Una casa para la infancia: cuando la comunidad se une por los niños sin amparo

Diez niños sin cuidado parental tendrán acceso a un hogar seguro con atención integral de educadores y personal de servicio.
Los sentimientos fueron los verdaderos líderes del proyecto
Michel Ferrer explica cómo la iniciativa superó lo funcional cuando la comunidad decidió que arreglar cuartos no bastaba.
Mark

¿Por qué crees que William sigue llegando a las seis de la mañana, día tras día, sin que nadie lo obligue?

Mimi

Porque vio a los niños en el proyecto. No es abstracción para él. Es gente que vivirá en el lugar donde él trabaja.

Mark

Pero hay algo más, ¿verdad? No es solo caridad.

Mimi

No. Es que cuando la comunidad se ve reflejada en un proyecto, deja de ser del gobierno o de las empresas. Se convierte en de todos. William no está ayudando a una institución. Está construyendo el hogar de sus vecinos.

Mark

¿Y las empresas? ¿Por qué una mipyme de energía renovable dona doce paneles solares?

Mimi

Porque entendieron que la responsabilidad social no es un gasto. Es inversión en el barrio donde operan. Ismael Navarro lo dice claro: son parte del pueblo.

Mark

Pero eso requiere que alguien convoque, que alguien tenga la visión inicial.

Mimi

Exacto. Michel Ferrer vio la necesidad en marzo. Pero lo inteligente fue que no impuso un plan. Mostró el proyecto y dejó que otros lo completaran. Los sentimientos fueron los líderes, no las órdenes.

Mark

¿Qué pasa después de la inauguración? ¿Se mantiene ese impulso?

Mimi

Eso es lo que Ismael subraya: la ayuda hay que mantenerla. El proyecto no termina cuando abren las puertas. Termina cuando los niños crecen en un hogar que sigue siendo sostenido por la comunidad.

  • Diez niños sin amparo parental esperan un hogar seguro mientras la obra avanza contra el tiempo y las carencias materiales del contexto cubano.
  • La iniciativa desbordó su alcance original: lo que era un plan funcional de reparaciones se convirtió en una cadena de donaciones que incluye paneles solares, wifi, muebles y dormitorios construidos de cero.
  • Trabajadores de brigadas doblan turnos voluntariamente, vecinos llevan adornos de sus propias casas y empresarios privados y estatales compiten en generosidad, no en beneficio.
  • La cocina-comedor está casi lista, los espacios toman forma y la apertura se acerca, con educadoras preparadas para asumir un rol que va más allá de lo pedagógico.

En Centro Habana, más de treinta y cinco actores económicos y vecinos se han unido para transformar un antiguo círculo infantil en un hogar para diez niños sin cuidado parental. Lo que comenzó como una convocatoria municipal se convirtió en un movimiento espontáneo donde el sentimiento, más que el plan, dictó el ritmo de la obra. Este gesto colectivo recuerda que las sociedades se miden no solo por sus instituciones, sino por la disposición de sus miembros a poner sus recursos —y sus madrugadas— al servicio de quienes más lo necesitan.

William llega cada madrugada a las seis, sin importar lo tarde que haya terminado la noche anterior. Arregla salideros, cuida semillas, prepara café para los obreros y caldosa para los niños que pronto llamarán hogar a este lugar. No negocia ni reclama. «Es por los niños», dice. «Estamos poniendo bello su hogar».

William es solo una pieza de un rompecabezas mayor. Alrededor de 35 actores económicos —estatales y privados— junto a decenas de vecinos se sumaron a la restauración de un antiguo círculo infantil en Centro Habana, que se convertirá en casa para diez niños sin cuidado parental. Todo comenzó en marzo, cuando Michel Ferrer Martínez, intendente del municipio, convocó a un pequeño grupo de empresarios para mostrarles la necesidad. La invitación se propagó sola: pronto no había mipyme ni empresa estatal que no quisiera dejar su huella en la obra.

Lo más notable, según Ferrer, fue que los sentimientos lideraron el proceso. Las tareas se distribuyeron según capacidades: quienes tenían materiales los aportaron, otros contrataron brigadas o compraron camas, espejos, televisores y utensilios. Una mipyme de energía renovable donó doce paneles solares para blindar la casa contra los apagones. La Empresa Eléctrica instaló lámparas led en el perímetro, Etecsa conectó wifi, y el socio único del Restaurante Dulcería La Mimosa construyó personalmente un dormitorio completo.

Quienes no podían donar recursos donaron tiempo. Los trabajadores de Construcciones Montero llegan sin pensarlo demasiado, algunos traen adornos de sus propias casas. «A ellos los tenemos que ayudar en todo lo que podamos», dice el jefe de brigada. Elda Lamena Núñez, metodóloga de Enseñanza Especial, describe el proyecto como el mejor realizado hasta ahora en la capital. Cuando abra sus puertas, los niños de seis a dieciocho años encontrarán educadoras que serán como madres, además de cocineras y personal de apoyo.

