En ocho años de investigación sobre los vínculos humanos, la psicóloga chilena Pilar Sordo llegó a una conclusión que pocos quieren escuchar: hemos dejado de hablar de verdad. No porque hablemos menos, sino porque decimos cada vez menos de lo que realmente nos sucede, reemplazando el lenguaje vulnerable por emoticones y la escucha genuina por la espera del turno propio. Lo que Sordo diagnostica no es un problema de modales ni de tecnología, sino una crisis más honda: la forma en que cada persona se habla a sí misma determina cómo percibe el mundo, cómo ama y cómo sana.
Pilar Sordo: "Cada vez tenemos menos paciencia para escucharnos"
Hemos ido reduciendo la paciencia para escucharnos mutuamente
¿Qué significa exactamente que el ser humano se enferma por falta de palabras? ¿Es literal o es una forma de hablar?
Es más literal de lo que parece. Cuando reducimos el vocabulario, perdemos la capacidad de nombrar lo que nos sucede internamente. Sin palabras precisas, la experiencia emocional queda sin procesar, sin digerir. Se queda adentro.
Pero hay que ser cuidadoso aquí. Sordo cita a Marín, pero ¿cuánta evidencia clínica hay detrás de esa afirmación? ¿Es una hipótesis o está comprobado?
Entonces cuando dices que los emoticones reemplazan las palabras, ¿estás diciendo que la comunicación digital es inherentemente superficial?
No exactamente. Lo que Sordo señala es que cuando elegimos un emoji en lugar de explicar qué sentimos, nos ahorramos la vulnerabilidad de poner en palabras lo complejo. Es más fácil, pero cuesta más profundo.
Aunque también hay que reconocer que los emoticones comunican algo que las palabras a veces no alcanzan. La pregunta es si reemplazan o si complementan. El artículo no lo distingue.
¿Y esa falta de paciencia para escuchar? ¿De dónde viene?
Viene de que todos estamos apurados, todos tenemos poco tiempo, y además todos estamos ocupados con nuestro propio ruido interno. Escuchar de verdad requiere soltar eso, requiere espacio mental que no tenemos.
Pero eso es una observación cultural, no una conclusión de la investigación de ocho años que menciona. ¿Qué midió exactamente Sordo? ¿Cómo se cuantifica la paciencia?
Lo que más me impactó fue eso del diálogo interno. ¿Realmente la forma en que me hablo determina cómo veo el mundo?
Según Sordo, sí. Tu autopercepción es el filtro a través del cual interpretas todo. Si te hablas con desprecio, ves desprecio en otros. Si te hablas con compasión, ves compasión.
Eso suena a profecía autocumplida. Y probablemente hay algo de verdad ahí. Pero también hay factores externos —trauma, contexto, biología— que no dependen de cómo te hables. El artículo no equilibra eso.
¿Entonces la solución es simplemente hablarme mejor?
No es simple, pero sí es el punto de partida. Si reconoces que tu diálogo interno está saboteándote, puedes empezar a cambiarlo. No es magia, pero es un lugar donde tienes poder.
Y eso es importante: es un lugar donde tienes poder. Pero Sordo no ofrece herramientas concretas en lo que se reportea aquí. ¿Cómo se cambia ese diálogo interno? Eso queda abierto.
O Pulso
- El vocabulario se ha contraído hasta el punto en que un emoji reemplaza lo que antes exigía palabras complejas y vulnerables, empobreciendo la densidad de lo que realmente intentamos comunicar.
- La paciencia para escuchar se agota al mismo ritmo que la capacidad de expresarse, creando una paradoja paralizante: nadie se siente verdaderamente escuchado ni comprendido.
- Los diálogos se han convertido en monólogos intermitentes donde cada persona aguarda su turno en lugar de transformarse con lo que el otro dice, vaciando la conversación de su función más esencial.
- El diálogo interno —esa voz que nadie más escucha— emerge como el verdadero motor de la salud emocional, la autopercepción y la capacidad de procesar el duelo y construir propósito.
- Sordo advierte que la exigencia cultural de felicidad constante es en sí misma un obstáculo: la incomodidad y el malestar son las únicas fuerzas que invitan al cambio real y a la maduración genuina.
En ocho años de investigación sobre los vínculos humanos, la psicóloga chilena Pilar Sordo llegó a una conclusión que pocos quieren escuchar: hemos dejado de hablar de verdad. No porque hablemos menos, sino porque decimos cada vez menos de lo que realmente nos sucede, reemplazando el lenguaje vulnerable por emoticones y la escucha genuina por la espera del turno propio. Lo que Sordo diagnostica no es un problema de modales ni de tecnología, sino una crisis más honda: la forma en que cada persona se habla a sí misma determina cómo percibe el mundo, cómo ama y cómo sana.
Pilar Sordo, psicóloga y escritora chilena, dedicó ocho años a investigar cómo nos relacionamos y llegó a una conclusión incómoda: hemos dejado de hablar de verdad. En diálogo con LA NACION, trazó el mapa de una crisis silenciosa que no aparece en los titulares pero resuena en cada conversación que no termina de conectar.
