Muere Martha Ann Lillard, última sobreviviente en pulmón de acero por polio

Martha Ann Lillard vivió 73 años con parálisis parcial y dependencia de máquina respiratoria tras contraer polio a los 5 años, finalmente falleciendo por complicaciones de COVID persistente.
Vivía con el 25% de capacidad pulmonar, pero vivía
Martha Ann Lillard transformó una vida de limitaciones extremas en una de creatividad y propósito.
Mark

¿Qué significa vivir 73 años dentro de una máquina que respira por ti?

Mimi

Significa que tu vida entera está estructurada alrededor de esa máquina. Significa que no puedes irte lejos, que cada viaje requiere planificación, que el sonido de esa máquina es la banda sonora de tu existencia. Pero también significa que aprendes a vivir de otras formas.

Mark

¿Cómo es posible que una máquina de los años veinte siguiera funcionando hasta 2026?

Mimi

Porque no había alternativa para ella. Las terapias modernas no funcionaron. Entonces la máquina siguió funcionando, piezas tras piezas, reparación tras reparación, hasta que las piezas se volvieron imposibles de conseguir.

Mark

¿Qué nos dice su muerte sobre la polio en América?

Mimi

Que la polio casi desapareció, pero no completamente. Que hay personas que cargan sus cicatrices invisibles décadas después. Y que cuando una enfermedad como esa toca tu vida a los cinco años, nunca realmente se va.

Mark

¿Por qué pintaba y escribía poemas si su brazo derecho estaba paralizado?

Mimi

Porque tenía una mano izquierda. Porque la creatividad no espera a que todo esté perfecto. Porque vivir no significa esperar a estar completamente sano.

Mark

¿Qué fue lo más difícil de su historia?

Mimi

Quizás no fue la polio ni la máquina. Fue que cuando finalmente llegó algo que podría haberla matado—el COVID—su cuerpo ya estaba tan debilitado que no pudo resistir. Fue que la máquina que la salvó no pudo salvarse a sí misma.

  • Lillard contrajo polio en 1953, exactamente dos años antes de que la vacuna de Salk llegara para proteger a otros niños como ella.
  • Durante décadas dependió de una máquina de los años veinte para respirar mientras dormía, viviendo con apenas el 25% de capacidad pulmonar y el brazo derecho paralizado.
  • Al envejecer, el síndrome postpolio y dos infecciones de COVID-19 fueron erosionando lo que su cuerpo había aprendido a sostener con tanto esfuerzo.
  • Las piezas del pulmón de acero, fabricadas en los años cuarenta, comenzaron a escasear: su familia tenía un motor de repuesto pero nadie sabía cómo instalarlo.
  • Fue la COVID persistente, y no la polio original ni la máquina obsoleta, lo que finalmente acabó con su vida a los 78 años.
  • Su muerte cierra en Estados Unidos el capítulo humano de una epidemia y plantea preguntas urgentes sobre qué ocurre cuando la tecnología que sostiene una vida envejece junto con quien la necesita.

Martha Ann Lillard, quien contrajo polio dos años antes de que existiera la vacuna que podría haberla salvado, vivió 73 años dentro de un pulmón de acero y falleció a los 78 por complicaciones de COVID persistente. Su historia no es solo la de una enfermedad del siglo pasado, sino la de una mujer que negoció con los límites del cuerpo y encontró en ellos espacio para la pintura, la poesía y la música. Con su muerte desaparece en Estados Unidos el último testigo vivo de una era médica que el mundo creyó haber dejado atrás, recordándonos que la supervivencia rara vez es un regreso, sino una reinvención continua.

Martha Ann Lillard tenía cinco años el día que contrajo polio, en 1953. Dos años después existiría la vacuna. Ese margen de tiempo lo cambió todo: pasó seis meses hospitalizada y luego décadas durmiendo dentro de un pulmón de acero, la máquina de metal inventada en los años veinte para respirar por quienes ya no podían hacerlo solos.

