ângela y Zé Alberto. Podría haber otros que sí se hablan, que sí debaten. El silencio en el chat del edificio no prueba que todos estén polarizados.
Es verdad. Pero el silencio en sí es el dato. Aunque algunos vecinos se lleven bien, el clima general es de autocensura. Eso es lo que el reportaje está mostrando.
¿Y eso es específico de este edificio, o es un síntoma de algo más grande?
Es un síntoma. El estudio de InternetLab dice que la mitad de Brasil evita hablar de política en familia. Este edificio es solo el lugar donde se ve con claridad.
Pero hay que ser cuidadoso. Ângela es una militante visible, muy activa. Es posible que los vecinos eviten hablar con ella no porque estén polarizados, sino porque saben que ella va a intentar convencerlos. Eso no es lo mismo que una polarización general.
Justo. Y Zé Alberto pide que se escriba con cuidado para no quedar "en una posición muy agresiva contra el régimen". Eso es miedo real, no solo desacuerdo político.
¿Miedo a qué exactamente? ¿A represalias del Gobierno?
Eso es lo que él dice. Pero también podría ser miedo a ser identificado, a que sus vecinos lo vean como un enemigo. El miedo y la polarización se alimentan mutuamente.
El reportaje no deja claro si ese miedo es fundado o si es percepción. Bolsonaro fue condenado a 27 años de prisión, así que hay represalias reales en la historia reciente. Pero ¿ha habido represalias contra ciudadanos normales por sus opiniones políticas? El reportaje no lo dice.
Entonces, ¿qué es lo que realmente está pasando en Brasil?
Que la gente se está retirando a sus burbujas. No necesariamente hay violencia, pero hay desconfianza tan profunda que la convivencia democrática se erosiona. Y eso es peligroso porque la democracia necesita que la gente pueda hablar.
El Pulso
- Pancarta de 28 metros contra Eduardo Cunha colgada en 2016 por vecinos de ideologías opuestas
- Ângela Valério viajó cuatro veces a Curitiba durante los 580 días que Lula estuvo en prisión
- La mitad de los brasileños evita hablar de política en grupos familiares de WhatsApp
- Zé Alberto y Ângela, que debatían hace diez años, ahora solo se tratan para lo estrictamente necesario
En 2016, vecinos de ideologías opuestas colgaron juntos una pancarta de 28 metros contra el diputado Eduardo Cunha; hoy esa unidad ha desaparecido. La mitad de los brasileños evita hablar de política en grupos familiares de WhatsApp, y los vecinos que antes debatían ahora apenas se saludan.
Diez años después, los vecinos de un edificio art déco de Río de Janeiro que una vez se unieron contra un político ahora evitan hablar de política, reflejando la profunda polarización que divide a Brasil.
Hace una década, en la azotea de un edificio art déco de Copacabana ondeaba una pancarta de 28 metros. "Fora Cunha", decía en letras blancas sobre fondo negro. Eduardo Cunha, el diputado que había impulsado el juicio político contra Dilma Rousseff, merecía ese rechazo público. Lo notable no era el cartel en sí, sino quién lo había colgado: vecinos que pensaban de formas radicalmente distintas, que votaban a candidatos opuestos, pero que encontraron en esa indignación compartida una razón para actuar juntos. Zé Alberto, ingeniero electrónico que se consideraba apolítico, había pensado en colgarlo solo en su balcón. Sus vecinos, aunque discrepaban profundamente con él en casi todo, lo convirtieron en un proyecto del condominio. Aquello era Río de Janeiro dividiéndose cada semana, pero aún capaz de encontrar puentes.
EL PAÍS regresó al edificio una década después, cuando Brasil se acercaba a una segunda vuelta electoral tan cerrada como pocas en su historia. La pregunta era simple: ¿cómo había evolucionado esa convivencia? La respuesta fue el silencio.
