El narco devora el aguacate mexicano: nuevo fracaso de seguridad

La violencia afecta a 200.000 trabajadores en Michoacán cuyo empleo depende de la cadena de producción de aguacate; alcaldes y líderes gremiales han sido asesinados.
Los criminales actúan con impunidad para estrangular la producción
El aguacate mexicano revela cómo el narco ha penetrado la estructura económica del país sin encontrar resistencia estatal efectiva.
Mark

¿Por qué Estados Unidos retiró a sus inspectores si la violencia ya era conocida?

Mimi

Porque llegó un punto en que la amenaza se volvió directa e inmediata. Los criminales no solo extorsionaban a los productores locales; estaban amenazando a funcionarios estadounidenses. Eso cruzó una línea que Washington no podía tolerar.

Mark

¿Cómo es posible que 200.000 trabajadores dependan de una industria tan vulnerable?

Mimi

Porque durante años funcionó. Los criminales entendieron que si destruían el aguacate, perdían su fuente de extorsión. Pero esa lógica solo funciona mientras haya orden mínimo. Cuando la violencia se descontrola, esa ecuación se quiebra.

Mark

¿Qué significa que esto haya sucedido tres veces en cuatro años?

Mimi

Que no es un incidente. Es un patrón. México sabe exactamente dónde está el problema, tiene planes para abordarlo, despliega miles de efectivos, y aun así los criminales vuelven a actuar con impunidad. Eso sugiere que el problema es más profundo que la falta de seguridad táctica.

Mark

¿Podría México perder este mercado de forma permanente?

Mimi

Es posible. Si Estados Unidos concluye que no puede garantizar la seguridad de sus inspectores, buscará alternativas. Eso significaría que un sector de 3.600 millones de dólares se desmorona, y con él, decenas de miles de empleos.

Mark

¿Qué diferencia hay entre esto y otros fracasos de seguridad en México?

Mimi

Que este es visible, medible, internacional. No es un problema que ocurra en las sombras. Es un sector económico clave que se detiene cada vez que los criminales deciden apretar. Es el fracaso de seguridad hecho público.

  • Las amenazas violentas contra inspectores agrícolas estadounidenses en Michoacán forzaron la suspensión inmediata de todas las importaciones de aguacate mexicano hacia Estados Unidos, paralizando un comercio multimillonario de un día para otro.
  • Doscientos mil trabajadores vieron sus empleos en suspenso mientras carteles que cobran 'piso' a productores demostraban tener más control sobre la región que las propias autoridades.
  • El gobierno de Claudia Sheinbaum desplegó 1.500 efectivos de refuerzo en la zona, logrando reanudar parcialmente la actividad en apenas dos días, aunque la normalidad tardó más en regresar.
  • Esta es ya la tercera interrupción en cuatro años —2022, 2024 y ahora 2026— lo que revela que los planes de seguridad existentes, incluido el llamado Plan Michoacán, no han logrado romper la impunidad criminal.
  • El episodio expone una fragilidad estructural: mientras los carteles puedan extorsionar sectores económicos clave sin consecuencias reales, México seguirá atrapado en este ciclo de crisis recurrentes.

En el corazón de Michoacán, donde crece más del 88% del aguacate mexicano, la violencia del narcotráfico ha vuelto a interrumpir un comercio de 3.600 millones de dólares anuales, obligando a Estados Unidos a retirar sus inspectores agrícolas por amenazas directas. Es la tercera suspensión en cuatro años, y cada vez que ocurre, el mundo contempla la misma verdad incómoda: el crimen organizado ha tejido sus raíces tan profundo en la economía mexicana que puede detener industrias enteras sin que el Estado logre impedirlo. Doscientos mil trabajadores sienten en sus vidas lo que los números no alcanzan a explicar.

El aguacate mexicano se ha convertido en el espejo más visible de una crisis de seguridad más profunda. Hace una semana, Estados Unidos suspendió las importaciones desde Michoacán después de que amenazas violentas pusieron en riesgo a sus inspectores agrícolas. No fue un gesto simbólico: fue el reconocimiento de que México no puede garantizar la seguridad ni en sus industrias más prósperas.

La magnitud del comercio en juego es enorme. En 2025, México exportó aguacate a Estados Unidos por valor de 3.600 millones de dólares. Michoacán produce más del 88% del total nacional y cuenta con certificación estadounidense, lo que obliga a supervisores norteamericanos a desplazarse regularmente hasta allí. Pero ese mismo estado es territorio de carteles que han expandido sus operaciones al mundo agrícola: extorsionan a los productores, les cobran piso a cambio de dejarlos trabajar. Los gobiernos de ambos países lo saben. Los propios empresarios lo han denunciado. Y durante años, la cadena aguantó porque los criminales entendían que destruirla también les perjudicaba.

