A sus ochenta y tantos años, Daniel Ortega ha consumado lo que medio siglo de poder fue preparando: la abolición formal de las elecciones en Nicaragua, convirtiendo al país en el primer Estado latinoamericano contemporáneo en renunciar abiertamente a la ficción democrática. No es un capricho de vejez, sino la conclusión lógica de un sistema que siempre tuvo como principio irrenunciable no soltar el poder. Respaldado por China y Rusia, Ortega cierra un círculo histórico que el bolivarianismo trazó durante décadas, y lo hace en un momento en que el mundo ofrece menos resistencia que nunca a quie
Ortega cancela elecciones: el fin de las dictaduras bolivarianas con apariencia democrática
Ya no es necesario mantener la ficción de las urnas
¿Por qué Ortega elige este momento para cancelar las elecciones? ¿No es más arriesgado perder la apariencia de legitimidad?
Porque ha calculado que la apariencia ya no le cuesta nada y la realidad le cuesta todo. Cada elección que convoca es una oportunidad para que la oposición, aunque débil, intente algo. Sin elecciones, no hay ni siquiera esa grieta.
Pero ¿no necesita algún tipo de legitimidad interna? ¿Qué pasa con la población que quería votar?
La población que quería votar ya está encarcelada, exiliada o ha aprendido a no hablar. Y los que quedan, ¿qué pueden hacer sin instituciones, sin prensa libre, sin oposición organizada?
Entonces esto es posible porque la represión ya está completa.
Exactamente. Ortega no está inventando la tiranía. Solo está siendo honesto sobre lo que ya existe. Las elecciones eran el último teatro.
¿Y por qué otros líderes no lo han hecho antes?
Porque vivían en un mundo donde todavía importaba lo que pensaba Washington o la comunidad internacional. Ortega mira a Moscú y Pekín y ve que ellos no necesitan elecciones. Así que pregunta: ¿por qué yo sí?
¿Esto se puede replicar en otros países?
En cualquier país donde ya haya un líder populista con control total de las instituciones y una oposición destruida. Venezuela es el ejemplo obvio. Pero hay otros.
O Pulso
- Nicaragua se convierte en el primer país de la región en cancelar formalmente las elecciones, eliminando incluso la apariencia de legitimidad que otros regímenes autoritarios aún preservan.
- La oposición ha sido vaciada por años de encarcelamientos y exilios masivos, dejando a la población sin ningún mecanismo institucional de resistencia o participación política.
- El respaldo diplomático y económico de China y Rusia actúa como escudo internacional, haciendo innecesaria la costosa farsa electoral que antes servía para obtener reconocimiento externo.
- Venezuela observa de cerca: con un fraude electoral ya insostenible en 2024, Maduro enfrenta la misma aritmética política que llevó a Ortega a dar este paso.
- El modelo se perfila como exportable: en una o dos décadas, otros gobiernos populistas latinoamericanos podrían seguir el mismo camino si el entorno geopolítico sigue favoreciendo a las autocracias.
A sus ochenta y tantos años, Daniel Ortega ha consumado lo que medio siglo de poder fue preparando: la abolición formal de las elecciones en Nicaragua, convirtiendo al país en el primer Estado latinoamericano contemporáneo en renunciar abiertamente a la ficción democrática. No es un capricho de vejez, sino la conclusión lógica de un sistema que siempre tuvo como principio irrenunciable no soltar el poder. Respaldado por China y Rusia, Ortega cierra un círculo histórico que el bolivarianismo trazó durante décadas, y lo hace en un momento en que el mundo ofrece menos resistencia que nunca a quienes gobiernan sin rendir cuentas.
Daniel Ortega lleva medio siglo leyendo con precisión el momento político. Encabezó la última revolución marxista exitosa en América Latina en 1979, aceptó una derrota electoral en 1990 cuando el mundo giraba hacia la democracia, y regresó al poder en 2007 para perfeccionar el arte de gobernar sin soltar las riendas. Elecciones amañadas, oposición encarcelada, instituciones capturadas: todas las herramientas del régimen híbrido. Ahora ha dado el paso que muchos líderes autoritarios de la región envidian: ha anunciado que Nicaragua ya no tendrá elecciones.
Esta decisión no es excentricidad, sino clarividencia. Con China y Rusia como garantes de un nuevo orden internacional, mantener la ficción de las urnas ya no es necesario ni rentable. Nicaragua es un país pequeño y pobre, lo que facilita la represión, pero el mismo cálculo podría aplicarse a Venezuela, donde el fraude de 2024 fue tan descarado que volver a convocar elecciones resultaría absurdo.
