En la ciudad ucraniana de Kovel, un grupo de mujeres voluntarias ha convertido máquinas de coser en instrumentos de supervivencia, fabricando ponchos que enmascaran el calor corporal ante las cámaras térmicas de los drones rusos. Lo que comenzó como una respuesta artesanal a una guerra tecnológica se ha convertido en una cadena de retroalimentación entre el frente y el taller, donde cada misión sobrevivida informa el siguiente diseño. En este conflicto, la invisibilidad no la otorga la oscuridad sino el ingenio colectivo de quienes cosen sin contrato ni garantía, sostenidos únicamente por la u
Voluntarias ucranianas cosen capas anti térmicas que salvan soldados de drones rusos
Es una guerra de drones, y nosotros cosemos invisibilidad
¿Cómo es que un grupo de voluntarias en un taller puede hacer algo que los ejércitos modernos no pueden hacer a escala?
No es que no puedan hacerlo. Es que no lo hacen lo suficientemente rápido. Una empresa privada necesita diseñar, probar, fabricar, distribuir. Un voluntario en el frente dice "esto no funciona bien de noche" y al día siguiente el diseño cambia. La velocidad es el arma aquí.
¿Qué tan efectivas son realmente estas capas? ¿Ofrecen protección real o es más psicológica?
Treinta soldados salieron ilesos en una misión reciente. Eso no es psicológico. Pero tampoco es magia. El poncho no te hace invulnerable. Lo que hace es cambiar lo que ve el dron. En lugar de una persona, ve un arbusto. Y eso es suficiente para vivir otro día.
¿Por qué dependen del micromecenazgo? ¿No debería financiar esto el gobierno ucraniano?
Debería. Pero la guerra consume recursos. Los voluntarios llenan los vacíos. Y a veces los vacíos son tan grandes que los voluntarios se convierten en la solución principal, no en un complemento.
¿Qué mantiene a estas mujeres cosiendo semana tras semana sin garantía de pago?
Tienen maridos, hijos, hermanos en el frente. Cuando tu familia está bajo los drones, coser un poncho no se siente como un sacrificio. Se siente como lo mínimo que puedes hacer.
¿Qué sucede cuando termine la guerra? ¿Qué pasa con este taller?
Eso es una pregunta que nadie quiere hacer todavía. Primero hay que sobrevivir a hoy.
Il Polso
- Los drones rusos equipados con cámaras térmicas dominan el campo de batalla, convirtiendo el calor del cuerpo humano en una sentencia de muerte para cualquier soldado que se mueva al descubierto.
- Sin posibilidad de usar vehículos, los soldados ucranianos deben caminar durante horas hacia sus posiciones, expuestos en su momento de mayor vulnerabilidad.
- Un equipo de voluntarias en Kovel produce cien capas anti-térmicas por semana, ajustando diseños en tiempo real según el feedback directo de combatientes que las han usado y sobrevivido.
- En una misión reciente, treinta soldados salieron ilesos y lograron evacuar a compañeros heridos gracias a estos ponchos, confirmando su impacto directo en la supervivencia.
- La iniciativa depende enteramente del micromecenazgo, sin presupuesto estatal ni contratos seguros, mientras la demanda del frente no deja de crecer.
En la ciudad ucraniana de Kovel, un grupo de mujeres voluntarias ha convertido máquinas de coser en instrumentos de supervivencia, fabricando ponchos que enmascaran el calor corporal ante las cámaras térmicas de los drones rusos. Lo que comenzó como una respuesta artesanal a una guerra tecnológica se ha convertido en una cadena de retroalimentación entre el frente y el taller, donde cada misión sobrevivida informa el siguiente diseño. En este conflicto, la invisibilidad no la otorga la oscuridad sino el ingenio colectivo de quienes cosen sin contrato ni garantía, sostenidos únicamente por la urgencia y la solidaridad.
En una pequeña habitación de Kovel, un grupo de mujeres se inclina sobre máquinas de coser trabajando con material sintético y tela térmica. No fabrican ropa ordinaria: cosen ponchos que hacen invisible el calor del cuerpo humano ante las cámaras de los drones rusos. Cada semana producen alrededor de cien prendas. Ya han salvado vidas.
Natalia Tjorzevska, profesora de 54 años, lidera el grupo voluntario Diyemo Vze —Actuamos ahora—. Su diagnóstico es preciso: "Es una guerra de drones." Los aparatos rusos vuelan entre 50 y 100 metros de altura y ven el mundo en términos de temperatura. Un soldado en campo abierto aparece como una mancha roja brillante. De noche, el contraste es aún más pronunciado. Los ponchos están diseñados para que ese soldado se vea como un arbusto, como parte del paisma. Pesan menos de un kilo y pueden colocarse en segundos cuando se escucha el sonido de un dron acercándose.
Los soldados no pueden usar vehículos —cualquiera es destruido— y deben caminar durante horas para alcanzar sus posiciones. Es en esos trayectos cuando el riesgo es mayor. Las voluntarias adaptan los patrones de color al terreno y a la estación, logrando camuflaje tanto ante cámaras térmicas como ante cámaras de video convencionales.
Lo que distingue a este grupo de las empresas privadas es la velocidad de adaptación: un soldado usa la capa en combate real, sobrevive, y envía comentarios sobre qué funcionó. Los voluntarios ajustan el diseño de inmediato. Las empresas no pueden moverse con esa agilidad. El problema es la financiación: no hay presupuesto estatal ni contrato garantizado, solo campañas de micromecenazgo y la generosidad de quienes donan.