Ângela Valério, la actriz que a los 75 años seguía siendo vital y hermosa, ahora vestía de rojo chillón, el color del Partido de los Trabajadores. Diez años atrás había aparecido toda de blanco en la entrevista anterior. Su compromiso con Lula se había profundizado hasta convertirse en militancia constante. Durante los 580 días que el expresidente pasó en prisión, ella viajó cuatro veces a Curitiba para gritar "buenos días, presidente Lula" desde fuera de la cárcel. Desde 2019, cada domingo monta una mesita en el paseo marítimo para hablar con la gente. Cuando le preguntaban por qué sus vecinos no votaban a Lula si también les había ido bien con él, ella respondía con una mezcla de frustración y análisis: prejuicio de clase, decía, y la influencia de las iglesias que presentaban a Lula como el demonio.
Zé Alberto, ahora con 67 años y presidente de la comunidad, había tomado un camino distinto. Seguía negando ser bolsonarista, pero su rechazo al PT se había endurecido. Recordaba haber votado a Lula cuando el partido era ese "partido ético", pero hoy veía un Brasil que "involucionó". Para él, el Gobierno de Lula era "un régimen más totalitario que democrático". Citaba las condenas por el intento de golpe de Estado como prueba. Antes de terminar la conversación, pedía que se escribiera con cuidado, para no quedar "en una posición muy agresiva contra el régimen". Temía represalias.
La terraza donde diez años atrás se habían sentado en sillas de plástico blanco, debatiendo sin llegar a acuerdos pero sin ruptura, ahora era una zona común con sofás y mesas. Los vecinos la usaban raramente, cada uno por su lado. Se conocían desde hacía 30 años pero casi nunca se juntaban. Solo en Nochevieja, cuando la playa de enfrente se convertía en uno de los espectáculos pirotécnicos más fotografiados del mundo, se reunían para dar la bienvenida al nuevo año. Eso era todo.
Ângela escribió en el chat del edificio pidiendo que alguien se sumara a recrear aquella conversación de hace una década. Nadie respondió. "Llevo más de 30 años viviendo aquí y no tenemos ninguna intimidad con ningún vecino. Es una locura", dijo. Sospechaba que su militancia visible no ayudaba: "La gente se defiende, y más sabiendo quién soy". Zé Alberto, por su parte, reconocía que "en Brasil nos estamos cerrando". Un estudio del centro de investigación InternetLab confirmaba lo que ambos sentían: la mitad de los brasileños evitaba hablar de política en el grupo de WhatsApp de la familia para no pelearse. Dos de cada tres preferían no tocar el tema con familiares y amigos.
Los dos vecinos que antes discutían ahora solo se trataban para lo estrictamente necesario. "Solo hablo de política con personas que piensan parecido a mí", decía Zé Alberto. "La gente no habla de política, solo dentro de nuestras burbujas", respondía Ângela. Él explicaba que "deja de ser una discusión de ideas y pasa a ser un enfrentamiento". Ella coincidía: "Enseguida hay un corte. Las conversaciones no avanzan". Cuando se le preguntó si volverían a colgar algún cartel, Zé Alberto fue claro: "Hoy no me atrevo a poner una pancarta en el edificio. De ningún tipo". No temía la pelea con los vecinos, sino al "régimen". Su opinión, pensaba, podía ser vista como "una agresión al Estado democrático". Ângela tampoco colgaría ni un trapo. "¿Una pancarta de qué?", preguntó. En un edificio donde una vez 12 familias encontraron razones para actuar juntas, ahora cada uno guardaba sus convicciones en silencio, esperando que la democracia sobreviviera en manos del otro.
Citas Notables
Llevo más de 30 años viviendo aquí y no tenemos ninguna intimidad con ningún vecino. Es una locura.— Ângela Valério, actriz y militante del PT
En Brasil nos estamos cerrando.— Zé Alberto, ingeniero electrónico y presidente de la comunidad