Pensé que iba a morir. Tuve que tirarme al suelo para clamar a Dios
La tierra habló dos veces en Venezuela con apenas cuarenta segundos de silencio entre sus palabras, y lo que dijo dejó al menos 325 muertos y miles de familias durmiendo bajo el cielo abierto. Los sismos de magnitud 7.2 y 7.5 del miércoles no solo derrumbaron edificios en La Guaira, Chacao y más allá: interrumpieron el hilo invisible que conecta a los vivos con los suyos. Mientras el mundo se organiza para tender la mano, Venezuela enfrenta esa hora oscura en que el conteo de pérdidas aún no ha terminado y la esperanza de encontrar sobrevivientes entre los escombros sigue siendo la única brújula.
- Dos sismos consecutivos sacudieron Venezuela en menos de un minuto, sembrando el pánico desde Caracas hasta La Guaira y dejando edificios enteros reducidos a escombros.
- Las cifras de víctimas se actualizaron varias veces en pocas horas —de 32 a más de 325 muertos y de 700 a más de 4.300 heridos— revelando la magnitud creciente de la catástrofe.
- Cortes masivos de electricidad y fallas en telecomunicaciones dejaron a miles de familias —incluidos casi ocho millones de venezolanos en el exterior— sin poder saber si sus seres queridos seguían con vida.
- Miles de ciudadanos improvisaron campamentos en las calles por orden de las autoridades, que advirtieron sobre réplicas y declararon decenas de edificios en situación crítica.
- La solidaridad internacional se activó de inmediato: Argentina, Colombia, México, Estados Unidos y otros países anunciaron el envío de brigadas de rescate y ayuda humanitaria hacia la zona de desastre.
Amparo Díaz sintió el rugido antes de entender lo que ocurría. Desde su departamento en Chacao, el primer sismo —magnitud 7.2— la tiró al suelo. Cuarenta segundos después llegó el segundo, más fuerte aún: 7.5. Cuando logró salir con su familia, las paredes del edificio mostraban grietas profundas. Tomaron lo esencial —agua, galletas, ropa— y esa noche durmieron en la calle, como miles de venezolanos más, sin saber si alguna vez podrían volver a casa.
El impacto fue nacional. En Chacao, el alcalde Gustavo Duque reportó cuatro edificios completamente colapsados y más de treinta en situación crítica. La presidenta encargada Delcy Rodríguez declaró estado de emergencia, cerró temporalmente el Aeropuerto Internacional de Maiquetía y suspendió las clases el resto de la semana. Las cifras de víctimas se actualizaron varias veces durante la noche y la madrugada: primero 32 muertos, luego 164, luego 188, hasta llegar a al menos 325 fallecidos y más de 4.300 heridos al avanzar el jueves. La Guaira fue declarada zona de desastre.
La comunicación se volvió tan urgente como el rescate. Los cortes de electricidad y las fallas en las redes dejaron a familias enteras incomunicadas. Dinorah Escalona llamó desde el exterior para contar que su hermano estaba atrapado entre los restos de su casa en Caraballeda y que esperaba, sin certezas, la llegada de maquinaria pesada. Para los casi ocho millones de venezolanos que viven fuera del país, esas horas fueron de angustia sin respuesta.
La respuesta internacional no tardó. Argentina, Colombia, Ecuador, El Salvador, México y Estados Unidos anunciaron el envío de brigadas de rescate y ayuda humanitaria. El secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth confirmó que, por orden del presidente Trump, su departamento se movilizaba de inmediato para salvar vidas. En las calles de Venezuela, mientras tanto, la espera continuaba: personas junto a sus mascotas y sus pocas pertenencias, mirando los escombros, esperando noticias que tardaban demasiado en llegar.
Amparo Díaz estaba en su departamento del cuarto piso de un edificio en Chacao cuando sintió que el mundo se movía bajo sus pies. La sacudida fue tan violenta que le pareció un rugido, un sonido que atravesaba las paredes. Pensó que iba a morir. Se tiró al suelo, rezando, porque era lo único que se le ocurrió hacer en ese momento de pánico absoluto. Cuando logró salir del edificio con su familia, vieron grietas en las paredes. Sacaron lo que pudieron: galletas, agua, ropa interior. Cosas mínimas para enfrentar lo que vendría después. Esa noche, como miles de venezolanos más, Amparo durmió en la calle, sin saber si su casa volvería a ser segura.
Dos sismos golpearon Venezuela el miércoles por la tarde, separados apenas por 40 segundos. El primero alcanzó magnitud 7.2. El segundo, más fuerte, llegó a 7.5. El impacto fue casi simultáneo, casi como si la tierra no pudiera contenerse y necesitara sacudirse dos veces para liberar toda su furia. Cuando terminó, el país entero estaba en shock. Las autoridades comenzaron a contar los daños: al menos 325 personas muertas, más de 4.300 heridas, edificios colapsados, infraestructura destruida. Los números seguirían creciendo conforme avanzara la noche y los rescatistas encontraran más cuerpos entre los escombros.
