En Santa Fe, la socióloga Victoria O'Donnell presentó 'Mosaicos', un libro que sitúa la soledad moderna no como fragilidad personal sino como consecuencia de una arquitectura social que prioriza la productividad sobre el vínculo. Su investigación revela que jornadas laborales extenuantes, la pandemia y la difuminación entre trabajo y descanso han normalizado el aislamiento en todas las edades, convirtiendo la conexión humana en un lujo que el ritmo contemporáneo dificulta. La pregunta que deja abierta es antigua y urgente a la vez: ¿qué tipo de sociedad queremos construir cuando la soledad ya
Victoria O'Donnell: "La soledad debe ser opción, no destino"
La soledad debe ser opción, no destino
¿Por qué la pandemia tuvo efectos tan opuestos en las personas? ¿No todos experimentaron lo mismo?
La pandemia no fue un evento único. Para algunos, especialmente adultos que ya tenían rutinas establecidas, el aislamiento confirmó algo: que podían vivir solos. Para otros, particularmente jóvenes, fue un corte en el desarrollo de habilidades sociales que estaban construyendo. La soledad no afectó a todos igual.
Entonces, ¿el problema no es la soledad en sí, sino cuándo es impuesta?
Exactamente. O'Donnell lo dice claramente: la soledad debe ser una opción. Cuando es lo único disponible, cuando es lo que sucede por defecto porque trabajas demasiado o porque no hay espacios para encontrarse, eso es un problema de salud pública.
¿Y cómo se relaciona esto con las movilizaciones que menciona?
Las movilizaciones son momentos donde la gente se reúne alrededor de algo que importa. No es solo política; es que en esos espacios, los vínculos vuelven a tener peso. La gente siente que pertenece a algo más grande que sí misma.
¿Los "terceros lugares" son una solución?
Son parte de la solución. Son espacios donde la gente se reúne sin que haya una transacción económica, sin que sea obligatorio. Un café, una plaza, un grupo de lectura. Lugares donde simplemente estar juntos es suficiente.
¿Qué pasa con la tecnología? ¿No debería conectarnos?
La tecnología conecta, pero de una forma que a menudo es superficial. O'Donnell estudia cómo la tecnología y la salud mental se relacionan. La conexión digital no reemplaza la presencia. Y cuando la vida laboral se extiende a través de pantallas, cuando el trabajo invade el descanso, la tecnología se convierte en parte del problema, no de la solución.
El Pulso
- La soledad ha dejado de percibirse como una señal de alarma y se ha instalado como condición ordinaria de la vida moderna, lo que dificulta cualquier respuesta colectiva.
- Las jornadas laborales extendidas y el pluriempleo erosionan el tiempo disponible para cultivar vínculos, atrapando a las personas en una rutina que no deja margen para la comunidad.
- La pandemia actuó como catalizador contradictorio: algunos aprendieron a preferir el aislamiento, mientras los más jóvenes vieron atrofiarse habilidades sociales que aún estaban construyendo.
- Las movilizaciones y los 'terceros lugares' —espacios fuera del hogar y el trabajo— emergen como territorios de recuperación del vínculo y del sentido compartido.
- O'Donnell propone invertir la lógica dominante: que la soledad sea una elección posible, pero que la conexión y la comunidad sean lo accesible por defecto.
En Santa Fe, la socióloga Victoria O'Donnell presentó 'Mosaicos', un libro que sitúa la soledad moderna no como fragilidad personal sino como consecuencia de una arquitectura social que prioriza la productividad sobre el vínculo. Su investigación revela que jornadas laborales extenuantes, la pandemia y la difuminación entre trabajo y descanso han normalizado el aislamiento en todas las edades, convirtiendo la conexión humana en un lujo que el ritmo contemporáneo dificulta. La pregunta que deja abierta es antigua y urgente a la vez: ¿qué tipo de sociedad queremos construir cuando la soledad ya no escandaliza a nadie?
Victoria O'Donnell llegó a Santa Fe con una pregunta que no cesa: ¿por qué la soledad se ha vuelto tan común, tan aceptada? La socióloga e investigadora en salud mental presentó 'Mosaicos', un libro que examina el aislamiento no como problema exclusivo de ancianos o adolescentes, sino como fenómeno que atraviesa todas las edades y ha dejado de exigir atención.
Lo que O'Donnell describe es una arquitectura invisible de la vida moderna que empuja hacia la soledad casi sin que lo notemos. Las jornadas laborales se estiran, el pluriempleo se multiplica y la frontera entre trabajo y descanso se vuelve tan difusa que construir vínculos duraderos se convierte en una tarea casi imposible. No es falta de voluntad: es la estructura misma de cómo vivimos.
