En un momento en que casi nueve de cada diez organizaciones han incorporado la inteligencia artificial a sus operaciones, un estudio global de McKinsey revela una paradoja inquietante: la tecnología transforma la experiencia individual del trabajo, pero rara vez transforma los estados financieros. La brecha entre lo que los empleados sienten y lo que las empresas ganan plantea una pregunta más antigua que la IA misma: ¿cuándo una herramienta poderosa se convierte en ventaja real, y cuándo se convierte simplemente en un hábito costoso?
McKinsey 2026: la paradoja de la IA — productividad sin rentabilidad
La ventaja aparece cuando la IA es motivo para rediseñar, no una capa más
¿Cómo es posible que ochenta por ciento de los empleados diga que es más productivo si solo treinta y siete por ciento de las empresas ve ganancia?
Porque productividad individual y rentabilidad empresarial no son la misma cosa. Alguien ahorra tres horas al día, pero esas horas se pierden en reuniones sobre la IA, en reportes, en correos. La capacidad se crea pero no se captura.
Espera. ¿Eso es lo que dice McKinsey o es lo que asume el artículo? Porque el informe original dice que la productividad mejoró, pero no especifica dónde se va esa capacidad liberada.
Justo. McKinsey no da el desglose completo. Lo que sí dice es que cuarenta y siete por ciento de los gerentes de nivel medio reporta efectos negativos, mientras que treinta y uno por ciento de los ejecutivos los reporta. Hay una distribución desigual clara.
¿Y qué pasa con los agentes de IA? El informe dice que cuarenta por ciento de las grandes empresas los escala, pero solo veintidós por ciento de las pequeñas.
Eso es un dato verificado. Pero lo interesante es que treinta y dos por ciento de las empresas ya está eligiendo construir en lugar de comprar software. Eso es una amenaza real para Salesforce y SAP, aunque no mañana.
Exacto. Y el costo de tokens es donde se ve la verdadera presión. Cayó de veinte dólares a siete centavos por millón, pero el gasto total se triplicó porque los agentes consumen mucho más.
¿Entonces la IA se vuelve más cara aunque sea más barata?
Sí, pero con un matiz. Sesenta por ciento del gasto agentico va en refinamiento, no en la llamada inicial. Eso es un dato de McKinsey QuantumBlack. El caso bancario que citan muestra que los tokens son solo veintidós por ciento del costo; el resto es infraestructura, revisión humana, cumplimiento.
Y noventa y tres por ciento de las empresas ya está excediendo su presupuesto de IA. Eso no es especulación, es presión real en los CFO ahora mismo.
Entonces, ¿quién gana en este escenario?
El seis por ciento de empresas de alto rendimiento que atribuye al menos cinco por ciento de su EBIT a la IA. Tienen tres coma tres veces más probabilidad de rediseñar procesos radicalmente. No es que gasten más. Es que usan la IA como excusa para cambiar cómo trabajan.
Pero ese seis por ciento es pequeño. Y McKinsey no dice si eso es una muestra representativa o si hay sesgo de supervivencia. Las empresas que capturan valor probablemente son más propensas a responder encuestas sobre IA.
Punto válido. Pero la dirección es clara: la IA sola no es suficiente. Necesitas rediseño de procesos.
Der Puls
- El 80% de los trabajadores percibe mayor productividad con IA, pero solo el 37% de las organizaciones ve ese beneficio reflejado en sus ganancias operativas, creando una grieta peligrosa entre percepción y realidad financiera.
- Las horas liberadas por la automatización no desaparecen: se reabsorben silenciosamente en correos, reuniones y tareas de bajo valor, evaporando el beneficio antes de que llegue al balance.
- La desigualdad interna agrava la tensión: casi la mitad de los mandos medios reporta efectos negativos de la IA, frente a apenas un tercio de los ejecutivos, revelando que la herramienta no crea la misma experiencia para todos.
- El costo real de la IA agentica sorprende a las empresas: el gasto total en modelos de lenguaje se triplicó pese a la caída de precios unitarios, y el 93% de las organizaciones ya excede su presupuesto de IA.
- El 6% de empresas de alto rendimiento que sí convierte IA en margen tiene una clave en común: rediseñó radicalmente sus procesos en lugar de superponer la tecnología sobre flujos de trabajo existentes.
En un momento en que casi nueve de cada diez organizaciones han incorporado la inteligencia artificial a sus operaciones, un estudio global de McKinsey revela una paradoja inquietante: la tecnología transforma la experiencia individual del trabajo, pero rara vez transforma los estados financieros. La brecha entre lo que los empleados sienten y lo que las empresas ganan plantea una pregunta más antigua que la IA misma: ¿cuándo una herramienta poderosa se convierte en ventaja real, y cuándo se convierte simplemente en un hábito costoso?
El último informe McKinsey State of AI expone una contradicción que debería incomodar a cualquier directivo: mientras cuatro de cada cinco empleados afirman que la inteligencia artificial mejoró su productividad, apenas un tercio de las organizaciones puede rastrear ese beneficio hasta sus ganancias operativas. La encuesta, realizada entre más de mil setecientos participantes en noventa y siete países, muestra una adopción acelerada —casi nueve de cada diez empresas ya usan IA en al menos una función— pero un impacto financiero que no termina de materializarse.
El problema central no es tecnológico, sino estructural. Cuando un trabajador reduce una tarea de cuatro horas a una, las tres horas ganadas rara vez se redirigen hacia actividades de alto valor: se disuelven en la rutina. A esto se suma una fractura interna: casi la mitad de los gerentes y colaboradores individuales reporta efectos negativos asociados a la IA, una proporción significativamente mayor que la de los ejecutivos. La herramienta no está produciendo la misma experiencia en todos los niveles de la organización.
