Rolón cuestiona el mito de que el tiempo sana todas las heridas

Hay cosas que van a doler siempre, quizás de manera diferente
Rolón desafía la creencia de que el tiempo cura todas las heridas, argumentando que algunas pérdidas permanecen.
Mark

¿Entonces Rolón está diciendo que nunca nos recuperamos completamente de una pérdida?

Mimi

No exactamente. Dice que nos recuperamos, pero no en el sentido de volver a un estado anterior, como si nada hubiera pasado. Es más bien una resignificación, una forma diferente de estar con lo que pasó.

Luke

Pero eso es importante aclarar: ¿tiene Rolón datos sobre esto, o es una observación clínica de su práctica? Porque "algunas heridas permanecen" es una afirmación fuerte.

Mimi

Es una reflexión que hace desde su experiencia como psicoanalista. No es un estudio cuantificable, es más bien una propuesta teórica sobre cómo funciona el duelo.

Mark

¿Y qué es esa "faltacidad" de la que habla? Suena como un concepto nuevo.

Mimi

Es su forma de decir que la felicidad no es la ausencia de dolor o de carencias. Es aprender a vivir con ellas, a construir algo valioso a pesar de que siempre falta algo.

Luke

Pero eso también es una construcción teórica. No sabemos si la mayoría de las personas experimenta la felicidad de esa manera, o si es una propuesta que Rolón está haciendo desde su perspectiva.

Mimi

Claro, es una propuesta. Pero lo interesante es que desafía la idea de que la felicidad es un destino, un punto final que alcanzamos.

Mark

¿Dice algo sobre cuánto tiempo toma este proceso de desatar los lazos?

Mimi

No da un plazo específico. Enfatiza que es gradual, que no se puede hacer de golpe, pero no cuantifica cuánto tiempo.

Luke

Eso es importante notar. Porque la gente busca respuestas concretas: ¿cuánto tiempo hasta que me sienta mejor? Y Rolón no la da.

Mimi

Porque probablemente no existe una respuesta única. Cada pérdida, cada vínculo, es diferente.

Mark

¿Y si alguien no siente dolor por una pérdida? ¿Qué dice Rolón de eso?

Mimi

Lo ve como una señal de alarma. Dice que la ausencia de dolor ante una pérdida significativa es algo que el paciente debería examinar. Podría indicar que el vínculo no era lo que creíamos, o que hay algo más profundo pasando.

  • La frase 'el tiempo lo cura todo' funciona como un conjuro social que, según Rolón, puede convertirse en una trampa: algunas heridas no desaparecen, solo cambian de forma.
  • Cortar abruptamente los lazos afectivos no es sanación sino negación; esos vínculos son sogas identitarias que deben desatarse con lentitud y trabajo consciente.
  • La sociedad contemporánea exige duelos limpios y rápidos, pero esa expectativa ignora el esfuerzo real que requiere elaborar una pérdida profunda.
  • Aceptar lo perdido intensifica el dolor antes de aliviarlo, porque implica renunciar a la ilusión de que algo puede volver, y ese momento de renuncia es inevitable.
  • El nivel de sufrimiento ante una pérdida es, para Rolón, una señal de la profundidad del amor vivido; la indiferencia ante lo perdido es la verdadera señal de alarma.

En los momentos de fractura, la cultura popular ofrece un consuelo fácil: el tiempo lo cura todo. El psicoanalista Gabriel Rolón se detiene ante esa promesa y la examina con honestidad, recordándonos que sanar no es un proceso pasivo sino un trabajo consciente de resignificación. Desde los estudios de Urbana Play hasta conversaciones más íntimas con LN+, Rolón propone que la verdadera recuperación exige valentía para sentir más, no menos, y que la felicidad posible es siempre imperfecta, construida sobre las ausencias que nos habitan.

Gabriel Rolón, psicoanalista y escritor, se detuvo públicamente frente a una de las creencias más extendidas sobre el dolor: que el tiempo, por sí solo, lo cura todo. En su participación en el podcast Perros de la Calle y en una conversación posterior con LN+, fue directo: hay heridas que seguirán doliendo siempre, quizás de manera diferente, pero sin desaparecer del todo.

Para Rolón, los vínculos afectivos no son simples conexiones emocionales sino acuerdos que atan la identidad de una persona a otra. Cuando una relación termina —por separación, por muerte, por distancia— el duelo no es un retroceso sino un desatarse gradual de esas ligaduras. Intentar cortarlas de golpe, advierte, es una forma de negación, no de sanación.

En ese mismo espacio, Rolón introduce el concepto de 'faltacidad': la felicidad no como plenitud completa, sino como la capacidad de vivir con las carencias y las ausencias que nos definen. Una felicidad imperfecta, construida en el presente, aunque el recuerdo de lo perdido nos marque constantemente.

