Las redes no están para enseñar tu estilo de vida, están para que la gente aprenda
En Sharjah, el tercer emirato de los Emiratos Árabes Unidos, jóvenes mujeres han sido convocadas por su propio gobierno para convertirse en influencers culturales, no como escaparate de vidas privadas, sino como guardianas digitales de una identidad colectiva. Lo que en Occidente se entiende como autoexposición, aquí se reencuadra como servicio a la comunidad y al patrimonio. Esta apuesta, impulsada desde las instituciones y encarnada por adolescentes y profesionales por igual, revela cómo una sociedad puede apropiarse de las herramientas globales sin rendirse a sus lógicas dominantes.
- Una competición escolar organizada por el sultán introdujo a niñas de nueve años en Instagram, transformando una obligación en vocación y sembrando una generación de embajadoras culturales.
- Las influencers emiratís rechazan abiertamente el modelo occidental de lifestyle blogging, considerando que mostrar compras y vida personal es un mal uso de las redes sociales.
- Sharjah compite con Abu Dabi y Dubai desde su propio terreno: mientras sus vecinos acumulan poder político y financiero, el emirato apuesta por la cultura islámica como ventaja diferencial y motor turístico.
- La meta de que el turismo represente el veinte por ciento del PIB exige duplicar la estancia media de los visitantes, y las mujeres influencers son piezas clave de esa estrategia de atracción internacional.
- En el trasfondo, la guerra en Gaza y los conflictos regionales sobrevuelan el Foro sin nombrarse, mientras Sharjah se presenta como isla de estabilidad en un Oriente Próximo convulso.
A los nueve años, Mezna descubrió Instagram porque el sultán organizó una competición nacional para que estudiantes crearan perfiles y grabaran contenido. Lo que empezó como tarea escolar se convirtió en pasión: hoy, con dieciséis años, acumula más de cuatro millones de visualizaciones con videos sobre historia, tradiciones y patrimonio emiratí. No habla de sí misma; habla de su pueblo.
Esta trayectoria no es espontánea. Mezna trabaja bajo el paraguas de la UEA Academy, una organización estatal que forma a jóvenes influencers como parte de la estrategia de Sharjah para posicionarse como capital cultural del mundo árabe. El emirato, más conservador que Dubai o Abu Dabi —con prohibición total del alcohol y regulaciones más estrictas—, ha invertido décadas en construir su identidad cultural bajo el liderazgo del sultán Al-Qasimi.
Amal Ahmed, de veinticuatro años, encarna una versión más madura de este modelo. Directora de contenidos, presentadora internacional y creadora digital, su rechazo al lifestyle blogging occidental es rotundo: mostrar compras y vida privada no le parece un uso legítimo de las redes. Para ella, las plataformas son herramientas de educación y difusión, no de exhibición personal.
La apuesta económica es concreta: Sharjah quiere que el turismo alcance el veinte por ciento del PIB, elevando la estancia media de tres días a una semana mediante hoteles de lujo, infraestructura aeroportuaria y una oferta cultural centrada en la historia islámica y el desierto. Los conflictos regionales, incluido el ataque israelí a Doha ocurrido el día anterior al Foro, permanecen ausentes de las conversaciones oficiales.
Fatma Alsalmi, consultora cultural de Omán, rechaza cualquier paralelismo con las protestas iraníes contra el hijab: ambos países, dice, son sociedades conservadoras que siguen los preceptos del islam por convicción propia. En ese mismo espíritu, la esposa del gobernador pronunció un discurso en defensa de la familia y el reparto de responsabilidades domésticas entre hombres y mujeres, con el respaldo explícito del gobierno. Sharjah se presenta así como una excepción regional: un territorio en paz donde las mujeres, lejos de ser silenciadas, se convierten en la voz digital de una cultura que no quiere imitar a Occidente, sino interpelarle desde sus propios términos.
A los nueve años, Mezna descubrió Instagram no por casualidad, sino porque el sultán Hamdan bin Mohammed bin Rashid organizó una competición nacional entre estudiantes para que crearan perfiles en la plataforma y comenzaran a grabar contenido casero. Lo que comenzó como un ejercicio obligatorio se convirtió en pasión. Hoy, con apenas dieciséis años, es una de las influencers emiratís más seguidas de la región, con videos que han acumulado más de cuatro millones de visualizaciones. Lo que la cautivó no fue la oportunidad de hablar de sí misma, sino de contar historias sobre su gente y su país.
Esta estrategia de promoción digital no es accidental. Forma parte de un esfuerzo deliberado del gobierno de Sharjah, el tercer emirato por población y tamaño, para posicionarse como capital cultural del mundo árabe. Mezna trabaja bajo el paraguas de la UEA Academy, una organización estatal que forma a jóvenes influencers. Su feed no contiene planes con amigos, marcas de ropa ni detalles de vida privada. En su lugar, hay contenido cultural del emirato: historia, tradiciones, patrimonio. "Esto me ha ayudado a aprender muchas cosas que también enseño a otros, y por otro lado me hace ser más consciente de mí misma", explica.
