AMLO presenta Plan B electoral ante fracaso de reforma constitucional en Senado

El gobierno sabía que no pasaría, pero tenía un Plan B
Tras reconocer que carecía de votos en el Senado, el Ejecutivo Federal pivotó hacia una reforma de leyes secundarias.
Mark

¿Por qué el gobierno pasó de una reforma constitucional a una reforma de leyes secundarias? ¿Fue un plan desde el principio o una derrota?

Mimi

Fue reconocer la realidad de los números. El gobierno sabía que no tenía dos terceras partes en el Senado. Así que en lugar de perder una votación pública y humillante, pivotó a algo que podía ganar con su mayoría en Diputados.

Mark

Pero entonces el Plan B es mucho más débil, ¿no? No toca el INE de verdad.

Mimi

Exactamente. El Plan B es principalmente un ejercicio de ahorro presupuestario. Reorganiza funciones, recupera dinero. Pero no puede cambiar la estructura del INE ni reducir legisladores. Eso requiere reforma constitucional.

Mark

Entonces, ¿qué gana realmente el gobierno con esto?

Mimi

Gana tres mil millones de pesos anuales en ahorros, y políticamente gana algo: puede decir que hizo una reforma electoral. Pero pierde la batalla de fondo sobre el poder del INE.

Mark

¿Y la oposición? ¿Qué hace ahora?

Mimi

La oposición ya había ganado bloqueando la reforma constitucional. Con el Plan B, el gobierno tiene los votos para aprobarlo en Diputados. La oposición puede intentar frenar esto también, pero es más difícil detener una mayoría simple que una reforma constitucional.

Mark

¿Esto significa que AMLO abandona su agenda electoral?

Mimi

No la abandona, pero la reduce. Consigue lo que puede con las herramientas que tiene. Es pragmatismo político después de una derrota.

  • La reforma electoral constitucional de AMLO muere antes de votarse: el bloque PRI-PAN cierra filas y el oficialismo no tiene los 334 votos necesarios de los 500 posibles.
  • El gobierno pivota en 24 horas y prepara el Plan B, una reforma de leyes secundarias que solo exige mayoría simple —50% más uno— y que Morena, PT y PVEM sí pueden garantizar.
  • El Plan B abandona las transformaciones profundas: no habrá INEC, no se reducirá el número de legisladores, ni se elegirán consejeros por voto ciudadano.
  • Lo que sí queda en pie es la reorganización administrativa del INE y los OPLEs, con una promesa de ahorro de 3 mil millones de pesos anuales que revertirían a la Tesorería.
  • La pregunta que flota sobre San Lázaro es si una reforma de eficiencia presupuestal puede satisfacer las ambiciones electorales que López Obrador proclamó durante meses.

Cuando los votos no alcanzan para reescribir la Constitución, el poder busca otros caminos. El gobierno mexicano, reconociendo que su reforma electoral constitucional no reuniría las dos terceras partes necesarias en el Senado, anunció el 5 de diciembre de 2022 un giro estratégico: enviar al día siguiente a la Cámara de Diputados un Plan B que modifica leyes secundarias en lugar de la carta magna, requiriendo solo mayoría simple. Es la historia de una ambición que se ajusta a la aritmética legislativa, trocando transformación estructural por eficiencia administrativa.

El lunes 5 de diciembre, el secretario de Gobernación Adán Augusto López Hernández confirmó desde Campeche lo que el oficialismo ya sabía: la reforma electoral constitucional no tenía futuro. Modificar la Constitución exigía dos terceras partes de los votos en el Senado, y el bloque unido del PRI y el PAN hacía imposible alcanzar esa cifra. El gobierno no esperó al fracaso formal: al día siguiente enviaría a la Cámara de Diputados el Plan B.

La diferencia entre ambas rutas es jurídicamente decisiva. La reforma original aspiraba a rediseñar el sistema electoral desde sus cimientos: convertir el INE en un nuevo organismo llamado INEC, reducir de 500 a 300 diputados y de 128 a 96 senadores, elegir consejeros y magistrados electorales por voto ciudadano, hacer vinculantes las consultas populares con 30% de participación e introducir el voto electrónico. El Plan B, al moverse en el terreno de las leyes secundarias, no puede tocar ninguna de esas estructuras constitucionales.

Lo que sí permite el Plan B es reorganizar las funciones administrativas del INE y de los Organismos Públicos Locales Electorales, con una proyección de ahorro de 3 mil millones de pesos anuales. Si la reforma se aprobaba antes de abril de 2023 y existía sobrante presupuestario, ese dinero regresaría directamente a la Tesorería de la Federación.

