Trump amenaza la soberanía de Groenlandia mientras sus habitantes temen perder sus hogares

Residentes de Narsarsuaq enfrentan desalojo potencial y pérdida de hogares; precedente histórico de 1953 cuando decenas de familias inuit fueron reubicadas forzosamente 130 kilómetros de sus tierras.
El interés de Trump por controlar la gigantesca isla danesa y explotar sus recu…
El Museo de Narsarsuaq ya no tiene un horario fijo. Desde que el aeropuerto cerró en primavera, apenas llegan visitante…
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La sombra de Estados Unidos se alarga sobre el sur de Groenlandia: “Vamos a perder nuestras casas”.

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El interés de Trump por controlar la gigantesca isla danesa y explotar sus recursos naturales inquieta a la población

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  • Trump reaviva sus ambiciones sobre Groenlandia y negocia tres nuevas bases militares, argumentando la necesidad de vigilar submarinos rusos y frenar la expansión china en el Ártico.
  • Comunidades como Narsarsuaq, ya debilitadas por el cierre de su aeropuerto y la despoblación progresiva, enfrentan ahora el fantasma de desalojos forzosos que recuerdan dolorosamente al trauma de 1953.
  • El precedente histórico pesa: hace más de setenta años, decenas de familias inuit fueron reubicadas 130 kilómetros de sus tierras sin consentimiento, y ese recuerdo define hoy el miedo colectivo.
  • La Unión Europea intenta contrarrestar la presión estadounidense duplicando su inversión en la isla hasta 500 millones de euros, convirtiendo Groenlandia en campo de disputa entre bloques.
  • Los groenlandeses exigen el derecho a decidir sobre sus propios recursos naturales, resistiendo ser reducidos a peones en una partida geopolítica que otros diseñan desde capitales lejanas.

En el extremo sur de Groenlandia, donde los museos ya no tienen horario fijo y los aeropuertos han cerrado sus puertas, la ambición geopolítica de Washington vuelve a posarse sobre comunidades que conocen bien el peso de las decisiones tomadas desde lejos. La administración Trump negocia nuevas bases militares en la isla invocando la amenaza rusa y la influencia china en el Ártico, mientras los habitantes de pueblos como Narsarsuaq recuerdan 1953 —cuando familias inuit fueron desplazadas 130 kilómetros sin que nadie les preguntara— y temen que la historia se repita. Entre la presión estadounidense y la respuesta europea de 500 millones de euros, Groenlandia se convierte una vez más en tablero de ajedrez para potencias que raramente consultan a quienes viven sobre ese suelo.

El Museo de Narsarsuaq ya no abre a horas fijas. Desde que el aeropuerto cerró en primavera, los visitantes casi han desaparecido de este rincón remoto del sur de Groenlandia. Pero lo que inquieta a sus habitantes no es solo el silencio del turismo: es la sombra que proyecta Washington sobre su futuro.

La administración Trump ha retomado con renovada energía su interés por controlar Groenlandia, negociando la instalación de tres nuevas bases militares bajo el argumento de la vigilancia de submarinos rusos y la contención de la influencia china en el Ártico. Para las grandes potencias, la isla es un activo estratégico irremplazable. Para quienes viven en ella, es simplemente su hogar.

Ese contraste es el que aterra a los residentes de Narsarsuaq. La memoria colectiva guarda con nitidez lo ocurrido en 1953, cuando decenas de familias inuit fueron desplazadas por la fuerza 130 kilómetros de sus tierras para dar paso a intereses militares. Nadie les preguntó. Nadie los compensó de verdad. Y hoy, ante cada nuevo rumor de negociaciones, esa herida vuelve a abrirse.

Mientras tanto, la Unión Europea intenta posicionarse como alternativa, duplicando su inversión en la isla hasta 500 millones de euros para contrarrestar la influencia estadounidense. Groenlandia se convierte así en escenario de una disputa entre bloques que, paradójicamente, comparten el mismo punto ciego: la voluntad de quienes habitan ese territorio. Los groenlandeses insisten en su derecho a decidir sobre la explotación de sus propios recursos naturales, negándose a ser moneda de cambio en negociaciones que se cierran sin ellos.

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El Museo de Narsarsuaq ya no tiene un horario fijo. Desde que el aeropuerto cerró en primavera, apenas llegan visitantes a esta remota localidad del sur de Groenlandia. No obstante, si alguien pregunta por la casa de Ole Guldager y se acer…

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