Lula proclamó la victoria de la democracia sobre el autoritarismo en acto solemne, pero los aliados políticos de Bolsonaro boicotearon la ceremonia con diversas excusas. El Tribunal Supremo ha condenado a 30 participantes del asalto a penas de hasta 17 años, pero aún investiga a los supuestos instigadores políticos y financiadores del evento.
Brasil conmemora un año del asalto a Brasilia con polarización política y ausencias significativas
Salvamos la democracia, pero hay que cuidarla todo el santo día
¿Por qué los gobernadores bolsonaristas decidieron no asistir a una ceremonia sobre la defensa de la democracia?
Porque asistir habría significado estar al lado de Lula en un acto que celebra su victoria. Con elecciones municipales próximas, no pueden permitirse ser vistos como débiles o como si estuvieran traicionando a Bolsonaro. La ausencia es un mensaje político.
Pero ¿no es extraño que un año después sigan tan divididos? ¿No debería haber algún tipo de reconciliación?
La unidad que vimos el día después del asalto fue circunstancial. Todos estaban en shock. Pero una vez que pasó el peligro inmediato, volvieron a sus trincheras. Brasil está tan polarizado que ni siquiera pueden ponerse de acuerdo sobre qué fue lo que pasó ese día.
¿Qué quieres decir con eso?
Para Lula y la corte, fue un intento de golpe. Para la oposición, fue vandalismo. Esa diferencia fundamental significa que no están hablando del mismo evento. No pueden reconciliarse sobre algo que ni siquiera definen igual.
Y los condenados, ¿quiénes son realmente?
Principalmente gente común. Una cocinera, un repartidor. La gente que entró en los edificios. Pero los supuestos instigadores, los políticos, los financiadores, todavía están siendo investigados. Eso es lo que mantiene viva la tensión: la sensación de que los verdaderos responsables aún no han sido juzgados.
¿Qué pasó esa noche con el general del Ejército?
Fue un momento en el que el poder civil casi se quiebra. El interventor civil fue al cuartel para desmantelar el campamento, pero el general le dijo que no podía entrar sin su autorización. "Yo tengo un poquito más de hombres que usted", dijo. Fue una amenaza velada. Al final negociaron, pero muestra cuán frágil fue todo.
¿Qué nos dice eso sobre Brasil hoy?
Que las instituciones sostienen la democracia, pero apenas. Que hay fuerzas dentro del Estado que podrían haber actuado de otra manera. Y que un año después, nadie está completamente seguro de que no vuelva a suceder.
El Pulso
- 8 de enero de 2023: miles de bolsonaristas asaltaron Brasilia; daños valorados en 24 millones de reales
- Tribunal Supremo condenó a 30 participantes a penas de hasta 17 años; 66 permanecen encarcelados de 2.000 detenidos
- Gobernadores aliados de Bolsonaro boicotearon ceremonia de aniversario; Lula presidió acto en Senado
Lula proclamó la victoria de la democracia sobre el autoritarismo en acto solemne, pero los aliados políticos de Bolsonaro boicotearon la ceremonia con diversas excusas. El Tribunal Supremo ha condenado a 30 participantes del asalto a penas de hasta 17 años, pero aún investiga a los supuestos instigadores políticos y financiadores del evento.
Brasil celebra el primer aniversario del intento de golpe del 8 de enero de 2023 con una ceremonia en el Senado presidida por Lula, aunque gobernadores aliados de Bolsonaro se ausentan, reflejando la polarización política persistente.
Un año después de que miles de simpatizantes de Jair Bolsonaro irrumpieran en los edificios del poder en Brasilia, el Brasil institucional se reunió el lunes en el mismo lugar para marcar el aniversario. Mientras la turba había destrozado vidrieras, obras de arte y despachos el 8 de enero de 2023, reclamando una intervención militar que impidiera que Luiz Inácio Lula da Silva asumiera la presidencia, ahora el Senado celebraba con una ceremonia solemne que la democracia había prevalecido. Lula pronunció las palabras que muchos esperaban: "Hoy celebramos la victoria de la democracia sobre el autoritarismo". Pero la escena que el presidente intentaba recrear —la unidad nacional que había brillado el día después del ataque— nunca llegó a materializarse.
