Metro de Lima mantiene aforo al 37% generando largas colas pese a reapertura al 100%

Ciudadanos experimentan retrasos significativos en su movilidad diaria, afectando su acceso a trabajo y servicios esenciales sin alternativas viables de transporte.
No hay otra alternativa para salir de esta zona
Una pasajera del Metro explicó por qué seguía usando el servicio a pesar de las largas colas.

Mientras Lima retomaba el pulso de la normalidad y sus restaurantes y comercios abrían al cien por ciento, el Metro seguía operando como si el tiempo se hubiera detenido en lo más duro de la pandemia. Con apenas el 37% de aforo permitido, miles de ciudadanos enfrentaban cada mañana colas de hasta media hora en estaciones como Villa El Salvador, atrapados entre una restricción que ya no tenía respaldo oficial y la ausencia de alternativas reales de transporte. La ciudad avanzó; el sistema que la mueve, no.

  • El Metro de Lima opera al 37% de aforo mientras restaurantes y negocios ya funcionan sin restricciones, una contradicción que golpea a quienes dependen del tren para llegar al trabajo.
  • En Villa El Salvador, las colas se extienden por cuadras enteras cada mañana: quince, veinte, treinta minutos de espera bajo el sol se han convertido en la rutina de miles de pasajeros.
  • Los usuarios no tienen escapatoria: el Metro es el único medio viable para moverse en sus zonas, y la frustración crece ante un sistema que no puede absorber la demanda que él mismo genera.
  • El ex ministro Silva Villegas prometió evaluar la ampliación del aforo junto con Salud, pero dejó el cargo sin que esa evaluación avanzara, dejando la decisión en manos de su sucesor, Nicolás Bustamante.
  • La ciudad espera que el nuevo ministro actúe: ampliar el aforo podría disolver las aglomeraciones externas y devolver al Metro la capacidad que la población necesita.

A finales de febrero, Lima pareció despertar de la pandemia. Restaurantes y negocios reabrieron al cien por ciento de capacidad, y la ciudad comenzó a respirar con más libertad. Pero en las estaciones del Metro, el tiempo seguía detenido: el aforo permanecía restringido al 37%, una medida de bioseguridad que ya no contaba con justificación oficial pero que nadie había retirado.

La contradicción se hizo visible a finales de marzo en Villa El Salvador, donde un reportaje de Canal N mostró lo que los limeños vivían cada mañana: filas que se extendían por cuadras, pasajeros esperando hasta media hora bajo el sol para entrar a la estación. No era una excepción; era la rutina.

Los propios usuarios describieron la trampa con claridad. Una pasajera señaló que llevaba quince minutos en la cola y que eso era lo normal, que no le parecía bien, pero que no tenía otra opción: necesitaba el tren y no existía alternativa. Otro pasajero apuntó que las colas largas no eran nuevas, pero que ahora venía más gente; si se permitiera mayor aforo, las aglomeraciones en el exterior desaparecerían.

En febrero, el entonces ministro de Transportes, Juan Francisco Silva Villegas, había anunciado que evaluaría con el Ministerio de Salud la posibilidad de ampliar el aforo de la Línea 1, reconociendo que operaba con menos del 40% de su capacidad. Sin embargo, esa evaluación nunca avanzó. Silva Villegas dejó el cargo, y la decisión quedó en manos de su sucesor, Nicolás Bustamante Coronado.

Mientras tanto, cada mañana, decenas de miles de limeños llegaban a las estaciones y encontraban la misma escena: la puerta abierta, pero solo a medias. El resto de la ciudad había seguido adelante. El Metro seguía esperando.

A finales de febrero, Lima dio un paso hacia la normalidad. Los restaurantes reabrieron sus puertas al cien por ciento de capacidad. Los negocios volvieron a recibir clientes sin restricciones. Pero en las estaciones del Metro, la vida seguía congelada en el pasado. Mientras el resto de la ciudad respiraba, el transporte público mantenía sus compuertas medio cerradas: apenas el 37% de aforo permitido, una medida de bioseguridad que ya no tenía justificación oficial pero que seguía en pie.

