Cuando un movimiento político aprende a construir realidades paralelas y a movilizar emociones por encima de los hechos, esa técnica no muere con él: se hereda. El procés catalán funcionó como laboratorio de una política basada en la desinformación sistemática, y sus métodos han sido absorbidos por el nacionalpopulismo y la extrema derecha en España, que, siendo fenómenos distintos, comparten una relación instrumental con la verdad. Lo que está en juego no es solo quién gobierna, sino si los ciudadanos aún creen que los hechos tienen algún peso en el debate democrático.