En el otoño de 2026, el presidente Trump firmó un decreto para sustituir el término 'inteligencia artificial' por 'superinteligencia' en el vocabulario oficial del gobierno federal, buscando reencuadrar una tecnología que genera desconfianza ciudadana. La maniobra revela una convicción antigua y persistente en la política: que quien controla el lenguaje puede controlar la percepción de la realidad. Sin embargo, entre académicos que distinguen conceptos y líderes tecnológicos que dudan del efecto, la pregunta que queda flotando es si las palabras, por sí solas, pueden transformar el miedo en ac
Trump rebautiza la IA como «superinteligencia» para cambiar la opinión pública
Es más difícil argumentar en contra de la superinteligencia que de la inteligencia artificial
¿Por qué Trump cree que cambiar una palabra va a cambiar lo que la gente piensa sobre los centros de datos de IA?
Porque ha visto funcionar antes. Trump entiende que la repetición y la autoridad presidencial pueden moldear la narrativa pública. Si todos los documentos oficiales, todos los secretarios, todos los aliados dicen "superinteligencia", eventualmente la gente empieza a escuchar eso en lugar de "inteligencia artificial".
Pero ¿hay evidencia de que esto esté funcionando? Altman dice que la gente seguirá usando el término antiguo. ¿Tenemos números sobre cambios reales en la opinión pública?
¿Qué diferencia hay realmente entre "inteligencia artificial" y "superinteligencia"?
Académicamente, son conceptos distintos. La IA es un término general para cualquier procesamiento inteligente en máquinas. Superinteligencia es una forma hipotética futura que superaría radicalmente a los humanos en todos los dominios.
Pero Trump está usando "superinteligencia" para describir lo que ya existe ahora, no algo futuro. Eso es una distorsión del término académico. ¿Bostrom lo señala?
¿Quién está realmente de acuerdo con Trump en esto?
Zuckerberg ya usaba el término superinteligencia. Musk dijo que cambiaría el nombre de su compañía, aunque aún no lo ha hecho. Pero Altman de OpenAI es escéptico.
Entonces no hay consenso en la industria. Algunos líderes tecnológicos apoyan el cambio, pero los más importantes dudan que funcione. Eso es importante notar.
¿Qué dice Bostrom sobre todo esto?
Bostrom es pragmático. Dice que no le corresponde decidir cómo se usa el idioma inglés, y que incluso le beneficia porque vende más libros. Pero reconoce que el argumento retórico es inteligente.
Bostrom también señala el problema lógico: si llamas "superinteligencia" a lo que ya existe, entonces necesitas un término nuevo para la cosa realmente peligrosa que viene después. Trump no resuelve el problema, solo lo desplaza.
¿Esto es simplemente un cambio de marca o es algo más preocupante?
Es control narrativo. Trump está usando el poder presidencial para reescribir cómo hablamos sobre una tecnología que asusta a la gente. Es lo mismo que ha hecho con otros temas.
Pero aquí hay una diferencia: con "noticias falsas" o "cambio climático", Trump estaba compitiendo contra otros narradores. Aquí está usando el poder del gobierno federal para cambiar documentos oficiales. Eso es más coercitivo.
Il Polso
- Trump firmó un decreto que obliga a toda la administración federal a abandonar el término 'inteligencia artificial' y adoptar 'superinteligencia', bajo amenaza de considerar 'enemigos' a quienes desobedezcan.
- La presión pública contra los centros de datos de IA era tan intensa que el presidente decidió que cambiar el nombre era más viable que cambiar la política.
- Mientras Zuckerberg abraza el nuevo término y Musk anuncia renombrar su empresa, Sam Altman de OpenAI advierte que el público seguirá usando 'IA' sin importar lo que diga la Casa Blanca.
- El filósofo Nick Bostrom señala que 'superinteligencia' es un concepto técnicamente distinto y más extremo que 'inteligencia artificial', lo que hace que llamar así a un filtro de spam resulte, en sus palabras, un poco exagerado.
- El cambio semántico avanza en documentos y sitios web oficiales, pero enfrenta el escepticismo de expertos y la inercia del lenguaje cotidiano, dejando incierto si la retórica presidencial puede vencer al uso popular.
