Ochenta y cinco años después de que Roosevelt y Churchill trazaran los principios del orden liberal en el Atlántico, Estados Unidos ha optado por desmantelarlo. Bajo el segundo mandato de Donald Trump, Washington abandona el multilateralismo y los compromisos democráticos para abrazar una estrategia soberanista centrada en el control de recursos hemisféricos y la rivalidad geoeconómica. Lo que emerge no es un vacío, sino un mundo que recuerda inquietantemente a la primera globalización —aquella que terminó en 1914— donde las grandes potencias compiten por geografía y recursos sin árbitros inst
Trump: del orden liberal al caos geoeconómico
Un mundo desglobalizado, menos seguro, más inestable
¿Por qué importa que Trump haya roto con la Carta del Atlántico? ¿No es solo historia antigua?
Porque esa carta estableció el marco que ha mantenido la paz relativa entre potencias durante ochenta años. Sin ese compromiso compartido con instituciones y valores democráticos, los países ya no tienen razones para permanecer unidos.
Pero espera. ¿Cuánto de eso era real? ¿Estados Unidos realmente priorizaba la democracia en el Golfo Pérsico, en América Latina, en Asia?
Tienes razón. Había hipocresía. Pero la hipocresía requería al menos un marco de referencia. Ahora ese marco se ha desechado completamente.
¿Qué significa eso para países como Indonesia o los europeos?
Significa que buscarán alianzas donde encuentren poder y recursos. Si China ofrece tecnología militar sin condiciones morales, ¿por qué no aceptarla?
El artículo dice que China y Rusia "apenas han manifestado interés público" en Venezuela o Groenlandia. ¿Eso significa que no les importa, o que están siendo estratégicamente silenciosos?
Probablemente lo segundo. Se benefician del caos sin necesidad de actuar. Estados Unidos hace el trabajo sucio.
¿Y la economía? ¿Cómo cambia si Estados Unidos produce más petróleo que Arabia Saudí?
Significa que la energía ya no es un arma de otros contra nosotros. Pero también significa que no hay incentivo para la transición energética. El futuro es más petróleo, más carbono, más poder corporativo.
El artículo menciona que OpenAI recibe capital de Arabia Saudí y Catar. ¿Eso es una alianza geopolítica o simplemente dinero buscando retorno?
Probablemente ambas cosas. El dinero nunca es solo dinero cuando viene de estados extranjeros.
¿Qué pasa con la popularidad de Trump por debajo del 40 por ciento? ¿Eso limita su poder?
No parece. Ha expandido los poderes presidenciales de formas que ningún presidente anterior se atrevió a hacer. La popularidad no es lo que importa cuando tienes autoridad de emergencia.
Pero ¿cuánto tiempo puede durar eso? ¿Qué pasa cuando la gente se da cuenta de que los aranceles suben los precios?
Esa es la pregunta que nadie puede responder todavía.
O Pulso
- Trump ha firmado 225 órdenes ejecutivas en su segundo mandato, expandiendo el poder presidencial a velocidad deliberada mientras su popularidad se hunde por debajo del 40 por ciento.
- Los aranceles, los recortes administrativos y la crisis de vivienda erosionan el mensaje de asequibilidad que lo llevó al poder, y las fracturas dentro de su propio movimiento —entre Vance y Rubio— se hacen cada vez más visibles.
- La nueva Estrategia de Seguridad Nacional codifica un intervencionismo hemisférico sin límites morales externos: bombardeos en Yemen, Siria, Irán y Somalia, y la captura de Venezuela como anticipo de un control regional de recursos.
- Sin el ancla de los compromisos democráticos, países medianos como Indonesia pivotan hacia China, Europa se siente atraída por Pekín, y el mapa de alianzas globales se vuelve fluido e impredecible.
- El orden que emerge —mercantilismo industrial, privatización del conocimiento, guerras culturales institucionales— se asemeja más a 1870 que a 1945: menos seguro, más inestable, sin arquitectura multilateral que absorba los choques.
