EE. UU. destruye 9 instalaciones en Siria; reportan al menos 22 muertos

Al menos 22 combatientes de milicias proiraníes murieron en el bombardeo estadounidense, además de un soldado sirio según fuentes militares locales.
una señal muy clara de que Estados Unidos protegerá a su pueblo
El Pentágono justificó el bombardeo como respuesta a ataques contra instalaciones estadounidenses en Irak.
Mark

¿Por qué Biden autorizó este bombardeo específicamente ahora, después de poco más de un mes en el cargo?

Mimi

Los ataques contra la embajada y las instalaciones estadounidenses en Irak en las semanas previas lo pusieron en una posición donde no actuar habría parecido debilidad. Era su primer ataque autorizado, así que el mensaje importaba tanto como el objetivo.

Mark

¿Quién exactamente estaba en esas instalaciones que fueron destruidas?

Mimi

El Pentágono no lo especificó, pero eran instalaciones militares cerca de Abu Kamal, en la frontera. Probablemente almacenes, centros de comando, o depósitos de armas. Lo importante es que Washington quería que fueran "funcionalmente" destruidas, no solo dañadas.

Mark

Las cifras de muertos son muy diferentes. ¿A quién creemos?

Mimi

El Observatorio Sirio dice 22 combatientes de milicias proiraníes. Una fuente militar siria dice uno. La verdad probablemente está en algún punto intermedio, pero nadie tiene incentivos para ser honesto. Siria quiere minimizar, los observadores quieren documentar.

Mark

¿Esto termina el ciclo de represalias?

Mimi

No. Kataib Hizbulá y otros grupos han prometido venganza desde que mataron a Soleimaní hace más de un año. Este bombardeo es solo otro acto en una obra que lleva años en escena.

Mark

¿Qué significa que sea la primera acción de Biden?

Mimi

Significa que estableció un precedente. Mostró que está dispuesto a usar la fuerza aérea de manera selectiva. Eso puede disuadir algunos ataques, pero también puede provocar otros. Es un mensaje, pero los mensajes militares son impredecibles.

  • La tensión alcanzó un nuevo umbral cuando dos F-15E lanzaron siete cohetes de precisión sobre Abu Kamal, destruyendo once instalaciones militares vinculadas a milicias financiadas por Irán.
  • Al menos 22 combatientes proiraníes murieron según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, cifra que contrasta con la versión oficial siria, que habló de una zona 'deshabitada' y un solo soldado caído.
  • El ataque llegó cinco días después de que misiles katiusha impactaran cerca de la Embajada estadounidense en Bagdad, y dos semanas después de que cohetes similares mataran a un contratista en Erbil.
  • El Pentágono presentó la operación como una 'señal muy clara' de disuasión, pero las milicias proiraníes prometieron continuar sus ataques contra la presencia estadounidense en la región.
  • La cadena de represalias, enraizada en el asesinato de Qasem Soleimaní en 2020, muestra pocos signos de agotarse, atrapando a la región en un ciclo que ninguno de los actores parece dispuesto a romper.

En los márgenes donde Siria e Irak comparten frontera, el peso de una enemistad que lleva años acumulándose volvió a hacerse visible el 26 de febrero de 2021, cuando aviones estadounidenses destruyeron instalaciones de milicias proiraníes en Abu Kamal. Era la primera acción militar autorizada por el presidente Biden, una respuesta calculada a una cadena de ataques contra personal y embajadas estadounidenses en Irak que se remonta al asesinato del general Soleimaní en enero de 2020. Detrás de los siete cohetes de precisión y las nueve instalaciones reducidas a escombros persiste una pregunta que ningún bando ha sabido responder: cuándo termina un ciclo de represalias que cada golpe prolonga.

El viernes 26 de febrero, el Pentágono anunció que dos aviones F-15E Strike Eagle habían lanzado siete cohetes de precisión contra instalaciones militares en Abu Kamal, ciudad siria próxima a la frontera iraquí. Nueve estructuras quedaron completamente destruidas y dos más sufrieron daños parciales. Era el primer ataque militar ordenado por el presidente Joe Biden desde su llegada a la Casa Blanca.

El portavoz del Pentágono, John Kirby, describió la operación como una respuesta necesaria y una señal de que Estados Unidos no toleraría agresiones contra su personal ni el de sus aliados. Se abstuvo, sin embargo, de ofrecer cifras de víctimas, aunque reconoció haber recibido reportes preliminares sobre bajas.

El bombardeo era la respuesta a una escalada sostenida. Cinco días antes, misiles katiusha habían impactado en los alrededores de la Embajada estadounidense en Bagdad. Una semana antes de eso, cohetes similares habían matado a un contratista y herido a un soldado en Erbil. Todos estos episodios se inscribían en una tensión más profunda que arrancó con el asesinato del general iraní Qasem Soleimaní en enero de 2020, acción que desató promesas de venganza por parte de milicias proiraníes en Irak, entre ellas Kataib Hizbulá, clasificada por Washington como organización terrorista.