Con el tiempo, sus pulmones ganaron algo de terreno. Aprendió a caminar de nuevo, redujo las horas dentro de la máquina hasta usarla solo para dormir. Su brazo derecho quedó paralizado, pero con el izquierdo pintó, escribió poemas y compuso música para piano. Vivía con el 25% de su capacidad pulmonar, pero construyó una vida entera dentro de ese margen.

Al envejecer, el cuerpo comenzó a cobrar deudas acumuladas. El síndrome postpolio trajo fatiga y debilidad progresiva. Luego llegó el COVID-19, dos veces, y después la COVID persistente, esa enfermedad que no termina de irse. Al mismo tiempo, la máquina que la había sostenido durante 73 años empezaba a desmoronarse: algunas piezas databan de los años cuarenta y eran casi imposibles de conseguir. Su hermana Cindy contó que tenían un motor de repuesto, pero nadie sabía cómo instalarlo.

Fue la COVID persistente la que finalmente la mató, a los 78 años. No la polio, no la máquina obsoleta, sino una enfermedad que ni siquiera existía cuando ella nació. Con Lillard desapareció la última persona en Estados Unidos que vivía con ese dispositivo de otra era, y también una forma particular de entender la supervivencia: no como victoria, sino como una negociación constante con lo que el cuerpo puede ofrecer y con las herramientas imperfectas que nos mantienen en pie.

Martha Ann Lillard murió a los 78 años. Fue la última persona en Estados Unidos que vivía dentro de un pulmón de acero, esa máquina de metal que respira por ti cuando tu cuerpo ya no puede. La noticia llegó a través de la revista People a finales de junio, aunque el mundo se enteró días después.

Todo comenzó el día de su quinto cumpleaños en 1953, cuando contrajo polio. Dos años. Eso fue lo que le faltó. Si la enfermedad hubiera llegado dos años después, habría existido la vacuna. En cambio, pasó seis meses en el hospital y luego 23 horas al día dentro de esa máquina, intentando reeducar a sus pulmones para que recordaran cómo respirar. El pulmón de acero fue inventado en los años veinte como solución para quienes habían perdido el control de sus músculos, nervios o sistema respiratorio. Era lo que había disponible entonces.

Con el tiempo, algo extraordinario sucedió. Sus pulmones se fortalecieron. Recuperó la capacidad de caminar. Las sesiones dentro de la máquina se fueron acortando hasta que solo la necesitaba para dormir. Su brazo derecho permaneció paralizado, pero el resto de su cuerpo aprendió a vivir con lo que tenía. Vivía con apenas el 25 por ciento de su capacidad pulmonar, pero vivía. Pintaba. Escribía poemas. Componía música para piano usando solo su mano izquierda. Hizo una vida de eso.

Pero el tiempo cobra sus deudas. A medida que envejecía, su cuerpo comenzó a fallar de nuevas maneras. Desarrolló síndrome postpolio, una afección que trae fatiga y debilidad progresiva a quienes sobrevivieron a la enfermedad original. Contrajo COVID-19 dos veces. Luego vino la COVID persistente, esa enfermedad que no se va, que sigue dañando incluso después de que el virus debería haber desaparecido.

Y entonces la máquina también comenzó a fallar. Algunas de sus piezas databan de los años cuarenta. Piezas que ya casi no existen en ningún lado. Su hermana Cindy explicó a la estación KFOR que tenían un motor de repuesto, pero nadie sabía cómo instalarlo si lo necesitaban. La tecnología que la mantuvo viva durante 73 años se estaba desmoronando junto con ella, obsoleta en un mundo que había seguido adelante.

Fue la COVID persistente la que finalmente la mató, según su obituario. No la polio original, no el pulmón de acero que falló, sino una enfermedad que ni siquiera existía cuando ella nació. Con su muerte desapareció la última persona en Estados Unidos que vivía con ese dispositivo de otra era. Desapareció también una forma de entender la supervivencia: no como un regreso a la normalidad, sino como una negociación constante con lo que el cuerpo puede hacer, con las máquinas que nos sostienen, con la creatividad que florece en los márgenes de lo que es posible.

Algunas de las piezas son de la década de 1940 y son difíciles de conseguir
— Cindy, hermana de Martha Ann Lillard
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