Perdí todo. Quedé desnuda. Esta ropa que tengo es donada.
En un país donde la crisis económica y humanitaria ya había despojado a millones de su estabilidad, la naturaleza descargó su propia sentencia sobre Venezuela: lluvias históricas que en siete horas igualaron quince días de precipitaciones normales arrasaron seis estados, dejando a miles sin hogar, sin negocios y sin medios de subsistencia. Lo que comenzó como un fenómeno climático se convirtió en el último eslabón de una cadena de calamidades que incluye inflación desbordada, cortes eléctricos y escasez de combustible. La tragedia no es solo material; es la historia de personas que ya habían perdido casi todo y ahora deben preguntarse cómo reponerse de lo que les quedaba. Y el horizonte no promete alivio: el fenómeno La Niña amenaza con prolongar las lluvias hasta enero de 2021.
- Lluvias sin precedentes en treinta años destruyeron seis mil viviendas solo en el estado Aragua, sepultando automóviles en lodo y agrietando paredes en comunidades enteras.
- Familias que ya sobrevivían al límite —sin empleo estable, sin electricidad constante y sin combustible— perdieron de golpe sus casas, sus cultivos y sus negocios, quedando sin capital ni refugio.
- Al menos tres personas murieron, y miles de damnificados enfrentan desplazamiento forzado mientras el gobierno distribuye ayuda de forma desigual, dejando a muchos comerciantes y vecinos sin respuesta.
- Trabajadores de las gobernaciones retiran toneladas de sedimentos y escombros, pero la reconstrucción avanza con lentitud frente a la magnitud del daño y la precariedad de los recursos disponibles.
- Expertos de la Universidad Central de Venezuela advierten que La Niña podría intensificar las precipitaciones entre noviembre de 2020 y enero de 2021, amenazando con una nueva oleada de destrucción sobre comunidades aún sin recuperarse.
El olor a humedad impregna Maracaibo. Los autos yacen enterrados en lodo y las paredes muestran las cicatrices del agua. En los últimos tres meses, lluvias intensas han arrasado varios estados venezolanos, transformando un desastre natural en una catástrofe humanitaria para un país que ya estaba al límite.
Deici Rodríguez, cocinera de 62 años en Maracay, habla con voz plana sobre lo que perdió: su cama, sus pertenencias, hasta la ropa que lleva puesta es donada. No exagera: el gobernador de Aragua confirmó que en siete horas cayó el agua que normalmente tarda quince días en acumularse. Los daños se extendieron a los estados de Lara, Mérida, Táchira, Falcón y Zulia, afectando a decenas de miles de personas.
Detrás de las cifras hay historias concretas. Leonardo Silva, ex policía de 37 años, perdió treinta plantas de su huerto familiar y varias gallinas —su red de supervivencia frente a la crisis económica— cuando el agua arrasó su propiedad el 9 de septiembre. Su padre, César, de 66 años, dice que en cinco décadas nunca había visto algo así. Una semana después, ambos padres enfermaron de covid-19. Leonardo, desempleado, considera emigrar con sus tres hijos. Para Argenis Cavanerio, dueño de una pequeña tienda de víveres, las inundaciones significaron la ruina total: perdió toda su mercancía y sigue esperando un crédito gubernamental que no llega.
Lo que hace esta crisis particularmente cruel es su contexto: Venezuela ya cargaba con inflación imparable, cortes eléctricos constantes y escasez de combustible. Las inundaciones no llegaron a un país en pie, sino a uno que ya estaba de rodillas. Y lo peor podría estar por venir: la Universidad Central de Venezuela advierte que el fenómeno La Niña intensificará las lluvias entre noviembre de 2020 y enero de 2021. En las calles de Maracay, cuadrillas retiran piedras y sedimentos entre los restos de lo que fueron hogares. Una pequeña capilla católica sobrevivió casi intacta en medio de la devastación, y los vecinos la contemplan con asombro. Pero los milagros no reconstruyen casas, y la próxima temporada de lluvias ya asoma en el horizonte.
El olor a humedad se filtra por las grietas de las casas de Maracaibo. Los automóviles permanecen enterrados en el lodo. Las paredes están agrietadas por la furia del agua. En los últimos tres meses, las lluvias intensas han arrasado varios estados de Venezuela, y lo que comenzó como un desastre natural se ha convertido en una catástrofe humanitaria para un país que ya estaba de rodillas.
Deici Rodríguez, cocinera de 62 años, se sienta en lo que queda de su hogar en Maracay, capital del estado Aragua. Cuando habla de lo que pasó, su voz es plana, casi sin emoción, como si el impacto fuera demasiado grande para procesarlo. "Perdí todo", dice. "Quedé desnuda. Perdí mi cama, todo. Esta ropa que tengo es donada." Para ella, las lluvias de septiembre fueron las peores que ha visto en treinta años viviendo en su comunidad. No es una exageración de una mujer traumatizada. El gobernador del estado confirmó que en siete horas cayó la cantidad de agua que históricamente cae en quince días.
