En febrero de 2021, mientras la segunda ola de COVID-19 arrasaba Lima, el alcalde Jorge Muñoz reveló una verdad incómoda: la escasez de oxígeno medicinal no era un accidente del destino, sino el resultado acumulado de décadas de descuido institucional. Solo dos universidades en todo el Perú fabricaban plantas de oxígeno, y los pacientes morían esperando en colas lo que otros países consideran infraestructura básica. La crisis no preguntaba por tecnología ni por dinero, sino por algo más difícil de legislar: la voluntad de actuar antes de que el desastre llegue.
Muñoz: falta capacidad de producción de plantas de oxígeno medicinal en Perú
Si tuviésemos esa voluntad, mucho más rápido podríamos tener solución
¿Por qué solo dos universidades producen plantas de oxígeno en todo el Perú?
Porque nadie anticipó que se necesitaría en esta escala. Es un equipamiento especializado, caro, que requiere capacidad técnica. Esas dos universidades tenían esa capacidad, pero no fue una prioridad nacional hasta que la pandemia lo hizo urgente.
Pero espera, ¿eso significa que antes de COVID-19 el Perú simplemente no tenía plantas de oxígeno medicinal en los hospitales? ¿O sí las tenía, pero no suficientes?
La fuente no lo aclara completamente. Lo que sabemos es que la capacidad de producción era insuficiente para la demanda de la segunda ola. Muñoz sugiere que otros países equipan hospitales con estas plantas como estándar, lo que implica que aquí no era la norma.
Y el costo, un millón y medio de soles por planta, ¿es mucho para una municipalidad o para el Estado?
Para una municipalidad grande como Lima, es posible. Para el Estado nacional, debería serlo. Pero requiere decisión presupuestaria y coordinación. Muñoz dice que lo que falta es voluntad, no dinero.
Aquí hay que ser cuidadosos. Muñoz dice que falta voluntad, pero ¿cuántas entidades realmente intentaron comprar plantas? ¿Cuántas fueron rechazadas? ¿O simplemente no lo intentaron? La fuente no lo especifica.
Es verdad. Muñoz está diagnosticando un problema de actitud institucional, pero no da evidencia de solicitudes rechazadas o de entidades que pidieron y no recibieron.
¿Y la planta que instaló Lima en San Juan de Lurigancho, eso resuelve algo?
Produce 420 metros cúbicos diarios, que es lo que una planta estándar produce. Para un distrito de cientos de miles de personas, es un aporte, pero no es la solución a una crisis nacional.
¿Sabemos cuánto oxígeno necesitaba el país en ese momento? Sin ese número, es difícil saber si una planta es mucho o poco.
No, la fuente no da esa cifra. Solo sabemos que la demanda era muy grande a nivel nacional y que había colas de espera de varios días.
Entonces, ¿cuál es el punto final? ¿Muñoz está pidiendo que se construyan más plantas, o que se compren, o ambas?
Ambas. Dice que hay que romper la inercia, que hay que tener capacidad de producción mayor. Pero no propone un plan específico, solo señala que si hubiera voluntad, se podría hacer.
Il Polso
- La segunda ola de COVID-19 desbordó la capacidad respiratoria del sistema de salud peruano, dejando a miles de pacientes sin acceso al oxígeno que necesitaban para sobrevivir.
- Solo la UNI y la PUCP producían plantas de oxígeno en todo el país, creando cuellos de botella donde esperar varios días era la norma mientras los enfermos se agravaban.
- Una planta de 420 m³ diarios costaba alrededor de un millón y medio de soles, una cifra manejable para el Estado, pero que nadie había comprometido con anticipación.
- La Municipalidad de Lima instaló una planta gratuita en San Juan de Lurigancho bajo el nombre Oxígeno para la Vida, un gesto significativo que también evidenciaba la ausencia del gobierno nacional.
- El alcalde Muñoz llamó a la acción colectiva de entidades públicas y privadas, pero la segunda ola no esperaba: la crisis seguía avanzando más rápido que las decisiones.
En febrero de 2021, mientras la segunda ola de COVID-19 arrasaba Lima, el alcalde Jorge Muñoz reveló una verdad incómoda: la escasez de oxígeno medicinal no era un accidente del destino, sino el resultado acumulado de décadas de descuido institucional. Solo dos universidades en todo el Perú fabricaban plantas de oxígeno, y los pacientes morían esperando en colas lo que otros países consideran infraestructura básica. La crisis no preguntaba por tecnología ni por dinero, sino por algo más difícil de legislar: la voluntad de actuar antes de que el desastre llegue.
En febrero de 2021, el alcalde de Lima Jorge Muñoz dio una entrevista que desnudó una falla estructural del Estado peruano: el país no contaba con suficientes plantas de oxígeno medicinal para enfrentar la segunda ola de COVID-19. El problema, según Muñoz, no era técnico ni económico. Era de voluntad.