Ochenta y cinco años después de que Roosevelt y Churchill trazaran los principios del orden liberal en el Atlántico, Estados Unidos ha optado por desmantelarlo. Bajo el segundo mandato de Donald Trump, Washington abandona el multilateralismo y los compromisos democráticos para abrazar una estrategia soberanista centrada en el control de recursos hemisféricos y la rivalidad geoeconómica. Lo que emerge no es un vacío, sino un mundo que recuerda inquietantemente a la primera globalización —aquella que terminó en 1914— donde las grandes potencias compiten por geografía y recursos sin árbitros institucionales que contengan la fricción.
Cuando Roosevelt y Churchill firmaron la Carta del Atlántico en 1941, establecieron los cimientos de un orden internacional que prometía seguridad colectiva y libertad compartida. Ese orden ha llegado a su fin. El segundo mandato de Trump no representa una corrección dentro del sistema, sino una ruptura deliberada con él.
En poco más de un año, el presidente ha firmado 225 órdenes ejecutivas —más que en su primer mandato— e invocado poderes de emergencia para aranceles, control fronterizo, energía y el despliegue de fuerzas federales en ciudades estadounidenses. Actúa con velocidad consciente de que el tiempo es escaso. Sin embargo, su popularidad no supera el 40 por ciento: los recortes, el alza de precios y la crisis de vivienda han desgastado el mensaje que lo llevó a la Casa Blanca, y las tensiones entre Vance y Rubio revelan fracturas internas.
En política exterior, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional ha codificado lo que algunos llaman el Corolario Trump: poder duro sin compromisos democráticos ni de derechos humanos. Estados Unidos ha bombardeado Yemen, Siria, Irán, Nigeria y Somalia, pero evita el despliegue terrestre. El hemisferio occidental —de Groenlandia a la Patagonia— es concebido como un corredor de recursos que garantiza seguridad material estadounidense. Esta lógica desplaza el interés en los conflictos Este-Oeste y abre espacio para que países medianos cambien de bando: Indonesia adquiere tecnología militar china, Europa mira hacia Pekín.
En lo económico, la fusión entre energía, tecnología y seguridad es ya explícita. Estados Unidos produce 14 millones de barriles diarios, aprueba minirreactores nucleares y privatiza el futuro científico a través de proyectos como Stargate. Las guerras culturales completan el cuadro: museos revisados, universidades presionadas, un Arco del Triunfo anunciado en Washington, el Departamento de Defensa renombrado como Departamento de Guerra.
El mundo que emerge recuerda a la primera globalización, entre 1870 y 1914: grandes potencias compitiendo por recursos y geografía, instituciones multilaterales debilitadas, nacionalismo reaccionario. No es una visión para la próxima década; es una adaptación a un mundo que ya dejó atrás la globalización y entró en la era de la rivalidad geoeconómica.
Hace ochenta y cinco años, Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill firmaron la Carta del Atlántico en agosto de 1941. El documento establecía principios compartidos entre dos potencias: solidaridad política, mecanismos de seguridad colectiva, libertad sin miedo. Esos compromisos sentaron las bases de un orden internacional liberal que perduró durante generaciones. Hoy, ese orden se ha desmoronado.
Estados Unidos ha abandonado su rol de líder global y se ha replegado hacia su propio hemisferio. Lo que emerge en su lugar es una estrategia radicalmente distinta: soberanista, dura, sin compromisos con la democracia o los derechos humanos. El segundo mandato de Donald Trump representa una ruptura fundamental con el sistema que Washington ayudó a construir después de la Segunda Guerra Mundial. En poco más de un año, el presidente ha firmado 225 órdenes ejecutivas —más que en su primer mandato— y ha visitado 13 países. Actúa con velocidad deliberada, consciente de que el tiempo es un recurso escaso. Ha expandido los poderes presidenciales de manera sin precedentes, invocando autoridades de emergencia para casi todo: aranceles, control de fronteras, lucha contra el narcotráfico, reformas energéticas, despliegue de la Guardia Federal en ciudades estadounidenses.
