Veinte años después de oponerse a la invasión de Irak ante la ONU, Dominique de Villepin regresa al centro del debate con una advertencia que no ha cambiado: la fuerza bruta no extingue el terrorismo, lo alimenta. Desde una brasserie parisina, el veterano diplomático francés sostiene que cada bomba sobre civiles en Gaza engendra nuevos extremistas, y que solo la justicia —encarnada en un Estado palestino— puede romper el ciclo de violencia. Su voz, incómoda para Occidente, recuerda que las guerras del siglo XXI no se ganan con ejércitos, sino con estrategia política.
Villepin advierte a Israel: «Por cada bomba en Gaza nacen decenas de terroristas»
Por cada bomba que cae sobre una ambulancia, decenas de terroristas nacen
¿Por qué Villepin insiste tanto en que la justicia, no la venganza, es la respuesta al terrorismo? ¿Qué diferencia práctica ve entre ambas?
Porque cree que la venganza perpetúa el ciclo. Cada bomba sobre civiles crea resentimiento, reclutamiento para grupos extremistas. La justicia, en cambio, implica responsabilidad clara, procesos, reconocimiento del daño. Es una salida del círculo vicioso.
Pero aquí hay un problema. Villepin habla de "justicia" sin definir quién la administra, cómo, o bajo qué autoridad. ¿Justicia internacional? ¿Tribunales? ¿Negociaciones? Dice que no hay justicia sin un Estado palestino, pero eso es una conclusión política, no una estrategia.
¿Cree realmente que Israel puede distinguir entre operaciones terrestres "precisas" y bombardeos masivos en un territorio tan densamente poblado como Gaza?
Villepin lo reconoce como más peligroso para el ejército israelí, pero lo ve como el único camino que respeta la distinción entre combatientes y civiles. Es una cuestión de proporcionalidad.
Aquí el reportaje no profundiza. ¿Qué dicen los expertos militares sobre si esa distinción es posible en Gaza? ¿Cuál es el costo real en vidas de soldados? Villepin habla en términos de principios, pero los números importan.
¿Por qué compara tanto la situación actual con Irak 2003? ¿Es una comparación válida?
Porque en ambos casos ve a Occidente cometiendo el mismo error: creer que la fuerza militar puede resolver un problema político. Irak fue un fracaso que duró décadas. Villepin advierte que Gaza podría ser igual.
La comparación tiene límites. Irak fue una invasión de un país soberano basada en información falsa. Gaza es una respuesta a un ataque terrorista masivo. Los contextos son distintos. Villepin no niega el ataque del 7 de octubre, pero tampoco explora cómo una respuesta militar limitada podría coexistir con una estrategia política.
¿Qué significa que Villepin critique el "moralismo de doble rasero" entre Ucrania y Oriente Próximo?
Que Occidente defiende la soberanía ucraniana contra la invasión rusa, pero no aplica el mismo estándar a Palestina. Ve hipocresía en los principios que decimos defender.
Es una observación válida, pero incompleta. Hay diferencias reales: Ucrania es un Estado soberano invadido; Gaza es un territorio ocupado con un gobierno de facto. No son situaciones idénticas. Villepin señala la inconsistencia, pero no explora por qué existen esas diferencias o si son justificables.
The Pulse
- Villepin lanza una advertencia urgente: los bombardeos masivos sobre Gaza no debilitan a Hamás, sino que multiplican el número de quienes están dispuestos a combatir contra Israel y Occidente.
- La crítica sacude el consenso occidental al señalar una hipocresía flagrante: los mismos gobiernos que defienden el derecho internacional en Ucrania lo ignoran cuando se trata de Gaza.
- El diplomático desmonta la estrategia israelí en tres frentes —el asedio, los bombardeos masivos y la intervención terrestre indiscriminada—, aceptando solo operaciones terrestres precisas contra los responsables del 7 de octubre.
- Villepin advierte del riesgo de una escalada global comparable a los fracasos de Irak y Afganistán, guerras que comenzaron pero nunca terminaron y que erosionaron la credibilidad de Occidente.
- La única salida que propone es política, no militar: sin la creación de un Estado palestino, afirma, no hay justicia posible, y sin justicia, el ciclo de venganza no tiene fin.
Veinte años después de oponerse a la invasión de Irak ante la ONU, Dominique de Villepin regresa al centro del debate con una advertencia que no ha cambiado: la fuerza bruta no extingue el terrorismo, lo alimenta. Desde una brasserie parisina, el veterano diplomático francés sostiene que cada bomba sobre civiles en Gaza engendra nuevos extremistas, y que solo la justicia —encarnada en un Estado palestino— puede romper el ciclo de violencia. Su voz, incómoda para Occidente, recuerda que las guerras del siglo XXI no se ganan con ejércitos, sino con estrategia política.
Dominique de Villepin, el diplomático francés que en 2003 desafió a Estados Unidos desde el podio de la ONU para oponerse a la guerra en Irak, vuelve a alzar la voz. Esta vez el escenario es Gaza, pero el argumento es el mismo que lleva dos décadas repitiendo: la fuerza bruta no erradica el terrorismo, lo multiplica. A los 69 años, en una brasserie parisina ante corresponsales europeos, afirmó que por cada bomba que cae sobre una ambulancia o una escuela, decenas de nuevos terroristas nacen. "El terrorismo no se erradica con bombas", dijo. "Una vez se ha metido en los corazones y en las cabezas, prolifera".