Los gobernadores cercanos a Bolsonaro simplemente no vinieron. Algunos ofrecieron excusas: problemas de salud en la familia, vacaciones navideñas que no querían interrumpir, compromisos previos. Artur Lira, presidente de la Cámara de Diputados y figura de la órbita bolsonarista, canceló su asistencia a última hora. Tarcisio de Freitas, el gobernador opositor más poderoso de São Paulo, dejó claro desde el principio que no adelantaría su regreso de Europa. Bolsonaro mismo pasó el aniversario lejos de Brasilia, en Río de Janeiro. Los jefes de las Fuerzas Armadas sí asistieron, al igual que los gobernadores aliados del Gobierno y los jueces del Tribunal Supremo, pero la ausencia de la oposición fue ensordecedora. Con las elecciones municipales de finales de año en el horizonte, los políticos bolsonaristas no querían ser vistos claudicando ante sus rivales o traicionando a su líder.
La polarización que ahora define al Brasil quedó expuesta en la ceremonia bautizada como "Democracia inquebrantable". Lula advirtió a sus compatriotas contra el triunfalismo: "Salvamos la democracia, pero la democracia hay que cuidarla todo el santo día". Recordó su propia trayectoria, cómo solo en democracia un metalúrgico como él pudo llegar a la presidencia, aunque tuvo que perder tres elecciones antes de lograrlo. Pidió a los jueces castigos ejemplares para los responsables, incluyendo a Bolsonaro, a quien considera el orquestador del asalto. Luis Roberto Barroso, presidente del Tribunal Supremo, sentenció que los golpistas "no pasaron y no pasarán". Pero incluso dentro de la institución brasileña no hay consenso sobre lo que sucedió ese día. Mientras Lula, sus aliados y la corte lo consideran un intento de golpe para arrebatar el poder, los opositores lo minimizan como vandalismo que causó daños materiales graves pero nunca pretendió quebrantar el orden constitucional.
La investigación continúa avanzando, aunque de manera desigual. El Tribunal Supremo ha condenado a treinta de los participantes materiales del asalto a penas de hasta diecisiete años por delitos como la abolición violenta del Estado de derecho. El lunes mismo, la policía ordenó una detención y más de cuarenta registros relacionados con el caso. Pero como señaló la politóloga Camila Rocha, entre los condenados hay una cocinera y un repartidor que llevaba una navaja, pero todavía ningún político, militar de alto rango o gran empresario. De los dos mil detenidos en aquellos días, aproximadamente mil fueron procesados y sesenta y seis permanecen encarcelados. Centenares pasaron por la cárcel, un shock para muchos brasileños de clase media blanca que se creían impunes. Muchos de los acusados están en prisión domiciliaria con tobillera electrónica y prohibición de usar redes sociales.
La ceremonia transcurrió bajo fuertes medidas de seguridad, un contraste brutal con lo que había sucedido un año antes. El 8 de enero de 2023, miles de manifestantes marcharon desde el Cuartel General del Ejército, donde estaban acampados, hasta la plaza de los Tres Poderes. Los agentes de policía los escoltaron por el camino y después permitieron que ignoraran las barreras de seguridad e invadieran sin resistencia el palacio presidencial de Planalto, el Tribunal Supremo y ambas Cámaras parlamentarias. Los destrozos se valoraron en veinticuatro millones de reales, aproximadamente cinco millones de dólares. Esa noche, Lula ordenó la intervención de la seguridad de Brasilia y colocó a un alto funcionario como interventor. Lo que sucedió después reveló las tensiones profundas dentro de las instituciones: Ricardo Capelli, el nuevo interventor y número dos del Ministerio de Justicia, fue al Cuartel General del Ejército acompañado de varios ministros cercanos a Lula para desmantelar el campamento. El general Julio César de Arruda, comandante jefe del Ejército, lo confrontó con palabras que capturaban la precariedad del momento: "¿Usted va a entrar aquí con hombres armados sin mi autorización?" Tras una negociación tensa, la operación quedó pospuesta hasta el amanecer del día siguiente, lo que permitió que muchos de los acampados, incluyendo militares y sus familias, se marcharan.
Mientras la policía detenía a los golpistas restantes, los equipos de conservación del Congreso regresaban a los edificios arrasados. Maria das Grutas Carvalho e Silva, parte de esos equipos, recordó: "No sabíamos ni por dónde empezar". Recogieron cada fragmento del patrimonio destruido. Una vitrina en el Senado ahora exhibe los restos de un jarrón rojo regalado por un jerarca del Partido Comunista chino, parte de una exposición sobre la restauración. Entre otros objetos recuperados está un balón del Santos que un ladrón devolvió intacto veinte días después en una comisaría a miles de kilómetros de distancia, en Sorocaba. Esos objetos, algunos restaurados y otros simplemente recogidos, son ahora testigos de un momento que Brasil sigue intentando procesar.
Citas Notables
Hoy celebramos la victoria de la democracia sobre el autoritarismo— Luiz Inácio Lula da Silva
Yo tengo un poquito más de hombres que usted, ¿no?— General Julio César de Arruda al interventor civil Ricardo Capelli