En Chacao, el alcalde Gustavo Duque reportó cuatro edificios completamente colapsados y más de treinta en situación crítica. Las calles se llenaron de polvo, vidrios rotos, materiales dispersos. Leandri Salazar, otro habitante de la zona, describió lo que vio como algo horrible: su casa estaba dañada, sin luz, sin agua, con estructuras comprometidas. Las autoridades ordenaron desalojos. El ministro del Interior, Diosdado Cabello, pidió por radio que los ciudadanos permanecieran afuera de sus casas por la posibilidad de réplicas y hasta que se verificara que los edificios fueran seguros. Miles improvisaron campamentos en las calles, resguardando lo poco que habían logrado sacar, acompañados de mascotas, esperando noticias de familiares y amigos, sin saber cuánto tiempo les tomaría salir de la emergencia.
La presidenta encargada Delcy Rodríguez se dirigió a la nación en dos ocasiones. En su primer mensaje, por la noche del miércoles, declaró estado de emergencia, anunció el cierre temporal del Aeropuerto Internacional de Maiquetía por daños graves en su infraestructura y suspendió las clases el resto de la semana. No dio cifras de víctimas. Dijo que la prioridad era la búsqueda y rescate de personas vivas. Fue horas después, ya en la madrugada del jueves, cuando brindó los primeros números: 32 muertos y unas 700 heridas, sin contar a las víctimas de La Guaira, el estado más devastado, al que llamó zona de desastre. Por la mañana, los números se actualizaron dos veces más. Primero a 164 muertos con 961 heridos. Luego a 188 muertos y más de 1.500 heridos. Pero incluso esas cifras parecían incompletas, provisionales, destinadas a crecer.
La comunicación se convirtió en un problema casi tan grave como los escombros. Los cortes de electricidad y las fallas en las redes de telecomunicaciones dejaron a miles de personas sin poder contactar a sus seres queridos. Casi ocho millones de venezolanos viven en el exterior, según cifras de la ONU, y muchos de ellos pasaban esas horas tratando desesperadamente de saber si sus familias estaban vivas. Ciudadanos abrieron plataformas en línea para reportar a desaparecidos. Dinorah Escalona llamó a CNN el jueves para contar que su hermano estaba atrapado entre los restos de su casa en Los Corales, en Caraballeda, estado La Guaira. No sabía bien cómo había quedado la estructura. Esperaba que llegaran más rescatistas y maquinaria pesada. Para ella, como para miles más, la espera sería larga y difícil.
La solidaridad internacional llegó rápido. Argentina, Colombia, Ecuador, El Salvador, México y Estados Unidos, entre otras naciones, se alistaban para enviar brigadas de rescate y ayuda humanitaria. El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunció en redes sociales que por orden del presidente Donald Trump, su departamento y el Departamento de Estado se movilizaban de inmediato. Dijo que la misión era clara: salvar vidas y entregar ayuda crítica donde fuera más necesaria. Era un momento en el que las diferencias políticas quedaban suspendidas ante la urgencia de una tragedia. Mientras los rescatistas se preparaban para llegar, en las calles de Venezuela seguía la angustia, la búsqueda, la espera de noticias que nunca llegaban lo suficientemente rápido.
Notable Quotes
¿Cómo lo viví? Trágico. Pensé que iba a morir. Tuve que tirarme al suelo para clamar a Dios porque fue lo único que se me ocurrió— Amparo Díaz, residente de Chacao
Se quedó atrapado, ahí está en los escombros, no sé bien cómo quedó la casa porque de verdad no he visto— Dinorah Escalona, buscando a su hermano desaparecido
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Cómo es que dos sismos tan fuertes, separados apenas por segundos, causaron tanto daño simultáneamente?
No fue solo la magnitud. Fue la velocidad y la proximidad. Cuando el segundo sismo golpeó 40 segundos después del primero, las estructuras ya estaban debilitadas, fracturadas. Los edificios no tuvieron tiempo de estabilizarse. Fue como golpear algo que ya estaba agrietado.
¿Por qué la gente pasó la noche en la calle si el peligro inmediato ya había pasado?
El miedo a las réplicas era real. Las autoridades lo advirtieron explícitamente. Pero también estaba el miedo a lo desconocido: no sabían si sus casas eran seguras, si volverían a caer. Dormir en la calle era la única certeza que tenían.
Los números de víctimas cambiaban cada pocas horas. ¿Qué explica eso?
Las labores de rescate estaban en curso. Cada vez que sacaban a alguien de los escombros, el número crecía. Algunos cuerpos todavía estaban atrapados. Las cifras que daban eran las que tenían en ese momento, pero sabían que no eran finales.
¿Qué pasaba con las personas que no podían comunicarse con sus familias?
Estaban en una angustia doble. No solo enfrentaban la emergencia física, sino la incertidumbre emocional. Sin electricidad, sin telecomunicaciones, no sabían si sus seres queridos estaban vivos. Algunos estaban en el extranjero, completamente impotentes.
¿Por qué la ayuda internacional llegó tan rápido?
Porque un desastre natural de esa magnitud no tiene ideología. Cuando mueren cientos de personas en pocas horas, los gobiernos entienden que es momento de actuar, no de discutir. La política se pone en pausa.