Psicólogos advierten: la IA en deberes reduce el aprendizaje por falta de esfuerzo

Adolescentes desarrollan dependencia emocional de IA, sustituyendo conversaciones con familia y adultos de confianza, aumentando riesgo de aislamiento emocional.
Ese esfuerzo es precisamente lo que te hace aprender
El psicólogo Javier de Haro explica por qué delegar tareas a la IA daña el aprendizaje real.

En las aulas españolas, una herramienta diseñada para ampliar el pensamiento humano está siendo usada, paradójicamente, para evitarlo. El psicólogo Javier de Haro documenta cómo más del 60% de los estudiantes de secundaria delega sus tareas a la inteligencia artificial, privándose del esfuerzo cognitivo que es, en sí mismo, el acto de aprender. Más allá del aula, advierte que los adolescentes también confían sus conflictos emocionales a las máquinas antes que a sus familias, ensanchando en silencio la distancia entre generaciones.

  • Más de seis de cada diez alumnos de secundaria ya entregan trabajos que no han pensado, sino que han pedido a una máquina que piense por ellos.
  • Profesores reciben redacciones de niños de diez años con vocabulario y estructura universitarios, una señal imposible de ignorar de que el aprendizaje real ha sido cortocircuitado.
  • El riesgo no es solo académico: adolescentes que antes habrían buscado a un padre o un tutor ahora escriben sus miedos y dudas en un chatbot que nunca juzga pero tampoco conoce.
  • La dependencia emocional de la IA amenaza con vaciar los espacios familiares de conversación, dejando a los jóvenes más conectados a pantallas y más solos frente a lo que realmente importa.
  • Frente a la tentación de prohibir, los expertos apuestan por enseñar: defensa oral de trabajos, pensamiento crítico y hogares donde hablar sea más fácil que teclear.

Javier de Haro, psicólogo especializado en adolescentes, lleva tiempo observando algo que ya no es abstracto: los estudiantes españoles están dejando de pensar por sí mismos. Más del 60% de los alumnos de secundaria usa inteligencia artificial para hacer sus tareas, y la diferencia entre quienes la usan como apoyo y quienes la usan para no esforzarse es, según De Haro, la diferencia entre aprender y simplemente entregar.

La señal más visible llega desde los propios profesores, que reciben trabajos de niños de primaria con un nivel completamente desproporcionado a su edad. Saben que algo no encaja. El alumno no escribió eso. Y si no lo escribió, tampoco lo comprendió.

De Haro no propone prohibir la tecnología —sabe que sería inútil y contraproducente— sino enseñar a usarla con honestidad. Su propuesta más concreta es la defensa oral: si un estudiante debe explicar su trabajo ante el profesor, la comprensión real queda al descubierto en segundos. No hay zona gris.

Pero lo que más preocupa al psicólogo va más allá de las notas. Muchos adolescentes recurren a los chatbots no solo para los deberes, sino para procesar sus conflictos emocionales, antes incluso de hablar con sus padres. La máquina no juzga, responde rápido y ofrece alivio inmediato. Ese consuelo fácil tiene un coste silencioso: las conversaciones difíciles no ocurren, la distancia familiar crece y los espacios de confianza se erosionan.

La respuesta, concluye De Haro, no es tecnológica sino relacional. Las familias deben construir entornos donde los jóvenes se atrevan a hablar. Las escuelas deben cultivar el pensamiento crítico. Y los adolescentes necesitan redescubrir que el esfuerzo, la incomodidad y la espera son, precisamente, lo que los hace crecer. La inteligencia artificial no es el problema. El uso irreflexivo de ella, sí.

Javier de Haro, psicólogo especializado en adolescentes, observa algo inquietante en las aulas españolas: cada vez más estudiantes están delegando sus deberes a máquinas. No se trata de una preocupación abstracta sobre la tecnología. Es algo concreto, medible, y con consecuencias que ya están visibles en los colegios.

