Ola de calor extremo colapsa sistema eléctrico mexicano con apagones en múltiples estados

Más de 10 personas han muerto por la ola de calor, incluyendo tres en Tabasco que intentaban pasar la noche con aire acondicionado encendido; además, apagones afectan acceso a refrigeración y conservación de alimentos en hogares.
Los transformadores tienen treinta años y las líneas están sin modernizar
Un especialista en energía explica por qué la infraestructura de distribución de la CFE no puede sostener la demanda actual.

En el corazón del verano mexicano, cuando el termómetro rebasó los 45 grados en once estados, la red eléctrica nacional reveló una fragilidad acumulada durante años: no era el calor lo que fallaba, sino la infraestructura que debía sostenerlo. La Comisión Federal de Electricidad enfrentó una demanda histórica de más de 51.000 megawatts con transformadores envejecidos y líneas sin modernizar, dejando sin luz a millones de hogares y negocios en Veracruz, Nuevo León, Yucatán y más allá. Más de diez personas perdieron la vida, y la crisis expuso no solo las grietas técnicas del sistema, sino las consecuencias de decisiones de política energética que frenaron inversiones durante años.

  • Las temperaturas récord de más de 45 grados dispararon la demanda eléctrica a niveles históricos, obligando al sistema a recurrir a sus plantas más viejas y contaminantes para no colapsar del todo.
  • Los apagones se extendieron por al menos once estados, dejando familias sin refrigeración ni descanso, negocios con pérdidas directas y, en los casos más trágicos, costando la vida a más de diez personas.
  • Los expertos señalan que el nudo no está en generar electricidad sino en distribuirla: transformadores obsoletos y líneas sin modernizar simplemente se rompen cuando la demanda se dispara en horas pico.
  • Cerca de 2.000 megawatts de capacidad instalada —principalmente energías limpias— permanecen detenidos por decisiones de política energética, mientras inversores privados que podrían aliviar la presión han sido frenados arbitrariamente.
  • La eliminación del horario de verano agrava el ciclo: oscurece más temprano, se consumen más horas de luz artificial y el sistema, ya al límite, no encuentra respiro entre una ola de calor y la siguiente.

A mediados de junio, con temperaturas que superaban los 45 grados en once estados mexicanos, el sistema eléctrico nacional comenzó a ceder. En Veracruz, Nuevo León, Yucatán y otras regiones, los apagones se multiplicaron: los aires acondicionados se apagaron, los refrigeradores dejaron de funcionar y el calor extremo cobró más de diez vidas. En Tabasco, tres personas murieron intentando pasar la noche con el aire acondicionado encendido, atrapadas entre el calor y un sistema que no podía sostenerlas.

El martes de esa semana, la demanda alcanzó un pico histórico de 51.368 megawatts por hora, cifra que obligó a activar las plantas más viejas, ineficientes y contaminantes del país. Los expertos fueron claros: el problema no era la generación de electricidad sino su distribución. La CFE no había modernizado los transformadores ni las líneas que llevan la energía desde las subestaciones hasta los hogares, y cuando la demanda se disparaba, esos componentes envejecidos simplemente se rompían.

La crisis también iluminó las consecuencias de años de política energética restrictiva. Cerca de 2.000 megawatts de capacidad instalada —principalmente en energías limpias— permanecían detenidos, y los inversores privados que habrían podido complementar la red habían sido frenados. En Nuevo León, un tercio de las empresas exportadoras del estado operaban en Apodaca, el municipio más golpeado por las intermitencias desde el 15 de junio.

Dos factores agravaban el ciclo sin salida aparente: el calor récord exigía aire acondicionado continuo, y la eliminación del horario de verano extendía las horas de consumo de luz artificial al oscurecer más temprano. La red de distribución, con casi 889.170 kilómetros, no había crecido al ritmo del consumo. La CFE anunció 137 proyectos de distribución con una inversión millonaria, pero la pregunta que flotaba en el aire era si esos recursos llegarían a tiempo, o si el sistema seguiría quebrándose cada vez que el calor apretara.

A mediados de junio, cuando los termómetros en México superaban los 45 grados, el sistema eléctrico nacional comenzó a fallar. En Veracruz, en Nuevo León, en Yucatán y en otros diez estados, la luz se fue. Los aires acondicionados se apagaron. Los refrigeradores dejaron de funcionar. Lo que comenzó como una ola de calor se convirtió en una crisis de infraestructura que expuso años de negligencia en la red que distribuye la electricidad a los hogares y negocios del país.

