Trump dinamita la cohesión europea, abandona Ucrania y fortalece a Rusia en nueva guerra contra Irán

La ofensiva estadounidense e israelí contra Irán ha causado aproximadamente 800 muertes en territorio iraní y ha puesto en riesgo la estabilidad de toda la región de Oriente Medio.
Netanyahu maneja los hilos desde el fondo del escenario
La verdadera influencia sobre la estrategia estadounidense en Oriente Medio no viene de Trump, sino del primer ministro israelí.
Mark

¿Por qué España se niega a permitir que Trump use sus bases si todos los demás países europeos están cooperando?

Mimi

España ve algo que los otros no quieren ver: que Netanyahu está orquestando esta guerra y que Trump simplemente obedece. Cuando denuncias el genocidio en Gaza, como ha hecho España, no puedes luego fingir que esta guerra es defensiva.

Mark

¿Qué gana realmente Trump con amenazar a España?

Mimi

Disciplina. Necesita que todos los aliados europeos marchen al mismo paso. Si España se sale de la fila, otros podrían cuestionarse también. Netanyahu no perdona a quien denuncia sus acciones.

Mark

Pero ¿no es lógico que Europa se defienda si Irán lanza misiles?

Mimi

El problema es que Europa no se está defendiendo. Se está ofendiendo junto a Israel. Los ataques iraníes fueron represalia por una ofensiva masiva estadounidense e israelí. Europa condenó los ataques iraníes pero no dijo una palabra sobre los primeros.

Mark

¿Qué pasa con Ucrania en todo esto?

Mimi

Desaparece. Zelenski lo sabe. Si Trump dedica toda su industria armamentística a Irán, Kiev solo recibe lo que sobra. Y mientras tanto, China compra más petróleo a Rusia para compensar lo que no puede traer del Golfo. Así Rusia se fortalece.

Mark

¿Entonces China está siendo castigada también?

Mimi

Sí, pero de forma inteligente. Trump debilita a su rival económico mientras fortalece a Rusia, que es el enemigo de Europa. Europa termina atrapada entre ayudar a Ucrania y mantener su economía funcionando.

Mark

¿Hay salida para Trump de esta guerra?

Mimi

Solo si negocia antes de quedar atrapado. Irán está atacando objetivos árabes en el Golfo precisamente para crear presión sobre Washington hacia la negociación. Si Trump ve que la guerra se prolonga, podría buscar una salida. Pero Netanyahu no quiere negociar. Quiere destruir a Irán.

  • La ofensiva contra Irán ha dejado 800 muertos y ha puesto el estrecho de Ormuz al borde de un bloqueo que podría disparar los precios energéticos globales.
  • Francia, Reino Unido y Alemania se han alineado militarmente con Trump sin consultar al resto de la Unión Europea, rompiendo la frágil cohesión continental que se había insinuado semanas atrás.
  • España se niega a ceder sus bases de Rota y Morón para operaciones contra Irán, y Trump responde amenazando con cortar todo el comercio bilateral, exponiendo la influencia directa de Netanyahu sobre Washington.
  • Ucrania queda relegada a un segundo plano: si la industria armamentística estadounidense se vuelca en el frente iraní, a Kiev solo llegarán los excedentes.
  • China, encarecida por el conflicto en el Golfo, comprará más energía rusa, alimentando indirectamente la economía de guerra de Moscú y tensando aún más las relaciones con Europa.

Desde el 28 de febrero, la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha cobrado cerca de 800 vidas iraníes y ha reordenado el mapa de alianzas occidentales con una velocidad que pocas crisis logran. Las potencias militares de Europa —Francia, Reino Unido y Alemania— han elegido la órbita de Washington sobre la solidaridad continental, mientras España paga el precio de su resistencia con amenazas comerciales que revelan cuánto pesa la agenda de Netanyahu en la estrategia estadounidense. En este nuevo tablero, Ucrania se desvanece como prioridad, Rusia se fortalece por la puerta trasera y China absorbe el golpe energético que, paradójicamente, terminará beneficiando a Moscú.

La guerra que Estados Unidos e Israel lanzaron contra Irán el 28 de febrero ha dejado cerca de 800 muertos y ha reconfigurado el tablero geopolítico occidental en cuestión de días. Lo que comenzó como una crisis regional se ha convertido en un catalizador que fractura la unidad europea y deja a Ucrania en una posición cada vez más precaria.

Tras un breve amago de resistencia europea ante las ambiciones de Trump sobre Groenlandia, el núcleo duro del continente ha vuelto a ceder. Francia, Reino Unido y Alemania —el llamado bloque E-3— se han movilizado de forma coordinada junto a Washington sin consultar a sus socios comunitarios. El Reino Unido ha puesto sus bases en Oriente Medio al servicio estadounidense y ha desplegado fragatas y sistemas antiaéreos en Chipre; Francia ha puesto en alerta el portaaviones nuclear Charles de Gaulle y ha enviado medios al Mediterráneo Oriental y a Emiratos; Alemania ha anunciado la protección de sus tropas en la región. Macron, sin que nadie se lo pidiera, se ha proclamado paladín nuclear de Europa.

España ha tomado el camino contrario: rechazó permitir que el ejército estadounidense utilizara las bases de Rota y Morón para atacar Irán. Trump respondió amenazando con cortar todo el comercio con el país, al que llamó "aliado terrible". Detrás de esa presión está la mano de Netanyahu, cuya influencia sobre la estrategia estadounidense es determinante —el propio secretario de Estado Rubio admitió que el ataque se ordenó porque Israel lo haría con o sin apoyo de Washington.