Más del 60% de los alumnos de secundaria utiliza inteligencia artificial para realizar tareas escolares. La cifra es alta, pero lo que preocupa a De Haro no es simplemente que usen estas herramientas. Es cómo las usan. Algunos estudiantes las emplean como apoyo legítimo: para organizar ideas, estructurar argumentos, explorar perspectivas nuevas. Otros las usan para no pensar. Escriben una pregunta, copian la respuesta, entregan el trabajo. El esfuerzo desaparece del proceso.

"Ese esfuerzo es precisamente lo que te hace aprender", dice De Haro. No es una frase hecha. Es la observación de alguien que ve a diario cómo estudiantes de primaria presentan trabajos que parecen investigaciones universitarias, textos con un nivel completamente desproporcionado a su edad. Los profesores lo notan. Saben que algo no encaja. El alumno de diez años no escribió eso. Una máquina lo hizo.

Lo interesante es que De Haro no propone prohibir la inteligencia artificial. Sabe que eso es imposible, y probablemente contraproducente. En su lugar, defiende que las escuelas enseñen a usarla bien. Una medida concreta que propone es la defensa oral de los trabajos. Si un estudiante tiene que explicar su proyecto delante del profesor, la verdad sale a la luz rápidamente. O entiende lo que escribió, o no. No hay zona gris.

Pero hay algo más profundo en lo que De Haro está pensando, algo que va más allá de las calificaciones. Muchos adolescentes están usando la inteligencia artificial no solo para los deberes, sino para consultar problemas emocionales y personales. Antes de hablar con sus padres, antes de acudir a un adulto de confianza, escriben en un chatbot. La máquina no juzga. Responde rápido. Ofrece soluciones inmediatas.

Esta comodidad tiene un precio. De Haro advierte que la dependencia emocional de la IA puede generar aislamiento. Si un adolescente acostumbra a procesar sus conflictos con una máquina, la distancia con su familia crece. Las conversaciones difíciles no ocurren. Los espacios de confianza donde un joven puede expresarse sin miedo desaparecen. Y eso es un problema psicológico real, no especulativo.

La solución, según De Haro, no es tecnológica. Es relacional. Las familias necesitan crear espacios donde los menores se sientan seguros para hablar. Las escuelas necesitan enseñar pensamiento crítico, no prohibición. Y los adolescentes necesitan aprender que el esfuerzo, la conversación incómoda, el trabajo sin respuestas inmediatas, son precisamente lo que los hace crecer. La inteligencia artificial no es el enemigo. El uso irreflexivo de ella sí.

El verdadero problema no es la tecnología en sí, sino cómo se está utilizando dentro y fuera de las aulas
— Javier de Haro, psicólogo juvenil
La solución no pasa por prohibir la IA, sino por enseñar a utilizarla correctamente y desarrollar competencias críticas
— Javier de Haro
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué te preocupa más el aspecto emocional que el académico? Al fin y al cabo, si un estudiante usa IA para deberes, el daño es en las notas, ¿no?

Model

No exactamente. Las notas son síntoma, no enfermedad. Si un alumno delega el pensamiento, aprende menos, claro. Pero si además empieza a delegar sus conflictos emocionales a una máquina, está perdiendo algo más importante: la capacidad de relacionarse, de tolerar la incomodidad, de confiar en adultos.

Inventor

Pero la IA no juzga. Para un adolescente asustado, eso es atractivo.

Model

Exacto. Y ahí está el peligro. La máquina es cómoda precisamente porque no es humana. No hay fricción, no hay límites, no hay amor. Un padre que escucha a su hijo y le dice "esto es difícil, pero vamos a resolverlo juntos" está haciendo algo que ningún chatbot puede hacer.

Inventor

¿Entonces la solución es simplemente prohibir que los adolescentes usen IA?

Model

No. Eso es imposible y además es cobarde. La solución es enseñar. Enseñar cuándo la IA es útil y cuándo es una muleta. Y enseñar a las familias a crear espacios donde los adolescentes prefieran hablar con ellos antes que con una máquina.

Inventor

¿Y en las escuelas? ¿Cómo se verifica que un estudiante realmente aprendió?

Model

Defensa oral. Si tienes que explicar tu trabajo delante del profesor, no puedes esconderte. O lo entiendes o no. Es simple, pero funciona.

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