El equipo ha producido más de 2.000 capas hasta ahora. En una misión reciente, treinta soldados salieron ilesos y evacuaron a compañeros heridos gracias a estos ponchos. Historias así mantienen viva la motivación de las voluntarias, muchas de las cuales tienen familiares combatiendo. Oleksandra Samoja, contable de 40 años que huyó de Zaporizhia con sus dos hijos, viene casi cada día al taller. Su marido lleva cuatro años en el frente. "Están todos cansados", dice. "Es nuestro deber hacer todo lo que podamos." Y siguen cosiendo, semana tras semana, transformando tela en invisibilidad.
En una pequeña habitación de Kovel, un grupo de mujeres se inclina sobre máquinas de coser, extendiendo capas de material sintético y tela térmica. No están fabricando ropa ordinaria. Están cosiendo ponchos que hacen invisible lo que antes era visible: el calor del cuerpo humano. Cada semana producen alrededor de cien de estas prendas, y ya han salvado vidas en un frente donde los drones rusos equipados con cámaras térmicas flotan constantemente sobre lo que los soldados llaman la zona de la muerte.
Natalia Tjorzevska, profesora de lengua y literatura ucraniana de 54 años, lidera el grupo de voluntarios Diyemo Vze, que significa Actuamos ahora. Cuando comenzó la guerra, su equipo fabricaba diversos equipos para los soldados. Pero hace tiempo que se enfocaron en una sola cosa. "Es una guerra de drones", explicó a la agencia EFE. Los drones rusos vuelan entre 50 y 100 metros de altura, equipados con cámaras que ven el mundo en términos de temperatura. Un soldado que camina por el terreno abierto aparece en esas pantallas como una mancha roja brillante contra un fondo más frío. De noche, cuando el contraste es más pronunciado, es aún más fácil verlo. Los ponchos que cosen estas mujeres están diseñados para cambiar eso: para hacer que un soldado se vea como un arbusto, como un árbol, como parte del paisaje.
Los soldados ucranianos no pueden conducir hacia las líneas del frente. Cualquier vehículo es destruido. Así que caminan, a veces durante horas o días, para alcanzar sus posiciones sin ser detectados. Es en esos momentos, cuando están más expuestos, cuando el riesgo es mayor. Olena Rizko, otra voluntaria de 53 años, se pone uno de los ponchos para demostrar cómo funciona. Pesa menos de un kilo. Se lo coloca en cuestión de segundos. El diseño permite a los soldados reaccionar casi instantáneamente cuando escuchan el sonido de un dron acercándose. Pueden agacharse rápidamente, reduciendo aún más su visibilidad. Los ponchos también funcionan durante el día: las voluntarias adaptan los patrones de color al terreno y a la estación, permitiendo que los soldados se camuflen no solo de las cámaras térmicas sino también de las cámaras de video ordinarias.
Algunas de estas capas son fabricadas por empresas privadas, pero la producción es insuficiente y los diseños frecuentemente no se ajustan a lo que los soldados necesitan realmente. El ejército ucraniano recurre a voluntarios como Tjorzevska y su equipo, que responden más rápidamente a la retroalimentación que llega desde el frente. Un soldado usa la capa en combate real, sobrevive, y envía comentarios sobre qué funcionó y qué no. Los voluntarios ajustan el diseño y producen la siguiente versión. Las empresas privadas no pueden moverse con esa velocidad. El problema es que estos voluntarios dependen completamente de campañas de micromecenazgo para financiarse. No hay presupuesto estatal garantizado. No hay contrato seguro. Solo la necesidad urgente y la generosidad de quienes donan.
Ningún poncho ofrece protección total. Cada diseño tiene ventajas y desventajas. Pero la demanda creciente del frente habla por sí sola. El pequeño equipo ha producido más de 2.000 capas hasta ahora. A veces se usan para cubrir a soldados heridos que esperan ser evacuados. Para los hombres que pasan meses en trincheras cavadas en el suelo, estos ponchos ofrecen algo más: la posibilidad de salir, aunque sea por unos momentos, de estar bajo tierra todo el tiempo. "Los drones vuelan en enjambres y las posibilidades de sobrevivir son muy bajas si sales sin protección", dice Tjorzevska. "Nuestros chicos usan estas capas cuando necesitan salir, aunque sea un momento."
En una misión reciente, treinta soldados salieron ilesos y lograron evacuar a algunos de sus compañeros heridos gracias a estos ponchos. Historias como esa mantienen viva la motivación de las voluntarias, la mayoría de las cuales tienen familiares en el ejército. Oleksandra Samoja, contable de 40 años, huyó de su hogar en Zaporizhia con sus dos hijos debido a los ataques rusos constantes. Ahora viene casi cada día al taller. Su marido ha estado luchando durante cuatro años. "Están todos cansados y necesitan urgentemente equipamiento", dice. "Es nuestro deber hacer todo lo que podamos para ayudarles." En una pequeña habitación de Kovel, mientras los drones rusos sobrevuelan el frente, estas mujeres siguen cosiendo, semana tras semana, transformando material sintético en invisibilidad.
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Es una guerra de drones— Natalia Tjorzevska, líder del grupo de voluntarios Diyemo Vze
Los drones vuelan en enjambres y las posibilidades de sobrevivir son muy bajas si sales sin protección— Natalia Tjorzevska