En el otoño de 2026, el presidente Trump firmó un decreto para sustituir el término 'inteligencia artificial' por 'superinteligencia' en el vocabulario oficial del gobierno federal, buscando reencuadrar una tecnología que genera desconfianza ciudadana. La maniobra revela una convicción antigua y persistente en la política: que quien controla el lenguaje puede controlar la percepción de la realidad. Sin embargo, entre académicos que distinguen conceptos y líderes tecnológicos que dudan del efecto, la pregunta que queda flotando es si las palabras, por sí solas, pueden transformar el miedo en aceptación.
A finales de septiembre de 2026, Trump firmó un decreto que ordenaba a toda la maquinaria federal reemplazar 'inteligencia artificial' por 'superinteligencia'. La motivación era directa: las encuestas mostraban un rechazo generalizado a los grandes centros de datos de IA que el país necesitaba construir, y el presidente apostó por su herramienta favorita —el lenguaje— para cambiar esa percepción. En la ONU explicó su lógica: la palabra 'artificial' hacía que la inteligencia sonara falsa, cuando en realidad era extraordinaria.
La respuesta institucional fue veloz. Los secretarios del gabinete adoptaron el término de inmediato, los sitios web oficiales fueron actualizados y Elon Musk anunció el renombre de su empresa, aunque sin concretarlo. En un mitin en Nebraska, Trump reservó la palabra 'artificial' para describir a los medios de comunicación, y días después advirtió en redes que quienes siguieran usando 'inteligencia artificial' serían considerados por su Casa Blanca como 'el enemigo'.
Pero el consenso tecnológico era más matizado. Mark Zuckerberg ya usaba 'superinteligencia' en sus escritos sobre sistemas avanzados. Sam Altman, en cambio, fue escéptico: dudó de que el cambio de marca lograra su objetivo y predijo que el público ignoraría la nueva terminología. El filósofo Nick Bostrom añadió una capa conceptual: 'superinteligencia' designa algo radicalmente distinto de la IA general —una inteligencia que supera a los humanos en todos los dominios cognitivos—, por lo que aplicar ese término a un filtro de spam resultaba, en sus palabras, algo exagerado.
Bostrom también reconoció la astucia retórica de la maniobra: si la superinteligencia ya existe y no ha causado ninguna catástrofe, ¿cuál es el problema? Trump, maestro de la repetición, intentaba hacer con la IA lo que había hecho con otras narrativas políticas: imponer un marco mediante la autoridad presidencial y la lealtad de sus aliados. Si el cambio funcionaba, sería porque 'superinteligencia' suena menos amenazante. Si no, al menos habría ejercido el poder que siempre consideró más absoluto en la presidencia: el poder de cambiar cómo hablamos sobre las cosas.
A finales de septiembre, el presidente Trump firmó un decreto que desencadenó una transformación lingüística en toda la administración federal. No se trataba de renombrar un edificio o una base militar, sino de algo más ambicioso: reescribir cómo Estados Unidos habla sobre la tecnología que más desconfianza genera entre sus ciudadanos. El término "inteligencia artificial" debería desaparecer del vocabulario oficial. En su lugar: "superinteligencia".
La motivación era transparente. Trump había fracasado en convencer a los estadounidenses de que aceptaran los enormes centros de datos de IA que el país necesitaba construir. Las encuestas mostraban rechazo público generalizado. Así que el presidente optó por lo que consideraba su verdadero poder: cambiar la narrativa. En septiembre, durante su intervención ante líderes mundiales en las Naciones Unidas, explicó su razonamiento: la palabra "artificial" hacía que la inteligencia pareciera falsa, que sonara falsa. Pero no era falsa, insistió. Era extraordinaria. Era superinteligencia.
La maquinaria gubernamental respondió con rapidez. Los secretarios del gabinete adoptaron el nuevo término de inmediato. Los sitios web oficiales fueron modificados. Elon Musk anunció en X que cambiaría el nombre de su compañía de SpaceXAI a SpaceXSI, aunque ese cambio aún no se ha materializado. Trump, por su parte, comenzó a rechazar preguntas que utilizaran la terminología antigua. En un mitin en Nebraska, les dijo a sus seguidores que a partir de ese momento reutilizaría la palabra "artificial" —que él describía como "fea"— exclusivamente para referirse a los medios de comunicación. El jueves siguiente, escribió en redes sociales que cualquiera que continuara usando "inteligencia artificial" en lugar de "superinteligencia" sería considerado por su Casa Blanca como "¡EL ENEMIGO!".
