Seis meses de conflicto han transformado el estrecho de Ormuz —por donde fluye una tercera parte del petróleo marítimo mundial— en un corredor donde cada travesía exige cálculos de riesgo que antes eran impensables. Irán y Omán buscan trazar una ruta alternativa que alivie la presión sobre este angosto paso, aunque la pregunta más profunda persiste: ¿puede la diplomacia logística desactivar una tensión que tiene raíces más antiguas que cualquier negociación?