Los agentes de IA están redibujando además la frontera entre comprar y construir software. En grandes empresas, el porcentaje que escala agentes saltó del 27% al 40% en un año. Más revelador aún: el 32% de los encuestados afirma que su organización decidió no adquirir al menos un producto de software porque podía desarrollarlo internamente con herramientas basadas en agentes. La línea que separaba a las empresas tecnológicas del resto se está borrando.
El capítulo de costos añade otra capa de complejidad. Aunque el precio por millón de tokens cayó de veinte dólares a siete centavos, el gasto total en modelos de lenguaje se triplicó, porque los flujos agenticos consumen tokens en una escala radicalmente mayor. El 93% de las empresas ya excede su presupuesto de IA, y uno de cada cinco encuestados señala que los costos operativos están limitando el uso de la tecnología.
Sin embargo, existe un grupo pequeño —el 6% de organizaciones de alto rendimiento— que sí logra convertir IA en margen medible. Su diferencia no es el presupuesto: es la disposición a rediseñar procesos completos. Casi tres cuartas partes de estas empresas transformaron radicalmente sus flujos de trabajo; en el resto, esa proporción cae a una cuarta parte. La conclusión es clara y algo incómoda: desplegar IA sobre sistemas existentes sin cambiar la forma de trabajar es, en el mejor de los casos, un gasto. La ventaja real aparece cuando la tecnología se convierte en la razón para repensar el negocio desde adentro.
Ochenta por ciento de los trabajadores dice que la inteligencia artificial mejoró su productividad individual. Solo treinta y siete por ciento de las organizaciones ve ese aumento reflejado en sus ganancias operativas. Esta es la grieta que el último informe McKinsey State of AI deja expuesta, y es donde cualquier fundador debe fijar la mirada.
La encuesta, que incluyó a mil setecientos diecinueve participantes en noventa y siete países, muestra una adopción acelerada pero un impacto financiero estancado. Casi nueve de cada diez organizaciones ya usan IA en al menos una función. Cuarenta y cuatro por ciento dice que la está escalando en toda la empresa, comparado con treinta y ocho por ciento hace un año. La proporción que la utiliza en tres o más funciones subió de cincuenta y uno a cincuenta y seis por ciento. La tecnología se está desplegando. Lo que no está ocurriendo es la conversión de ese despliegue en dinero.
El primer problema es de medición. Cuando un empleado reduce una tarea de cuatro horas a una, crea tres horas de capacidad disponible. Pero esas horas frecuentemente se reabsorben en correos, reuniones y reportes de bajo impacto. El segundo problema es más incómodo: los beneficios no se distribuyen de manera uniforme. Cuarenta y siete por ciento de los gerentes de nivel medio y colaboradores individuales reportan efectos negativos relacionados con la IA, comparado con treinta y uno por ciento de los ejecutivos. La herramienta no está creando la misma experiencia para todos. Tener trabajadores más productivos no significa automáticamente tener una empresa más rentable.
Los agentes de IA están moviendo la ecuación de comprar versus construir. En grandes empresas, con ingresos anuales superiores a mil millones de dólares, el porcentaje que escala agentes pasó de veintisiete a cuarenta por ciento en un año. En organizaciones más pequeñas, la cifra se estancó en torno a veintidós por ciento. Lo más disruptivo es lo que esto implica para el software empresarial tradicional: treinta y dos por ciento de los encuestados afirma que su organización decidió no comprar al menos un producto o funcionalidad de software porque podía desarrollarla internamente con herramientas de codificación basadas en agentes. La línea histórica entre empresa tecnológica y empresa que desarrolla su propia tecnología se está difuminando.
El costo de los tokens cayó dramáticamente, de aproximadamente veinte dólares por millón a siete centavos. Pero el gasto total en modelos de lenguaje se triplicó en los últimos doce meses. ¿Por qué? Porque los flujos agenticos consumen órdenes de magnitud más tokens que una conversación simple. Sesenta por ciento del gasto en IA agentica se va en refinamiento de respuesta, no en la llamada inicial al modelo. En un caso bancario de originación de préstamos, los tokens representaron solo veintidós por ciento del costo total por préstamo; el setenta y ocho por ciento restante se lo llevaron llamadas a herramientas, consultas vectoriales, revisión humana y cumplimiento. El resultado aparece en los presupuestos: noventa y tres por ciento de las empresas está excediendo su presupuesto de IA. Uno de cada cinco encuestados dice que los costos operativos asociados a la IA ya están limitando su uso.
McKinsey identifica un grupo pequeño pero decisivo: el seis por ciento de organizaciones de alto rendimiento que atribuye al menos cinco por ciento de su EBIT a la IA. Su ventaja no es gastar más. Tienen tres coma tres veces más probabilidad que el resto de pretender transformar radicalmente su negocio en los próximos tres años. Casi tres cuartas partes rediseñaron sus flujos de trabajo de forma radical por la IA; en el resto de las empresas, esa proporción es de apenas una cuarta parte. Presentan el doble de probabilidad de reportar compromiso explícito de la alta dirección y de contar con procesos definidos para medir impacto. La conclusión es incómoda para quien compró licencias, desplegó copilotos y siguió trabajando igual: la tecnología sola no parece suficiente. La ventaja aparece cuando la IA es el motivo para rediseñar procesos completos, no una capa más sobre sistemas existentes. La adopción de la IA ya dejó de ser el problema. El problema, y la oportunidad, es convertir uso en margen.
Bemerkenswerte Zitate
La adopción de la IA ya dejó de ser el problema. El problema —y la oportunidad— es convertir uso en margen.— McKinsey State of AI 2026
Sesenta por ciento del gasto en IA agentica se va en refinamiento de respuesta, no en la llamada inicial al modelo.— McKinsey QuantumBlack, julio 2026