Cusco impulsa plan 'Destino Seguro' para reactivar turismo con certificación sanitaria

17,652 trabajadores turísticos perdieron empleos en Cusco durante 2020, con 75% sin acceso a bonos estatales; 100% de talleres de artesanos cerraron.
Toda la política económica debe estar ligada al tema sanitario
El gobernador de Cusco argumentaba que la reactivación turística debía estar fundamentada en protocolos de salud rigurosos, no en una elección entre economía y seguridad.
Mark

¿Por qué Cusco decidió crear un plan de certificación sanitaria en lugar de simplemente esperar a que la pandemia terminara?

Mimi

Porque la pandemia no terminaba. Cusco depende del turismo para vivir. Cuando los visitantes desaparecieron, desaparecieron también los empleos. Diecisiete mil personas perdieron trabajo. El gobernador entendió que esperar significaba quiebra.

Luke

Pero ¿realmente funcionó la certificación? ¿Hay datos de cuántos negocios se certificaron o cuántos turistas regresaron después?

Mimi

El artículo no lo dice. Solo sabemos que el plan fue anunciado y que buscaba incentivos para que se adhirieran. No hay números de adopción.

Mark

¿Y qué pasó con Machu Picchu específicamente?

Mimi

El alcalde se negó a abrir. Dijo que no había infraestructura: sin ambulancia, sin triages, sin pruebas de COVID, y solo tres médicos en el centro de salud local.

Luke

Eso es importante. El plan de certificación asume que los lugares tienen capacidad médica. Machu Picchu no la tenía. ¿Cuántos otros sitios estaban en la misma situación?

Mimi

No sabemos. El artículo solo menciona a Machu Picchu.

Mark

Entonces el plan era ambicioso pero incompleto.

Luke

Exacto. Era una solución de marketing para un problema de infraestructura. Y el 75% de los trabajadores desempleados nunca recibió ayuda estatal. La certificación no resolvía eso.

Mimi

No. Pero tampoco había alternativa visible en ese momento. Era reactivar o colapsar.

  • El turismo en Cusco colapsó de 4.3 millones a 591 mil visitantes en un solo año, dejando a más de 17,000 trabajadores sin empleo y a tres de cada cuatro sin acceso a ningún apoyo estatal.
  • El cierre fue total en sectores enteros: los talleres de artesanos, columna vertebral de la economía local, cerraron al cien por ciento sin excepción.
  • El gobernador Benavente lanzó 'Cusco Destino Seguro', un esquema de certificados sanitarios para hoteles, restaurantes y agencias, respaldado por el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo.
  • El alcalde de Machu Picchu bloqueó la reapertura del sitio más visitado del Perú, denunciando la ausencia de ambulancias, triajes, pruebas de COVID-19 y personal médico suficiente.
  • La tensión entre el certificado en papel y la infraestructura médica real expuso la fragilidad del plan: la economía urgía reabrir, pero la seguridad genuina aún no estaba garantizada.

En el corazón de los Andes, una región cuya identidad y sustento están entrelazados con el flujo de viajeros del mundo enfrentó en 2020 una de sus crisis más profundas: el turismo, que sostenía a casi veinte mil familias, se derrumbó en más de un ochenta por ciento. Las autoridades de Cusco respondieron con un plan de certificación sanitaria llamado 'Cusco Destino Seguro', buscando tender un puente entre la necesidad económica y la responsabilidad con la salud. Pero la distancia entre un certificado y una ambulancia en Machu Picchu recordó que las crisis no se resuelven solo con documentos.

A mediados de 2020, con el turismo mundial paralizado, las autoridades de Cusco comenzaron a trazar una salida. El gobernador regional Jean Paul Benavente diseñó un esquema de certificación sanitaria —bautizado 'Cusco Destino Seguro'— para hoteles, restaurantes, agencias de viaje y otros negocios del sector. La lógica era clara: si Cusco podía demostrar que operaba bajo protocolos rigurosos de prevención del COVID-19, quizá los viajeros volverían.

La urgencia tenía un rostro numérico devastador. La región había pasado de recibir más de cuatro millones de visitantes al año a apenas 591 mil. De los casi veinte mil prestadores turísticos registrados, 17,652 perdieron sus empleos. Tres de cada cuatro no recibieron ningún bono estatal. Los talleres de artesanos, parte esencial de la economía local, cerraron en su totalidad.