Esta contradicción se hizo visible a finales de marzo en Villa El Salvador. Un reportaje de Canal N capturó lo que los limeños vivían cada mañana: filas que se extendían por cuadras enteras, pasajeros esperando quince, veinte, treinta minutos bajo el sol para entrar a una estación. No era un día excepcional. Era la rutina.

Una usuaria del servicio expresó su frustración con claridad. Llevaba quince minutos en la cola, dijo, y eso era lo normal. No le parecía bien, creía que deberían ser más rápidos, pero no había opción. Necesitaba el tren para moverse, para salir de su zona, y no existía alternativa. Su voz capturaba la sensación de estar atrapado: el sistema no funcionaba, pero era el único que tenía.

Otro pasajero ofreció una perspectiva diferente. Las colas largas, explicó, no eran novedad de la pandemia. Existían antes. Lo que había cambiado era la cantidad de gente que quería usar el servicio. Ahora venía más gente, dijo. Había cola, pero fluía. Si dejaran entrar a más pasajeros, desaparecerían las aglomeraciones en el exterior. Pero no podían hacerlo. El aforo estaba reducido.

En febrero, el entonces ministro de Transportes y Comunicaciones, Juan Francisco Silva Villegas, había señalado que evaluaría junto con el Ministerio de Salud la posibilidad de ampliar ese aforo. La Línea 1 ofrecía un excelente servicio, reconoció, pero operaba con menos del 40% de capacidad por la pandemia. Había que pensar en recuperar la capacidad que la población necesitaba, dijo. Pero la evaluación no había avanzado. Silva Villegas ya no estaba en el cargo. Ahora le tocaba a Nicolás Bustamante Coronado, el nuevo ministro, decidir si esa ampliación finalmente ocurriría.

Mientras tanto, cada mañana, decenas de miles de limeños llegaban a las estaciones y se encontraban con la misma escena: la puerta abierta, pero solo a medias. El resto de la ciudad había seguido adelante. El Metro seguía esperando.

Llevo 15 minutos aquí en la cola, es lo normal. No me parece y tenemos que ser más rápidos, pero es lo que tenemos que hacer porque no hay otra opción.
— Usuaria del Metro de Lima
Si dejan entrar a más gente habrá menos colas en los exteriores. Ahora no se puede porque hay aforo reducido.
— Pasajero del Metro de Lima
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué el Metro mantuvo esa restricción cuando todo lo demás ya había reabierto al cien por ciento?

Model

Esa es la pregunta que se hacían los pasajeros cada día. Formalmente era una medida de bioseguridad, pero en marzo de 2022 ya no tenía mucho sentido. Los restaurantes estaban llenos. Los negocios funcionaban normalmente. Pero el Metro seguía con el 37%.

Inventor

¿Había alguna razón técnica o administrativa para mantenerlo así?

Model

No está claro en el reportaje. Lo que sí está claro es que el ministro anterior había dicho que lo evaluaría con Salud, pero eso no pasó. Y cuando cambió el ministro, la evaluación quedó en manos de alguien nuevo.

Inventor

¿Qué pasaba realmente en las estaciones?

Model

Caos controlado. Las colas se extendían por cuadras. La gente esperaba media hora para entrar. No era un problema de que el tren no funcionara bien, sino de que no cabía suficiente gente dentro.

Inventor

¿Había alternativas para esos pasajeros?

Model

No. Eso era lo más duro. Una mujer en la cola lo dijo claramente: no hay otra opción. Vive en una zona donde el Metro es el único transporte viable. Así que espera, aunque le moleste.

Inventor

¿Era un problema nuevo o ya existía antes?

Model

Ya existía. Las colas largas eran normales en el Metro. Lo que cambió fue que ahora había más gente queriendo usarlo, y la capacidad seguía siendo la misma. El cuello de botella se hizo más evidente.

Inventor

¿Qué necesitaba pasar para que mejorara?

Model

Una decisión simple: ampliar el aforo. Pero eso requería coordinación entre Transportes y Salud, y en ese momento estaban en transición ministerial. Mientras tanto, la gente seguía esperando.

Contact Us FAQ