Ortega está cerrando el círculo histórico del bolivarianismo: una ideología cuyo principio fundamental siempre fue no soltar el poder. Las mentiras electorales se multiplican hasta volverse insostenibles, y entonces llega el momento en que ni siquiera vale la pena convocar comicios. Es la casilla final del populismo autoritario: una tiranía que emerge de su propia lógica interna, sin uniforme, sin golpe de Estado, sin ruptura formal con la legalidad.
La oposición nicaragüense ha sido desmantelada. Sus líderes están en la cárcel o en el exilio. No hay fuerza interna capaz de impedir lo que Ortega anuncia, ni fuerza externa dispuesta a hacerlo mientras Washington mire hacia otro lado y Pekín y Moscú ofrezcan cobertura diplomática. En el horizonte de una o dos décadas, otros países latinoamericanos podrían seguir este camino. Ortega ha identificado la tendencia global y se ha adelantado a ella. Probablemente no será el último en recorrerla.
Daniel Ortega ha pasado medio siglo leyendo bien el momento político. En 1979 encabezó la última revolución marxista exitosa en América Latina. Once años después, cuando el mundo se giraba hacia la democracia tras el colapso soviético, fue el primer líder comunista en aceptar la derrota electoral, convencido de que ganaría de todas formas. Regresó al poder en 2007 y desde entonces ha perfeccionado el arte de gobernar sin soltar las riendas, usando todas las herramientas que caracterizan a los regímenes híbridos: elecciones amañadas, oposición encarcelada, instituciones capturadas. Ahora, a los ochenta y tantos años, ha dado un paso que probablemente muchos líderes autoritarios en la región envidian: ha anunciado que Nicaragua ya no tendrá elecciones.
Esta decisión no es un acto de excentricidad sino de clarividencia política. Ortega ve que el mundo ha cambiado. Con China y Rusia como garantes de un nuevo orden internacional, ya no es necesario mantener la ficción de las urnas. Los regímenes autoritarios pueden gobernar abiertamente sin las molestias de la legitimidad electoral. Nicaragua es un país pequeño y pobre, lo que facilita la represión. Pero el mismo cálculo podría aplicarse a Venezuela, donde Nicolás Maduro enfrenta una situación similar: una oposición diezmada por el encarcelamiento y el exilio, y un fraude electoral tan descarado en 2024 que volver a fingir elecciones resultaría absurdo.
Lo que Ortega está haciendo es cerrar un círculo histórico. El bolivarianismo, la ideología que ha caracterizado a los gobiernos de izquierda radical en América Latina durante las últimas dos décadas, tiene un principio fundamental: nunca soltar el poder. Se puede llegar a la presidencia de manera legítima, pero una vez allí, la lógica interna del sistema exige cada vez más fraude, más represión, más control. Las mentiras electorales se multiplican hasta que se vuelven tan evidentes que mantener la farsa se convierte en un costo político innecesario. Entonces llega el momento en que ni siquiera vale la pena convocar a elecciones.
Esta es la casilla final del bolivarianismo: el regreso a las dictaduras militares puras de hace décadas, pero sin uniforme, sin golpe de estado, sin ruptura formal con la legalidad. Es una tiranía que emerge de la propia lógica del populismo autoritario, respaldada internacionalmente por potencias que tienen interés en un mundo fragmentado y sin democracias funcionales. La oposición nicaragüense, como la venezolana, ha sido desmantelada. Sus líderes están en la cárcel o en el exilio. No hay fuerza capaz de impedir lo que Ortega anuncia.
En el horizonte de una o dos décadas, es probable que otros países latinoamericanos sigan este camino. No porque sea inevitable, sino porque el modelo funciona: permite gobernar sin límites, sin rendición de cuentas, sin la molestia de fingir competencia electoral. Y mientras China y Rusia ofrezcan respaldo diplomático y económico, mientras la administración estadounidense mire hacia otro lado o incluso aplauda, como ha hecho con Venezuela, no hay fuerza externa que lo impida. Ortega ha identificado la tendencia global y se ha adelantado a ella. Probablemente no será el último.
Citações Notáveis
Esta es la casilla final del bolivarianismo, cuyo principio fundamental es no dejar el poder bajo ningún concepto— Análisis editorial