A finales de septiembre, el presidente Trump firmó un decreto para sustituir el término 'inteligencia artificial' por 'superinteligencia' en todos los documentos y sitios web del gobierno federal, argumentando que la palabra 'artificial' desacredita la tecnología antes de que el público pueda valorarla. Este gesto, aparentemente semántico, revela una estrategia más profunda: quien controla el lenguaje aspira a controlar la percepción, y en un momento en que los centros de datos de IA generan rechazo popular, Trump apuesta por el poder redentor de un nuevo nombre. La historia nos recuerda que l
Trump intenta reemplazar 'inteligencia artificial' por 'superinteligencia' para cambiar la opinión pública
Es más difícil argumentar en contra de la superinteligencia que de la inteligencia artificial
¿Por qué Trump cree que cambiar una palabra va a cambiar lo que la gente piensa sobre la IA?
Porque ha visto funcionar antes. Repite algo lo suficiente —"noticias falsas", "izquierda radical"— y se convierte en parte del lenguaje. Piensa que si la gente deja de escuchar "artificial", dejarán de pensar que es falsa.
Pero ¿hay evidencia de que esto esté funcionando? ¿Cambió alguien su opinión sobre los centros de datos porque Trump cambió una palabra?
No, no la hay. Altman mismo cuestionó si el rebranding lograría cambiar la opinión pública. Es un experimento que está en curso.
¿Qué dicen los académicos sobre si "superinteligencia" es realmente un término mejor?
Bostrom dice que técnicamente superinteligencia significa algo diferente: una forma hipotética futura de IA que superaría a los humanos en todos los dominios. Aplicarlo a lo que existe ahora es impreciso.
Entonces Trump está usando un término técnico de manera imprecisa para cambiar la narrativa. ¿Eso es lo que está pasando?
Exactamente. Y Bostrom lo entiende. Dijo que es más difícil argumentar en contra de la superinteligencia que de la inteligencia artificial, así que desde una perspectiva retórica, funciona.
¿Qué hicieron los líderes empresariales? ¿Se alinearon con Trump?
Parcialmente. Musk dijo que cambiaría SpaceXAI a SpaceXSI, pero aún no lo ha hecho. Zuckerberg ya usaba "superinteligencia" en sus escritos sobre IA. Altman fue claro: OpenAI no va a cambiar su nombre.
Así que no hay un movimiento unificado. Es Trump presionando, algunos líderes respondiendo parcialmente, y otros ignorándolo.
Correcto. Y eso sugiere que el cambio de imagen podría no tener el impacto que Trump espera.
The Pulse
- Trump firmó un decreto presidencial que obliga a toda la maquinaria federal a abandonar el término 'inteligencia artificial' y adoptar 'superinteligencia', amenazando con considerar 'enemigos' a quienes se resistan.
- La medida llega en un momento de baja popularidad de los centros de datos de IA entre los estadounidenses, lo que convierte el rebranding en una maniobra política tanto como lingüística.
- Figuras como Elon Musk y Mark Zuckerberg han mostrado alineación parcial con el cambio, mientras que Sam Altman advierte que el público probablemente seguirá usando 'IA' sin importar el decreto.
- Académicos como el filósofo Nick Bostrom señalan que 'superinteligencia' ya tiene un significado técnico preciso —un intelecto hipotético aún inexistente— y que aplicarlo al filtro de spam actual resulta, cuanto menos, exagerado.
- La batalla se asienta en una paradoja: si 'superinteligencia' pasa a describir lo que ya tenemos y no ha causado catástrofe, se vuelve más difícil argumentar en su contra, pero también se vacía de su peso conceptual original.
A finales de septiembre, el presidente Trump firmó un decreto para sustituir el término 'inteligencia artificial' por 'superinteligencia' en todos los documentos y sitios web del gobierno federal, argumentando que la palabra 'artificial' desacredita la tecnología antes de que el público pueda valorarla. Este gesto, aparentemente semántico, revela una estrategia más profunda: quien controla el lenguaje aspira a controlar la percepción, y en un momento en que los centros de datos de IA generan rechazo popular, Trump apuesta por el poder redentor de un nuevo nombre. La historia nos recuerda que las palabras moldean realidades, aunque también nos advierte que la realidad suele resistirse a los decretos.
A finales de septiembre, Trump firmó un decreto que transformó el vocabulario oficial de la administración federal: 'inteligencia artificial' debía ceder su lugar a 'superinteligencia' en documentos, sitios web y comunicaciones gubernamentales. El argumento presidencial era sencillo pero calculado: la palabra 'artificial' hace sonar falsa a la tecnología, la desacredita antes de que el ciudadano pueda formarse una opinión. En un mitin en Nebraska fue más contundente, calificó 'artificial' de palabra fea y prometió reservarla para referirse a los medios de comunicación. Días después, publicó en redes que quien siguiera usando el término antiguo sería considerado un enemigo de su Casa Blanca.
La respuesta del ecosistema tecnológico fue mixta. Elon Musk anunció intenciones de renombrar su división de IA, aunque el cambio no se ha concretado. Mark Zuckerberg ya venía usando el término 'superinteligencia' en sus comunicaciones sobre el futuro de Meta. Sam Altman, en cambio, fue más escéptico: reconoció que el sector lleva años usando el término, pero dudó de que el rebranding presidencial lograra calar en el lenguaje cotidiano.