López Hernández admitió que el desenlace de la reforma constitucional nunca fue una sorpresa, sino un cálculo político anticipado. El oficialismo preparó su salida con tiempo. La mayoría simple que Morena, el PT y el PVEM controlan en la Cámara baja era suficiente para el Plan B, aunque no para la reforma que López Obrador había enarbolado como bandera durante meses. Una reforma de eficiencia, no de poder, era lo que el momento legislativo permitía.

El gobierno mexicano reconoció públicamente lo que ya sabía: la reforma electoral constitucional no llegará a puerto. Adán Augusto López Hernández, titular de la Secretaría de Gobernación, lo confirmó el lunes 5 de diciembre en conferencia matutina desde Campeche. El Ejecutivo Federal carecía de los votos necesarios en el Senado —se requerían dos terceras partes de los sufragios totales para modificar la Constitución— y la oposición, unida en bloque, no permitiría el paso. Así que el gobierno pivotó. Al día siguiente, martes 6 de diciembre, enviaría a la Cámara de Diputados una alternativa: el Plan B.

La diferencia entre ambas estrategias es fundamental y jurídicamente precisa. La reforma original buscaba modificar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, lo que exigía una mayoría calificada de dos terceras partes de los 500 diputados presentes en San Lázaro. El Plan B, en cambio, reformaría leyes secundarias —aquellas que reglamentan la Constitución sin modificarla directamente—, requiriendo apenas mayoría simple: 50% más uno. López Hernández explicó que de los 500 votos totales, Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México sumaban insuficientes curules para alcanzar los 334 votos necesarios. El PRI y el PAN, aliados en la oposición, cerraban la puerta a cualquier cambio constitucional.

El Plan B se enfocaba en lo que las leyes secundarias permitían tocar: la economía electoral. El objetivo central era reorganizar y delimitar las funciones administrativas del Instituto Nacional Electoral (INE) y de los Organismos Públicos Locales Electorales (OPLEs). Con ello, el gobierno proyectaba ahorros de 3 mil millones de pesos anuales en gastos administrativos. Si la reforma se aprobaba antes de abril de 2023 y la autoridad electoral registraba sobrante presupuestario, ese dinero debería revertir directamente a la Tesorería de la Federación para gasto corriente.

La reforma constitucional original, en contraste, había contemplado transformaciones estructurales mucho más profundas. El INE se convertiría en Instituto Nacional Electoral y de Consultas (INEC). El número de diputados se reduciría de 500 a 300 legisladores; los senadores, de 128 a 96. Los consejeros del nuevo INEC y los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación serían propuestos por los tres poderes de la unión y votados por la ciudadanía. El Consejo General del INE pasaría de 11 a siete integrantes. Los partidos políticos recibirían financiamiento únicamente para campañas, con reducción de tiempo de propaganda en radio y televisión. Las consultas populares serían vinculantes con 30% de participación. Se eliminarían los órganos electorales estatales e implementaría voto electrónico en todos los procesos democráticos del país.

Con el Plan B, casi ninguno de esos cambios estructurales era posible. Las leyes secundarias no podían tocar la arquitectura constitucional del INE ni reducir el número de legisladores. No podían modificar los mecanismos de selección de consejeros ni magistrados. Lo que sí podían hacer era ajustar presupuestos, reorganizar funciones administrativas, optimizar gastos. Era una reforma de eficiencia, no de poder. López Hernández reconoció que la administración federal conocía de antemano el destino de la reforma constitucional. No era sorpresa; era cálculo político. El bloque opositor votaría en contra, y el oficialismo no tenía los números para vencer. Así que el gobierno preparó su salida: un Plan B que, aunque más modesto, podría aprobarse con la mayoría que sí controlaba en la Cámara de Diputados. La pregunta que quedaba en el aire era si esos cambios secundarios, por más que ahorraran dinero, satisfarían las ambiciones de reforma electoral que López Obrador había enarbolado durante meses.

Se tiene previsto que mañana se envíe en el transcurso de la mañana. Tengo entendido que hay sesión doble, citada a las 11:00 y a las 17:00
— Adán Augusto López Hernández, Secretario de Gobernación
Es del conocimiento de la administración federal que la reforma no pasará, no porque la oposición sea mayoritaria en el pleno, sino porque el oficialismo no tiene los votos necesarios
— Adán Augusto López Hernández
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