La pandemia aceleró ese proceso, pero de formas opuestas. Algunos descubrieron que podían vivir aislados y comenzaron a tolerarlo o incluso a elegirlo. Los más jóvenes, en cambio, vieron debilitarse capacidades sociales que estaban en pleno desarrollo: leer una habitación, construir amistades presenciales, estar con otros sin incomodidad. Las habilidades que no se ejercitan se atrofian.
Para O'Donnell, la soledad no es un problema individual: es estructural, y sus soluciones también deben serlo. Las movilizaciones no son solo actos políticos; son espacios donde el vínculo vuelve a importar. Los 'terceros lugares' —ni hogar ni trabajo— resultan críticos para la salud mental colectiva.
Su propuesta central es una inversión: que la soledad sea una opción disponible cuando alguien la necesita, pero que la conexión y la comunidad sean lo normal, lo accesible, lo que requiere menos esfuerzo. 'Mosaicos' es, en ese sentido, una invitación a imaginar y construir esa otra forma de vivir juntos.
Victoria O'Donnell llegó a Santa Fe con una pregunta que no deja de crecer en volumen: ¿por qué la soledad se ha vuelto tan visible, tan común, tan aceptada? La socióloga, investigadora en salud mental y tecnología, presentaba su libro "Mosaicos", un trabajo que examina el aislamiento no como un problema de los ancianos o de los adolescentes desconectados, sino como un fenómeno que atraviesa todas las edades, que se ha normalizado, que ha dejado de verse como algo que requiere atención.
Lo que O'Donnell observa en su investigación es una arquitectura de la vida moderna que casi sin que nos demos cuenta, nos empuja hacia la soledad. Las jornadas laborales se estiran. Muchas personas trabajan en más de un empleo. La línea entre el tiempo de trabajo y el tiempo de descanso se ha vuelto tan borrosa que es difícil saber dónde termina uno y comienza el otro. En ese contexto, construir vínculos duraderos se vuelve cada vez más complicado. No es que la gente no quiera conectar; es que la estructura misma de cómo vivimos ahora lo hace difícil.
La pandemia, en su análisis, funcionó como un acelerador. Pero no de una sola cosa. Para algunos, el confinamiento fue una lección: descubrieron que podían vivir aislados. La soledad dejó de ser algo que les sucedía y se convirtió en algo que podían elegir, o al menos tolerar. Para otros, especialmente los más jóvenes, fue diferente. El aislamiento prolongado atrofió capacidades que habían estado desarrollando: la habilidad de estar con otros, de leer una habitación, de construir amistades cara a cara. Esas capacidades, cuando no se usan, se debilitan.
O'Donnell subraya algo importante en su advertencia: la soledad no es un problema individual que cada persona deba resolver sola. Es un fenómeno social, estructural. Y eso significa que las soluciones también tienen que ser sociales. Las movilizaciones, por ejemplo, no son solo actos políticos. Son espacios donde los vínculos vuelven a importar, donde el sentido compartido se reconstituye. Los "terceros lugares" —esos espacios que no son el hogar ni el trabajo, donde la gente se reúne sin propósito económico— emergen como críticos para la salud mental colectiva.
Lo que propone O'Donnell con su frase "la soledad debe ser opción, no destino" es una inversión de la lógica actual. Hoy, para muchas personas, la soledad es lo que sucede por defecto, lo que queda cuando todo lo demás se desmorona o se vuelve demasiado difícil. Lo que ella sugiere es que deberíamos construir una sociedad donde la soledad sea algo que alguien elige, cuando lo necesita, pero donde la conexión, el vínculo, la comunidad sean lo accesible, lo normal, lo que requiere menos esfuerzo.
En Santa Fe, mientras presentaba su libro, O'Donnell estaba haciendo algo más que analizar datos. Estaba nombrando algo que muchas personas sienten pero no saben cómo articular. Que la vida moderna, con toda su eficiencia y conectividad digital, ha dejado a mucha gente profundamente sola. Y que eso no es inevitable. Que hay formas de vivir que priorizan los vínculos, que protegen el tiempo para estar juntos, que reconocen que la soledad elegida es diferente de la soledad impuesta. El libro "Mosaicos" es una invitación a pensar en cómo reconstruir eso.
Citas Notables
Para algunos, la pandemia fue un aprendizaje de que se puede vivir aislado. Para otros tuvo impacto en la atrofia de las capacidades sociales— Victoria O'Donnell, socióloga e investigadora en Salud Mental y Tecnología