Esa lógica se quebró. Las amenazas contra los inspectores fueron la gota que derramó el vaso. El gobierno de Claudia Sheinbaum respondió con un despliegue de más de 1.500 efectivos, y la actividad se reanudó parcialmente en dos días. Pero doscientos mil trabajadores habían quedado en suspenso, y la normalidad tardó en volver.

Lo más revelador es la repetición: la misma secuencia ocurrió en 2022 y en 2024. Tres suspensiones en cuatro años. Cada una expone que, pese a la experiencia acumulada y a planes de seguridad específicos como el Plan Michoacán, el Estado no ha logrado ofrecer garantías plenas. Los carteles asesinan alcaldes y líderes gremiales, amenazan a los inspectores que sostienen una exportación vital, y lo hacen sin sentir presión real. El aguacate es solo el síntoma más visible de una incapacidad que va mucho más allá de un producto o una región.

El aguacate mexicano se ha convertido en una prueba de fuego para la seguridad del país. Hace una semana, Estados Unidos detuvo las importaciones de esta fruta desde Michoacán después de que amenazas y actos de violencia pusieron en riesgo a sus inspectores agrícolas. No fue un gesto simbólico. Fue el reconocimiento de que México no puede garantizar la seguridad ni siquiera en sus industrias más prósperas.

La cifra habla por sí sola: en 2025, México envió aguacate hacia Estados Unidos por valor de 3.600 millones de dólares. Es el segundo producto alimentario más exportado al mercado estadounidense, y la demanda no ha dejado de crecer conforme el aguacate se convirtió en un elemento central de la cocina norteamericana. Para México, este comercio es vital. Para Estados Unidos, México es insustituible como proveedor cuando su propia producción no alcanza para satisfacer el consumo interno. La relación es de dependencia mutua, pero también de fragilidad.

Michoacán produce más del 88 por ciento del aguacate mexicano. El estado tiene certificación estadounidense para exportar, lo que significa que supervisores norteamericanos se desplazan regularmente hasta allí para vigilar que se cumplan las normas. Pero Michoacán es también territorio de carteles y organizaciones criminales que han expandido sus operaciones más allá del tráfico de drogas. Ahora cobran piso: extorsionan a los empresarios agrícolas, les exigen dinero a cambio de permitirles trabajar. Los gobiernos de ambos países lo saben. Los propios productores lo han denunciado públicamente. Y sin embargo, durante años, la cadena de producción se mantuvo en pie. Los criminales entendieron que si todo se derrumbaba, ellos también perdían.

Esa ecuación se rompió hace una semana. Las amenazas contra los inspectores estadounidenses fueron la gota que derramó el vaso. Estados Unidos retiró a sus supervisores agrícolas porque no podía garantizar su seguridad. El Gobierno de Claudia Sheinbaum respondió desplegando más de 1.500 efectivos como refuerzo en la región. Dos días después, la actividad se reanudó parcialmente. Pero la normalidad tardó en volver. Doscientos mil trabajadores en Michoacán dependen de esta cadena de producción. Sus empleos quedaron en suspenso.

Esta no es la primera vez. La misma secuencia ocurrió en 2022 y nuevamente en 2024. Tres suspensiones en cuatro años. Cada una de ellas expone la misma realidad incómoda: a pesar de que México conoce el problema, a pesar de que tiene experiencia gestionándolo, a pesar de que existe un Plan Michoacán diseñado específicamente para esto, el Estado no ha logrado ofrecer garantías plenas de seguridad. Los criminales actúan con impunidad. Asesinan alcaldes. Matan líderes del gremio limonero. Amenazan a los inspectores que tienen la llave maestra de una exportación clave para la economía mexicana. Si pueden estrangular la producción de aguacate, es porque no sienten presión alguna del Estado.

La violencia en Michoacán no es un problema de seguridad aislado. Es un síntoma de que el narco ha penetrado profundamente en la estructura económica del país. Convive con la gente, con la política, con la industria. Y mientras siga siendo capaz de asaltar cualquier negocio próspero sin consecuencias, mientras pueda extorsionar a sectores enteros de la economía, México seguirá siendo vulnerable a estos ciclos de crisis. El aguacate es solo el espejo más visible de una incapacidad más profunda.

Si los grupos criminales pueden asaltar cualquier negocio próspero de Michoacán hasta el punto de estrangular la producción del aguacate, es que no sienten en absoluto la presión del Estado
— Análisis editorial de El País
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