En un mundo donde la velocidad de la vida moderna dicta lo que comemos, el Instituto DKV y el nutricionista Carlos Ríos han alzado la voz con evidencia científica contundente: los alimentos ultraprocesados, omnipresentes en las despensas españolas, están vinculados a 32 efectos adversos para la salud y contribuyen a casi once millones de muertes anuales en todo el mundo. España, que destina uno de cada cinco alimentos consumidos a esta categoría, ocupa el segundo lugar en el Mediterráneo en este preocupante indicador. La pregunta que subyace no es solo nutricional, sino profundamente humana: ¿
Sal, azúcar y grasas saturadas: los enemigos silenciosos de la salud
Un producto ultraprocesado con bajo contenido de grasas sigue siendo perjudicial
¿Por qué ahora? ¿Qué ha cambiado para que DKV y Carlos Ríos sientan la necesidad de publicar estos manifiestos precisamente en 2024?
El volumen de evidencia científica es abrumador. Cuarenta investigaciones en tres años, diez millones de personas estudiadas. Ya no se trata de sospechas; es datos. Y España está en una posición incómoda: segundo lugar en consumo de ultraprocesados en la región mediterránea.
Pero la gente sabe que los ultraprocesados no son saludables. ¿No es esto obvio?
Saber y entender son cosas distintas. La mayoría de las personas no entiende que un producto puede tener bajo contenido de grasas y seguir siendo perjudicial si es ultraprocesado. O que el azúcar se esconde bajo treinta nombres diferentes en las etiquetas. El conocimiento sin detalle es inútil.
Treinta y dos efectos adversos. ¿Cómo se llega a ese número?
Es el resultado de sintetizar los hallazgos de esas cuarenta investigaciones. No es que cada producto cause treinta y dos cosas; es que el consumo habitual de ultraprocesados se ha vinculado con treinta y dos condiciones diferentes: desde obesidad hasta depresión, desde diabetes hasta fragilidad en la vejez.
¿Y los niños? Parece que están particularmente vulnerables.
Lo están. En adultos vemos sobrepeso y enfermedades crónicas. En niños, el daño es más insidioso: riesgos cardio-metabólicos que pueden perseguirlos toda la vida, asma. Y el problema es que los ultraprocesados son baratos, convenientes, están en todas partes. Un niño que crece comiendo salchichas y pan ultraprocesado está construyendo su salud sobre una base frágil.
La solución parece simple: volver a la dieta mediterránea. ¿Por qué no lo hacemos?
Porque simple no significa fácil. La dieta mediterránea requiere tiempo para cocinar, acceso a alimentos frescos, dinero. Los ultraprocesados son rápidos y baratos. Cambiar esto requiere no solo educación, sino también cambios estructurales en cómo producimos y distribuimos alimentos.
El Pulso
- Más de cuarenta estudios científicos sobre diez millones de personas revelan que los ultraprocesados causan desde obesidad y cáncer hasta depresión y asma infantil, convirtiendo la dieta cotidiana en un riesgo silencioso.
- España consume ultraprocesados en el 20% de su dieta, superada solo por Malta en el Mediterráneo, mientras los españoles ingieren más del doble del azúcar añadido recomendado por la OMS.
- La sal oculta en embutidos, panes y conservas contribuye a que casi el 43% de los adultos españoles padezca hipertensión, una cifra que refleja una crisis cardiovascular de proporciones silenciosas.
- El Instituto DKV y Carlos Ríos han publicado tres manifiestos sobre grasas, azúcar y sal para ofrecer un marco claro y accesible que oriente a la ciudadanía hacia decisiones alimentarias más conscientes.
- La respuesta propuesta apunta a un regreso a la dieta mediterránea, la lectura activa de etiquetas y treinta minutos diarios de ejercicio como pilares de una reconversión alimentaria posible pero urgente.
En un mundo donde la velocidad de la vida moderna dicta lo que comemos, el Instituto DKV y el nutricionista Carlos Ríos han alzado la voz con evidencia científica contundente: los alimentos ultraprocesados, omnipresentes en las despensas españolas, están vinculados a 32 efectos adversos para la salud y contribuyen a casi once millones de muertes anuales en todo el mundo. España, que destina uno de cada cinco alimentos consumidos a esta categoría, ocupa el segundo lugar en el Mediterráneo en este preocupante indicador. La pregunta que subyace no es solo nutricional, sino profundamente humana: ¿estamos dispuestos a recuperar el control de lo que ponemos en nuestra mesa?
Vivimos acelerados y comemos sin pensar. Esa es la premisa desde la que el Instituto DKV de la Vida Saludable y el nutricionista Carlos Ríos, impulsor del movimiento Realfooding, han construido una advertencia estructurada: tres manifiestos que señalan directamente los peligros de los alimentos ultraprocesados, esos productos cargados de azúcar, sal y grasas saturadas que dominan cada vez más nuestras neveras.
La evidencia científica es difícil de ignorar. En los últimos tres años, más de cuarenta investigaciones sobre diez millones de personas identificaron hasta treinta y dos efectos adversos asociados al consumo regular de ultraprocesados: obesidad, cáncer, diabetes tipo 2, hipertensión, depresión y mayor mortalidad en adultos; riesgos cardio-metabólicos y asma en niños y adolescentes. España ocupa el segundo lugar en el Mediterráneo en consumo de estos productos —uno de cada cinco alimentos—, solo por detrás de Malta.