Benavente argumentaba que economía y salud no podían separarse, y que Cusco —con una de las tasas de mortalidad más bajas del país— estaba en condiciones de convivir con el virus. El Ministerio de Comercio Exterior y Turismo había aprobado lineamientos para la reapertura gradual, y Cusco quería ir más lejos con sus propios certificados.

Pero las grietas aparecieron cuando llegó el momento de aplicar el plan. Darwin Baca, alcalde de Machu Picchu, se negó a reabrir el sitio arqueológico más visitado del Perú. En el lugar no había protocolos implementados, ni ambulancia, ni triajes, ni pruebas de COVID-19 disponibles. El centro de salud local contaba con apenas tres profesionales médicos. Baca lo dijo públicamente: las condiciones no estaban dadas.

La disputa reveló una tensión más profunda. 'Cusco Destino Seguro' era un instrumento de política económica y comunicación, pero no podía sustituir la infraestructura médica que Machu Picchu no tenía. Los trabajadores necesitaban que sus empleos regresaran; también necesitaban que esos empleos fueran genuinamente seguros. El plan existía en el papel. La realidad en el corazón del turismo cusqueño era otra.

A mediados de 2020, cuando el turismo mundial se había detenido casi por completo, las autoridades de Cusco comenzaron a diseñar una salida. El gobernador regional Jean Paul Benavente y sus equipos de salud, turismo y comercio exterior imaginaron un camino de regreso: certificar que los hoteles, restaurantes, agencias de viaje y otros negocios turísticos operaban bajo protocolos sanitarios rigurosos. Si podían demostrar que Cusco era seguro, quizá los viajeros volverían.

La cifra que explica la urgencia es brutal. Antes de la pandemia, Cusco recibía aproximadamente 4 millones 371 mil visitantes al año. En 2020, llegaron apenas 591 mil. El turismo receptivo se contrajo 86.5 por ciento. De los 19 mil 187 prestadores turísticos registrados en la región —hoteles, guías, restaurantes, tiendas de souvenirs— 17 mil 652 perdieron sus empleos. Tres de cada cuatro trabajadores desplazados no recibieron ningún bono del Estado. Los talleres de artesanos, que representaban una parte importante de la economía local, cerraron todos sin excepción.

El plan que Benavente presentó se llamaba "Cusco Destino Seguro". La idea era simple en teoría: el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo había aprobado lineamientos sanitarios para destinos turísticos que permitían la reapertura gradual de atracciones. Cusco decidió ir más allá. Ofrecería certificados sanitarios a cualquier negocio que cumpliera con estándares de prevención del COVID-19. Los incentivos estatales buscarían que todos se adhirieran. El gobernador argumentaba que la economía no podía esperar, pero tampoco podía ignorar la salud. "Toda la política económica debe estar ligada al tema sanitario," dijo. Cusco, sostenía, tenía una de las tasas de mortalidad más bajas del país. El virus estaba controlado. Era momento de convivir con él.

Pero cuando llegó el momento de la verdad, las grietas en el plan se hicieron visibles. Darwin Baca, alcalde de Machu Picchu, el sitio arqueológico más visitado del Perú y el corazón del turismo cusqueño, se negó a abrir las puertas. No había protocolos sanitarios implementados en el lugar. No había ambulancia para emergencias. No había triages para filtrar a los visitantes. No había pruebas de COVID-19 disponibles. El centro de salud local contaba con apenas tres profesionales médicos para atender a miles de turistas potenciales. Baca no estaba de acuerdo con la reapertura, y lo dijo públicamente.

La tensión revelaba un problema más profundo: la certificación sanitaria era un instrumento de marketing y política económica, pero no podía resolver la falta de infraestructura médica real. Cusco necesitaba que los turistas regresaran para que sus trabajadores tuvieran empleo. Pero los trabajadores también necesitaban que sus lugares de trabajo fueran genuinamente seguros. El plan "Cusco Destino Seguro" existía en el papel. La realidad en Machu Picchu era otra.

En la propuesta 'Cusco Destino Seguro', los sectores salud, turismo, municipalidades y gremios empresariales están impulsando políticas de certificación sanitaria para los distintos actores del sector
— Jean Paul Benavente, gobernador regional de Cusco
No está de acuerdo con la reapertura de Machu Picchu, ya que no cuentan con protocolos sanitarios en el lugar hasta el momento, así como una ambulancia para emergencias, triages para visitantes, pruebas COVID-19
— Darwin Baca, alcalde de Machu Picchu
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