Los estragos no se limitan a Aragua. Los estados de Lara, Mérida, Táchira, Falcón y Zulia también fueron golpeados. Decenas de miles de personas quedaron sin nada. En Aragua solamente, las autoridades reportan daños en seis mil viviendas. Pero los números no cuentan la historia completa. Detrás de cada cifra hay alguien como Leonardo Silva, un ex policía de 37 años que ahora sufre insomnio cada vez que llueve. El 9 de septiembre, el agua arrasó treinta plantas del huerto que su familia cultivaba para sobrevivir la crisis económica. También ahogó varias gallinas. Su padre, César, un conductor de 66 años, dice algo que resume el horror de lo vivido: en cincuenta años nunca había visto una tragedia de esa magnitud. Una semana después de que el agua destruyera la pared perimetral de su casa, tanto César como su esposa enfermaron de covid-19.
Para Argenis Cavanerio, dueño de una pequeña tienda de víveres, las inundaciones significaron la ruina total. Toda su mercancía se perdió. "Perdí mi capital, no tengo plata", dice. Ha buscado ayuda del gobierno sin éxito. Algunos comerciantes recibieron créditos, pero Argenis sigue esperando un socorro que no llega. Reabrió su tienda hace apenas unos días, pero el camino hacia la recuperación es incierto.
Lo que hace esta crisis particularmente devastadora es el contexto en el que ocurre. Venezuela ya estaba colapsada. La inflación es imparable. Los cortes eléctricos son constantes. No hay combustible. Los servicios públicos han dejado de funcionar. Ahora, encima de todo eso, las familias han perdido sus casas, sus negocios, sus medios de vida. Leonardo, desempleado, piensa en emigrar y llevarse a sus tres hijos. Siente que la naturaleza les ha dado "un golpe bajo" que agrava las carencias que ya padecían. "La crisis nos golpea el bolsillo y pasan estas cosas", dice. "¿Cómo repone uno todo lo que se perdió?".
Lo peor es que esto podría no haber terminado. Los expertos advierten que el fenómeno climático La Niña podría intensificar las precipitaciones entre noviembre de 2020 y enero de 2021, con una influencia que será entre moderada y fuerte. La Universidad Central de Venezuela predice que las lluvias superarán la media histórica. En las calles de Maracay, trabajadores de la gobernación siguen sacando piedras gigantescas y toneladas de sedimentos. Demolieron los restos de estructuras destruidas. Hay una pequeña capilla católica que se mantuvo en pie, casi intacta, mientras todo a su alrededor fue arrasado. Los habitantes la miran con asombro, como si fuera un milagro en medio de la devastación. Pero los milagros no reconstruyen casas ni devuelven los negocios perdidos. Y la próxima temporada de lluvias ya está en el horizonte.
Citas Notables
Perdí todo, quedé desnuda, perdí mi cama, todo, esta ropa que tengo es donada— Deici Rodríguez, cocinera de 62 años
La crisis nos golpea el bolsillo y pasan estas cosas, ¿cómo repone uno todo lo que se perdió?— Leonardo Silva, ex policía de 37 años
La Conversación del Hearth Otra perspectiva de la historia
¿Por qué estas inundaciones son tan diferentes de las que ha habido antes en Venezuela?
Porque llegan en el peor momento posible. Venezuela ya estaba quebrada por la inflación, los apagones, la falta de combustible. Las personas no tenían colchón de seguridad. Cuando el agua vino, no había nada que las protegiera.
Deici perdió todo. ¿Qué significa "todo" en este contexto?
Significa que no solo perdió una casa. Perdió la cama donde duerme, la ropa que usa, los objetos que definen una vida. Ahora depende de la caridad. Eso es lo que significa todo.
Leonardo piensa en emigrar. ¿Es eso una decisión que toma por las inundaciones o por algo más profundo?
Las inundaciones fueron el punto de quiebre, pero no la causa. Lleva años sin empleo, viendo cómo el país se desmorona. Las lluvias simplemente le mostraron que no hay fondo, que las cosas pueden empeorar sin límite.
¿Hay algo que sorprenda en esta historia?
Sí. Una capilla católica se mantuvo en pie mientras todo a su alrededor fue destruido. Los habitantes lo ven como un milagro. Pero es un milagro que no reconstruye nada, que no devuelve lo que se perdió.
¿Qué viene después?
La Niña. Los expertos dicen que las lluvias van a ser más fuertes entre noviembre y enero. Así que esto no termina. Solo se prepara para volver a empezar.