Cada manifiesto aborda un frente distinto. El primero advierte que no todas las grasas son iguales, pero que las saturadas deben limitarse y las trans eliminarse por completo. El segundo pone el foco en el azúcar: los españoles consumen 76,3 gramos diarios, casi el triple de lo recomendado por la OMS, y el ingrediente se esconde bajo decenas de nombres en las etiquetas. El tercero denuncia la sal como enemigo silencioso: en la Unión Europea provoca más de 180.000 muertes anuales, y en España casi la mitad de los adultos padece hipertensión.
La solución que proponen los expertos no es nueva, sino recuperada: la dieta mediterránea —verduras, frutas, legumbres, granos enteros, grasas no saturadas— combinada con treinta minutos diarios de ejercicio y el hábito de leer etiquetas. El verdadero desafío no es nutricional, sino cultural: si como sociedad estamos dispuestos a elegir lo real sobre lo conveniente.
Vivimos en una época donde la salud depende cada vez más de decisiones que tomamos sin pensar. El ritmo acelerado de la vida moderna nos aleja de lo que sabemos que deberíamos hacer: comer bien. El Instituto DKV de la Vida Saludable y Carlos Ríos, nutricionista impulsor del movimiento Realfooding, han decidido sonar la alarma de una manera estructurada. Juntos han elaborado tres manifiestos que señalan directamente los peligros de los alimentos ultraprocesados, esos productos cargados de azúcar, sal y grasas saturadas que pueblan nuestras despensas y neveras.
La magnitud del problema es difícil de ignorar. En los últimos tres años, más de cuarenta investigaciones científicas han examinado los hábitos alimentarios de diez millones de personas. El resultado es contundente: estos estudios identifican hasta treinta y dos efectos adversos para la salud directamente asociados con el consumo regular de ultraprocesados. En los adultos, la lista es larga y preocupante: sobrepeso, obesidad, cáncer, diabetes tipo 2, hipertensión, síndrome del intestino irritable, depresión, fragilidad y una mayor tasa de mortalidad. Los niños y adolescentes no están exentos; en ellos se observa un aumento de riesgos cardio-metabólicos y desarrollo de asma.
España ocupa un lugar incómodo en esta realidad. Según investigadores de la Universidad de São Paulo, uno de cada cinco alimentos que consumimos en el país son ultraprocesados, lo que nos coloca en segundo lugar en la región mediterránea, solo superados por Malta, que alcanza el 27,6%. El problema fundamental es el desequilibrio nutricional: estos productos carecen de proteínas, fibra, vitaminas y minerales, pero abundan en azúcares, grasas saturadas y sodio. Es una ecuación que nuestro cuerpo no está diseñado para procesar de manera sostenida.
El primer manifiesto se centra en las grasas. No todas son enemigas, advierten los expertos. Las grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas son esenciales para el funcionamiento del organismo. Sin embargo, existe consenso internacional en limitar las grasas saturadas a menos del 10% de la ingesta energética diaria, y eliminar completamente las grasas trans. Lo crucial es entender que la calidad de la grasa no depende solo de su tipo, sino también del alimento que la contiene. Un producto ultraprocesado con bajo contenido de grasas sigue siendo perjudicial.
El segundo manifiesto aborda el azúcar, ese nutriente que se cuela en casi todo. Los españoles consumen en promedio 76,3 gramos diarios, de los cuales casi 34 gramos son azúcares libres o añadidos. Esto representa el 7,3% de la energía total consumida, y en niños y adolescentes sube al 10%. Ambas cifras superan ampliamente la recomendación de la Organización Mundial de la Salud del 5%, equivalente a 12,5 gramos diarios. El azúcar se disfraza bajo múltiples nombres en las etiquetas: jarabe de maíz, dextrosa, fructosa, glucosa, sacarosa, miel, maltosa, melaza. Leer las etiquetas se convierte en una necesidad, no en una opción.
La sal es el tercer enemigo silencioso. En la Unión Europea, el consumo excesivo de sal se asocia con más de 180.000 muertes anuales y casi tres millones de años de vida perdidos por discapacidad, principalmente por enfermedades cardiovasculares, cáncer gástrico y enfermedad renal. En España, casi el 43% de la población adulta padece hipertensión, según la Revista española de cardiología. A nivel mundial, más de mil millones de personas sufren esta condición, responsable de casi once millones de muertes. Los alimentos ultraprocesados son la principal fuente de sal en nuestras dietas: salchichas, embutidos, pan, comidas precocinadas, quesos, conservas, aperitivos, salsas y condimentos.
La solución que proponen los expertos no es revolucionaria, sino un regreso. La dieta mediterránea, basada en verduras, frutas, granos enteros, legumbres, frutos secos y grasas no saturadas, sigue siendo el modelo a seguir. Se aconseja moderar el consumo de pescado y aves, limitar las carnes rojas y procesadas, evitar azúcares añadidos y granos refinados. A esto se suma algo igualmente importante: treinta minutos diarios de ejercicio. No es suficiente cambiar lo que comemos; también necesitamos mover nuestros cuerpos. El desafío ahora es si como sociedad estamos dispuestos a hacer ese cambio, o si seguiremos permitiendo que la conveniencia de lo ultraprocesado defina nuestra salud.
Citas Notables
No todas las grasas son iguales; algunas, como las monoinsaturadas y poliinsaturadas, son esenciales para el adecuado funcionamiento del organismo— Instituto DKV de la Vida Saludable
El azúcar se disfraza bajo múltiples nombres en las etiquetas: jarabe de maíz, dextrosa, fructosa, glucosa, sacarosa, miel, maltosa, melaza— Manifiesto Por un consumo responsable de azúcar