En el pequeño concejo navarro de Larunbe, un altar votivo del siglo I d.C. emergió del fondo de un pozo medieval para recordarnos que la historia no se escribe en línea recta. La inscripción que una mujer de nombre romano —Valeria Vitella— dedicó a la divinidad vascona Larra condensa, en apenas 47 centímetros de piedra, la tensión y la convivencia entre dos mundos: el indígena y el romano. Este hallazgo, fruto de años de trabajo compartido entre arqueólogos y vecinos, invita a repensar la romanización no como una conquista cultural total, sino como un diálogo lento y desigual en el que las cre
Un altar navarro de 1.900 años revela la convivencia entre religiones vascona y romana
Ella ya se ha transformado, pero todavía mantiene la religiosidad autóctona
¿Por qué importa tanto que una mujer romana dedicara un altar a un dios vascón?
Porque muestra que la romanización no fue una imposición que borrara todo lo anterior. Valeria Vitella es ella misma la prueba: nombre romano, pero un cognomen que transparenta su origen vascónico. Ella vivía en ambos mundos.
¿Y la divinidad Larra? ¿Qué sabemos realmente de ella?
Muy poco, pero lo suficiente. Probablemente estaba vinculada a los prados y la vegetación de montaña, a lo que sustentaba el ganado. Era una divinidad local, pero este altar sugiere que su culto se extendía más allá de lo que creíamos.
El altar estaba boca abajo en el pozo. ¿Eso no es extraño?
Profundamente extraño. Alguien lo puso allí con cuidado, sin romperlo, con la inscripción mirando hacia el suelo. Pudo haber sido para protegerlo cuando el espacio se cristianizó. O quizá fue un acto de resignificación: el lugar dejaba de ser pagano.
¿Cómo descubrieron algo tan importante en un pueblo de cincuenta personas?
Los vecinos recordaban historias de una ermita antigua. Vieron piedras dispersas y contactaron a los arqueólogos. Luego, cada año, durante décadas, trabajaban juntos en las excavaciones. El descubrimiento fue comunitario.
¿Qué nos dice esto sobre cómo los pueblos indígenas experimentaron la conquista romana?
Que no fue una ruptura total. Que las personas como Valeria Vitella encontraban formas de mantener lo suyo mientras adoptaban lo nuevo. La romanización fue un proceso lento, desigual, donde lo antiguo y lo nuevo coexistían.
El Pulso
- Un altar de piedra con inscripción latina dedicada a una deidad vascona irrumpe en el registro arqueológico navarro como evidencia de una convivencia religiosa que la historia oficial tendía a simplificar.
- La tensión entre identidad indígena y asimilación romana queda cristalizada en el nombre de la dedicante: romana en su escritura y su ritual, vascona en su devoción y, probablemente, en su origen.
- La deidad Larra, antes conocida solo en municipios del sur, aparece ahora en su punto más septentrional, sugiriendo que su culto tenía un alcance territorial mayor del que se suponía.
- El ara fue hallada boca abajo en un pozo, en un gesto ambiguo que pudo ser protección o supresión, señalando el momento en que el mundo pagano cedía terreno ante la cristianización.
- El descubrimiento, impulsado durante más de una década por los propios vecinos de Larunbe a través del auzolan, demuestra que la arqueología comunitaria puede reescribir capítulos enteros de la historia peninsular.
En el pequeño concejo navarro de Larunbe, un altar votivo del siglo I d.C. emergió del fondo de un pozo medieval para recordarnos que la historia no se escribe en línea recta. La inscripción que una mujer de nombre romano —Valeria Vitella— dedicó a la divinidad vascona Larra condensa, en apenas 47 centímetros de piedra, la tensión y la convivencia entre dos mundos: el indígena y el romano. Este hallazgo, fruto de años de trabajo compartido entre arqueólogos y vecinos, invita a repensar la romanización no como una conquista cultural total, sino como un diálogo lento y desigual en el que las creencias antiguas encontraron formas de sobrevivir.
En agosto de 2022, arqueólogos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y vecinos voluntarios del concejo navarro de Larunbe —apenas cincuenta habitantes— extrajeron del fondo de un pozo medieval un altar votivo romano del siglo I d.C. La pieza, de 47 centímetros de alto, guardaba en su cara inferior una inscripción en latín: una dedicatoria de Valeria Vitella a la deidad vascona Larra. En ese instante, con todo el pueblo presente en las labores de limpieza, la piedra se convirtió en una ventana hacia la Hispania antigua.
Larra había aparecido antes en otras tres aras del territorio vascón, pero todas situadas unos cincuenta kilómetros al sur. El altar de Larunbe es el más septentrional conocido, lo que sugiere que esta divinidad —probablemente vinculada a los prados de montaña y la economía ganadera— tenía un alcance territorial inusual entre las deidades indígenas peninsulares, cuyo culto solía limitarse a un único enclave.
Lo verdaderamente singular del hallazgo es lo que revela sobre la integración cultural. Valeria Vitella escribía en latín y realizaba votos según la lógica romana de reciprocidad divina, pero adoraba a una diosa autóctona. Su cognomen, Vitella, parece ser la traducción latinizada de un nombre vascónico original con el mismo significado. Era, en una sola persona, el retrato de una sociedad en tránsito.
El ara fue encontrada con la inscripción orientada hacia abajo, lo que indica que no estaba en su emplazamiento original. Los investigadores creen que entre los siglos II y X alguien la depositó en el pozo con cuidado, sin romperla. Si fue para protegerla o para enterrar unos dioses que ya no cabían en un espacio en proceso de cristianización, sigue siendo un misterio. Lo que sí es claro es que el monasterio medieval de San Esteban, construido en el siglo XI sobre ese mismo promontorio, se levantó sobre un lugar que ya era sagrado.