La demanda alcanzó máximos históricos. El martes de esa semana, el Centro Nacional de Control de Energía registró un pico de 51.368 megawatts por hora, cifra que obligó al sistema a activar sus plantas más viejas, más ineficientes y más contaminantes. Desde Boca del Río hasta Apodaca, desde la península de Yucatán hasta el Bajío, los cortes eléctricos se multiplicaron. El calor extremo ya había dejado más de diez muertos en el país. En Tabasco, tres personas murieron cuando intentaban pasar la noche con el aire acondicionado encendido, atrapadas entre el calor insoportable y un sistema que no podía sostener la demanda.

Los expertos coincidieron en el diagnóstico: el problema no era la generación de electricidad sino su distribución. La Comisión Federal de Electricidad, la paraestatal que gestiona el sistema, no había modernizado los transformadores ni las líneas de conexión que llevan la energía desde las subestaciones hasta las colonias y residenciales. Cuando la demanda se disparaba en las horas pico, estos componentes envejecidos simplemente se rompían. Un especialista en temas energéticos explicó que la CFE probablemente no tenía en sus inventarios suficientes transformadores ni la capacidad de adaptar las líneas para resistir tanta presión simultánea.

La crisis también reveló decisiones de política energética que habían frenado inversiones privadas. Aproximadamente 2.000 megawatts de capacidad instalada estaban detenidos, principalmente en energías limpias, según denunció el vicepresidente de Energías Renovables de la patronal empresarial. Mientras México contaba con una capacidad instalada de 80.000 megawatts, cuando el sistema se acercaba a los 50.000 en demanda, entraban en juego las plantas más viejas y contaminantes. Los inversores privados, que podrían haber complementado la capacidad de la CFE, habían sido frenados arbitrariamente.

En Veracruz, el presidente de la cámara empresarial denunció apagones reiterados en la zona conurbada Veracruz-Boca del Río. Los cortes no solo afectaban el confort de las familias sino que generaban pérdidas económicas directas: los alimentos se echaban a perder en refrigeradores sin electricidad, los negocios perdían productividad, los hogares no tenían descanso. En Nuevo León, el sector manufacturero alzó la voz. Un tercio de las empresas de exportación del estado estaban ubicadas en Apodaca, el municipio que más había sufrido intermitencias desde el 15 de junio. Aunque muchas empresas tenían plantas de almacenamiento de energía como respaldo, la posibilidad de un apagón prolongado sin capacidad de respuesta era una amenaza real.

Dos factores específicos agravaban la situación. Primero, el calor récord obligaba a los hogares a usar aires acondicionados de forma continua. Segundo, la eliminación del horario de verano significaba que oscurecía más temprano, extendiendo las horas de consumo de luz artificial. Juntos, estos factores habían generado picos de demanda sin precedentes en junio. La red de distribución, que sumaba casi 889.170 kilómetros al cierre de 2022, no había recibido inversión suficiente para crecer al ritmo del consumo. Aunque la CFE había planeado 137 proyectos de distribución con una inversión de 137.160 millones de pesos, la pregunta que quedaba en el aire era si esos recursos llegarían a tiempo, o si el sistema seguiría colapsando cada vez que el calor apretara.

Los constantes apagones generan afectaciones económicas en los hogares y negocios; los alimentos se echan a perder, lo que significa un golpe al bolsillo de las familias
— Manuel Liaño, presidente de Coparmex en Veracruz
La CFE no ha modernizado los transformadores ni las líneas de conexión que llegan a las colonias, convirtiéndose en puntos débiles ante una alza abrupta de demanda eléctrica
— Ramses Pech, especialista en temas energéticos
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué un apagón en junio es diferente a cualquier otro apagón?

Model

Porque no es un accidente. Es el resultado de años sin invertir en las tuberías por las que viaja la electricidad. Cuando hace calor normal, el sistema aguanta. Cuando hace 45 grados, se quiebra.

Inventor

Pero México tiene 80.000 megawatts de capacidad. ¿No debería ser suficiente?

Model

Suficiente para generar, sí. Pero la electricidad tiene que llegar a tu casa. Los transformadores que la distribuyen tienen treinta años. Las líneas están sin modernizar. Es como tener una represa gigante pero tuberías rotas.

Inventor

¿Quién es responsable de esto?

Model

La CFE, principalmente. Pero también decisiones políticas que frenaron inversiones privadas. Hay 2.000 megawatts de energía limpia detenidos que podrían estar alimentando el sistema ahora.

Inventor

¿Y la gente qué hace mientras tanto?

Model

Muere de calor sin aire acondicionado. Pierde la comida en refrigeradores sin electricidad. Las empresas pierden dinero. Es un problema que toca a todos, pero golpea más a quien menos puede pagar un generador de respaldo.

Inventor

¿Esto va a mejorar?

Model

Solo si se invierte en distribución ahora. La CFE tiene planes, pero nadie sabe si llegarán a tiempo. Mientras tanto, cada ola de calor es una prueba de fuego.

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