El problema empieza con las palabras que ya no usamos. El vocabulario se ha contraído y los emoticones reemplazan lo que antes requería lenguaje matizado y vulnerable. Citando al psiquiatra español José Luis Marín, Sordo sostiene que el ser humano se enferma por falta de palabras: cuando reducimos la densidad de lo que intentamos comunicar, algo se quiebra en la profundidad del vínculo.
Pero hay algo más grave: ya no tenemos paciencia para escuchar. Sordo lo formula con precisión: no solo cuesta expresar lo que nos pasa, sino que el otro tiene cada vez menos disposición para recibirlo. El resultado es lo que ella llama monólogos intermitentes, donde cada persona espera su turno en lugar de transformarse con lo que el otro dice. Una conversación verdadera, según Sordo, exige que ambos se expongan al riesgo de cambiar.
Lo que su investigación revela apunta a algo más profundo: la forma en que cada persona se habla a sí misma determina su amor propio y, desde allí, su visión del mundo entero. Quien se percibe como confiable proyecta confianza; quien se habla con dureza tiñe con esa dureza su mirada hacia los demás. La autopercepción define cómo procesamos el duelo y cómo construimos nuestro propósito de vida.
Finalmente, Sordo toca algo que la cultura contemporánea prefiere evitar: la incomodidad es necesaria. La presión social de estar siempre bien es, en realidad, un obstáculo para el crecimiento. El malestar y la dificultad son los que obligan a revisar prioridades. La maduración, insiste Sordo, requiere rozaduras: estar incómodo el tiempo suficiente como para decidir que algo tiene que cambiar.
Pilar Sordo, psicóloga y escritora chilena, llegó a una conclusión incómoda después de ocho años investigando cómo nos relacionamos: hemos dejado de hablar de verdad. En una conversación con José del Rio para LA NACION, Sordo trazó un mapa de la crisis silenciosa que atraviesa la comunicación humana, una que no se ve en los titulares pero que resuena en cada conversación que no termina de conectar.
El problema comienza con las palabras que ya no usamos. Sordo observa que el vocabulario se ha contraído, que los emoticones reemplazan lo que antes requería lenguaje complejo, matizado, vulnerable. El psiquiatra español José Luis Marín, citado por Sordo, plantea una idea radical: el ser humano se enferma por falta de palabras. No es una metáfora. Cuando intercambiamos un párrafo por un emoji, cuando reducimos la densidad de lo que intentamos comunicar, algo se quiebra en la profundidad del vínculo. La conversación se empobrece no porque hablemos menos, sino porque decimos menos de lo que realmente nos sucede.
Pero hay algo más grave aún: ya no tenemos paciencia para escuchar. Sordo lo plantea con precisión: "Hemos ido reduciendo la paciencia, porque no solo me cuesta decirte lo que me pasa, sino que cada vez tú tienes menos paciencia para escucharme a mí". El resultado es una paradoja paralizante. Ambos participantes en una conversación cargan con la dificultad de expresarse y con la impaciencia del otro. Eso no genera diálogo; genera lo que Sordo llama monólogos intermitentes, donde cada persona espera su turno para hablar en lugar de transformarse con lo que el otro dice. Una verdadera conversación, según ella, requiere que ambos se expongan al riesgo de cambiar. Sin eso, es solo ruido que se turna.
Lo que Sordo descubrió en esos ocho años de investigación apunta a algo más profundo que la mala educación o la prisa contemporánea. La forma en que cada persona se habla a sí misma —ese diálogo interno que nadie escucha— determina su amor propio y, desde allí, su visión del mundo entero. Si alguien se percibe como confiable y noble, proyecta esa confiabilidad hacia afuera. Si se habla con dureza, con descalificación, esa dureza tiñe cómo ve a los demás. No es un efecto secundario; es el motor. La autopercepción define cómo procesamos el duelo, cómo construimos nuestro propósito de vida, cómo expresamos lo que nos duele.
Esta conexión entre el diálogo interno y la salud emocional tiene consecuencias que van más allá de la psicología individual. Si la forma en que me hablo determina cómo me relaciono con el mundo, entonces la crisis de comunicación que Sordo diagnostica no es solo un problema de cortesía o de conexión. Es un problema de cómo habitamos la realidad. Y aquí Sordo toca algo que la cultura contemporánea intenta evitar: la incomodidad es necesaria. La exigencia social de felicidad constante, esa presión de estar siempre bien, es en realidad un obstáculo para el crecimiento. La molestia, el malestar, la dificultad —eso es lo que realmente invita al cambio, lo que obliga a revisar las prioridades. Sordo critica esa demanda de bienestar permanente porque sabe que la maduración requiere rozaduras, requiere estar incómodo el tiempo suficiente como para decidir que algo tiene que cambiar.
Citações Notáveis
La conversación tiene que tener ese desafío en el que yo me exponga a transformarme con lo que tú me dices. Porque si no se transforma en una especie de monólogo intermitente— Pilar Sordo
Cómo te hablas define tu amor propio y tu visión del mundo— Pilar Sordo