En las ciudades europeas donde la movilidad se celebra como virtud, una joven marroquí llamada Wafae Atid duerme a la intemperie tras cruzar fronteras con los mismos sueños que cualquier joven del continente. Su historia se volvió viral no por su precariedad, sino porque su apariencia y su teléfono móvil desconcertaron a quienes esperaban un tipo distinto de migrante. La sociedad que llama 'expatriados' a los europeos que buscan trabajo en el extranjero aplica un rasero diferente a quienes llegan desde el sur, revelando que lo que se juzga no es la aspiración, sino el pasaporte.
Wafae Atid y el inmenso placer de dormir en la calle
Sigue siendo guapa, pero ahora es también una mujer que duerme en la calle
¿Por qué crees que Wafae Atid se hizo viral precisamente por su apariencia y su teléfono?
Porque la sociedad tiene una imagen fija de quién "debe ser" un migrante. Cuando esa imagen no encaja, genera confusión, incluso rechazo. Una mujer limpia, conectada, con aspiraciones claras no cabe en el molde que otros han decidido para ella.
¿Cuál es la diferencia entre una expatriada y una migrante, entonces?
El pasaporte. Y todo lo que viene con él: derechos laborales, protección legal, la libertad de ser juzgada por tus méritos en lugar de por tu origen. Una europea que se muda por trabajo es aventurera. Una marroquí que hace lo mismo es invasora.
Mencionas que tú misma te has mudado diez veces. ¿Cómo es eso diferente a lo que vive Wafae?
Yo tenía un contrato, un salario, un lugar donde volver si las cosas salían mal. Ella cruza una frontera sin garantías y duerme en la calle. Ambas buscamos oportunidades, pero el sistema nos trata como si fuéramos especies distintas.
¿Qué esperas que cambie con este texto?
Que alguien lea esto y se haga la pregunta correcta: no por qué Wafae no se ajusta al estereotipo, sino por qué nosotros insistimos en que debe hacerlo.
O Pulso
- Wafae Atid se hizo viral dos veces en una semana: primero por soñar en voz alta con la libertad, luego por no encajar en el estereotipo de miseria que muchos exigen a los migrantes para considerarlos 'auténticos'.
- La crueldad de los comentarios en su contra no nace de su situación real —duerme en un colchón a la intemperie sin protección legal alguna— sino de que es guapa, está aseada y tiene móvil, atributos que el imaginario colectivo niega a quienes cruzan fronteras sin papeles.
- Mientras fondos buitre desahucian ancianos y habitaciones de protección oficial se subarriendan a seiscientos euros, una empresa celebra mudarse como experiencia liberadora, exponiendo la obscenidad del contraste entre movilidad con derechos y movilidad sin red.
- La autora, que se ha mudado diez veces con trabajo, vacaciones pagadas y techo garantizado, traza la línea invisible que separa su experiencia de la de Atid: no el deseo ni el esfuerzo, sino el pasaporte y el origen.
- El texto lanza un desafío moral directo: que quienes juzgan a Atid amanezcan en su jergón, con su género, su rostro y su pasado, pero sin pasaporte europeo, y entonces defiendan con la misma intrepidez que su situación es culpa suya.
En las ciudades europeas donde la movilidad se celebra como virtud, una joven marroquí llamada Wafae Atid duerme a la intemperie tras cruzar fronteras con los mismos sueños que cualquier joven del continente. Su historia se volvió viral no por su precariedad, sino porque su apariencia y su teléfono móvil desconcertaron a quienes esperaban un tipo distinto de migrante. La sociedad que llama 'expatriados' a los europeos que buscan trabajo en el extranjero aplica un rasero diferente a quienes llegan desde el sur, revelando que lo que se juzga no es la aspiración, sino el pasaporte.
Hay anuncios que duelen más en agosto. Uno de ellos, pegado en el metro de una ciudad donde los ancianos son desahuciados para convertir sus hogares en apartamentos turísticos, proclama que mudarse es maravilloso. En esa misma ciudad, una presidenta compró un ático con dinero público y vive en una urbanización de lujo. La autora de la columna lleva diez mudanzas a sus espaldas desde que llegó a ganarse la vida, y aunque no le entusiasma el olor a cartón, reconoce que tiene algo que no todo el mundo tiene: un trabajo con vacaciones pagadas, un techo sin miedo.