Este descubrimiento, sumado a hallazgos como la Mano de Irulegi, confirma que la romanización en Hispania fue un proceso extraordinariamente complejo: no una imposición uniforme, sino una negociación lenta y variable en la que cada comunidad encontró su propio equilibrio entre lo heredado y lo adoptado.
En agosto de 2022, en el pequeño concejo navarro de Larunbe —donde viven apenas cincuenta personas—, un grupo de arqueólogos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y vecinos voluntarios sacó a la luz un altar votivo romano del siglo I d.C. en el fondo de un pozo medieval. Lo que hizo excepcional este hallazgo no fue solo su antigüedad, sino la inscripción grabada en latín que llevaba: una dedicatoria de una mujer llamada Valeria Vitella a la deidad vascona Larra. El ara, de apenas 47 centímetros de alto y 25,7 kilogramos de peso, con un pequeño orificio en la parte superior para realizar ofrendas, se convirtió en una ventana única hacia cómo dos mundos religiosos y culturales convivieron en la Hispania antigua.
El nombre de Larra había aparecido antes en otras tres aras encontradas en territorio vascón, pero todas ellas situadas a unos cincuenta kilómetros de distancia, en municipios como Muruzabal de Andión, Irujo y Riezu. Que el altar de Larunbe fuera el más septentrional conocido sugiere que esta divinidad vascona no era tan estrictamente local como se creía. Las deidades indígenas de la Península Ibérica solían aparecer una sola vez, en un único pueblo. Larra, en cambio, parecía tener un alcance territorial más amplio, lo que la distingue de otras divinidades autóctonas cuyo culto se limitaba a espacios muy reducidos.
El descubrimiento fue casi accidental. Juantxo Agirre, director de la excavación, recuerda el momento con claridad: mientras vaciaban el pozo adscrito a las ruinas del monasterio medieval de Doneztebe, situado en la cima del monte Arriaundi a 942 metros de altura, un vecino llamado Patxi señaló una piedra que parecía tener molduras. Cuando el investigador Peio la movió, encontró el texto escrito en su cara inferior. Fue un instante emocionante porque todo el pueblo estaba allí, ayudando en las labores de limpieza. La excavación, de hecho, había comenzado más de una década antes gracias a la iniciativa de los propios vecinos, quienes recordaban historias sobre una ermita antigua en la cima y decidieron contactar con los arqueólogos cuando vieron las piedras dispersas.
Cada año, en el marco de lo que se conoce como auzolan —una práctica tradicional vasca de trabajo comunitario—, pequeños y mayores acompañaban a los arqueólogos en las tareas de excavación. Las sorpresas se sucedieron: lo que comenzó como la búsqueda de una ermita del siglo XVI o XVII resultó ser un monasterio medieval dedicado a San Esteban, construido en el siglo XI durante las guerras políticas del Reino de Pamplona. Su ubicación en un promontorio fácilmente defendible, con control visual sobre una de las principales vías de acceso a la Cuenca de Pamplona y sobre el valle de Arakil, lo hacía estratégicamente valioso. Desde allí se controlaba también el paso de la gran calzada romana que unía Astorga con Burdeos.
Lo que hace verdaderamente singular al ara de Larunbe es lo que revela sobre la integración cultural. Valeria Vitella llevaba un nombre claramente romano, pero su cognomen —Vitella, que significa ternera o becerra— parece ser una traducción latinizada de un nombre vascónico original que significaba lo mismo. Ella ya escribía en latín, ya realizaba votos según la lógica romana de reciprocidad divina —el quid pro quo, donde el ser humano se dirige a la divinidad pidiéndole ayuda y prometiendo una ofrenda si la recibe—, pero mantenía la religiosidad autóctona de su pueblo. Adoraba a Larra, una divinidad probablemente vinculada a los prados de montaña y la vegetación herbácea que sustentaba el ganado, elemento central en la economía vascona.
El ara fue encontrada con su inscripción orientada hacia abajo, lo que sugiere que no estaba en su ubicación original. Los investigadores creen que entre el año 150 d.C. y el 1000 d.C., alguien la arrojó al pozo con cierto cuidado, sin romperla, con la cara escrita hacia el suelo. La intención permanece misteriosa: ¿se hizo para protegerla? ¿Porque aquellos dioses paganos ya no podían existir en un espacio que se estaba cristianizando? Lo que sí está claro es que el monasterio medieval se construyó sobre un lugar que ya era sagrado, que ya tenía significado religioso para las poblaciones anteriores.
Este hallazgo se suma a otros descubrimientos que iluminan el proceso de romanización en Hispania. La famosa Mano de Irulegi, del siglo I a.C., encontrada en el mismo territorio, muestra a una población indígena que aún no había sido completamente romanizada, que adoptaba la escritura pero la adaptaba a su propia lengua usando un alfabeto inspirado en el ibérico. El ara de Larunbe, construida unos 150 años después, habla de una transformación social profunda: una sociedad originariamente indígena que se había convertido en romanizada, pero sin abandonar completamente sus creencias ancestrales. La romanización, como señalan los expertos, no fue un proceso uniforme ni abrupto, sino extraordinariamente complejo, variable según cada territorio, cada lugar, cada comunidad.
Citas Notables
La romanización es un proceso extraordinariamente complejo que tenemos que ir definiendo en cada territorio, en cada lugar— Javier Velaza, epigrafista y catedrático de Filología Latina
Fue un momento muy emocionante porque estaba todo el pueblo allí, ayudando en las labores de limpieza del yacimiento— Juantxo Agirre, director de la excavación