Pilar Sordo: «Cada vez tenemos menos paciencia para escucharnos»

La conversación tiene que transformarnos, o se convierte en monólogo
Sordo explica que sin paciencia mutua, el diálogo pierde su poder de cambiar a quienes participan en él.
Mark

¿Qué tan grave es realmente esta reducción de vocabulario que Sordo describe? ¿Tenemos datos que lo confirmen?

Mimi

Sordo basa su argumento en ocho años de investigación, aunque el artículo no especifica exactamente qué metodología utilizó. Lo que sí es claro es que ella observa un patrón: menos palabras, más símbolos visuales, menos profundidad en la expresión emocional.

Luke

Ese es el punto débil aquí. Sordo hace una afirmación fuerte sobre cómo enfermamos por falta de palabras, citando a un psiquiatra español, pero no vemos el estudio original ni los números. ¿Cuánto menos vocabulario? ¿En qué contextos? ¿Comparado con cuándo?

Mark

Pero la idea de que la paciencia está disminuyendo, eso sí se siente verdadero en la experiencia cotidiana, ¿no?

Mimi

Absolutamente. Y Sordo lo conecta con algo importante: no es solo que yo tenga prisa, es que tú también tienes prisa. Eso crea un círculo vicioso donde nadie se siente realmente escuchado.

Luke

De nuevo, eso es una observación perspicaz, pero es anecdótica. ¿Hay evidencia de que la paciencia ha disminuido? ¿O es que la tecnología ha cambiado nuestras expectativas sobre la velocidad de respuesta? Son cosas diferentes.

Mark

Lo que más me impactó fue la idea de que cómo nos hablamos a nosotros mismos define todo lo demás. ¿Eso está comprobado?

Mimi

Sordo dice que investigó esto durante ocho años. La premisa es que el diálogo interno es el motor de cómo vemos el mundo, cómo procesamos el duelo, cómo definimos nuestro propósito. Es una visión coherente de la psicología humana.

Luke

Pero nuevamente, no sabemos qué tipo de investigación fue. ¿Fue un estudio controlado? ¿Entrevistas? ¿Observación clínica? La conclusión puede ser válida, pero necesitamos saber en qué se basa. Y la idea de que la autopercepción afecta cómo vemos el mundo no es exactamente nueva en psicología.

Mark

¿Y su crítica a la exigencia de felicidad constante? Eso parece importante.

Mimi

Sordo dice que la incomodidad es el único invitador real al crecimiento. Que buscamos evitar la molestia, pero sin ella no hay transformación. Es una invitación a aceptar el sufrimiento como parte del proceso de maduración.

Luke

Eso es filosofía más que psicología, y es válida como tal. Pero Sordo no distingue entre el sufrimiento necesario y el sufrimiento patológico. Hay una diferencia entre la incomodidad que te hace crecer y la depresión que te paraliza. El artículo no aborda esa distinción.

  • El vocabulario emocional se contrae mientras los emoticones proliferan, dejando a las personas sin las palabras necesarias para nombrar lo que viven por dentro.
  • La paciencia mutua se erosiona tan rápido que las conversaciones se convierten en monólogos paralelos: todos hablan, nadie escucha, nadie sale transformado.
  • Sordo alerta que la presión social de estar siempre feliz bloquea la incomodidad necesaria para madurar, atrapando a las personas en una comodidad que impide el cambio real.
  • El diálogo interno emerge como el verdadero campo de batalla: la forma en que alguien se percibe a sí mismo determina cómo procesa el duelo, define su propósito y proyecta confianza o desconfianza en su entorno.
  • La salud mental, según este enfoque, no es la ausencia de dolor sino la capacidad de habitarlo con conciencia, lo que reencuadra por completo la conversación sobre bienestar emocional.

En un tiempo en que las palabras se adelgazan y los emoticones reemplazan la precisión del sentir, la psicóloga chilena Pilar Sordo advierte que la humanidad enfrenta una crisis silenciosa de comunicación. No es que callemos más, sino que nombramos menos, y al perder el lenguaje preciso perdemos también la capacidad de ser verdaderamente comprendidos y de comprendernos a nosotros mismos. Sordo sitúa el diálogo interno —la voz con que cada persona se habla a sí misma— como el eje que sostiene el amor propio, la visión del mundo y la posibilidad de crecer a través del dolor.

Pilar Sordo, psicóloga y escritora chilena, sostiene que vivimos una crisis silenciosa: no hablamos menos, sino que cuando lo hacemos usamos un vocabulario cada vez más reducido. Apoyándose en el psiquiatra español José Luis Marín, argumenta que los seres humanos enferman por falta de palabras. Cuando los emoticones reemplazan el lenguaje, perdemos la posibilidad de nombrar con precisión lo que nos ocurre, y sin esa precisión el otro no puede realmente entendernos. La comunicación se vuelve un intercambio de señales en lugar de un encuentro genuino.