Esa diferencia se vuelve abismal cuando aparece Wafae Atid. La joven marroquí se hizo viral esta semana por expresar que sueña con vivir en libertad. Luego volvió a hacerse viral por una razón más incómoda: es guapa, está aseada y tiene teléfono móvil. Viajó hasta donde su pasaporte le permitía, igual que tantos jóvenes europeos que buscan trabajo fuera de su país. Si hubiera llegado contratada por una multinacional, la llamarían expatriada. En cambio, duerme sobre un colchón a la intemperie, rodeada de otras personas que también tienen sueños, historia y móvil, pero ninguna garantía legal.
Lo que irrita a quienes la atacan no es su precariedad, sino que no se ajusta al cliché. La juzgan con una crueldad que deja sin palabras. Frente a eso, la columna lanza un ejercicio de imaginación moral: que cada uno de sus críticos amaneciera mañana en ese mismo jergón, con el mismo género, el mismo rostro, el mismo pasado y sin pasaporte europeo, y desde ahí defendiera con tanta seguridad que su situación es justa. La pregunta que queda flotando es sencilla y devastadora: ¿qué separa realmente a Wafae Atid de cualquier joven que simplemente quiere trabajar y vivir libre?
Hay un momento en el que el bronceado de verano se desmorona bajo los fluorescentes de una oficina sin ventanas o en el interior de un vagón de metro. Pero existe una circunstancia particular que acelera esa corrupción de la piel: sentarse en el transporte público en agosto y ver un anuncio que proclama "Mudarse moooooola". Es la estrategia de una empresa de alquiles de trasteros en una ciudad donde los ancianos son desahuciados por fondos buitre para convertir sus hogares en viviendas turísticas, donde habitaciones en edificios de protección oficial franquista se subarriendan a seiscientos euros mensuales.
En esa misma ciudad vive una presidenta que compró un ático de lujo con dinero público y acaba de instalarse en una urbanización de rentas altas y piscinas profundas. Pertenece a la generación de quienes pudieron viajar por todas partes con asombrosa facilidad pero nunca quedarse en el mismo sitio. La autora de estas líneas se ha mudado diez veces desde que llegó a la metrópoli a ganarse la vida, y no le mola nada el olor a cartón de las cajas donde ha tenido que meter periódicamente toda su existencia. Aun así, goza de derechos que algunos quieren convertir en privilegios: un trabajo que le paga las vacaciones, un techo bajo el cual dormir sin miedo.
Su familia acepta sus ambiciones. Su sociedad la respalda. Nada de esto puede decir Wafae Atid, la joven marroquí que esta semana se hizo viral dos veces. La primera, por expresar en voz alta que sueña con vivir en libertad. La segunda, por ser una mujer guapa, aseada y con un teléfono móvil —ergo, redes sociales— que, como tantos jóvenes europeos, viajó a donde su pasaporte le permitía en busca de trabajo. Si hubiese entrado contratada por una multinacional la llamarían "expatriada". Sigue siendo guapa, pero ahora es también una mujer que, después de pasar la frontera sin garantías de nada, duerme sobre un colchón a la intemperie rodeada de otros que también tienen sueños, móvil, pasado.
Los que la odian lo hacen porque no se ajusta al cliché de migrante que tienen en la cabeza. Leen sus historias y la juzgan con una crueldad que deja pálida a quien la observa. Aprietan los puños quienes ven esta injusticia y desean que, en una especie de voltereta cuántica, todos los que se atreven a juzgarla se despierten mañana en el punto exacto donde ella pasa las noches. Que desde ahí, con la misma equipación que tiene ella, con el mismo género, con el mismo rostro y el mismo pasado, sentados en ese mismo jergón cochambroso pero sin pasaporte europeo, defiendan con tanta intrepidez que ser ella mola.
Citações Notáveis
No basta con jugarse la vida; hay que ajustarse al cliché de inmigrante que los demás consideran aceptable— Autora de la columna
Si entrase contratada por una multinacional la llamaríamos expatriada— Autora, sobre el trato diferenciado de migrantes europeos