El conflicto tiene consecuencias que se extienden mucho más allá de Oriente Medio. Ucrania desaparece de las prioridades: Zelenski observa con alarma que si la industria armamentística estadounidense se concentra en el frente iraní, a Kiev solo llegarán los excedentes. Al mismo tiempo, China está pagando un alto coste energético —el transporte de petróleo desde el Golfo Pérsico se ha duplicado—, lo que la empujará a comprar más energía rusa, alimentando directamente la economía de guerra de Moscú y erosionando la capacidad europea de sostener a Kiev.

Lo que Trump ha conseguido es fragmentar la cohesión europea, alinear a las potencias militares del continente bajo su mando, castigar a quienes se resisten y fortalecer indirectamente a Rusia. La pregunta que queda en el aire es si esta guerra prolongada acabará atrapando al propio Trump, o si encontrará una salida negociada antes de que el coste político se vuelva insostenible.

La guerra que Estados Unidos e Israel desataron contra Irán el 28 de febrero ha dejado cerca de 800 muertos en territorio iraní y ha reconfigurado por completo el tablero geopolítico occidental. Lo que parecía ser una crisis regional se ha convertido en un catalizador que está fracturando la frágil unidad europea en materia de seguridad, realineando potencias y dejando a Ucrania en una posición cada vez más precaria mientras Rusia se fortalece indirectamente.

Tras el breve episodio de resistencia europea ante la amenaza de Trump de anexionarse Groenlandia, el núcleo duro del continente ha vuelto a rendirse. Francia, Reino Unido y Alemania —los tres países militarmente más poderosos de Europa— han cerrado filas con Washington sin consultar a otros socios comunitarios. El bloque que se conoce como E-3 se ha movilizado de forma coordinada: Alemania ha anunciado que protegerá sus tropas en la región, el Reino Unido ha puesto sus bases en Oriente Medio al servicio estadounidense y ha desplegado fragatas, cazas de combate y sistemas antiaéreos en Chipre, mientras que Francia ha puesto en alerta su portaaviones nuclear Charles de Gaulle y ha enviado medios militares significativos al Mediterráneo Oriental y a Emiratos Árabes Unidos. Macron ha aprovechado la ocasión para prometer un rearme nuclear francés que supuestamente protegería al resto de Europa, nombrándose a sí mismo paladín de los europeos sin que nadie se lo pidiera.

Esta movilización militar coordinada contrasta radicalmente con la posición de España, que ha rechazado permitir que el ejército estadounidense utilice las bases de Rota y Morón para operaciones contra Irán. El martes, Trump respondió a este desaire amenazando con cortar todo el comercio con España, a la que calificó de "aliado terrible". Detrás de esta amenaza está la mano de Benjamin Netanyahu, cuya influencia sobre la estrategia estadounidense en Oriente Medio es determinante. El secretario de Estado Marco Rubio reconoció explícitamente que la decisión de atacar Irán fue motivada por la intención israelí de hacerlo con o sin apoyo estadounidense. Trump ordenó la ofensiva sin consultar al Congreso, como exige la ley.

La verdadera naturaleza de esta guerra no es ideológica ni estratégica en el sentido convencional. Es el resultado del odio mutuo entre Israel e Irán, amplificado por la necesidad de Netanyahu de destruir a Irán como lo ha hecho con el estado palestino en Gaza y Cisjordania. Esta es la palanca que mueve tanto la estrategia estadounidense como la europea. El conflicto ha puesto al Mediterráneo Oriental y todo Oriente Medio al borde de una conflagración total, desde el Líbano hasta Afganistán, desde el Kurdistán hasta Yemen. El riesgo de una crisis económica global es altísimo si persiste el bloqueo del flujo de petróleo y gas a través del estrecho de Ormuz.

Mientras Europa se divide y se alinea con Trump, Ucrania desaparece del mapa de prioridades. La guerra que devastó el país hace cuatro años sigue sin resolverse, pero ahora pasa a segundo plano. El presidente Zelenski observa con preocupación creciente que si Estados Unidos vuelca su industria armamentística en Irán, a Ucrania solo llegarán las sobras. Esta reconfiguración tiene consecuencias globales que van más allá de Oriente Medio.

China está siendo golpeada económicamente por el conflicto. El coste del transporte de petróleo desde el Golfo Pérsico a China se ha duplicado desde el comienzo de la guerra, y sigue elevándose. Pekín tiene memoria de la crisis energética que sacudió a Europa cuando comenzó la guerra de Ucrania hace cuatro años. En aquel momento, Rusia redistribuyó hacia Asia el petróleo y gas que dejó de exportar a Europa por las sanciones, y China se benefició enormemente. Ahora la situación se invierte: China comprará más petróleo y gas de Rusia para compensar las restricciones del Golfo Pérsico, lo que alimentará directamente la economía de guerra rusa en Ucrania. Esta dinámica levantará la ira europea, que verá cómo su capacidad para ayudar a Kiev se debilita mientras China fortalece a su rival geopolítico.

Lo que Trump ha logrado es fragmentar la cohesión europea, alinear a las potencias militares del continente bajo su mando, castigar a quienes se resisten, abandonar a Ucrania a su suerte y fortalecer indirectamente a Rusia. Todo esto mientras Netanyahu maneja los hilos desde el fondo del escenario. La pregunta que flota en el aire es si esta guerra prolongada atrapará a Trump en un conflicto que comprometería su futuro político, o si encontrará una salida de emergencia a través de la negociación antes de que sea demasiado tarde.

Sabíamos que habría una acción israelí. Sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses
— Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, reconociendo que la decisión de atacar Irán fue motivada por la intención israelí
Si EEUU vuelca su industria armamentística en Irán, a Ucrania podrían llegar solo las sobras
— Preocupación implícita del presidente ucraniano Volodímir Zelenski sobre el futuro de la ayuda a su país
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