A esta pobreza de vocabulario se suma otro problema: la paciencia mutua se ha ido erosionando. Sordo describe las conversaciones actuales como «monólogos intermitentes»: cada persona habla, pero nadie escucha de verdad. Sin la sensación de ser escuchado, la conversación pierde su poder transformador. Una conversación auténtica, insiste, exige que ambos participantes se expongan al cambio y permitan que las palabras del otro los modifiquen.

Tras ocho años investigando el tema, Sordo llegó a una conclusión central: la forma en que nos hablamos a nosotros mismos determina nuestro amor propio y define cómo vemos el mundo. Si la autopercepción es noble y confiable, esa confianza se proyecta hacia afuera; si es dura y despreciativa, el mundo se percibe bajo ese mismo lente. Este diálogo interno moldea cómo procesamos el duelo, cómo definimos nuestro propósito y cómo expresamos nuestras emociones.

Sordo también cuestiona la exigencia contemporánea de estar siempre feliz. Para ella, esa demanda es contraproducente: la incomodidad y el malestar son los únicos invitadores reales al crecimiento. Evitar la fricción equivale a evitar la transformación. La salud mental, concluye, no es la ausencia de dolor sino la capacidad de habitarlo con conciencia.

Pilar Sordo, psicóloga y escritora chilena, sostiene que estamos viviendo una crisis silenciosa en la forma en que nos comunicamos. No es que hablemos menos, sino que cuando lo hacemos, usamos un vocabulario cada vez más reducido, lo que empobrece nuestra capacidad para nombrar lo que sucede en nuestro interior. En una conversación con José del Río para LA NACION, Sordo explicó cómo este empobrecimiento del lenguaje afecta la profundidad de nuestros vínculos y, en última instancia, nuestra salud mental.

La psicóloga chilena cita al psiquiatra español José Luis Marín para argumentar que los seres humanos enferman por falta de palabras. Cuando reemplazamos el lenguaje con emoticones, cuando reducimos nuestras expresiones a símbolos visuales, perdemos algo fundamental: la posibilidad de nombrar con precisión lo que nos sucede. Ese acto de nombrar, de encontrar las palabras exactas para describir una emoción o una experiencia, es lo que permite que otro ser humano realmente nos entienda. Sin él, la comunicación se vuelve superficial, un intercambio de señales en lugar de un verdadero encuentro.

Pero hay algo más profundo en lo que Sordo identifica como el problema actual: la falta de paciencia mutua. No solo nos cuesta trabajo expresar lo que nos pasa, sino que quienes nos escuchan tienen cada vez menos disposición para hacerlo. "Hemos ido reduciendo la paciencia", dice Sordo, "porque no solo me cuesta decirte lo que me pasa, sino que cada vez tú tienes menos paciencia para escucharme a mí". Esta erosión de la paciencia transforma las conversaciones en algo que ella describe como "monólogos intermitentes": cada persona habla, pero nadie realmente escucha. Nadie se siente verdaderamente atendido. Y sin esa sensación de ser escuchado, la conversación pierde su poder transformador. Una conversación auténtica, según Sordo, requiere que ambos participantes se expongan al cambio, que permitan que las palabras del otro los modifiquen.

Después de ocho años investigando este tema, Sordo llegó a una conclusión que toca el corazón de cómo vivimos: la forma en que nos hablamos a nosotros mismos determina nuestro amor propio y define cómo vemos el mundo. No es una idea nueva, pero Sordo la desarrolla con precisión. Si te percibes como una persona confiable y noble, proyectarás esa confiabilidad en tu entorno. Si te hablas con dureza y desprecio, verás el mundo a través de ese lente. Este diálogo interno, esta autopercepción, no solo moldea tu autoestima: determina cómo procesas el duelo, cómo defines tu propósito de vida, cómo expresas tus emociones. Es el motor que impulsa todo lo demás.

Sordo también critica la exigencia social contemporánea de estar siempre feliz, siempre contentos, siempre positivos. Para ella, esta demanda es no solo irreal sino contraproducente. La incomodidad, el malestar, la dificultad: estos son los únicos invitadores reales al crecimiento. El proceso de maduración implica una molestia que muchas personas evitan a toda costa, buscando la comodidad en lugar de la transformación. Pero sin esa incomodidad, sin esa fricción, no hay cambio de prioridades, no hay verdadero crecimiento. La salud mental, en este sentido, no es la ausencia de dolor sino la capacidad de habitarlo con conciencia.

Hemos ido reduciendo la paciencia, porque no solo me cuesta decirte lo que me pasa, sino que cada vez tú tienes menos paciencia para escucharme a mí
— Pilar Sordo
Cómo te hablas define tu amor propio y tu visión del mundo
— Pilar Sordo
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