Lo que podría parecer una excentricidad presidencial reveló algo más profundo: el alcance del poder ejecutivo para moldear el lenguaje oficial, y la disposición de la burocracia federal a seguir ese moldeamiento. Pero también expuso una brecha entre lo que Trump buscaba lograr y lo que los líderes tecnológicos realmente creían. Mark Zuckerberg, CEO de Meta, llevaba tiempo usando el término "superinteligencia" en sus escritos sobre IA, viéndolo como una forma de describir sistemas más avanzados. En agosto había publicado un documento de 6.000 palabras donde defendía el enfoque de Meta hacia esta tecnología. Sin embargo, Sam Altman, CEO de OpenAI, fue más escéptico. En una entrevista en el podcast "Decoded" de Politico, Altman aclaró que su empresa no tenía planes de cambiar de nombre. Más importante aún, cuestionó si el cambio de marca de Trump lograría su objetivo. "¿Acaso la superinteligencia no suena mucho menos aterradora para la gente que la inteligencia artificial?", se preguntó retóricamente. Luego predijo que el público seguiría usando el término antiguo, sin importar lo que dijera el presidente.
La realidad académica complicaba aún más el asunto. El término "inteligencia artificial" tiene raíces que se remontan a 1956, cuando un grupo de profesores de Dartmouth celebró una conferencia de verano basada en la premisa de que cualquier aspecto del aprendizaje podría describirse con precisión suficiente para que una máquina lo simulara. "Superinteligencia", por contraste, representa un concepto distinto: la noción de una inteligencia que no solo iguala sino que supera radicalmente a los humanos en todos los dominios cognitivos. Nick Bostrom, filósofo de Oxford que ha escrito extensamente sobre el tema, incluyendo su libro de 2014 "Superinteligencia: caminos, peligros, estrategias", definió el término en 1997 como "un intelecto mucho más brillante que los mejores cerebros humanos en prácticamente todos los ámbitos, incluyendo la creatividad científica, la sabiduría general y las habilidades sociales".
Cuando se le preguntó sobre el cambio de imagen de Trump, Bostrom señaló que técnicamente, la IA siempre ha sido un término general que abarca todo, desde búsquedas de Google y filtros de correo no deseado hasta los sistemas actuales y futuras formas más potentes. "Si la idea es usar el nuevo término superinteligencia para abarcar todo eso, quizás sea un poco exagerado llamar superinteligencia a mi filtro de spam", comentó con cierta ironía. Pero Bostrom también reconoció el argumento retórico detrás de la estrategia de Trump: es más difícil argumentar en contra de la superinteligencia que de la inteligencia artificial. Si defines la superinteligencia como algo que ya existe y que aún no ha causado ninguna catástrofe, ¿cuál es el problema? Entonces tendrías que inventar un término nuevo para la hipotética capacidad futura aún más poderosa que realmente asusta a los críticos.
Trump conoce bien el poder de la repetición. Rara vez habla en público sin reiterar los mismos argumentos sobre noticias "falsas", demócratas de la "izquierda radical" o lo extraordinaria que ha sido su gestión, independientemente de los hechos. En la ONU, incluso comparó su cambio de marca con la evolución del término "calentamiento global" a "cambio climático", una analogía que no resistía el escrutinio. Lo que quedaba claro era que Trump estaba intentando controlar la narrativa de la IA de la misma manera que había controlado otras narrativas políticas: a través de la repetición, la autoridad presidencial y la disposición de sus aliados a seguir su dirección. Si el cambio de nombre funcionaba, podría ser porque la superinteligencia suena menos amenazante que la inteligencia artificial. Si no funcionaba, al menos Trump habría intentado ejercer el único poder que realmente creía absoluto en la presidencia: el poder de cambiar cómo hablamos sobre las cosas.
Citazioni salienti
La palabra 'artificial' hace que la inteligencia parezca falsa, hace que suene falsa. Pero no es falso; es increíble.— Donald Trump, ante líderes mundiales en las Naciones Unidas
¿Acaso la superinteligencia no suena mucho menos aterradora para la gente que la inteligencia artificial? El tiempo lo dirá.— Sam Altman, CEO de OpenAI
Si la idea es usar el nuevo término superinteligencia para abarcar todo eso, quizás sea un poco exagerado llamar superinteligencia a mi filtro de spam.— Nick Bostrom, filósofo de Oxford