El problema de fondo es técnico y filosófico a la vez. Nick Bostrom, el filósofo de Oxford que definió 'superinteligencia' en 1997, recuerda que el término designa un intelecto hipotético que supera a los mejores cerebros humanos en todos los ámbitos —algo que aún no existe. Aplicarlo al filtro de spam de un correo electrónico, señaló con ironía, es cuanto menos generoso. Altman formuló la pregunta que subyace a toda la maniobra: ¿no suena 'superinteligencia' mucho menos amenazante que 'inteligencia artificial'? Bostrom comprendió la lógica retórica: si redefinimos el término para abarcar lo que ya tenemos y no ha causado desastre, el debate sobre sus riesgos futuros queda huérfano de vocabulario.
Lo que está en juego es el control de la narrativa en un país donde los centros de datos de IA generan un rechazo creciente. Trump, que se ha declarado gran defensor de la tecnología y ha argumentado que el único mecanismo de protección que necesita la IA es un 'presidente fuerte e inteligente', confía en el poder de la repetición para anclar nuevos términos en la conciencia pública. Si la historia del lenguaje político enseña algo, es que los nombres importan —pero también que la realidad, y el ciudadano, suelen tener la última palabra.
A finales de septiembre, el presidente Trump firmó un decreto que desencadenó una transformación lingüística sin precedentes en la administración federal. Los documentos oficiales comenzaron a cambiar. Los sitios web del gobierno se actualizaron. Los secretarios del gabinete adoptaron inmediatamente la nueva terminología. El cambio era simple en la superficie pero revelador en su intención: reemplazar "inteligencia artificial" por "superinteligencia" en todo el aparato estatal.
Trump había presentado esta estrategia semanas antes ante líderes mundiales en las Naciones Unidas, argumentando que la palabra "artificial" hacía que la tecnología sonara falsa, que la desacreditaba antes de que la gente tuviera oportunidad de considerarla. En un mitin de campaña en Nebraska, fue más directo: llamó a "artificial" una palabra fea y anunció que la reutilizaría exclusivamente para referirse a los medios de comunicación. El jueves siguiente, publicó en redes sociales que cualquiera que continuara usando "inteligencia artificial" en lugar de "superinteligencia" sería considerado por su Casa Blanca como "¡EL ENEMIGO!".
Lo que podría parecer una divagación mental típica de Trump —el tipo de capricho retórico que ha caracterizado su presidencia— resultó ser algo más sistemático. La infraestructura del gobierno federal respondió. Elon Musk anunció que cambiaría el nombre de su compañía de SpaceXAI a SpaceXSI, aunque ese cambio particular aún no se ha materializado. Mark Zuckerberg, quien lleva tiempo defendiendo la IA como una forma de superinteligencia, publicó un documento de 6.000 palabras en agosto sobre el enfoque de Meta, refiriéndose consistentemente a la promesa de la superinteligencia cuando hablaba del futuro. Sam Altman, CEO de OpenAI, fue más cauteloso: declaró que no había planes de cambiar el nombre de su empresa, pero reconoció que el sector ha utilizado el término superinteligencia durante años.
Pero aquí está el problema técnico que los académicos no pueden ignorar. Nick Bostrom, el filósofo de Oxford que ha escrito extensamente sobre superinteligencia, señaló que el término tiene un significado específico y distinto. En su definición de 1997, superinteligencia se refiere a un intelecto mucho más brillante que los mejores cerebros humanos en prácticamente todos los ámbitos. Es el siguiente paso teórico después de la inteligencia artificial general, algo que aún no existe. Cuando Bostrom fue consultado sobre el cambio de imagen de Trump, observó que "inteligencia artificial" ha sido tradicionalmente un término general que abarca todo, desde las búsquedas de Google y los filtros de correo no deseado hasta las actuales generaciones de IA. "Si la idea es usar el nuevo término superinteligencia para abarcar todo eso, quizás sea un poco exagerado llamar superinteligencia a mi filtro de spam", dijo a CNN.
Altman se hizo una pregunta retórica que captura la tensión central: "¿Acaso la superinteligencia no suena mucho menos aterradora para la gente que la inteligencia artificial?". Predijo que la gente seguiría usando el término IA y cuestionó si el rebranding de Trump lograría su objetivo. Bostrom, sin embargo, comprendió el argumento retórico. Es más difícil argumentar en contra de la superinteligencia que de la inteligencia artificial. Si defines superinteligencia como algo que ya tenemos y que aún no ha causado catástrofe, entonces ¿cuál es el problema? Tendrías que inventar un nuevo término para la hipotética capacidad futura aún más poderosa.
Lo que está sucediendo aquí es una batalla por la narrativa en un momento en que los centros de datos de IA son profundamente impopulares entre los estadounidenses. Trump es un gran defensor de la inteligencia artificial, pero sabe que la opinión pública se resiste. Ha demostrado repetidamente que los presidentes tienen poder para cambiar nombres —aunque no siempre con precisión histórica. En la ONU, comparó su cambio de imagen con la evolución del "calentamiento global" al "cambio climático", sugiriendo que el planeta se estaba enfriando. Eso no es exactamente lo que sucedió.
Trump también escribió en septiembre que el único control o mecanismo de protección que necesita la IA es un "PRESIDENTE FUERTE E INTELIGENTE (¡con un alto coeficiente intelectual!)", argumentando en contra de cualquier regulación. Lo que está claro es que Trump entiende el poder de la repetición, de anclar términos en la conciencia pública hasta que se arraiguen. El tiempo dirá si "superinteligencia" logra lo que él espera, o si los estadounidenses seguirán llamando a la tecnología por su nombre original, indiferentes al decreto presidencial.
Notable Quotes
El uso de la palabra 'artificial' hace que la inteligencia parezca falsa, hace que suene falsa— Donald Trump, ante líderes mundiales en las Naciones Unidas
Si la idea es usar el nuevo término superinteligencia para abarcar todo eso, quizás sea un poco exagerado llamar superinteligencia a mi filtro de spam— Nick Bostrom, filósofo de Oxford