Pese a esta actividad frenética, la popularidad del presidente se estanca por debajo del 40 por ciento. Los recortes administrativos, el aumento de precios vinculado a los aranceles y la crisis de vivienda han erosionado el mensaje de asequibilidad que lo llevó a la Casa Blanca. Dentro de su propio movimiento político, las fracturas son visibles: el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Estado Marco Rubio representan facciones en competencia. Las acciones violentas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, los ataques a la independencia de la Reserva Federal y el despliegue de fuerzas federales en ciudades han generado perplejidad incluso entre sus aliados.
En política exterior, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional ha codificado lo que algunos llaman el Corolario Trump: una estrategia ofensiva de poder duro sin límites más allá de la propia moral presidencial. Estados Unidos ha bombardeado Yemen, Siria, Irán, Nigeria y Somalia, pero se resiste a desplegar tropas terrestres. La coerción es aérea y económica. La captura de Venezuela anticipa una era de intervencionismo regional centrado en el control de recursos. El hemisferio occidental —desde Groenlandia hasta la Patagonia— es concebido como un corredor geográfico que produce seguridad material estadounidense: energía, cadenas de suministro, mercados de consumo. Esta lógica ha desplazado el interés en los conflictos del eje Este-Oeste: China-Taiwán, Rusia-Unión Europea. El futuro de Oriente Medio permanece en la incertidumbre.
Sin un compromiso explícito con la democracia o los derechos humanos, la política exterior estadounidense ha abierto espacio para que países medianos y pequeños cambien de bando con mayor frecuencia. Indonesia ha anunciado la adquisición de tecnología militar china. Los europeos se sienten atraídos por la potencia asiática. China y Rusia apenas han manifestado interés público en Venezuela o Groenlandia, pero se benefician de las esferas de influencia que emergen. La pregunta sin respuesta es dónde queda India en este nuevo reparto.
En el plano económico, la fusión entre política energética, tecnología, comercio y seguridad es ahora explícita. Estados Unidos produce aproximadamente 14 millones de barriles de petróleo diarios —más que Arabia Saudí y Rusia, casi lo mismo que Rusia, Irán y China combinados. Se ha aprobado la construcción de nuevos minirreactores nucleares. No habrá descarbonización ni transición energética genuina en una economía orientada hacia servicios digitales e inteligencia artificial. El capitalismo patriótico recupera el mercantilismo industrial. El Stargate Project, impulsado por OpenAI, cuenta con inversión privada y capital de Arabia Saudí y Catar. La desregulación de criptomonedas avanza en la misma dirección. El futuro, la ciencia y el conocimiento se privatizan, limitando la competencia.
Las guerras culturales han creado un marco para redefinir qué significa ser estadounidense. Los museos del Smithsonian Institute reciben órdenes de revisar sus narrativas. Las universidades eliminan oficinas y programas de Diversidad, Equidad e Inclusión para no perder financiación federal. Se anuncia la construcción de un Arco del Triunfo en el Mall de Washington para conmemorar el 250 aniversario de la República. El Golfo de América ha sido renombrado. El Departamento de Defensa se llama ahora Departamento de Guerra. El Kennedy Center lleva el nombre de Trump.
El nuevo orden que emerge se parece notablemente a la primera globalización, entre 1870 y 1914: una competencia entre grandes potencias por recursos y geografía, instituciones multilaterales debilitadas, nacionalismo reaccionario, coerción y guerra como mecanismos de resolución de conflictos. Es un mundo desglobalizado, menos seguro, más inestable. No es una estrategia para pensar la próxima década, sino una respuesta para adaptar Estados Unidos a un mundo que ha dejado atrás la globalización y ha entrado en la era de la rivalidad geoeconómica.
Citações Notáveis
Una auténtica revolución cultural, política y filosófica— Caracterización del segundo mandato de Trump
Una estrategia ofensiva de poder duro sin más límite que su propia moralidad— Descripción de la Estrategia de Seguridad Nacional