Su crítica a la estrategia israelí se articula en tres frentes: rechaza por completo el asedio a Gaza y los bombardeos masivos, y considera parcialmente justificable solo una intervención terrestre con objetivos militares precisos —la eliminación de los responsables del 7 de octubre—, aunque advierte que la erradicación total de Hamás es una ilusión. Para Villepin, Israel está librando una guerra obsoleta, la guerra de ayer, comparable a los fracasos estadounidenses en Irak y Afganistán: conflictos que comenzaron pero nunca terminaron, que debilitaron a Occidente y beneficiaron a quienes buscan desestabilizar el orden internacional.
El núcleo de su argumento es una distinción que repite como un estribillo: la venganza frente a la justicia. "El antídoto del terrorismo no es la venganza; es la justicia", sostiene, añadiendo que no hay justicia posible sin la creación de un Estado palestino. Villepin también denuncia la hipocresía occidental de aplicar estándares distintos a Ucrania y a Oriente Próximo, una contradicción que, según él, el resto del mundo observa y que abre un abismo entre Occidente y el Sur Global.
Encarnación solitaria de la tradición chiraquiana —equilibrio entre potencias, atención al mundo árabe, escepticismo ante el intervencionismo—, Villepin cosecha hoy más aplausos de la izquierda crítica que de su propia familia política. Veinte años después de decir no en la ONU, vuelve a decir no. Y el eco resuena con la misma incomodidad de entonces.
Dominique de Villepin, el diplomático francés que hace veinte años se enfrentó a Estados Unidos en la ONU para oponerme a la invasión de Irak, vuelve a advertir contra una guerra que considera destinada al fracaso. Esta vez el escenario es Gaza, y el mensaje es el mismo: la fuerza bruta no erradica el terrorismo, lo multiplica.
A los 69 años, Villepin mantiene el porte de un hombre que nunca abandonó la política, aunque formalmente la dejó atrás. Consultor internacional, coleccionista de arte, sigue siendo la encarnación viviente de una tradición diplomática francesa que desconfía del intervencionismo occidental. El 7 de noviembre, en una brasserie parisina, ante corresponsales de medios europeos, retomó el argumento que le dio relevancia histórica: los gobiernos que creen ser amigos de sus aliados deben decirles la verdad incómoda, no lo que quieren escuchar. "Por cada bomba que cae sobre una ambulancia o una escuela en Gaza, decenas de nuevos terroristas nacen y se levantan", afirmó. "El terrorismo no se erradica con bombas. Una vez se ha metido en los corazones y en las cabezas, prolifera".
Su crítica a la estrategia israelí se estructura en tres frentes simultáneos. El primero es lo que llama una guerra de asedio en Gaza, que rechaza completamente. El segundo son los bombardeos masivos diseñados para romper toda capacidad de resistencia, que considera no solo inoperante sino contraproducente. El tercero es la intervención terrestre con objetivos militares precisos, que es el único que encuentra parcialmente justificable. Pero incluso aquí matiza: la erradicación total de Hamás es una ilusión. El único objetivo militar creíble, sostiene, es la eliminación de los responsables de Hamás y de los autores de los ataques del 7 de octubre, lo que requeriría operaciones terrestres puntuales, más peligrosas para el ejército israelí pero más discriminadas.
Villepin insiste en que las guerras del siglo XXI no pueden librarse como hace setenta o cien años. Evoca los bombardeos aliados sobre Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, pero subraya que hoy ignorar a las poblaciones civiles produce el efecto inverso al deseado. "Israel está librando la guerra de ayer, una guerra obsoleta que lleva a la escalada", dice. Compara la situación con los fracasos estadounidenses en Irak y Afganistán tras 2001, guerras que comenzaron pero nunca terminaron, que debilitaron a Occidente y beneficiaron a quienes buscan desestabilizar el orden internacional.
El núcleo de su argumento es que la guerra contra el terrorismo no se gana con ejércitos. Requiere una estrategia política. Y aquí introduce la distinción que repite como un estribillo: la respuesta por medio de la fuerza, alimentada por la venganza, frente a la respuesta por medio de la justicia. "El antídoto del terrorismo no es la venganza; es la justicia", dice. "Para salir del ciclo de violencia y de venganza, no hace falta solamente una política que se apoye en la fuerza, que es vana. Hace falta una estrategia política". Y añade algo que suena como una conclusión inevitable: "No hay justicia posible sin la creación de un Estado palestino".
Villepin ve en la situación actual una trampa múltiple para Francia, Europa y Estados Unidos. Identifica cuatro peligros: el occidentalismo, la creencia de que Occidente debe mantener su dominio histórico en un mundo que ha cambiado; el militarismo, la tendencia a resolver conflictos por la fuerza; el democratismo, la convicción de que las democracias tienen derecho a imponer sus valores al resto del mundo; y el moralismo de doble rasero. Aquí señala una hipocresía que, según él, el mundo entero ve y que crea un abismo entre Occidente y el resto: "Miren lo que se hace con Ucrania y lo que se hace con Oriente Próximo. En un caso se defiende el derecho internacional; en el otro, no".
Con sus intervenciones recientes, Villepin ha cosechado aplausos de la izquierda crítica con Israel, más que de su propia familia política de origen, la derecha francesa. Encarna, quizá en solitario, la tradición chiraquiana: una defensa desacomplejada de los intereses franceses en busca del equilibrio entre potencias, combinada con atención al mundo árabe y escepticismo ante el intervencionismo occidental. Veinte años después de su discurso en la ONU, sigue siendo el hombre que dijo no cuando otros dijeron sí. Y ahora dice no de nuevo.
Notable Quotes
El terrorismo no se erradica con bombas, porque una vez se ha metido en los corazones y en las cabezas, prolifera— Dominique de Villepin
El antídoto del terrorismo no es la venganza; es la justicia— Dominique de Villepin