En el invierno austral de 2022, Argentina enfrentaba una paradoja silenciosa: un país que había alcanzado una de las coberturas de vacunación primaria más altas del mundo veía cómo esa voluntad colectiva se disolvía ante los refuerzos. Mientras la subvariante BA.5 circulaba activamente, apenas el 57% de los adultos había recibido una dosis adicional, y entre los jóvenes la cifra caía aún más. La fatiga pandémica, la desinformación y la percepción de que el peligro había pasado conspiraban contra una protección que los datos científicos seguían considerando urgente.
Solo el 57,2% de adultos argentinos recibió refuerzo contra COVID-19 mientras circula Ómicron BA.5
La mortalidad en mayores de 60 sin refuerzo era 21 veces superior
¿Por qué crees que los jóvenes fueron los últimos en vacunarse con el esquema primario y ahora son aún más reacios a los refuerzos?
Porque el riesgo que perciben es bajo. Un adolescente que se contagia COVID-19 probablemente tenga síntomas leves o ninguno. Eso es cierto. Pero eso no significa que no pueda enfermarse gravemente o contagiar a otros. La percepción del riesgo y el riesgo real son cosas distintas.
Entonces, ¿la gente simplemente no entiende que los refuerzos funcionan?
No es solo eso. Hay mucha información contradictoria circulando. Algunos dicen que la vacuna no protege contra Ómicron porque se desarrolló antes. Otros tuvieron efectos secundarios con la segunda dosis y no quieren repetir. Y la verdad es que ya no hay campañas públicas como las que hubo al principio. El tema desapareció de los medios.
¿Qué significa que la mortalidad en mayores de 60 sin refuerzo sea 21 veces mayor?
Significa que si no te aplicas el refuerzo, tu riesgo de morir es exponencialmente más alto. No es un número abstracto. Son personas reales que mueren cuando podrían haber vivido. Y eso está sucediendo ahora, mientras hablamos.
¿Crees que la gente simplemente cree que la pandemia terminó?
Muchos lo creen. Y en cierto sentido, tienen razón: la pandemia ya no domina la vida cotidiana como antes. Pero el virus sigue circulando. BA.5 es más contagiosa que cualquier variante anterior. La diferencia es que ahora, si estás protegido, probablemente no mueras. Si no lo estás, el riesgo es real.
¿Qué hubiera pasado si los gobiernos hubieran mantenido las campañas de comunicación?
Probablemente la cobertura de refuerzos sería mucho más alta. La gente responde a lo que ve en los medios, a lo que escucha de las autoridades. Cuando desapareció la comunicación, desapareció también la urgencia. Y sin urgencia, la gente pospone.
O Pulso
- La cobertura de refuerzos se desplomó entre los jóvenes: solo 1 de cada 3 adolescentes se había vacunado, mientras el ritmo semanal de aplicación cayó de casi un millón de dosis a menos de 400.000 en apenas dos meses.
- Los mayores de 60 sin refuerzo morían a una tasa 21 veces superior a la de quienes sí lo habían recibido, convirtiendo la vacilación en una decisión con consecuencias letales concretas.
- La 'infodemia' y la desconfianza en la tecnología ARN mensajero alimentaban la resistencia, mientras muchas personas creían erróneamente que las vacunas originales ya no servían contra Ómicron.
- Un estudio publicado en Science confirmó que el refuerzo —independientemente del tipo de vacuna— generaba anticuerpos significativos contra todas las subvariantes, pero esa evidencia no lograba traducirse en acción pública.
- Con 409 pacientes semanales en terapia intensiva y BA.5 en expansión, los expertos advertían que la ventana para evitar una nueva ola grave seguía abierta, pero se cerraba con cada semana de inacción.
En el invierno austral de 2022, Argentina enfrentaba una paradoja silenciosa: un país que había alcanzado una de las coberturas de vacunación primaria más altas del mundo veía cómo esa voluntad colectiva se disolvía ante los refuerzos. Mientras la subvariante BA.5 circulaba activamente, apenas el 57% de los adultos había recibido una dosis adicional, y entre los jóvenes la cifra caía aún más. La fatiga pandémica, la desinformación y la percepción de que el peligro había pasado conspiraban contra una protección que los datos científicos seguían considerando urgente.
A mediados de julio de 2022, la subvariante Ómicron BA.5 avanzaba en Argentina mientras el país contemplaba una brecha inquietante en su campaña de vacunación. Aunque el 91,7% de los adultos había completado el esquema primario —ubicando al país entre los 25 mejores del mundo—, solo el 57,2% había recibido al menos un refuerzo. Entre los jóvenes de 25 a 29 años, esa cifra caía al 40%; entre adolescentes, al 33%. El ritmo de vacunación, que rozaba el millón de dosis semanales en mayo, se había reducido a menos de 400.000 para mediados de julio.
Los especialistas consultados coincidían en que el problema no era logístico sino cultural y comunicacional. El sociólogo Daniel Feierstein señalaba que la atención mediática sobre la pandemia había desaparecido casi por completo, arrastrando consigo las campañas públicas que habían impulsado el esquema inicial. Muchas personas creían que dos dosis eran suficientes, o que el COVID-19 ya no representaba una amenaza real. En sectores de clase media persistía además una desconfianza hacia la tecnología de ARN mensajero, pese a su probada seguridad.
