En el silencio forzado del confinamiento, millones de personas se encontraron frente a frente con emociones que la vida cotidiana había mantenido a raya. Para quienes cargaban con heridas antiguas, ese encuentro tuvo consecuencias concretas: un aumento significativo de los trastornos de la conducta alimentaria, especialmente los atracones, que funcionan no como exceso sino como lenguaje —una forma de decir lo que el dolor no encuentra palabras para expresar. La pandemia no creó estas vulnerabilidades, pero las iluminó con una claridad que ya no puede ignorarse.
Trauma y confinamiento: por qué se dispararon los trastornos alimentarios
El dolor evitado no desaparece. Se mantiene. Se incrementa.
¿Por qué el confinamiento específicamente disparó estos números? ¿No había estrés antes?
Había estrés, sí, pero estaba disperso. La gente corría de un lado a otro, trabajaba, socializaba. El confinamiento eliminó esas distracciones. De repente estabas solo con tus emociones, sin escapatoria. Para alguien con trauma, eso es devastador.
Entonces el atracón es realmente un síntoma, no el problema.
Exactamente. Es la forma en que el cuerpo comunica lo que la mente no puede verbalizar. Es una estrategia de supervivencia que funcionó en algún momento y se quedó.
¿Y la vergüenza que viene después? ¿Eso no detiene el ciclo?
No. La vergüenza lo refuerza. Porque la vergüenza es otra emoción negativa, y la única forma que esa persona conoce para manejar emociones negativas es comer. Así que la vergüenza genera otro atracón.
¿Hay algo que proteja a las personas? ¿Qué hace que alguien con trauma no desarrolle esto?
Eso es lo que están intentando descubrir ahora. Probablemente tenga que ver con apoyo emocional, con la capacidad de verbalizar el malestar, con figuras de apoyo disponibles. Pero aún no sabemos con certeza.
¿Entonces el confinamiento fue como quitarle a la gente sus mecanismos de defensa?
Sí. Les quitó el ruido, la actividad, la distracción. Y dejó expuesto lo que estaba anestesiado. Para muchos, la comida fue lo único que quedó.
Il Polso
- Los atracones se dispararon durante el confinamiento: el aislamiento, la pérdida de rutinas y la sensación de descontrol crearon el terreno perfecto para que conductas ya frágiles se desbordaran.
- El 91,5% de quienes los padecen arrastra un historial de trauma, lo que revela que comer compulsivamente es con frecuencia una respuesta emocional aprendida, no una simple falta de voluntad.
- La comida ofrece alivio inmediato pero el ciclo se cierra con vergüenza y culpa, atrapando a la persona en una espiral que deteriora su calidad de vida y sus vínculos.
- Investigadores de las universidades de Deusto y Nottingham Trent buscan identificar qué factores protegen a algunas personas del trauma mientras otras desarrollan trastornos alimentarios, con un estudio aún abierto a participantes voluntarios.
En el silencio forzado del confinamiento, millones de personas se encontraron frente a frente con emociones que la vida cotidiana había mantenido a raya. Para quienes cargaban con heridas antiguas, ese encuentro tuvo consecuencias concretas: un aumento significativo de los trastornos de la conducta alimentaria, especialmente los atracones, que funcionan no como exceso sino como lenguaje —una forma de decir lo que el dolor no encuentra palabras para expresar. La pandemia no creó estas vulnerabilidades, pero las iluminó con una claridad que ya no puede ignorarse.
Una mujer llega a consulta psicológica con una historia que comenzó a los diez años, cuando descubrió que la comida podía adormecer el malestar mientras sus padres pasaban las tardes fuera. Durante el confinamiento, aquellos atracones que alguna vez fueron un secreto se volvieron más frecuentes, más urgentes. "Mientras como no pienso en nada", explicaba. Pero después llegaba la vergüenza, la culpa, la sensación de haber perdido el dominio sobre sí misma.
Esta historia no es excepcional. Los trastornos de la conducta alimentaria afectan al 15% de la población mundial y siguen en aumento. Los atracones, en particular, no son simplemente comer en exceso: son episodios de pérdida total de control, frenéticos y casi automáticos, seguidos invariablemente de malestar emocional. Lo que la investigación ha confirmado es que el trauma está en el centro de este patrón. No necesariamente un trauma evidente: puede ser la distancia emocional de un padre, conflictos familiares crónicos o la ausencia de figuras de apoyo. El atracón funciona como una comunicación no verbal de lo que es demasiado doloroso para decir con palabras.
La pandemia amplificó todo esto. El confinamiento intensificó la soledad, la tristeza y el estrés, mientras reducía la sensación de control. Sin el ruido constante de la vida cotidiana, muchas personas se encontraron frente a emociones que habían estado enterradas. Para quienes ya cargaban con vulnerabilidades tempranas, el impacto fue especialmente agudo. El mecanismo es casi elegante en su simplicidad destructiva: la emoción negativa aparece, la persona come en lugar de procesarla, y durante esos minutos hay paz. Pero el dolor no desaparece; regresa, y con él, el ciclo.
