Cuando el aislamiento pandémico cerró las puertas de la vida social, los trastornos alimentarios encontraron en los jóvenes un terreno que ya estaba preparado por la fragilidad propia de la adolescencia. Especialistas argentinos advierten que casi una de cada tres mujeres jóvenes con insatisfacción corporal previa desarrolló síntomas de anorexia o bulimia durante el confinamiento, llegando a consulta en estados de gravedad que antes eran menos frecuentes. La pandemia no creó estos trastornos, pero los aceleró y los profundizó, recordándonos que la salud de los jóvenes se sostiene tanto en los
Pandemia agravó trastornos alimentarios en jóvenes: detectan casos en 1 de cada 3 mujeres
El aislamiento eliminó los amortiguadores naturales de la adolescencia
¿Por qué la pandemia específicamente aceleró estos trastornos? ¿No existían ya antes?
Existían, claro. Pero el aislamiento eliminó los amortiguadores naturales. Sin escuela, sin amigos, sin actividades, el adolescente quedó solo con su cuerpo, sus inseguridades y las redes sociales. El espejo se vuelve obsesión.
Mencionan que 1 de cada 3 mujeres jóvenes con insatisfacción corporal desarrolló estos trastornos. ¿Eso significa que la insatisfacción corporal es casi inevitable?
No inevitable, pero muy común. La diferencia es que durante la pandemia, esa insatisfacción normal de la adolescencia se convirtió en obsesión patológica sin salida. Sin pares que normalicen los cuerpos, sin actividades que distraigan, la mente se queda atrapada.
¿Por qué afecta más a mujeres?
Porque la presión estética sobre las mujeres es estructural. Cuatro o cinco mujeres por cada varón. No es biología, es cultura. Y esa cultura se intensificó en las pantallas durante el confinamiento.
Los médicos hablan de factores de riesgo como antecedentes familiares, vínculos violentos, pérdidas. ¿Entonces no es solo sobre la imagen corporal?
No. Es la tormenta perfecta. La insatisfacción corporal es el detonante visible, pero el trastorno necesita otras cosas: vulnerabilidad psíquica, historia familiar, contexto de estrés. La pandemia fue ese contexto de estrés extremo.
¿Cómo se diferencia detectar anorexia de detectar bulimia?
La anorexia grita. El cuerpo se ve diferente, los comportamientos en la mesa son raros, evidentes. La bulimia susurra. Ocurre en el baño, en la noche. Por eso a veces son los amigos quienes la ven primero, porque notan cambios de humor o comportamientos extraños que la familia no ve.
¿Qué pasa si no se detecta a tiempo?
El daño se acumula. Físico, psíquico, social. Cuanto más tiempo pasa, más enraizado está el trastorno, más difícil es tratarlo. Por eso la ventana de oportunidad es ahora, cuando empiezan a mostrar signos.
O Pulso
- El cierre de escuelas y el aislamiento prolongado privaron a los adolescentes de la red social que actúa como contención, dejando a muchos vulnerables frente a trastornos que ya existían en estado latente.
- Cuando las actividades reabrieron a fines de 2020, los equipos médicos recibieron casos de anorexia con desnutriciones extremas que exigieron hospitalizaciones urgentes, evidenciando el costo del acceso tardío a la salud.
- La bulimia se oculta en la intimidad y la anorexia disfraza sus señales, lo que convierte a amigos, familias y docentes en los primeros detectores posibles de una crisis que los profesionales aún no ven.
- Expertos subrayan que estos trastornos no responden a una sola causa: genética, vínculos familiares, presión social y salud mental previa se combinan, exigiendo una respuesta igualmente compleja.
- La única salida efectiva señalada es un abordaje interdisciplinario en red —clínica, nutrición, salud mental, trabajo social y escuela— que permita a los jóvenes recuperar no solo el vínculo con la comida, sino su salud integral.
Cuando el aislamiento pandémico cerró las puertas de la vida social, los trastornos alimentarios encontraron en los jóvenes un terreno que ya estaba preparado por la fragilidad propia de la adolescencia. Especialistas argentinos advierten que casi una de cada tres mujeres jóvenes con insatisfacción corporal previa desarrolló síntomas de anorexia o bulimia durante el confinamiento, llegando a consulta en estados de gravedad que antes eran menos frecuentes. La pandemia no creó estos trastornos, pero los aceleró y los profundizó, recordándonos que la salud de los jóvenes se sostiene tanto en los vínculos como en la medicina.
Cuando las escuelas cerraron en 2020, los adolescentes perdieron algo más que clases: perdieron la red de contención que construye la vida social cotidiana. En ese vacío, los trastornos de la conducta alimentaria encontraron condiciones propicias. Médicos de la Sociedad Argentina de Pediatría comenzaron a registrar un patrón alarmante: casi una de cada tres mujeres jóvenes con algún grado de insatisfacción corporal desarrolló síntomas de anorexia o bulimia durante la pandemia.
Las cifras previas ya eran preocupantes —anorexia en el 1% y bulimia en el 3% de las mujeres de entre 10 y 24 años— pero el confinamiento las agravó de manera dramática. La doctora Alejandra Ariovich explicó que el aislamiento no solo intensificó los comportamientos alimentarios problemáticos, sino que también limitó el acceso temprano a la salud. Cuando los jóvenes pudieron consultar, muchos llegaban en estados avanzados, con desnutriciones severas que requirieron hospitalización.