Lo que más subraya Rolón es la paradoja central del duelo: aceptar una pérdida trae más dolor antes de traer alivio. Aceptar significa renunciar a la esperanza de que las cosas vuelvan, dejar ir la ilusión. Y ese momento duele. Pero es también el camino hacia la realidad y hacia el reconocimiento del valor real de lo que fue vivido. Para Rolón, el nivel de sufrimiento que experimentamos es proporcional al amor que sentíamos; si una pérdida nos deja indiferentes, eso es lo que verdaderamente merece interrogarse.

El tiempo, concluye Rolón, no es un médico que trabaja mientras dormimos. Es un espacio donde hacemos el trabajo de resignificar, de desatar lazos, de aprender a vivir con lo que falta. Lento, difícil, y a veces interminable. Pero ese dolor, bien entendido, es también la prueba de que amamos y de que lo que perdimos fue completamente real.

Existe una frase que escuchamos repetida en momentos de dolor, casi como un conjuro: el tiempo lo cura todo. Gabriel Rolón, psicoanalista y escritor, se detiene frente a esa creencia y la cuestiona directamente. Durante su participación en el podcast Perros de la Calle, transmitido por Urbana Play, Rolón fue claro: no es verdad que el paso del tiempo sane absolutamente todas las heridas. Hay cosas, advierte, que van a doler siempre, quizás de manera diferente, pero seguirán doliendo.

Lo que Rolón propone es una comprensión más compleja de cómo funcionan nuestros vínculos y cómo nos recuperamos cuando se rompen. Los lazos afectivos, explica, no son simples conexiones emocionales. Son acuerdos, compromisos, sogas que atan la identidad de una persona a otra. Cuando una relación termina—por separación, por muerte, por distancia—ese proceso de duelo no es un simple paso atrás. Es un desatarse gradual, lento, de esas ligaduras que nos han definido. Intentar cortarlas de golpe no funciona. Rolón lo ve como una forma de negación, no como sanación.

En una conversación más profunda con LN+, Rolón introduce una idea que llama "faltacidad". No es un término que suene natural al oído, pero su significado lo es: la felicidad no es un estado de plenitud completa, sino la capacidad de vivir con las carencias, con las ausencias que nos habitan. La felicidad, dice, debe construirse en el presente, en el aquí y ahora, aunque el recuerdo de lo que falta nos marque constantemente. Es una felicidad imperfecta, incompleta, pero real.

Lo que Rolón observa en la sociedad contemporánea es una búsqueda de soluciones rápidas para malestares profundos. Se espera que el duelo sea un proceso limpio, que termine en un punto específico, que se resuelva. Pero eso descuida el trabajo consciente que requiere elaborar una pérdida. No es pasivo. Requiere valentía. Requiere, paradójicamente, estar dispuesto a sentir más dolor, no menos.

Porque aquí está la parte que Rolón subraya con particular crudeza: aceptar una pérdida a menudo trae consigo más dolor, no menos. Aceptar significa renunciar a la esperanza de que las cosas vuelvan, de que haya una solución mágica. Significa dejar ir la ilusión. Y eso duele. Pero es también el camino hacia la realidad, hacia un lugar donde dejamos de lado las fantasías y reconocemos el valor real de lo que fue. Rolón señala algo importante: el nivel de sufrimiento que experimentamos es directamente proporcional al amor que sentíamos por lo que perdimos. Si una pérdida no duele, si nos deja indiferentes, eso es una señal de alarma, algo sobre lo que el paciente debería interrogarse.

En este marco, Rolón también habla del amor como una herramienta frente a la angustia existencial. Pero amar implica riesgo. Amar es otorgar poder al otro. Un amor sano, entonces, es aquel donde ambas personas renuncian voluntariamente a usar ese poder para dañar, especialmente en los conflictos. Y los recuerdos, en todo esto, se convierten en algo más que nostalgia. Son lugares donde custodiamos lo perdido, donde lo guardamos para que la muerte no se lo lleve completamente. Son enigmáticos y atesorados al mismo tiempo.

Lo que Rolón propone, en última instancia, es una relación más honesta con el tiempo, con el dolor y con nosotros mismos. El tiempo no es un médico que viene a curarnos mientras dormimos. Es un espacio donde hacemos el trabajo de resignificar lo que pasó, de desatar gradualmente los lazos, de aprender a vivir con las ausencias. Es lento. Es difícil. Y a veces, incluso después de mucho tiempo, seguirá doliendo. Pero ese dolor, bien entendido, es también una prueba de que amamos, de que vivimos, de que lo que perdimos fue real.

No es cierto que el tiempo te va a sanar absolutamente todas las heridas, porque hay cosas que te van a doler siempre a lo mejor
— Gabriel Rolón
A veces con la aceptación viene más dolor
— Gabriel Rolón
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