La producción nacional de estas plantas recaía casi exclusivamente en dos universidades: la Universidad Nacional de Ingeniería y la Pontificia Universidad Católica del Perú. La propia Municipalidad de Lima había adquirido una planta a la Católica, pero incluso esa compra evidenció el cuello de botella: había que hacer cola, esperar días, mientras pacientes con insuficiencia respiratoria morían sin acceso al oxígeno.
Los números que citó Muñoz no eran prohibitivos. Una planta capaz de producir 420 metros cúbicos diarios costaba alrededor de un millón y medio de soles, incluyendo obras civiles e instalación. En otros países, ese equipamiento forma parte del estándar al inaugurar un hospital. En Perú, nadie lo había previsto. La pandemia encontró al país desprevenido.
La municipalidad intentó responder con lo que tenía. A través de Siso Salud, instaló en San Juan de Lurigancho la planta Oxígeno para la Vida, que produciría 420 m³ diarios de forma gratuita para los vecinos del distrito más poblado de la capital. Era un gesto concreto, pero también una confesión implícita: una sola planta local no podía resolver una crisis de escala nacional.
Muñoz cerró con un llamado a la coordinación entre entidades públicas y privadas, insistiendo en que la solución existía si existía la decisión. Pero mientras hablaba, la segunda ola seguía avanzando, y las colas por oxígeno seguían creciendo.
Jorge Muñoz, alcalde de Lima, enfrentó en febrero de 2021 una crisis que exponía una falla fundamental en la infraestructura sanitaria del país: el Perú no tenía suficientes plantas de oxígeno medicinal para atender la segunda ola de COVID-19. En una entrevista con RPP, Muñoz fue directo sobre el problema. No se trataba de una limitación técnica insuperable, sino de algo más simple y más grave: falta de voluntad institucional para construir o adquirir las máquinas que miles de peruanos necesitaban para respirar.
La realidad de la producción era estrecha. Solo dos universidades en todo el país fabricaban plantas de oxígeno: la Universidad Nacional de Ingeniería y la Pontificia Universidad Católica. La Municipalidad de Lima había comprado una a la Católica, pero incluso esa transacción reveló el cuello de botella. Cuando una entidad solicitaba una planta, tenía que esperar en una cola mientras otros pedidos avanzaban. Varios días podían pasar antes de que llegara el turno. Mientras tanto, pacientes con insuficiencia respiratoria por COVID-19 morían sin acceso al oxígeno que necesitaban.
Muñoz detalló los números. Una planta capaz de producir 420 metros cúbicos de oxígeno diarios costaba aproximadamente un millón treinta y cinco mil soles. Pero eso era solo el equipo. Había que sumar las obras civiles necesarias para instalarlo: un espacio adecuado, infraestructura de soporte, personal capacitado para operarlo. El costo total rondaba el millón y medio de soles por unidad. No era una cifra astronómica para un Estado o para instituciones grandes, pero requería decisión y recursos comprometidos.
Lo que el alcalde señaló como ausente era precisamente eso: la decisión. Si múltiples entidades públicas y privadas hubieran actuado con voluntad, si hubiera habido coordinación para que instituciones especializadas produjeran estos equipos de forma más rápida y a mayor escala, el país habría podido responder. Pero eso no ocurrió. Muñoz lo atribuyó a un descuido histórico del Estado peruano. En otros países, cuando se inauguraba un hospital, venía equipado con plantas de oxígeno medicinal como parte del estándar. En Perú, nadie había previsto que algún día se necesitaría oxígeno en esa cantidad. Cuando la pandemia llegó, el país descubrió que estaba desprevenido.
La Municipalidad de Lima intentó actuar. A través de su entidad Siso Salud, instaló una planta de producción de oxígeno en San Juan de Lurigancho, uno de los distritos más poblados y más afectados de la capital. La planta, bautizada Oxígeno para la Vida, produciría 420 metros cúbicos diarios de forma gratuita para los vecinos. La municipalidad asumió todos los costos de operación y mantenimiento. Era un gesto importante, pero también una admisión de que el Estado nacional no había hecho lo necesario. Una sola planta en un distrito no podía resolver una crisis nacional.
Muñoz insistió en que la solución existía si había voluntad. No era un problema de tecnología imposible o de costos prohibitivos. Era un problema de decisión política y de coordinación institucional. Pidió a las entidades públicas y privadas que se unieran, que rompieran la inercia, que actuaran con generosidad de recursos y de espíritu. Pero mientras hablaba, la segunda ola seguía avanzando, y los pacientes seguían esperando en colas por oxígeno que el país no producía lo suficientemente rápido.
Citazioni salienti
La producción es lo complicado porque tenemos dos universidades que están produciendo este tipo de plantas, hay una demanda muy grande a nivel nacional, mientras que uno se pone en la cola, van pasando varios días— Jorge Muñoz, alcalde de Lima, en entrevista con RPP
En otros países todas las entidades sanitarias cuando abren un hospital, necesariamente lo abren con plantas de oxígeno medicinal. Acá en Perú nos hemos descuidado— Jorge Muñoz