Las cifras de víctimas del ataque en Siria divergieron según la fuente: una fuente militar siria habló de un solo soldado muerto en una zona deshabitada, mientras que el Observatorio Sirio de Derechos Humanos reportó al menos 22 combatientes de milicias proiraníes fallecidos. La discrepancia ilustraba la opacidad que rodea a una región donde múltiples actores operan en las sombras y la información siempre llega filtrada por intereses políticos.

El ataque marcó un punto de inflexión en la política de Biden hacia la región, pero también confirmó una realidad difícil de eludir: la presencia militar estadounidense en Irak y Siria sigue siendo un foco permanente de violencia, y el ciclo de golpes y contragolpes no muestra señales de agotarse.

El viernes 26 de febrero, el Pentágono anunció que había destruido nueve instalaciones militares en territorio sirio, cerca de la frontera con Irak, en un bombardeo que marcaba el primer ataque autorizado por el presidente Joe Biden desde su toma de posesión poco más de un mes antes. Dos aviones F-15E Strike Eagle lanzaron siete cohetes de precisión guiada contra objetivos en el punto de control de entrada de la ciudad de Abu Kamal. Según el secretario de prensa del Pentágono, John Kirby, nueve instalaciones fueron completamente destruidas y dos más sufrieron daños parciales, quedando todas ellas "funcionalmente" inutilizadas.

Kirby presentó el ataque como una respuesta necesaria y una "señal muy clara" de que Estados Unidos protegería a su personal y a sus aliados en la región. El portavoz enfatizó que la operación enviaba un mensaje de disuasión sobre las consecuencias de atacar a estadounidenses, a sus socios iraquíes y a sus instalaciones. Sin embargo, se abstuvo de proporcionar cifras de víctimas, aunque reconoció tener reportes preliminares sobre bajas.

El bombardeo llegaba después de una escalada de violencia contra presencia estadounidense en Irak. Apenas cinco días antes, el lunes 22 de febrero, la Embajada de Estados Unidos en Bagdad había sido atacada con dos misiles tipo katiusha que impactaron en el exterior de sus instalaciones en la Zona Verde. Una semana anterior a eso, el 15 de febrero, un soldado estadounidense resultó herido y un contratista murió cuando varios cohetes katiushas golpearon posiciones en Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, incluyendo tres impactos en el aeropuerto de la ciudad.

Estos ataques contra instalaciones estadounidenses en Irak se enraizaban en una tensión más profunda que se remontaba a enero de 2020, cuando Estados Unidos llevó a cabo un bombardeo selectivo en Bagdad que mató al poderoso comandante iraní Qasem Soleimaní. Esa acción fue ampliamente criticada por fuerzas políticas iraquíes y por milicias proiraníes del país, que prometieron venganza. Aunque grupos armados poco conocidos frecuentemente reivindicaban los ataques contra la Zona Verde, Washington acusaba directamente a Kataib Hizbulá, una milicia iraquí financiada por Irán y clasificada por Estados Unidos como organización terrorista.

Las cifras de víctimas del bombardeo sirio variaban según la fuente. Una fuente militar siria le dijo a la agencia Efe que el ataque estadounidense había golpeado una zona "deshabitada" y causó un muerto en las filas del Ejército sirio. Sin embargo, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, una organización con sede en Londres que mantiene una amplia red de colaboradores sobre el terreno, reportó que al menos 22 combatientes de milicias proiraníes murieron en el bombardeo. La discrepancia entre estas cifras reflejaba la dificultad de verificar información en una región donde múltiples actores operaban en las sombras y donde la información se filtraba a través de canales con intereses políticos contrapuestos.

El bombardeo representaba un punto de inflexión en la política de Biden hacia Siria e Irak, demostrando una disposición a usar la fuerza aérea de manera selectiva. Pero también subrayaba una realidad más amplia: la presencia militar estadounidense en la región seguía siendo un imán para la violencia, y la cadena de represalias y contrarrrepresalias mostraba pocos signos de agotarse. Con milicias proiraníes prometiendo continuar sus ataques y Estados Unidos señalando su determinación de defenderse, la región parecía atrapada en un ciclo que ninguno de los dos bandos parecía capaz de romper.

Destruyeron totalmente nueve instalaciones y destruyendo parcialmente dos
— John Kirby, secretario de prensa del Pentágono
Para enviar una señal muy clara de que Estados Unidos va a proteger a su pueblo
— John Kirby, explicando el propósito del ataque
Möchten Sie die ganze Geschichte? Das Original lesen bei ElPopular.pe ↗
Kontakt FAQ