Bukele reelegido en El Salvador con aplastante 85,3% de votos

Un mandato prácticamente sin límites en manos de una sola persona
La victoria electoral de Bukele le otorgó control abrumador de las instituciones salvadoreñas, planteando interrogantes sobre el futuro democrático.

En la noche del 4 de febrero de 2024, Nayib Bukele fue reelegido presidente de El Salvador con el 85,3% de los votos válidos, una cifra que redefine los límites del mandato popular en la historia democrática latinoamericana. Su victoria, construida sobre la promesa de seguridad y orden frente a décadas de violencia, revela tanto la profunda sed de cambio de la ciudadanía salvadoreña como las tensiones que surgen cuando el poder se concentra de manera tan absoluta en una sola figura. El margen no es solo un número: es una pregunta abierta sobre qué forma tomará la democracia cuando un gobernante lo tiene casi todo.

  • Bukele se proclamó ganador antes del conteo oficial, anticipando una cifra —85,3%— que dejó a su rival más cercano, Carlos Calleja, con apenas el 7,2% de los votos.
  • La oposición llegó fragmentada y sin candidato unificado, lo que convirtió la contienda en un monólogo electoral antes de que comenzara.
  • Las acusaciones de uso indebido de recursos estatales, intimidación a opositores y control institucional nublaron la lectura de una victoria que, en los números, parecía incuestionable.
  • Con más de 58 de los 60 escaños legislativos en manos de su partido, Nuevas Ideas, Bukele acumula ahora un poder ejecutivo y parlamentario sin contrapesos visibles.
  • El Salvador enfrenta una encrucijada: la legitimidad electoral más aplastante de su historia reciente coexiste con las dudas más serias sobre la salud de sus instituciones democráticas.

La noche del 4 de febrero, Nayib Bukele no esperó a los árbitros electorales para proclamarse ganador. Cuando llegaron los números oficiales, le dieron la razón de una manera que pocos habían anticipado en esa magnitud: el 85,3% de los votos válidos. Su rival más cercano, Carlos Calleja de ARENA, apenas alcanzó el 7,2%. Una distancia de más de diez veces.

Era la primera reelección presidencial en El Salvador desde el fin de la guerra civil en 1992, y Bukele la ganó con un margen que borraba cualquier ambigüedad. Su partido, Nuevas Ideas, acumuló más de 1,2 millones de votos. El FMLN reunió 110.244 y ARENA apenas 96.700. La oposición, incapaz de presentar un frente unificado, llegó dividida y salió pulverizada. Desde el estrado, Bukele anunció también el control de más de 58 de los 60 escaños de la Asamblea Legislativa.

La explicación de semejante victoria tenía varias capas. La más visible era su popularidad genuina: su campaña contra la criminalidad y la corrupción había resonado con fuerza en una población exhausta por décadas de violencia. Pero debajo de esa capa había otra más incómoda: acusaciones de movilización de recursos públicos para su campaña, intimidación a opositores y un control institucional que le otorgaba ventajas difíciles de separar del carisma.

La victoria era real e innegable. Pero también era un espejo. Un mandato tan abrumador, una concentración de poder tan visible en una sola persona, dejaba flotando en el aire una pregunta que los números no podían responder: qué haría Bukele con todo ese poder.

La noche del 4 de febrero, Nayib Bukele no esperó a que los árbitros electorales contaran los votos. Subió a proclamarse ganador de las elecciones presidenciales de El Salvador con una cifra que parecía sacada de un régimen sin competencia: más del 85% de los sufragios. Cuando el Tribunal Supremo Electoral publicó los números oficiales, la realidad fue aún más contundente. Bukele había obtenido el 85,3% de los votos válidos. Su rival más cercano, Carlos Calleja del partido ARENA, quedó rezagado con apenas el 7,2%. Era una distancia de más de diez veces.

