A mediados de julio de 2022, la Organización Mundial de la Salud recordó al mundo una verdad que muchos preferían ignorar: el coronavirus seguía su curso. Por quinta semana consecutiva, los contagios globales aumentaron, impulsados por subvariantes capaces de eludir inmunidades ganadas con esfuerzo. En un planeta fatigado de vigilancia, el virus encontraba en ese cansancio colectivo su mejor aliado.
OMS alerta por quinta semana consecutiva de aumento de casos de COVID-19
El virus circula libremente y los países no están gestionando la carga de la enfermedad
¿Por qué la OMS decidió emitir esta alerta específicamente en julio de 2022? ¿Qué había cambiado?
No era que algo nuevo hubiera sucedido de repente. Era que el patrón se había vuelto innegable: cinco semanas seguidas de aumento. Tedros estaba diciendo lo que los datos mostraban, pero también lo que muchos gobiernos querían ignorar.
Las subvariantes BA.4 y BA.5 podían reinfectar a vacunados. ¿Eso significaba que las vacunas habían fracasado?
No exactamente. Las vacunas seguían previniendo enfermedad grave y muerte. Pero la idea de que la vacunación te daba inmunidad duradera contra la infección se había desmoronado. El virus era más astuto de lo que se había anticipado.
Oriente Medio vio un aumento de muertes del 78% en una semana. ¿Cómo se explica una cifra tan dramática?
Podría ser un efecto de números pequeños, donde un cambio absoluto se ve amplificado en porcentaje. O podría reflejar sistemas de salud más frágiles, población más vulnerable. La OMS no lo desglosó, pero la disparidad regional era real.
Si los países habían relajado las pruebas y vigilancia, ¿cómo sabía la OMS que había 5.7 millones de casos?
Solo sabía lo que se reportaba. Eso era precisamente el problema. Los números reales eran probablemente mucho más altos. Lo que la OMS estaba diciendo era que incluso con vigilancia debilitada, los casos que sí se detectaban estaban subiendo. Imagina lo que no se veía.
¿Por qué la Casa Blanca desaconsejó esperar a los nuevos fármacos del otoño?
Porque esperar significaba meses sin protección adicional. Los refuerzos disponibles ahora ofrecían algo. Lo perfecto no podía ser enemigo de lo bueno cuando la gente se estaba enfermando ahora.
Il Polso
- La OMS confirmó 5.7 millones de nuevos casos en una sola semana, un incremento del 6% que marcó la quinta subida consecutiva, señal de que el virus no estaba retrocediendo sino reorganizándose.
- Las subvariantes BA.4 y BA.5 de ómicron generaron un aumento del 30% en apenas dos semanas, con la capacidad perturbadora de reinfectar a personas ya vacunadas o recuperadas.
- Las muertes —9,800 en la última semana— no eran uniformes: Oriente Medio registró un alza del 78% y el sureste asiático del 23%, revelando un mapa fragmentado que complica cualquier respuesta global coordinada.
- Muchos países han desmantelado sus sistemas de vigilancia y pruebas, dejando al mundo sin visibilidad suficiente para rastrear el virus o detectar nuevas variantes antes de que se propaguen.
- En Estados Unidos, el coordinador de COVID-19 de la Casa Blanca urgió a los mayores de 50 años a recibir dosis de refuerzo de inmediato, advirtiendo que esperar tratamientos futuros era una apuesta demasiado costosa.
A mediados de julio de 2022, la Organización Mundial de la Salud recordó al mundo una verdad que muchos preferían ignorar: el coronavirus seguía su curso. Por quinta semana consecutiva, los contagios globales aumentaron, impulsados por subvariantes capaces de eludir inmunidades ganadas con esfuerzo. En un planeta fatigado de vigilancia, el virus encontraba en ese cansancio colectivo su mejor aliado.
A mediados de julio de 2022, la OMS emitió un aviso que el mundo prefería no escuchar: en la semana anterior, se registraron 5.7 millones de nuevos casos de COVID-19, un aumento del 6% y la quinta semana consecutiva de ascenso. Junto a esos contagios, 9,800 personas perdieron la vida.
El director general Tedros Adhanom Ghebreyesus fue directo en conferencia de prensa: el virus circulaba sin restricción y los países no estaban gestionando la carga de enfermedad de manera efectiva. Las responsables del repunte eran las subvariantes ómicron BA.4 y BA.5, que en dos semanas habían elevado los casos un 30% y mostraban una capacidad inquietante: reinfectar a vacunados y a quienes ya habían superado la enfermedad.