Lo que hace esto especialmente difícil de romper es que los atracones funcionan, al menos a corto plazo. Alivian. Por eso se repiten hasta apropiarse de la identidad de quien los padece, convirtiéndose en secreto y en aislamiento. Ahora, investigadores de la Universidad de Deusto y la Universidad de Nottingham Trent, con financiación del Gobierno Vasco, buscan entender por qué algunas personas que han sufrido trauma desarrollan trastornos alimentarios mientras otras no. La pregunta que guía el estudio es fundamental: ¿qué convierte el trauma en resiliencia, y qué lo convierte en supervivencia a través de la comida?
Una persona llega a consulta psicológica con una historia que comienza a los diez años. Sus padres pasaban las tardes en el bar de enfrente mientras ella descubría que la comida podía adormecer el malestar. Décadas después, durante el confinamiento, esos atracones que alguna vez fueron un secreto se convirtieron en algo más frecuente, más urgente, más difícil de controlar. "Mientras como no pienso en nada", explicaba. "Los problemas desaparecen y eso me da algo de respiro". Pero después venía la vergüenza, la culpa, la sensación de haber perdido algo fundamental: el dominio sobre sí misma.
Esta historia no es aislada. Los trastornos de la conducta alimentaria afectan aproximadamente al 15 por ciento de la población mundial, y su prevalencia sigue en aumento. Entre ellos, los atracones son particularmente complejos porque no son simplemente comer mucho. Son un episodio donde la persona consume una cantidad excesiva de alimentos mientras experimenta una pérdida total de control. Comienza con un deseo intenso, generalmente por comidas calóricas. La velocidad es frenética, casi automática, como si la persona estuviera en trance. Luego vienen las emociones negativas: malestar, vergüenza, remordimiento. El ciclo se repite.
Lo que los investigadores han descubierto es que el trauma está en el centro de esto. Un estudio reciente encontró que el 91,5 por ciento de las personas que experimentan atracones reportan una historia de trauma. No necesariamente trauma grave o evidente. Puede ser la distancia emocional de un padre, conflictos familiares constantes, violencia psicológica, o simplemente la ausencia de figuras de apoyo cuando se necesitaban. El atracón funciona como una comunicación no verbal de lo que es demasiado doloroso para expresar con palabras. Proporciona alivio inmediato. Anestesia. Desconexión.
La pandemia de COVID-19 amplificó todo esto. El confinamiento intensificó los sentimientos de soledad, tristeza y estrés mientras simultáneamente disminuía la sensación de control sobre la propia vida. Para las personas que ya tenían problemas con los atracones, la situación empeoró significativamente. Pero también afectó a la población general. Lo que sucedió durante esos meses fue que muchas personas se encontraron con emociones que habían estado enterradas bajo la actividad frenética de la vida cotidiana. Sin el ruido constante del trabajo, la escuela, las salidas, esas emociones emergieron. Y para quienes tenían un trauma temprano, la vulnerabilidad fue particularmente aguda.
El mecanismo es casi elegante en su simplicidad destructiva. Una persona experimenta una emoción negativa: ansiedad, tristeza, aburrimiento, ira. En lugar de procesarla, de hablarla, de permitirse sentirla, come. Rápido. Mucho. Durante esos minutos hay paz. Hay escape. Pero el dolor que se evitó no desaparece. Se mantiene. Se incrementa. Y la próxima vez que esa emoción aparece, la persona recurre nuevamente a los atracones. Se desarrolla una intolerancia a las emociones negativas. La comida se convierte en la única estrategia que funciona, aunque sea temporalmente.
Lo que hace esto particularmente complejo es que los atracones proporcionan beneficios secundarios a corto plazo. Funcionan. Alivian el malestar. Por eso se mantienen. Por eso se repiten. Una estrategia que fue empleada una vez con resultados "positivos" se utiliza cada vez más hasta que termina apropiándose de la identidad de la persona y sus relaciones. Se convierte en secreto. En vergüenza. En aislamiento.
Ahora, investigadores de la Universidad de Deusto en colaboración con la Universidad de Nottingham Trent están intentando entender por qué algunas personas que han sufrido trauma desarrollan problemas alimentarios mientras que otras no. Están buscando los factores de riesgo y los factores protectores. El estudio, financiado por el Gobierno Vasco, sigue abierto para recopilar datos de participantes voluntarios. La pregunta fundamental es: ¿qué hace que una persona sea resiliente frente al trauma, y qué hace que otra recurra a los atracones como forma de supervivencia emocional?
Citazioni salienti
Mientras como no pienso en nada, los problemas desaparecen y eso me da algo de respiro— Persona en consulta psicológica
Las emociones no expresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde en formas más feas— Sigmund Freud (citado en el análisis)