Especialistas como la doctora Andrea Grieco coinciden en que estos trastornos no tienen una causa única: se necesita una confluencia de factores genéticos, psicológicos y sociales. Los antecedentes familiares de salud mental, los vínculos violentos, las pérdidas significativas y los cambios puberales actúan como factores de riesgo. La anorexia y la bulimia afectan principalmente a mujeres, en una proporción de cuatro o cinco por cada varón.
La detección temprana es decisiva pero difícil. La anorexia deja señales más visibles —comer a escondidas, rigidez alimentaria, comportamientos rituales con la comida—, mientras que la bulimia ocurre en la intimidad y suele ser el entorno cercano, especialmente los amigos, quien primero nota que algo está mal. Minimizar esas señales puede costar meses de intervención perdidos.
Los especialistas son claros: la respuesta debe ser colectiva e interdisciplinaria. Familia, escuela, clínica, nutrición, salud mental y trabajo social deben actuar en red para que estos jóvenes puedan recuperar no solo su relación con la comida, sino su salud en todas sus dimensiones.
Cuando las escuelas cerraron y los adolescentes se quedaron en casa, algo más que la rutina se rompió. El aislamiento prolongado de 2020 y principios de 2021 dejó a los jóvenes sin el contacto con sus pares, sin la red de contención que proporciona la vida social normal. Y en ese vacío, los trastornos de la conducta alimentaria encontraron terreno fértil. Médicos de la Sociedad Argentina de Pediatría comenzaron a notar un patrón inquietante: casi 1 de cada 3 mujeres jóvenes que ya mostraban algún grado de insatisfacción con su imagen corporal desarrollaron síntomas de anorexia nerviosa o bulimia nerviosa durante la pandemia.
Los números históricos eran ya preocupantes. Entre los 10 y 24 años, la anorexia afectaba al 1% de las mujeres y la bulimia al 3%. Pero la pandemia aceleró estas cifras de manera dramática. La doctora Alejandra Ariovich, pediatra especializada en salud integral del adolescente, explicó que el confinamiento prolongado, con sus restricciones a la circulación y el aislamiento social, impactó profundamente en los comportamientos alimentarios y limitó el acceso temprano a los servicios de salud. Cuando finalmente las actividades sociales reabrieron a fines de 2020 y los jóvenes pudieron consultar, muchos llegaban en estados avanzados de gravedad. Los equipos médicos se encontraron con presentaciones severas de anorexia acompañadas de desnutriciones extremas que requirieron hospitalización de un número considerable de pacientes.
Estos trastornos no surgen de un único factor. La doctora Andrea Grieco y otros especialistas del comité de estudio permanente del adolescente coincidieron en que se necesita una confluencia de elementos: el imaginario social sobre la belleza, alteraciones en los vínculos familiares, y una predisposición psíquica particular. Los antecedentes familiares de enfermedades mentales, historias de consumo, vínculos violentos, pérdidas significativas, cambios puberales acelerados o problemas de salud mental previos actúan como factores de riesgo conocidos. La anorexia y la bulimia afectan principalmente a mujeres, con una proporción de 4 o 5 mujeres por cada varón.
La anorexia se manifiesta a través de la restricción severa de alimentos, un miedo intenso a ganar peso y una distorsión clara de la imagen corporal. La bulimia, en cambio, se caracteriza por episodios repetidos de atracones seguidos de compensaciones como purgas o ayunos prolongados, también con una alteración profunda en cómo la persona se percibe a sí misma. Ambas pueden presentarse con variabilidad clínica que no siempre se ajusta a las definiciones clásicas.
La detección temprana es crucial, pero también es desafiante. La anorexia tiende a mostrar signos más evidentes: no compartir comidas, comer a escondidas, rigidez extrema en las elecciones alimentarias, velocidad anormal al comer, y comportamientos particulares como desmenuzar la comida, masticar durante períodos prolongados, escupir o esconder lo que comen. La bulimia, por el contrario, ocurre frecuentemente en la intimidad, lo que dificulta su identificación. A menudo son los amigos y amigas quienes notan algo está mal y comparten su preocupación con la familia. Es importante no minimizar esos comentarios del entorno social del joven.
La falta de intervención oportuna agrava el daño físico, psíquico y social, complicando cualquier abordaje terapéutico posterior. La identificación precoz requiere la participación de toda la comunidad: familia, amigos, escuela. Cuando se sospecha un trastorno alimentario, el siguiente paso es fundamental: un equipo de salud interdisciplinario que incluya clínica, salud mental, trabajo social, nutrición y espacios sociales como la escuela. Solo con ese trabajo coordinado en red es posible iniciar un abordaje terapéutico adecuado que permita a estos jóvenes recuperar no solo su relación con la comida, sino su salud integral.
Citações Notáveis
La situación producida por la pandemia, principalmente la cuarentena con etapas prolongadas de restricciones en la circulación y de aislamiento social, han repercutido en los comportamientos y en el acceso al sistema de salud en estadios iniciales de presentación— Dra. Alejandra Ariovich, pediatra especializada en Salud Integral en la Adolescencia
Para que se produzca un trastorno en la alimentación deben confluir múltiples factores: el imaginario social de belleza, alteraciones en los vínculos familiares y una predisposición del aparato psíquico propio de la persona— Dra. Alejandra Ariovich y Dra. Andrea Grieco, Sociedad Argentina de Pediatría