Andrea Uboldi, de la Sociedad Argentina de Vacunología, apuntaba a la 'infodemia': la creencia extendida —y falsa— de que las vacunas desarrolladas antes de Ómicron ya no funcionaban contra las nuevas subvariantes. Un estudio publicado en Science ese mismo mes, con participación de voluntarios argentinos, demostraba lo contrario: el refuerzo generaba anticuerpos neutralizantes significativos contra BA.4 y BA.5, sin importar qué vacuna se hubiera recibido previamente.
Los datos de mortalidad subrayaban la gravedad de la situación. Entre los mayores de 60 años sin vacunación o con una sola dosis, la tasa de muertes era de 8,22 por cada 100.000 habitantes. Con esquema primario completo, bajaba a 1,21. Con al menos un refuerzo, se desplomaba a 0,38. La diferencia era de más de 21 veces. Con 409 pacientes en terapia intensiva como promedio semanal y BA.5 en expansión, los expertos advertían que la protección de los grupos vulnerables dependía de que más personas actuaran antes de que la ventana se cerrara.
A mediados de julio de 2022, mientras la subvariante Ómicron BA.5 ganaba terreno en Argentina y el mundo, apenas más de la mitad de los adultos argentinos había recibido una dosis de refuerzo contra el COVID-19. El Ministerio de Salud reportaba que el 57,2% de la población mayor de 18 años se había aplicado al menos un refuerzo, una cifra que contrastaba fuertemente con el 91,7% que había completado el esquema primario de dos dosis iniciado en diciembre de 2020.
La brecha se hacía aún más pronunciada entre los más jóvenes. Solo el 40% de los adultos jóvenes entre 25 y 29 años había recibido un refuerzo. En el grupo de 16 a 24 años, la cifra caía al 38%, y entre adolescentes apenas alcanzaba el 33%. Este patrón de vacilación en edades menores no era nuevo: los jóvenes también habían sido los más lentos en adoptar las dos primeras dosis cuando estuvieron disponibles, pero la diferencia ahora era más marcada. El ritmo de aplicación de vacunas había caído precipitadamente desde finales de mayo, cuando se administraban casi 968.000 dosis semanales. Para mediados de julio, esa cifra había descendido a poco más de 387.000 dosis por semana.
Los expertos consultados por Infobea señalaban que la explicación no era simple. Daniel Feierstein, sociólogo del Conicet, observaba que la percepción del peligro había disminuido notablemente. La atención mediática sobre la pandemia había desaparecido casi por completo, y con ella, las campañas públicas de comunicación que habían acompañado el lanzamiento del esquema primario. Muchas personas creían erróneamente que dos dosis eran suficientes, o que el COVID-19 ya no representaba una amenaza grave. Feierstein también señalaba que existía desconfianza en sectores de clase media hacia la tecnología de ARN mensajero, pese a su probada seguridad.
Andrea Uboldi, vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología, agregaba otro factor: la llamada "infodemia", el exceso de información verdadera y falsa que circulaba sobre la pandemia. Muchas personas creían incorrectamente que las vacunas desarrolladas antes de la aparición de Ómicron ya no funcionaban contra las nuevas subvariantes. Esa creencia era falsa. Los refuerzos seguían siendo efectivos para reducir hospitalizaciones y muertes por BA.4 y BA.5. Además, algunas personas habían experimentado efectos secundarios leves o moderados después de la segunda dosis y temían repetir esa experiencia.
Los números de mortalidad pintaban un cuadro alarmante. Entre mediados de junio y principios de julio, la tasa de muertes entre mayores de 60 años sin vacunación o con solo una dosis era de 8,22 por cada 100.000 habitantes. Entre quienes tenían el esquema primario completo, esa cifra bajaba a 1,21 por 100.000. Pero en los que habían recibido al menos un refuerzo, la mortalidad se desplomaba a 0,38 por 100.000 habitantes. La diferencia era dramática: los adultos mayores sin refuerzo tenían más de 21 veces más riesgo de morir que aquellos que lo habían recibido.
Iris Aguilar, jefa del programa de inmunizaciones de Mendoza, recordaba que algunos jóvenes simplemente habían decidido que la pandemia había terminado, aunque la realidad fuera distinta. Otros temían los efectos secundarios. Miguel Gallegos, investigador en psicología del Conicet, señalaba que muchas personas razonaban que si podían contagiarse incluso vacunadas, entonces el refuerzo era innecesario. Ese razonamiento ignoraba el propósito real de las vacunas: no prevenir el contagio, sino evitar que la enfermedad fuera grave.
Un estudio internacional publicado en Science en julio, que incluyó voluntarios argentinos, había demostrado que una dosis de refuerzo, independientemente del tipo de vacuna, generaba anticuerpos neutralizantes contra todas las subvariantes de Ómicron en niveles muy significativos. La evidencia científica era clara. Pero la comunicación pública no lo era. Argentina había logrado vacunar a más del 84% de su población con el esquema primario, ubicándose entre los 25 países con mejor cobertura mundial. Sin embargo, esa adhesión inicial no se había traducido en refuerzos. Con Ómicron BA.5 circulando activamente y 409 pacientes en terapia intensiva como promedio semanal, los expertos advertían que mantener baja la hospitalización y la mortalidad dependía de que más personas se aplicaran el refuerzo. La ventana de oportunidad seguía abierta, pero se cerraba.
Citações Notáveis
La noción de peligro por la pandemia ha bajado claramente y la atención mediática al tema ha desaparecido. Esto no es totalmente irreal: efectivamente el peligro hoy es mucho menor.— Daniel Feierstein, sociólogo del Conicet
Las dosis que se están aplicando hoy sí funcionan para reducir el riesgo de hospitalización y muerte por Ómicron BA.4 y BA.5.— Andrea Uboldi, vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología