En un país donde la pandemia reveló que la conectividad es tan esencial como el agua o la electricidad, el Perú trazó en 2021 una hoja de ruta hacia 2030: internet de alta velocidad en cada rincón del territorio, servicios digitales diseñados para las personas y una ciudadanía capaz de exigir lo mejor de ellos. Funcionarios de Osiptel y la PCM reconocieron que los avances normativos son solo el umbral; lo que transforma una nación no es la ley que se aprueba, sino la confianza que se construye entre el Estado, el sector privado y los ciudadanos que aún no se ven reflejados en la promesa digita
Perú se propone lograr interconectividad total en 2030 con acceso a internet de alta velocidad
Sin confianza, sin comunicación cercana, la conectividad no llega a ningún lado
¿Por qué 2030? ¿Qué hay de especial en esa fecha?
Es un horizonte que permite establecer metas concretas sin ser tan lejano que pierda urgencia. Nueve años para transformar la infraestructura de un país es ambicioso pero posible si hay financiamiento y coordinación.
Pero el artículo no dice cuánto dinero se necesita, quién lo paga, o qué pasará si no se cumple. Es una meta sin presupuesto visible.
El artículo menciona que la conectividad rural pasó de 2% a 40% entre 2012 y 2019. ¿Eso es realmente un éxito?
Sí, es un crecimiento enorme en siete años. Pero también significa que 60% de los hogares rurales aún no tiene acceso. Hay mucho camino por recorrer.
Y esos números vienen de una sola encuesta, Erestel 2019. No sabemos si otras mediciones dicen lo mismo, o si esa cifra del 40% incluye conexiones lentas o inestables.
¿Qué tan importante es la alfabetización digital en todo esto?
Es el corazón del plan. De nada sirve tener cables si la gente no sabe qué hacer con ellos. Chocobar lo plantea bien: si los ciudadanos no ven valor, no usan los servicios.
Pero el artículo no dice cómo se enseñará eso, quién lo hará, o si ya hay programas en marcha. Es una recomendación sin detalles de implementación.
¿Cuál es el mayor obstáculo que ven?
Muente lo nombra: los gobiernos locales y los propios ciudadanos frenan la instalación de infraestructura. No es solo dinero, es desconfianza.
Eso es importante, pero el artículo no explica por qué los ciudadanos se oponen. ¿Es por preocupaciones ambientales, de privacidad, o simplemente porque no entienden el beneficio?
The Pulse
- La pandemia expuso una brecha que ya existía: millones de peruanos sin acceso a internet quedaron excluidos de servicios esenciales en el momento en que más los necesitaban.
- Aunque el acceso rural a internet creció del 2% al 40% entre 2012 y 2019, la infraestructura sigue siendo bloqueada por desconfianza ciudadana y resistencia de gobiernos locales.
- El Estado respondió con marcos legales —la Ley de Gobierno Digital y el Sistema Nacional de Transformación Digital— para articular la colaboración público-privada, pero los funcionarios admiten que la norma no basta.
- El verdadero cuello de botella es humano: los servicios digitales deben ser empáticos y simples, y los ciudadanos deben ver valor real en ellos antes de adoptarlos y exigir que mejoren.
- La meta de 2030 —interconexión total, servicios de calidad, ciudadanía empoderada— depende de que el ecosistema público-privado actúe como aliado, no como conjunto de actores en competencia.
En un país donde la pandemia reveló que la conectividad es tan esencial como el agua o la electricidad, el Perú trazó en 2021 una hoja de ruta hacia 2030: internet de alta velocidad en cada rincón del territorio, servicios digitales diseñados para las personas y una ciudadanía capaz de exigir lo mejor de ellos. Funcionarios de Osiptel y la PCM reconocieron que los avances normativos son solo el umbral; lo que transforma una nación no es la ley que se aprueba, sino la confianza que se construye entre el Estado, el sector privado y los ciudadanos que aún no se ven reflejados en la promesa digital.
En la CADE Digital de 2021, el Perú presentó su apuesta más ambiciosa: para 2030, internet de alta velocidad en todo el territorio nacional, servicios digitales funcionales y una población preparada para usarlos. Osiptel y la Presidencia del Consejo de Ministros no lo plantearon como una promesa política, sino como la brújula del desarrollo nacional en la era post-pandemia. Elena Conterno, presidenta de IPAE, fue directa: la transformación digital debía incluir a todos los peruanos, y eso requería que el Estado, el sector privado y la academia actuaran juntos con una agenda común.
Marushka Chocobar, Secretaria de Gobierno Digital de la PCM, y Rafael Muente, presidente de Osiptel, detallaron los avances concretos: la aprobación de la Ley de Gobierno Digital y la creación del Sistema Nacional de Transformación Digital habían establecido los marcos para que entidades públicas y privadas colaboraran. Pero ambos reconocieron que la norma era solo el primer paso. Chocobar subrayó que los servicios digitales debían diseñarse pensando en las personas —billeteras digitales para bonos, trámites más ágiles, plataformas accesibles— y no en la comodidad de los sistemas que los crean.
Muente aportó los números del camino recorrido: el acceso a internet en hogares rurales pasó del 2% en 2012 a más del 40% en 2019, un salto real pero insuficiente. El obstáculo más persistente no era técnico sino humano: la desconfianza de comunidades y gobiernos locales frenaba la instalación de infraestructura. Sin comunicación cercana y compromiso de todos los niveles del Estado, la conectividad no avanzaría.
La visión de 2030 descansaba, en última instancia, en algo que ninguna ley puede garantizar: que los ciudadanos vean valor en la tecnología, la adopten en su vida cotidiana y luego exijan que sea mejor. Ese ciclo —adopción, exigencia, mejora— era el verdadero motor de la transformación. Todo dependía de que el sector público y privado aprendieran a funcionar como un ecosistema, no como adversarios.
En la CADE Digital de 2021, funcionarios peruanos trazaron un ambicioso plan: para 2030, el Perú tendría internet de alta velocidad en cada rincón del país, servicios digitales funcionales y una población capaz de usarlos. No era una promesa vaga. Osiptel y la Presidencia del Consejo de Ministros presentaron esto como la brújula para el desarrollo nacional bajo la nueva normalidad que la pandemia había impuesto.
La pandemia había dejado clara una verdad incómoda: lo digital no era lujo empresarial. Era infraestructura básica. Sin ella, los ciudadanos no podían acceder a servicios esenciales. Elena Conterno, presidenta de IPAE, lo planteó así: el Estado, el sector privado y la academia debían trabajar juntos para que la transformación digital incluyera a todos los peruanos, no solo a algunos. El desafío era identificar qué agenda común podía llevar eso a la realidad.
Marushka Chocobar, Secretaria de Gobierno Digital de la PCM, y Rafael Muente, presidente del Consejo Directivo de Osiptel, fueron los encargados de detallar el camino. Ambos reconocieron que el país había avanzado: se había aprobado la Ley de Gobierno Digital y creado el Sistema Nacional de Transformación Digital, marcos que permitían a entidades públicas y privadas colaborar para poner la tecnología al servicio de las necesidades reales de la gente. Pero los avances normativos eran solo el primer paso.
Chocobar fue clara sobre lo que faltaba: los servicios digitales debían ser empáticos, diseñados pensando en las personas, no en los sistemas. Quienes los creaban tenían que respetar la realidad de conectividad del país, construir plataformas simples y accesibles. Para los peruanos, esto significaba billeteras digitales para recibir bonos, trámites más rápidos, procedimientos administrativos menos engorrosos. Pero nada de esto funcionaría sin alfabetización digital.
Muente trajo números que mostraban el camino recorrido. En 2012, apenas el 2% de los hogares rurales tenía acceso a internet. Para 2019, según la Encuesta Residencial de Servicios de Telecomunicaciones, esa cifra había saltado a más del 40%. Era un salto real. Pero también había obstáculos reales: gobiernos locales y ciudadanos mismos frenaban la instalación de infraestructura. Muente fue directo: sin confianza, sin comunicación cercana, sin el compromiso de todos los niveles del Estado y el sector privado, la conectividad no llegaría a ningún lado.
La visión para 2030 era clara en sus términos: interconexión total, internet de alta velocidad en todo el territorio, servicios digitales de calidad, ciudadanía empoderada. Pero los funcionarios sabían que esto dependía de algo que no podía legislarse: que los ciudadanos vieran valor en la tecnología en su vida diaria, que la adoptaran, que luego exigieran que fuera mejor, más simple, más confiable. Eso era lo que fortalecería el talento digital y crearía una ciudadanía informada. Todo dependía de que el sector público y privado actuaran como un ecosistema, no como adversarios.
Notable Quotes
Los servicios digitales deben ser empáticos, diseñados pensando en las personas, respetando la realidad de conectividad del país— Marushka Chocobar, Secretaria de Gobierno Digital de la PCM
Sin el compromiso de todos los estamentos del Estado y el sector privado, no podemos tener conectividad ni los avances que esta trae— Rafael Muente, Presidente del Consejo Directivo de Osiptel