La geografía del virus era desigual. El Pacífico Occidental y Oriente Medio lideraban los aumentos, con alzas superiores al 25%. Las muertes, sin embargo, seguían patrones propios: un 78% más en Oriente Medio, un 23% en el sureste asiático, estabilidad o descenso en otras regiones. Este cuadro fragmentado dificultaba una respuesta coordinada.
Un obstáculo adicional agravaba la situación: muchos países habían relajado sus sistemas de vigilancia y pruebas, reduciendo la capacidad de rastrear el virus e identificar nuevas variantes a tiempo. En Estados Unidos, el doctor Ashish Jha instó públicamente a reanudar la vigilancia y a que todos los adultos mayores de 50 años recibieran una dosis de refuerzo sin esperar a los fármacos de nueva generación previstos para el otoño.
Dos años y medio después del inicio de la pandemia, el virus seguía escribiendo su historia: no era el apocalipsis de 2020 ni el final que muchos daban por hecho en 2022, sino algo más incómodo —una enfermedad que se negaba a desaparecer y que exigía atención continua en un mundo exhausto de prestarla.
A mediados de julio de 2022, la Organización Mundial de la Salud emitió un aviso que pocos querían escuchar: el coronavirus no había terminado. Los números lo decían con claridad. En la semana anterior al comunicado, el mundo registró 5.7 millones de nuevos casos confirmados, un aumento del 6% respecto a la semana previa. Era la quinta semana consecutiva en que las infecciones subían, no bajaban. Junto a esos contagios vinieron 9,800 muertes, una cifra que se mantenía estable pero que seguía siendo, simplemente, 9,800 personas.
Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, no ocultó su inquietud. En una conferencia de prensa el martes de esa semana, fue directo: el virus circulaba sin restricción y los países no estaban manejando la carga de enfermedad de manera efectiva. "Las nuevas olas del virus demuestran de nuevo que el COVID-19 está lejos de terminar", dijo. No era un llamado de alarma histérico. Era un diagnóstico. La pandemia seguía siendo una emergencia global, y el aumento de casos lo probaba.
Lo que impulsaba este repunte tenía nombre: las subvariantes ómicron BA.4 y BA.5. En apenas dos semanas, los casos reportados a la OMS habían subido un 30%, y estas dos cepas eran las culpables principales. Lo preocupante no era solo su capacidad de contagio, sino algo más inquietante: podían reinfectar a personas que ya estaban vacunadas o que se habían recuperado de la enfermedad. La inmunidad previa no ofrecía la protección que se esperaba.
La geografía del virus mostraba patrones desiguales. El Pacífico Occidental y Oriente Medio experimentaban los mayores aumentos, con incrementos superiores al 25% en ambas regiones. Las muertes, sin embargo, no subían de manera uniforme. En Oriente Medio se dispararon un 78%, mientras que en el sureste asiático el aumento fue del 23%. En otros lugares del mundo, las muertes cayeron o se mantuvieron estables. Era un cuadro fragmentado, regional, que hacía difícil una respuesta coordinada.
Un problema adicional complicaba la tarea de contener el virus: muchos países habían relajado sus sistemas de vigilancia y pruebas. Sin datos claros, era imposible seguir la pista del virus con precisión o identificar nuevas variantes potencialmente peligrosas antes de que se propagaran. La OMS señaló esto como un obstáculo crítico. El mundo estaba perdiendo visibilidad sobre un enemigo que seguía mutando.
En Estados Unidos, las nuevas variantes de ómicron ya estaban dejando huella. Las hospitalizaciones y muertes habían aumentado en las últimas semanas, lo que llevó a algunas ciudades y pueblos a replantear sus estrategias. El doctor Ashish Jha, coordinador de COVID-19 de la Casa Blanca, apareció en televisión el miércoles pidiendo que se administraran dosis de refuerzo y se reanudara la vigilancia contra el virus. El equipo de respuesta de la Casa Blanca fue más específico: instó a todos los adultos de 50 años o más a recibir una dosis de refuerzo si no lo habían hecho ese año. También desaconsejó esperar a la siguiente generación de fármacos, prevista para el otoño. El mensaje era claro: la protección disponible ahora era mejor que la esperanza de algo mejor después.
Lo que quedaba en claro era que, dos años y medio después de que el virus saltara a los humanos, la pandemia seguía escribiendo su historia. No era el apocalipsis que algunos temían en 2020, pero tampoco era el final que muchos habían dado por sentado en 2022. Era algo más incómodo: una enfermedad que se negaba a desaparecer, que encontraba nuevas formas de propagarse, y que exigía atención continua en un mundo que estaba cansado de prestarla.
Citazioni salienti
Las nuevas olas del virus demuestran de nuevo que el COVID-19 está lejos de terminar— Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS
El virus circula libremente y los países no están gestionando de forma eficaz la carga de la enfermedad— Tedros Adhanom Ghebreyesus