Esta victoria marcaba un hito sin precedentes en la historia democrática moderna, según las propias palabras de Bukele. Era la primera vez desde el fin de la guerra civil salvadoreña en 1992 que un presidente se presentaba a la reelección. Y ganaba con un margen que parecía borrar cualquier duda sobre su mandato. Su partido, Nuevas Ideas, acumuló más de 1,2 millones de votos. El Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, de izquierda, apenas reunió 110.244. ARENA, de derecha, consiguió 96.700. La fragmentación de la oposición era evidente.

Bukele proclamó desde el estrado que su victoria incluía también un dominio legislativo abrumador: más de 58 de los 60 diputados de la Asamblea. "Dios bendiga a El Salvador", cerró su discurso. La cifra que repetía una y otra vez era casi imposible de procesar en términos de política electoral convencional. Nadie en la región había visto algo parecido.

La explicación de esta victoria descansaba en varios pilares. Primero, la popularidad personal de Bukele entre los salvadoreños. Su administración había hecho de la seguridad pública su bandera. La lucha contra la criminalidad y la corrupción resonaba con una población cansada de la violencia. Ese mensaje había calado hondo. Segundo, la oposición nunca logró presentar un frente unido. Los partidos tradicionales no consiguieron ponerse de acuerdo en un candidato único que pudiera competir de verdad contra Bukele. Cada uno fue por su lado, diluyendo su fuerza.

Pero había una tercera explicación que generaba inquietud. Bukele había sido acusado de utilizar el aparato estatal para su beneficio político. Los recursos públicos se habían movilizado para su campaña. La oposición reportaba intimidación. El control de las instituciones estatales le daba una ventaja que iba más allá de la popularidad o el carisma.

La victoria era innegable, pero también era un espejo que reflejaba preocupaciones profundas. Un mandato tan abrumador, una concentración de poder tan evidente en manos de una sola persona, planteaba preguntas incómodas sobre el futuro de la democracia en El Salvador. Bukele tenía ahora la legitimidad electoral para hacer casi cualquier cosa. La pregunta que quedaba en el aire era qué haría con ese poder.

Hemos ganado la elección presidencial con más del 85% de los votos y un mínimo de 58 de 60 diputados. El récord en toda la historia democrática del mundo.
— Nayib Bukele, proclamándose ganador
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Cómo es posible que alguien gane con el 85% de los votos en una elección democrática moderna?

Model

La respuesta está en tres cosas que ocurrieron simultáneamente. Bukele es genuinamente popular por su enfoque en seguridad. La oposición se fragmentó y nunca presentó un rival creíble. Y él tenía acceso a todas las máquinas del Estado para amplificar su mensaje.

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¿Entonces la popularidad fue el factor decisivo?

Model

Fue importante, pero no fue todo. Si la oposición hubiera estado unida detrás de un candidato fuerte, el resultado habría sido diferente. El problema es que los partidos tradicionales no pudieron o no quisieron coordinarse.

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¿Qué significa esto para El Salvador a partir de ahora?

Model

Bukele tiene un mandato prácticamente sin límites. Controla la presidencia, la mayoría legislativa abrumadora, y ha demostrado disposición a usar las instituciones para sus propios fines. Eso es poder concentrado en un nivel que la región no había visto en décadas.

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¿Hay precedentes de esto en América Latina?

Model

Hay momentos en la historia donde líderes han ganado con márgenes enormes, pero generalmente en contextos de autoritarismo o después de crisis graves. Aquí hay una diferencia: Bukele ganó en una elección que fue técnicamente libre, pero en un contexto donde el Estado estaba completamente a su servicio.

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¿Qué debería preocupar a los observadores democráticos?

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La concentración de poder sin contrapesos. Cuando un presidente controla el ejecutivo, la legislatura, y tiene acceso a los recursos estatales, la democracia se vuelve frágil. No es que Bukele haya ganado. Es cómo ganó y qué puede hacer ahora.

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