La integridad física era la única métrica que importaba
Una semana después de que dos terremotos sacudieran Venezuela el 24 de junio, el Ministerio de Educación reconoció que ningún calendario escolar puede imponerse sobre el duelo y el peligro. En los municipios más golpeados —Vargas, partes de Caracas, Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón— las clases quedaron suspendidas sin fecha de regreso, mientras el país entero fue llamado a mirar de frente la fragilidad de la tierra que habita. La institución eligió, en silencio, medir el año no en fechas cumplidas sino en vidas resguardadas.
- Dos sismos en un solo día dejaron comunidades enteras sin escuelas en pie y sin certeza sobre cuándo podrá reanudarse la vida cotidiana.
- Estudiantes y docentes en las zonas de desastre enfrentan no solo pérdidas materiales sino un trauma colectivo que ningún plan de estudios había contemplado.
- El ministerio suspendió indefinidamente las clases en los municipios más afectados, desvinculando el cierre del año escolar de cualquier presión administrativa mientras continúan los rescates.
- En el resto del país, las escuelas permanecen abiertas pero transformadas: la gestión de riesgos entra al aula y los maestros asumen también el rol de acompañantes emocionales.
- Las autoridades esperan el fin de las labores de rescate antes de definir los trámites que cerrarán formalmente el ciclo 2025-2026 en las zonas de desastre.
El 24 de junio, dos terremotos sacudieron Venezuela. Una semana más tarde, el Ministerio del Poder Popular para la Educación emitió un comunicado que reconocía lo que ya era evidente: el calendario escolar tendría que ceder ante una realidad más urgente.
El plan adoptado funcionó a dos velocidades. En los municipios directamente golpeados —Vargas completo, la parroquia Libertador en Caracas, y decenas de municipios en Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón— las clases quedaron suspendidas sin fecha definida de regreso. No habría presión por cerrar el año. Las autoridades esperarían a que concluyeran las labores de rescate antes de pensar siquiera en los trámites administrativos del ciclo 2025-2026. La integridad física de estudiantes y docentes era la única métrica que importaba.
Para el resto del país, la instrucción fue continuar, pero de otra manera. La gestión de riesgos y la preparación ante desastres entrarían al currículo, y en todas las escuelas, sin excepción, se activaría el acompañamiento socioemocional. Los maestros serían también consejeros. Los niños aprenderían que la tierra puede moverse, y que después del movimiento, es necesario hablar.
Era un reconocimiento tácito de algo que los números no capturan: que un terremoto no termina cuando deja de temblar. Que los niños que vivieron el colapso desde adentro, y también los que lo vieron desde lejos, necesitan más que un diploma al final del año. El ministerio no pudo decir cuándo volverían las clases en las zonas de desastre. Lo único que pudo ofrecer fue una promesa de espera, y la certeza de que, mientras tanto, el resto del país seguiría adelante con los ojos abiertos.
El 24 de junio, dos terremotos sacudieron Venezuela. Una semana después, el Ministerio del Poder Popular para la Educación emitió un comunicado que reconocía lo obvio: el calendario escolar tendría que esperar.
La prioridad ya no era cumplir fechas. Era garantizar que los estudiantes y maestros en las zonas más golpeadas estuvieran vivos, seguros, y en condiciones de pensar en algo más que en escombros. El ministerio expresó sus condolencias a las víctimas y reconoció el trabajo de los docentes, rescatistas y voluntarios que seguían buscando entre los edificios derrumbados.
Lo que vino después fue un plan de dos velocidades. En los municipios directamente impactados por los sismos—Vargas completo, la parroquia Libertador en Caracas, doce municipios de Miranda, cuatro de Aragua, cuatro de Carabobo y uno de Falcón—las clases quedarían suspendidas indefinidamente. No habría presión por cerrar el año escolar. Las autoridades esperarían a que terminaran las labores de rescate antes de siquiera pensar en los trámites administrativos necesarios para cerrar el ciclo 2025-2026. La integridad física de los estudiantes y maestros era la única métrica que importaba.
Para el resto del país, donde las escuelas no habían colapsado y los niños no habían perdido compañeros de clase, la situación era distinta pero no normal. El ministerio ordenó que las clases continuaran, pero con un giro: la gestión de riesgos y la preparación ante desastres entrarían al currículo. Los estudiantes aprenderían qué hacer cuando la tierra se mueve. Y en todas partes, sin excepción, habría apoyo socioemocional. Los maestros tendrían que ser consejeros además de educadores. Los psicólogos escolares, si los había, trabajarían horas extra.
Era un reconocimiento silencioso de algo que los números no capturaban: que un terremoto no termina cuando dejan de temblar. Que los niños que vieron morir a sus vecinos, que escucharon los gritos, que pasaron horas bajo escombros, necesitaban algo más que un diploma al final del año. Y que los niños que estaban lejos, que vieron las noticias en la televisión, que sintieron el miedo aunque sus casas no se cayeran, también necesitaban hablar de ello.
El ministerio no dijo cuándo volverían las clases en las zonas de desastre. No podía. Nadie sabía cuánto tiempo tomaría sacar a la gente de debajo de los edificios, cuánto tiempo tomaría que una comunidad respirara de nuevo. Lo único que podía hacer era decir: esperaremos. Y mientras esperamos, en el resto del país, vamos a enseñarles a los niños que la tierra puede moverse, que los desastres suceden, y que después de los desastres, la vida continúa.
Notable Quotes
El ministerio expresó que la prioridad era garantizar la integridad física y el acompañamiento socioemocional de estudiantes y profesores— Ministerio del Poder Popular para la Educación
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué el ministerio decidió suspender las clases en algunas zonas pero no en otras? ¿No habría sido más simple cerrar todo el año escolar?
Porque cerrar todo habría sido un lujo que muchas familias no podían permitirse. En las zonas que no fueron afectadas, los padres necesitaban que las escuelas abrieran. Pero también había algo más: los niños en esas zonas necesitaban procesar lo que había pasado. Suspender las clases habría dejado a muchos solos con sus miedos.
Entonces el ministerio está diciendo que la educación es importante, pero no tanto como la supervivencia.
Exactamente. En Vargas, en Libertador, en esos doce municipios de Miranda, la supervivencia es lo único que importa ahora. Pero en el resto del país, la educación sigue siendo importante. Solo que ahora tiene que incluir algo que antes no estaba en el plan: enseñarles a los niños a vivir en un país donde la tierra se mueve.
¿Qué significa "apoyo socioemocional" en la práctica? ¿Tienen los maestros entrenamiento para eso?
Esa es la pregunta que nadie está haciendo en voz alta. El ministerio lo ordenó, pero no está claro si las escuelas tienen los recursos, los psicólogos, o el tiempo para hacerlo bien. Probablemente muchos maestros van a tener que improvisar.
¿Y en las zonas de desastre? ¿Cuándo vuelven los niños a la escuela?
Nadie lo sabe. El ministerio dijo que esperarían a que terminaran los rescates. Eso podría ser semanas, podría ser meses. Mientras tanto, esos niños no están en una escuela. Están en sus casas, si sus casas siguen en pie, o en refugios, o en la casa de un pariente. Su año escolar está congelado.