Este proyecto no es un hecho aislado. Es el reflejo de transformaciones más amplias que buscan fortalecer la autonomía municipal y hacer de la colaboración entre gobierno local, empresas y comunidad una práctica cotidiana. Cuando esta casa abra, no solo entrarán los niños: entrará la certeza de que el verdadero desarrollo está en la capacidad de convertir una habitación vacía en el primer hogar de quien lo ha perdido casi todo, salvo la esperanza.

William llega cada madrugada a las seis de la mañana, sin importar si la noche anterior terminó de trabajar pasadas las nueve. Arregla lo que necesita arreglarse: un salidero de agua aquí, semillas injertadas allá para el autoabastecimiento, café para los trabajadores, caldosa caliente para los niños que pronto vivirán en este lugar. No reclama, no negocia. Sabe que las acciones pequeñas, acumuladas, se convierten en algo que importa. «Es por los niños», dice. «Estamos poniendo bello su hogar».

William es una pieza de un rompecabezas mucho más grande. Alrededor de 35 actores económicos —algunos estatales, otros privados— y decenas de vecinos se han sumado a la restauración de lo que fue un círculo infantil en Centro Habana, transformándolo en una casa donde convivirán diez niños sin cuidado parental. La iniciativa comenzó en marzo, cuando Michel Ferrer Martínez, intendente del municipio, identificó la necesidad de ampliar la capacidad de atención para estos menores. Convocó a un pequeño grupo de empresarios para mostrarles el proyecto. Accedieron. La invitación se propagó como fuego en pólvora. Pronto no había mipyme ni empresa estatal en Centro Habana que no quisiera dejar su marca en aquella obra.

Lo más notable del proyecto, según Ferrer, fue que los sentimientos fueron los verdaderos líderes. Al principio, el plan era funcional: arreglar cuartos, cocina, jardines. Pero muchos de los involucrados dijeron que eso no bastaba. Entonces las tareas se distribuyeron según las capacidades. Quienes tenían materiales de construcción los aportaron. Otros contrataron brigadas, compraron camas, espejos, luces, muebles, utensilios de cocina, televisores. Una mipyme dedicada a energía renovable donó doce paneles solares para que la casa no sufriera los embates de los cortes de corriente. La Oficina de la Empresa Eléctrica de Centro Habana instaló lámparas led alrededor del perímetro y se encargó del mantenimiento. Etecsa instaló wifi. La Asociación de Combatientes, el proyecto Quisicuaba y artistas de la plástica cubana también participaron. Ismael Navarro Torres, socio único del Restaurante Dulcería La Mimosa, se encargó personalmente de la construcción de un dormitorio completo.

Los que no podían donar recursos donaron tiempo. Montero Pérez, jefe de brigada de Construcciones Montero, cuenta que sus trabajadores llegan sin pensarlo demasiado. Algunos traen adornos de sus casas para embellecer el espacio. Otros doblan el turno aunque lo pactado sea hasta las cuatro de la tarde. «Imagínate, aquí estarán los niños sin amparo parental», dice Montero. «A ellos los tenemos que ayudar en todo lo que podamos». La cocina-comedor está casi lista; solo le falta pintura y algunos retoques en las paredes.

Elda Lamena Núñez, metodóloga de Enseñanza Especial del municipio, camina por el lugar con la soltura de quien sabe que también es su hogar. Describe este proyecto como «el mejor que se ha realizado hasta ahora en la capital». El Ministerio de Educación ha contribuido con capital humano: trabajadores voluntarios y apoyo en lo que haga falta. Cuando la casa abra sus puertas, los infantes de seis a dieciocho años contarán con una dirección donde todas las educadoras serán como madres para ellos, una asistente educativa, cocineras y un auxiliar general de servicio.

Ismael Navarro insiste en que todas las empresas, independientemente de su condición y objeto social, deben modificarse constantemente pero nunca pueden olvidarse de contribuir con el pueblo. «Somos parte de él», dice. «En situaciones tan complejas, se necesita ese apoyo. ¡Qué cosa más bonita cuando nos unimos y las fuerzas se multiplican!». Lo que comenzó como una simple obra de restauración se transformó en un movimiento de almas. Michel Ferrer tiene razón: el verdadero líder fue el sentimiento, ese que mueve a un vecino como William a poner su madrugada al servicio de un sueño grande pero no ajeno, y a un actor económico a entender que su capital más valioso está en la huella que deja en el barrio.

Este no es un hecho aislado. Es un reflejo vivo de las transformaciones económicas y sociales que impulsa el país, pensadas para fortalecer la autonomía municipal y ampliar la participación de diferentes actores. Han convertido la colaboración entre el gobierno local, las mipymes y la comunidad en una práctica cada vez más cotidiana. Cuando esta casa abra sus puertas, no solo entrarán los niños. Entrará la certeza de que el verdadero desarrollo de un país está en la capacidad de hacer que una habitación vacía se convierta en el primer hogar de quien lo ha perdido casi todo, salvo la esperanza.

Es por los niños, porque estamos poniendo bello su hogar
— William, vecino de Centro Habana
Somos parte del pueblo. ¡Qué cosa más bonita cuando nos unimos y las fuerzas se multiplican!
— Ismael Navarro Torres, socio del Restaurante Dulcería La Mimosa
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