Amal Ahmed, de veinticuatro años, representa una generación más experimentada de estas embajadoras culturales. Es directora de contenidos de una emisora de televisión, ha trabajado para la policía de Dubai en comunicación externa, presenta en inglés para una cadena internacional y crea contenido sobre cómo vivir en Emiratos o conseguir visa. "Amo a mi país, hay buen tiempo y está repleto de buenas personas, y cuando estoy lejos de casa doy las gracias por vivir aquí", dice. Su rechazo al modelo occidental de lifestyle blogging es categórico: "Si enseñas todo el rato tu estilo de vida o las compras que haces… no creo que sea una buena forma de usar las redes".
Esta diferencia de enfoque refleja una brecha cultural más profunda. En Emiratos Árabes Unidos rige la ley islámica, lo que históricamente ha limitado el acceso de las mujeres a espacios públicos y profesionales. Sin embargo, Sharjah ha invertido décadas en desarrollar su poder cultural bajo el liderazgo del sultán Al-Qasimi, quien posee títulos honoríficos de universidades de todo el mundo. Ahmed Al Qaseer, CEO de Shurooq, una empresa de inversión y desarrollo, explica la división de roles entre los tres emiratos principales: Abu Dabi es la capital política, Dubai la financiera, y Sharjah la cultural. El emirato mantiene regulaciones más estrictas que sus vecinos, incluyendo la prohibición total del alcohol.
La apuesta por el turismo es ambiciosa. Sharjah busca que el turismo represente el veinte por ciento del PIB en los próximos años, aumentando la estancia media de los visitantes de tres días a una semana. Para lograrlo, invierten en hoteles de lujo, infraestructura aeroportuaria y actividades culturales centradas en la historia islámica antigua y el desierto. Cuando se le pregunta si los conflictos armados en países vecinos frenan la demanda turística, Al Qaseer señala que Europa también experimenta conflictos, como la invasión rusa en Ucrania, sin que ello detenga el turismo en zonas pacificadas. Su respuesta llega un día después de que Israel atacara Doha por primera vez desde el inicio del bombardeo de Gaza, un tema que permanece ausente de las conversaciones en el Foro.
Fatma Alsalmi, del vecino Omán, asiste a la conferencia como consultora cultural y promotora del Festival Internacional de Cine Muscat. Cuando se le pregunta sobre el empoderamiento femenino en la región, rechaza cualquier influencia de las protestas iraníes contra la obligatoriedad del hijab. "Para nada", responde. Ambos países tienen "sociedades conservadoras que siguen los preceptos religiosos del Islam". Añade: "El islam quiere que nos cubramos la cabeza con el hijab. Y nosotras lo hacemos por convicción".
Durante la conferencia, se observa a dos mujeres con hijab tomándose una selfie sonriendo, con sus maridos a ambos lados. En Occidente, este acto podría interpretarse como narcisismo. Aquí representa algo diferente: un acto de reconocimiento mutuo. Sheikkha Jawaher bin Mohammed Al-Qasimi, esposa del gobernador, pronunció un discurso emotivo en defensa de la familia y la mujer, afirmando que "los hombres jóvenes deben colaborar en el cuidado de los hijos y de la casa, y el gobierno lo apoya". Es una de las principales líderes de ACNUR en defensa de refugiados, mujeres y niños, y fundadora de una organización de la UNRWA dedicada a refugiados palestinos. Sharjah, así, se posiciona como excepción en Oriente Próximo: un territorio que mantiene la paz social mientras sus mujeres, a través de las redes sociales, se convierten en embajadoras de una cultura que rechaza el modelo occidental de exposición personal.
Notable Quotes
Esto me ha ayudado a aprender muchas cosas que también enseño a otros, y por otro lado me hace ser más consciente de mí misma— Mezna, influencer emiratí de dieciséis años
Si enseñas todo el rato tu estilo de vida o las compras que haces… no creo que sea una buena forma de usar las redes— Amal Ahmed, influencer emiratí
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué el gobierno emiratí decidió convertir a jóvenes en influencers? Parece contradictorio en una región donde las redes sociales suelen ser vistas con desconfianza.
No es contradictorio si entiendes que el objetivo no es que compartan su vida privada. Es una herramienta de diplomacia cultural. El gobierno necesitaba contar su historia al mundo, y quién mejor que jóvenes que hablan el idioma de las redes.
Pero ¿no hay un control estatal evidente aquí? Estas influencers no pueden publicar lo que quieran.
Claro que hay control, pero ellas no lo ven como represión. Mezna dice que le fascina no tener que hablar de sí misma, sino de su país. Para ella, eso es libertad, no censura.
¿Y las mujeres occidentales que suben fotos de su vida? ¿Cómo ven eso las influencers emiratís?
Lo rechazan. Amal Ahmed lo dice claramente: cree que es una mala forma de usar las redes. Para ellas, las redes deben educar, no narcisizar. Es una crítica genuina a un modelo que ven como superficial.
¿Entonces Sharjah está ganando esta batalla cultural?
Está ganando en su propio terreno. Posiciona la ciudad como capital cultural árabe mientras rechaza el modelo occidental de exposición personal. Es una estrategia inteligente: modernidad sin occidentalización.